lunes, 23 de noviembre de 2020

Cuando la luz se vuelve sentido. A propósito de las fotos de Mario Carbone

 

“Manuel: préstame tu caballito de palo para ir al otro lado de este lado. 

La realidad es más real en blanco y negro”.

Octavio Paz, Cara al tiempo 



 Formas arbitrarias, luces en contraste, figuras geométricas, sombras, reflejos, simetrías y desbordes, las fotos de Mario Carbone son una conversación íntima con la ciudad, con la ciudad que se sobrepone a los estragos del tiempo, con la ciudad eterna: Roma. El ojo conversa con la luz. La luz se vuelve sentido. Susurros en degradé.

El ojo inventa a Roma y Roma inventa un ojo para encontrarse.

Hablamos de fotos, esa posibilidad humana de “hacer ser” algo a través de la imagen que perdura. Como la ciudad de Roma, una fotografía no es más que una lucha contra el tiempo y sus estragos.

En el sentido común está instalada la idea de que la fotografía es un instrumento de documentación y que su fin es una reduplicación de la realidad. Esto es así solo dentro de ciertos y reducidos límites. La foto documental se cancela a sí misma como foto. Es un instrumento para un expediente o un sucedáneo de la memoria.

La fotografía, en cambio, alcanza estatus artístico, cuando se vuelve sobre sí misma y abandona toda mediación externa. Es la imagen como fin en sí. No sirve para nada. O mejor dicho, solo se sirve a sí misma.

Una fotografía hecha para ser ella misma es una construcción autónoma de sentido. Es la instalación de un mundo más verdadero que el de la “simple vista”. No es una mera reproducción. Es genuina producción, creación, com-posición. O, más precisamente, un “poner la vista en obra”, com-poner con la vista. Por eso Roma es más Roma en las fotos de Mario que en cualquier recorrido por la ciudad.

Los objetos, los paisajes, los rostros y los edificios se vuelven "texturas", inmovilidades del tiempo, segmentaciones del espacio, urdimbres de sentido. Bicicletas y motonetas, edificios históricos y modernos, cuerpos en movimiento, humanidad en los márgenes, plazas, fuentes, monumentos; todo se vuelve un parpadeo de la ciudad milenaria. El tiempo sedimenta y se precipita en el instante de la fijación del sentido.

Los verdes fosforecen, los rojos estallan como brasas atizadas, los grises se melancolizan. El color es una celebración. Siempre vuelve en una renovada promesa. Se hace y se deshace en cada toma, es y no es el mismo; y en ese ser y no ser se vuelve mundo.

La luz juega. Los objetos se transforman en reflejos y los reflejos se cosifican.

Las fotos hablan. Hablan un lenguaje de visiones, una sintaxis de destellos.

¿De qué hablan las fotos? Hablan del pasado y sus voces de piedra, de la soledad de millones de habitantes de una ciudad de multitudes, del amor desesperado y de la muerte en acechanza. Hablan de lo que habla toda poesía. Aquello innombrable que pide redención en la palabra.

La basílica Santa María Maggiore en una perspectiva que burla su falsa simetría; la  geometría de un portón bajo relieve; el contraste entre un coliseo desmonumentalizado, como un asomo lejano y entre sombras, con una silueta humana solitaria, efímera, insignificante; una vieja escalera tornasolada por efectos oníricos de la luz; son todas imágenes que sorprenden las expectativas de la simple-vista.

Habla la ciudad. Dice las posibilidades e imposibilidades de la experiencia humana. Las fotos de Mario Carbone nos muestran que hay otro mundo que excede el de la “simple vista”. Porque ver es reducir. Fotografiar es ensanchar, multiplicar posibilidades de mundo. 


Aunque Mario diga que “la vera fotografía non esiste”, existe la verdad "en" las fotos, como un acontecer inmanente. 
La imagen tiene un potencial heurístico que pone luz en las zonas ciegas de nuestra experiencia del mundo. Una foto -incluso digital- tiene un revelado, un descorrimiento del velo que la “simple vista” pone por delante. Por eso el a-sombro. Hay algo en la foto que sale de las sombras.

Las fotos invitan y nos hacen parte de un juego, un gran juego de opacidades y de transparencias, de gradaciones y de formas que ponen en presencia algo que el simple-visualismo no registra. Somos parte. Nuestros ojos juegan. Estamos invitados a descubrir/proponer significaciones a esos alumbramientos. Estamos invitados a esa conversación. Con-versar es encontrarnos en la palabra/imagen. Es un llamado a sumar sentido y contribuir a su puesta en obra.

Estamos invitados. Roma nos espera.

La Roma de Carbone es otra ciudad, fuera de todos los circuitos visibles de este mundo.


L, C. 

martes, 27 de octubre de 2020

Algo que sucede hacia adentro. Notas a Cruzar el Infiernillo de Pablo Donzelli

 

La primera vez que pasé por el Infiernillo, sentí que andaba en el medio de un paisaje de otro planeta. Las visiones con que nos encontramos no son de este mundo. Una luz entre ocre y naranja se derrama sobre las piedras, de formas y texturas insurgentes. Cumbres y valles que se precipitan en caída. Cornisas y balcones a la nada. Cardos de altura que “rascan” un cielo inalcanzable, de una obscena transparencia. Ausencia de huellas humanas. Más que un paisaje que encontramos al frente, es algo que sucede hacia adentro. Una visión de las almas trashumantes.

Esa visión de almas trashumantes se vuelve relato en la novela de Pablo Donzelli Pasar el infiernillo, que recoge las alucinantes sugestiones de este rincón perdido del mundo.

Es una novela de búsqueda. En una alquimia impensable, conjuga elementos existencialistas, surrealistas o de un realismo casi mágico, que se queda deliberadamente en amague; también elementos de parodia y de literatura del absurdo.

Es la novela de un viaje. Un viaje de diez días hacia la espesura de los Valles, emprendido por Camilo, hombre que ha sufrido una separación dolorosa de la que nada se sabe. Un viaje de sentido purificatorio, con el que el personaje intenta un rescate existencial. Eso es todo.

Desde el comienzo hasta el fin, el relato es puro movimiento; un desplazamiento interminable que finaliza con una carrera grotesca al son de una música triunfal de película de Hollywood. El desplazamiento se produce sin ninguna referencia geográfica. Sin embargo, los espacios están descriptos con rigor y detalle. Quienes conocemos Tucumán, adivinamos un itinerario desde el centro de la ciudad hasta el otro lado del Infiernillo, pasando por el llano, la selva, las cumbres y los valles. El título es portador del único toponímico que encontramos en la novela. No hay un solo nombre de lugar, de calle ni de pueblo. La ausencia de referencias geográficas vuelve oníricos los ambientes y abre señales dinámicas para extrapolar el escenario hacia cualquier punto del planeta.

Un viaje. No sabemos de dónde ni hacia dónde. Eso es todo.

¿Cuál es el significado de ese viaje? ¿Qué sentido tiene un viaje, cuando se ignora, no solo el recorrido, sino, sobre todo, el origen y el destino?

Como todo texto narrativo, Pasar el Infiernillo articula una constelación simbólica abierta, susceptible de diversas interpretaciones.

Entre las muchas otras posibles, propongo dos miradas complementarias.

Por un lado, se trata de una Divina comedia invertida. Como Dante, Camilo llevará adelante una travesía por el infierno. Digo que es una Divina comedia invertida porque en lugar de un camino descendente -como la topografía del infierno dantesco- nos descubrimos en un ascenso de los llanos a los cerros; es decir, un infierno ascendente. La verticalidad del desplazamiento juega en dirección inversa. Al infierno se baja, al Infiernillo se sube. En lugar de los nueve círculos, el merodeo transcurre a lo largo de diez días. La compañía de un Virgilio, va a ser reemplazada por múltiples “maestros-guías” que salen al paso en ese camino escabroso. En lugar de ir hacia Beatriz como destino final del recorrido, Camilo vuelve de ella, como el que huye del dolor. Huye de una Beatriz sin nombre, sin ningún rasgo identitario, -ni siquiera sabemos si es una mujer-; una “ella” a secas que puede ser cualquiera, causante de las marcas a fuego en su corazón y que, una y otra vez lo asalta en el sueño de cada noche, para hacerle saber que aún no ha pasado el “Infiernillo”.

“Los que entráis, dejad toda esperanza”, dice la comedia de Dante. “Aquí los que vienen son los castigados”, le dice a Camilo un funcionario de ese abismo vertical.

El Infiernillo infierna y nuestro viajero, igual que el florentino, es un visitante que llega sin condena o, como los hombres de Kafka, sin saber de su condena. Por eso dice “que yo sepa no me mandé ninguna” y “solo vine porque el camino pasaba por acá”.

Camilo es un alma que no sabe de sí. Está llamada a ser aprendiz. Los habitantes de este infierno han encontrado una sabiduría para tramitar su desdicha y se la enseñan como claves secretas. Se trata de aprender sus lecciones y devolverles con amor “El amor le salía a borbotones de su ser. Hacia el viejo, a Luz, a los mellizos que no le quisieron pegar, a la señora amable que le había convidado un guiso hasta con duraznos, al barrendero de la tuerca, a los cuidadores del cielo y el infierno, a los de la Logia de Corazones Rotos, a Adriano el trapecista, al vendedor de hierbas, a la familia que estaba por hacerle una pieza al hijo, al árbol que le convidaba con su sombra, a un perro que pasaba por ahí y al muchacho que le prestó el monociclo”. Esta enumeración es la versión renovada de un Virgilio fragmentado y plural que le enseña cómo pasar el Infiernillo. Hay un solo modo. El infiernillo se pasa con amor.

Por otro lado, se trata de un viaje interior. Cuando una vida se descubre despojada de aquel centro que le daba sentido, el viaje es la búsqueda de un nuevo centro de irradiación. Se trata de una indagación en las profundidades donde habita el sentido. El Infiernillo y los Valles son una gran metáfora de la subjetividad humana, de sus repliegues y dobleces, de las peripecias del duelo que trabajosamente tramita su resolución. Es el viaje por el territorio del duelo, de la pérdida, de lo irreparable.

La novela está escrita en un lenguaje despojado, objetivo, cinematográfico. No hay alusiones directas a estados interiores –con excepción de referencias mínimas-, aunque sí logra la creación de un clima de angustia onírica, mediante la puesta en intriga de situaciones de excepción al principio de realidad. Se relatan escenas no aceptables en las convenciones que manda la realidad, pero que se asimilan sin conflicto en la lectura, porque entran y salen sin sobresaltos, como el viejo que aparece y desaparece en una silla, como un fantasma.

Cruzar el infiernillo es una invitación a pensarnos en nuestras fragilidades y limitaciones, en nuestra condición de seres expuestos a las contingencias del tiempo, a lo irreversible, a la precariedad del humano acontecer, a la pérdida y a la elaboración de la pérdida. No es un relato de esparcimiento. Se trata de una historia interpelante, que nos moviliza hacia un territorio sin certezas. Es una lectura incómoda. Una lectura que nos devuelve a nuestras preguntas primordiales. Un viaje interior, un viaje escatológico, un viaje hacia ningún lugar. Como decía al comienzo, el Infiernillo es algo que sucede hacia adentro.

L. C. 


miércoles, 26 de agosto de 2020

Monólogo Dual

 


Soy dual.

Soy Dual-de.

Digo lo que pienso.

Soy Dual-

de decir “el que puso dólares, etcetera”.

Y pensar  “el que puso dólares, la concha de… ”.

Soy Dual

de decir lo que pienso.

Pienso lo que digo.

Soy Duhal

-de alguien que me piensa y me dice lo que digo.

Alguien me piensa.

Digo lo que alguien me piensa.

En mi dualidad.

El pensamiento me excede, me piensa, me dice lo que digo.

Clarín clarea, ergo cogito.

Soy Duhal-de.

Digo democracia, las pelotas.

Alguien me dice democracia las pelotas

y entonces yo digo democracia, elecciones, las pelotas

Las pelotas,

ridículo,

la pandemia.

Eso digo.

Exitosa-mente condenados, nos gusta el peloteo,

Por eso digo democracia, la pelotas.

Soy Duhal-

de Alguien que piensa lo que digo.

Los que piensan lo que digo,

piensan que es lo mejor decir lo que digo

y que es mejor pensar lo que pienso.

Esa es la Dualidad,

la Duhal-deidad.

Lo mejor para ellos,

para la posteridad y para todos los habitantes del mundo,

menos los desarrapados

los que raspan la olla.

Soy Duhal-de y digo lo que digo.

Digo.

Las pelotas;

siempre más,

más.

Nunca nunca.

Para nosotros, para la posteridad.



                                             L. C.


lunes, 10 de agosto de 2020

A las dieciocho

 

A las dieciocho  te cuelgas en la percha, como el saco del que vuelve de la noche y ya no encuentra el cuerpo que abrigaba.

A las dieciocho hundes tu cabeza en la leche fria de tus pensamientos, como un avestruz desplumado a balazos por el viento de agosto.

A las dieciocho se te viene encima la falsa medianoche de catorce horas que te separan de la pura posibilidad de ser distancia.

A las dieciocho los planetas se desnucan y vos ya no puedes distinguir la cruz de sal entre cielos que se han hecho humo de canabis.

A las dieciocho nace Gregorio Samsa debajo de tu cama, en medio de un desparramo de patas de cucaracha.

A las dieciocho te sacas la armadura de Quijote venido a menos, porque descubres que los molinos de viento son solo molinos de tiempo.

A las dieciocho cae la tarde al fondo de una botella vacía a la que ya no puedes ordeñar.

A las dieciocho corretean entre tus sabanas los hombrecitos innombrables de El jardín de las delicias.

A las dieciocho el mundo vuelve a ser lo que ha sido siempre: calabaza anmohecida y, dios, el gato mestizo del tejado.

A las dios-y-ocho te quedas a la mierda.

Dios y ocho veces a la mierda.

En punto.

 

 

L. C.

 


lunes, 27 de julio de 2020

Gombrowicz y la cosa que se nombra





A raíz de haber escrito un texto sobre los días de Gombrowicz en Santiago, he tenido ocasión de contactarme con cierto círculo de lectores, traductores e intérpretes de Gombrowicz. Y a propósito digo Gombrowicz y no digo  la “obra de Gombrowicz”. Porque lo que se lee, traduce e interpreta es algo que excede una obra literaria y que a la vez no deja de ser literatura.


Me ha surgido, entonces, una pregunta. ¿Qué es Gombrowicz para nosotros, lectores, que intercambiamos claves de lectura, cribas de análisis y modos de construcción de significados? Mi pregunta no es por el hombre que fue Gombrowicz. No es una pregunta por un quién. Mi pregunta es por un qué. Dicho de otro modo, ¿qué cosa se nombra en estas hermenéuticas  cuando se dice la palabra Gombrowicz? O, para decirlo con los filósofos del lenguaje, ¿cuál es la referencia del signo lingüístico Gombrowicz, en los discursos de ciertos lectores de culto?

Empiezo por lo más fácil: decir lo que no es.
Gombrowicz, no es un “nombre de autor” a lo Foucault, cuando anuncia la muerte del autor y la instauración del nombre como etiqueta clasificatoria e interpretativa.
Gombrowicz tampoco es un ser en el mundo histórico-concreto del que haya que dar cuentas en un discurso histórico-biográfico.
Gombrowicz no es un corpus de obra.
Gombrowicz no es un diario.
Nada de esto es lo que nombramos cuando decimos Gombrowicz, pero al mismo, nada deja de serlo.
Vuelvo a mi pregunta, ¿qué es eso que llamamos Gombrowicz? ¿Qué cosa está nombrada por esa voz que desencaja la fonética de los hablantes hispanos?

Ensayo una hipótesis. Gombrowicz no es más que el nombre de un texto. Un único texto. Un texto unitario, abarcador, creciente, que se expande de manera ilimitada. Un texto fascinante, escandaloso y provocador  que ha seducido a lectores de generaciones y latitudes de lo más dispares. Un texto que se legitima como tal en su Diario, pero que lo desborda  por lejos, en una deriva por territorios inexplorados como Kronos y otros escritos casi desconocidos. Un texto abierto, que crece página tras página, que se enriquece de otros y que tiene la aptitud de sumar voces. Las voces que lo han rodeado, las que lo han sucedido, las que lo recuerdan y las que sin haberlo conocido lo interpelamos. Voces que, por consiguiente,  lo nutren en una dinámica permanente.

Siempre me ha llamado la atención que cuando se habla de Gombrowicz, no se habla -o se habla pocode una obra en especial. No ecomún el abordaje focalizado, el análisis de cada texto autónomo, desconectado de  referencias a una totalidad superior que organiza el sentido de las partes.
El análisis siempre desborda el texto. Siempre. Porque en realidad cada obra no es más que un enunciado que compone e integra un texto superior, del que es un significante. Siempre los textos juegan relación con “algo” que se llama Witold Gombrowicz, que está por encima y más allá de cualquier enunciación. 

Alguien se sentiría tentado de categorizar a esta cosa que llamamos Gombrowicz como un “mito”. No me gusta como categoría, al menos para este caso, y creo que no ayuda a pensar. Un mito se construye sobre la base de creencias y emociones colectivas. Un mito tiende a generar tensiones con lo que llamamos realidad.
La cosa que llamamos Gombrowicz es un texto casi evanescente, pero que tiene la solidez de lo real. Lo digo con Fernando Pessoa: “real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta”. Es un relato rigurosamente documentado. Cartas, papeles, diarios, testimonios orales, fotografías y memorias, dan cuentas de su “dureza” como realidad .
En el pliegue entre ficción y realidad, más del lado de la ficción, en ciertos momentos; documentado con rigor científico, en otros; entre las palabras y las cosas, Gombrowicz es un relato ordenador que integra el caos y la dispersión de una obra que excede las convenciones y cuya impronta es justamente el estallido de las formas. Un relato abierto, inacabado, inesencial, inmaduro. Un relato que a la vez nunca es el mismo y que siempre lleva las marcas de una identidad reconocible. Lo gombrowicziano existe,  pero a la vez es inasible. Es un texto que se narra y se re narra sin nunca encontrar la forma.

La cosa que llamamos Gombrowicz no es la biografía, ni la persona ni el personaje ni la obra.
La cosa que llamamos Gombrowicz es una estratificación de capas de sentido que se superponen, se entrecruzan, se bifurcan y se ladean, sin que ninguna llegase a ser fundante o esencial.
Texto -ni siquiera es necesario recordarlo- significa textura, tejido. Eso es Gombrowicz: un tejido, una urdimbre, un relato. El relato de algo que flota libre entre aguas que fluyen de uno a otro de sus libros.  
Y -ahora puedo verlo- es esa la fascinación que despierta en sus lectores, porque es un relato incompleto y abierto que invita a seguir la narración, a ser parte, a sumar una voz a un concierto disonante.  
Entonces, de nuevo la pregunta, ¿qué es esa cosa que llamamos Witold Gombrowicz?
Ahora sí, voy a darme el gusto al fin, voy a responder de manera categórica, insolente, gombrowicziana. Witold Gombrowicz es un invento de los argentinos. 
Un relato de los argentinos que ha dado vuelta el mundo y que ahora es de todos los lectores de la tierra.  


L. C. 

sábado, 13 de junio de 2020

Mientras escribo. Hechizos, fetiches y manías a la hora de escribir



Busco un artista que quiera pintar mi máquina de escribir. Como Sam Messer que pintó la Olympia de Paul Auster. No tengo una Olympia y no soy el autor de La ciudad de cristal, ni mucho menos. Soy apenas -y a mucha honra- un poeta menor de la antología, pero tengo mi maquina de escribir. En este caso es una Dell, una Dell Inspiron 1525. Claro, alguien va a decir que no es una maquina de escribir, que es una Laptop. Bueno, para mí ha sido siempre una máquina de escribir, un artefacto algo más moderno, algo mas sofisticado que la Olympia de Auster, pero una máquina al fin.
Busco un artista, un pintor para mi portátil.
La tengo hace doce años. Un regalo con mucho sacrificio de mi mujer y mis hijos, para mi cumpleaños del año 2008. En ella he escrito la totalidad de mi parca producción.
Y antes, ¿no escribía acaso? Sí, claro que si, escribo desde que puedo, pero la llegada de esa máquina ha producido un giro milagroso, que ha llevado mis textos olvidables al territorio del perdón. Con ella he pasado a la categoría de escritor “perdonable”, y eso en sí ya es un milagro.
Busco un artista, un pintor. Puede ser un fotógrafo, también.
He empezado a escribir en mi juventud en una Olivetti Lexicón 80, que era de mi viejo y la conservo todavía como una reliquia que sigue invitando a darle a sus teclas. Una enorme maquina de carro, que en esa época tenia una tipografía perfecta, impecable. No sé si conservo alguna página de aquel tipeado. Alguna debe andar por ahí.
Después he seguido con una Casio eléctrica, que me ha servido de muy poco, más que todo para notas y tediosos documentos, que no le interesan a nadie. Y después ya estábamos en la era de las PC de escritorio y el procesador de textos.
¿Y la lapicera?
Bueno, nunca he tenido una Mont Blanc como Bioy Casares, pero tampoco han faltado en mi escritorio las Bic negras o las Silvapen y en el mejor de los casos alguna Parker de regalo. La lapicera es el sistema alternativo que sale a la escena cuando todo se derrumba. Acompaña, nunca abandona y no necesita de encendido.
Pero quiero volver a la Dell. Desde el día que la he recibido, algo ha cambiado. Después de pensarlo mucho, creo saber lo que ha pasado con la llegada de esta compañera. Antes escribía textos infinitos, literalmente. Escritos que no tenían conclusión. Estaban en un largo proceso que se dilataba indefinidamente, a lo Kafka. Nunca, pero nunca llegaban a la versión final. Ya sé, ¡cómo no!, es una fatalidad generalizada en la literatura, la corrección infinita. Pero la condición inconclusa de los textos escritos en la era previa a esta máquina, no ha sido un problema de corrección. El problema ha sido más bien que no tenían cierre como textos. Eran en general proyectos con distintos niveles de avance, pero proyectos al fin, no cerraban. El milagro ha sido que, con la irrupción de la Dell, los textos empezaban a cerrar. Precaria y laboriosamente, pero cerraban. Viejos y desprolijos borradores, se volvían versiones finales para imprenta. Con erratas invisibles e interminables revisiones, pero cerraban. Desde entonces he escrito una decena de libros y he sentido algo parecido a la felicidad, pero distinto.
La materia, sin embargo, está expuesta al devenir y la corrupción. Al cabo de los años, la vieja Dell iba a empezar a mostrar sus fallas, el desgaste de sus fierros, la falta de irrigación digital, achaques propios de la edad. Entonces he tenido que comprar otra, porque había tareas que se volvían imposibles. Otra Dell, claro.
Pero no. Esta era distinta. La máquina sustituta -técnicamente muy superior, por lejos-, aunque parezca mentira, no producía los mismos efectos. Y cuando escribía me parecía retroceder en el tiempo. Y entonces, en el momento menos pensado, me descubría de nuevo escribiendo en la vieja máquina, que todavía estaba, ya con problemas serios de retraso, pero escribía, siempre escribía. Hasta que volví definitivamente a ella. El nuevo artefacto pasó a ser patrimonio de mis hijos, que supieron sacar provecho mejor que yo de su superioridad tecnológica. Yo seguía con la Dell. A muerte.
Una vez entraron a robar en casa. Se llevaron todos los objetos de cierto valor, que no eran muchos; entre ellos, aquella maquina fatigada, cuyo única cotización era testimonial e intrasferible. Me acuerdo que pasó algo curioso. En su huida en moto con el botín, al ladrón se le cayó la maquina por el camino. Y pude recuperarla. A ella le quedó una cicatriz para siempre, por el golpe, pero ha seguido funcionando. Aun tratando de conjurar todo pensamiento mágico, todo fetichismo, es inevitable pensar que ha sido ella misma la que se ha dejado voltear. Había en sus entrañas mucha literatura pendiente, y no ha querido dejarme en banda.
Con el tiempo llegarían otros dispositivos que iban a convivir con ella, ya que, por edad, cada vez eran menos los servicios que podía prestar. Pero siempre estaba ahí y, cuando las papas queman, había que prenderla y dejarla trabajar, para mejorar lo inmejorable.
Hasta que llegaría el día en que declinarían del todo sus circuitos. Un problema de encendido, que ya los técnicos no encontraban solución, ni la justificaban. Es un bien obsoleto. No tiene caso. Decían los expertos.
Tengo que reconocer que desde entonces prácticamente no he podido escribir. Después de deambular meses en una incorregible melancolía literaria, sucedería un milagro. Algún iluminado del Olimpo consiguió devolverle la vida. La vieja Dell encendió y sentí que yo mismo me encendía nuevamente.
Ahora siento la tranquilidad y el respaldo, de aquella vieja compañera.
Por supuesto, es como el anciano de la tribu. Solo voy hacia ella, cuando los otros caminos están cortados. Está muy delicada. Su fatigada memoria solo puede retener lo esencial y siempre con resguardo fuera de sí. Además, en su teclado no funciona la letra Ka. Nada menos que la letra Ka. ¿Cómo es posible escribir en la Argentina con un teclado que no tiene activa la letra Ka? Con las infaltables referencias a Kafka, que están incluso en esta nota, y con la significación simbólica de esta inicial en la cultura política de nuestro país. Bueno, con muchos rodeos le he encontrado la vuelta y entonces nunca faltan las Kas (con sus antis y sus ultras) en el orden ideologico-conceptual de los textos.
Los hechizos, fetiches y manías, resultan imprescindibles a la ahora de escribir. Ordenan, motivan y dan sentido, cuando la tarea empieza a perder sentido. En mi caso, he tenido una experiencia iluminada con esta máquina y hasta me animo a pensar que ha venido ya con una literatura preconcebida en su disco interno. La máquina traía consigo una obra que solo necesitaba eso que Foucault llama un nombre de autor. ¿Un milagro? Ponele.
Hay algo, sin embargo, que me preocupa. ¿Hasta cuando va a mantener el resto de vida que le queda? ¿Cuánto más voy a escribir en sus teclas gastadas? ¿Qué voy a hacer cuando se apague para siempre? ¿Será el fin de una obra? ¿El silencio, definitivo y total?
Solo puedo esperar que me acompañe un tiempo limitado. Ojalá pueda en ese tiempo aprovechar al máximo su hechizo, sacarle toda la letra que le queda adentro y después dejarme llevar por lo que tenga que venir. Así tenga que ser el silencio.



L. C. 

domingo, 26 de abril de 2020

Ni cenizas ni gloria (novela inédita, fragmento)


1

Voy a contar la historia de una vieja fotografía. Blanco y negro, la foto. Cargada de voces, contrastes grises entre años y distancias.
Imaginate. Parece una películaEstán los siete. Ahí, juntos, las armas en alto. Hasta parecen actores de cine, fíjate vos.
Imaginate. Seis de revólver; el sétimo, con un arma de culata en cada brazo. Detrás, la locomotora. 
Quiere decir que los tipos se habían fotografiado en la estación de trenes. De Frías o de Choya, y delante de todo el mundo. Imaginate. Felices, heroicos, dueños del destino. De gesto solemne, eso sí, se muestran en una pose almidonada que delata la ingenuidad de sus afanes.
Imaginate (no puedo decir esta palabra sin escuchar la voz de mi viejo, che). En ese tiempo no había cámaras portátiles. 
Quiere decir que habían llamado a un fotógrafo de estudio, que bien pudiera haber venido desde San Fernando.
Que la foto había sido tomada con una de esas cajas de caballete. 
Que sin dudas era una escena montada, a la vista de todos, como un rodaje, un gran rodaje de tiros y bandidos.
También significa que era un instante solemne, memorable, que merecía la fijación en la posteridad del retrato. Se respira un aire festivo, celebrativo, en todo caso auspicioso. 
Imaginate. Parece que llovía. Parece que llovía porque los tipos están todos de pilotos o abrigos largos. Los tipos están todos de pilotos o abrigos largos y la foto turbia, brumosa, onírica, como un día gris, de sol ausente.
Imaginate. De izquierda a derecha, en un día gris de sol ausente: El primero, don Victoriano Gómez, sombrero y frondosos bigotes, bien de época. Revolver en mano derecha, la punta del cañón arriba. Puro orgullo, don Victoriano. El que le sigue de izquierda a derecha es Tadeo, Tadeo Espeche; después don Adelaido Brizuela, con gesto desapacible; Félix Espeche en el centro de ese día gris de sol ausente, dominando la escena, con los ojos fijos en la lente de la cámara, punto de fuga de todas esas voluntades desenfrenadas. A su lado, Arsenio y José Gervasio Brizuela, siempre de anteojos José Gervasio. En la punta derecha, el alfil que custodia a la reina: el Coronel Hermenegildo Espeche con la ametralladora, el fusil al hombro y gesto circunspecto. 
¡Tantas veces me he preguntado por esa escena! ¿Qué esperaban, al fin? ¿Qué es lo que pretendían de esa aventura sin nombre? ¿Una promesa cierta, posible, razonable? Y si no era cierta, posible ni razonable, ¿qué era? ¿La vana pretensión de legitimar un gesto para una lejana posteridad, el anhelo de dejar plasmados los trazos de un sueño delirante? ¿Cuánto ponían en juego esas almas en ciernes? ¿Cuál era su apuesta?
Imaginate. Del otro lado había una inscripción inverosímil, en una caligrafía larga, estirada hacia adelante, regular: “República de Choya, 1921”.

L. C. 

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Contraseña 2020

¿Para qué comprar o, peor, regalar, una agenda 2020, una agenda de un tiempo que aun no ha llagado y que no sabemos si va a llegar  algún día? Quizás valga la pena pensarlo. 





En el exhibidor de Marcos Vizoso Libros hoy he visto una agenda 2020 y no he podido evitar que un escalofrío me recorriera la espalda. A esta altura de mi vida, no voy a caer en la banalidad de asombrarme por el paso del tiempo, ni mucho menos. Me asombra, sin embargo, que nos anticipemos a lo inevitable. Me asombra además la morfología de la cifra. Parece más una contraseña que una fecha. 

Empiezo por ahí. Pensemos que es una contraseña. Una más, para nuestro fastidio. ¿Qué aperturas me prodiga esa cifra misteriosa? A lo mejor es la clave de acceso de algún sueño postergado, o la revelación de una fatalidad o el acceso a la bóveda de una fortuna oculta. A lo mejor es la contraseña de otro usuario y nosotros le robamos el destino. Quién sabe. O el santo y seña que me va a pedir la muerte cuando me visite. La guardo. Sé que en un momento me va a hacer falta. 

Vuelvo a lo primero, la agenda como una herramienta contra el tiempo. 
¿Para qué comprar o, peor, regalar, una agenda 2020, una agenda de un tiempo que aun no ha llagado y que no sabemos si va a llegar,  algún día, al menos para nosotros? Aunque solo faltan unos pocos meses, quién sabe si vamos a estar, vivos, sanos o enteros para ese entonces. Faltan menos de cuatro meses, pero parece que nunca va a llegar, que vamos a quedar con nuestra agenda en blanco a la espera de los acontecimientos. 
Insisto, ¿para qué sirve una agenda de un tiempo que todavía no está con nosotros? Ya sé. Los más precavidos me van a decir: para planificar, para organizar y para controlar el tiempo, para darle una utilidad más “rendidora”. ¿Cuánto podemos controlar el tiempo?, me pregunto. ¿Se puede hacer del tiempo un socio “rendidor”?. Ah, pero el espíritu del capitalismo según Max Weber dice que el tiempo es dinero. Bien. El tiempo es dinero. Pero entonces, si nosotros nos anticipamos así, es como que pedimos un préstamo. Y los préstamos se pagan con intereses. Pero entonces, cuánto devienen esos intereses, con el costo actual de las tasas y el dolar por las nubes. Y ¿con qué se pagan? ¿Con plata? ¿Con tiempo? ¿Con vida? 
Me asustan las anticipaciones. Que yo planifique y organice mi tiempo, no lo vuelve menos inexorable, ni nos hace menos mortales a los hombres. El año 2020 va a llegar de cualquier modo, tan imparable como la luz del amanecer después de la noche oscura. Y así los años sucesivos. Lo que no sabemos, lo que fatalmente no podemos saber, es si vamos a estar ahí para recibirlo. A lo mejor tengamos que usar la contraseña. 


L. C. 

jueves, 1 de agosto de 2019

Suele ser en agosto


La ingesta de ruda (macho) para el primero de agosto es una tradición milenaria de los pueblos originarios que nos reconecta con nuestra experiencia de finitud. 


Suele ser en agosto,
Porque en agosto los ocasos 
Son de un barro sangrante

Era lejos, Manuel J. Castilla


“Ruda macho. Ojo. No vaya a ser que te confundas”, solía decir una tía, que ya la han abandonado sus agostos. Hablaba, claro, de la ruda, que se toma el primer día de un mes que no se sabe si termina. Y ahora que lo pienso, me pregunto, ¿por qué tiene que ser macho? ¿Qué pasa cuando te la tomas a la hembra? ¿Te mueres? ¿No surte efecto la infusión? ¿Y qué pasa si te tomas la infusión macho religiosamente todos los primeros de agosto de tu vida? ¿Te vuelves inmortal? Bueno, inmortal no puedes ser, en todo caso te conviertes en un ser humano con mortalidad en suspenso. Mortalidad en suspenso, muerte domesticada, finitud controlada. Suena bien. Pero poco razonable. Porque estamos hechos para la muerte. El efecto anual y sistemático de la ingesta de ruda significaría pensar la hipótesis de un mortal que pudiera vivir, cientos, miles de años, mientras siempre tome su ruda el primero de agosto. ¿Y qué pasa con el que no la ha tomado nunca? ¿No debería ya estar muerto? 
Yo pienso que a alguien que toma la infusión milagrosa todos los primeros de agosto de su vida, le pueden pasar dos cosas. O bien llega un momento que el ritual se vuelve vano y no produce ningún efecto, o bien llega el momento en que el olvido nos traiciona y se nos va un agosto, sin nuestra infusión macho y entonces entramos en un tiempo vulnerable que nos recibirá con su mortal estocada. Estamos hechos para la muerte, eso es un hecho inexorable. 
Pero también pienso que nos tranquiliza pensar que un tecito por año nos ayuda a patear para adelante esa hora inescrutable en que vamos a morir, y que denodadamente preferimos esquivar. Patear para adelante. Nada más. Pedir un agosto de regalo. Podríamos preguntarnos, ¿cuantos agostos esperamos que nos regalen?
Estamos hechos para la muerte, pero siempre queremos nuestra ruda y esperamos muchos agostos más con una fe inquebrantable. 
Yo ya tengo mi ruda macho para este agosto. Esta ahí, esperando la poda de sus hojas y el hervor de una infusión. Vivida, carnosa, desafiante. 
Estamos hechos para la muerte, pero yo tengo mi ruda, como muchos agostos que ya he pasado. La prefiero en una copa de caña. 

Sin embargo, sucede que esta vez por alguna razón no estoy seguro de tomarla. 
Suele ser en agosto. 

L. C. 

miércoles, 26 de junio de 2019

El salvaje llamado de las aguas. A propósito de la novela de Javier Freixas



La novela La voz del agua de Javier Freixas se insinúa como un policial fuera del canon que deriva hacia cuestiones filosóficas originales. La voz del agua, Javier Freixas, Autoría, 2018.






En un pasaje de La Ilíada se menciona que el océano es el origen de los dioses. Tales de Mileto dejaría escrito que el agua es el principio (arjé), de todas las cosas. Heráclito, el Efesio de las sombras, instalaría la metáfora del río, que Borges reinventara dos siglos y medio despues. En la tradición judeocristiana el agua es un torrente purificatorio que lava a la carne humana del pecado y de la muerte. Podríamos seguir hasta el fin. Desde las tradiciones más remotas hasta las próximas, el agua ha sido para la experiencia de los hombres un elemento misterioso, mágico, oracular.

En una propuesta literaria original y provocadora, Javier Freixas recupera la densidad simbólica del agua. Ausculta su voz. Desmiente su lugar de elemento mudo. Se trata de la novela La voz del agua, publicada el año pasado, que aborda, desde los márgenes remotos del género policial, las significaciones simbólicas del elemento cósmico más abundante y antiguo, desde una perspectiva filosófica sutil e inquietante.

Novela de largo aliento (más de cuatrocientas páginas de apretada densidad conceptual y descriptiva) que desanda el formato de policial para inscribirse como una saga de genealogía existencialista. Policial “falso”, trunco o ilusorio, porque el género se insinúa como una amague que no cierra. Arranca con la intriga en torno al crimen de un juez en un contexto que tiene todos los ingredientes, pero abandona en su tercera parte el juego de indagatorias y deriva hacia un horizonte reflexivo en torno del vínculo entre Milena, uno de los personajes del drama, y el agua del mar, en la que finalmente perecerá.

La novela descoloca al lector. Con un juego engañoso y deliberado lo interna desde el principio en el laberinto de algunas convenciones del género, para llevarlo imperceptiblemente hacia las aguas profundas del pensamiento filosófico y de la hermenéutica de los símbolos.

La voz del agua no es entonces una novela policial, en sentido clásico. Es un relato sobre la condición humana, sobre la incertidumbre y la perplejidad de la existencia en el tiempo.

No es un relato de tránsito confortable. Hay una oscura morosidad que desconcierta, incomoda, interpela, pregunta, e invita a ser parte del movimiento reflexivo que lo constituye.

¿Qué significa entonces el agua y cual es su voz?
Como todos los símbolos, el agua no tiene en el texto una significación unívoca, sino que más bien representa una constelación de posibilidades de sentido que el lector deberá explorar, componer, conjeturar y poner a prueba.

El agua, el elemento más masivo y envolvente de nuestro mundo, tiene una voz, es el sujeto de un habla que atesora una reserva de significaciones vinculadas a la experiencia humana del tiempo. Teje una marejada de fonemas que la inscriben en la densidad del lenguaje humano. La pertenencia al orden de lo inanimado no le exime de voz y de palabra.
No el agua mansa que rueda por el ánfora, sino aquella salvaje, sólida y escabrosa de los mares indomables, cuyas cumbres intenta escalar Milena.

En esta novela el agua no representa necesariamente el origen, como lo pensaban los antiguos; tampoco parece representar el destino o la muerte, como la sugieren ciertas escatologías, vinculadas al cruce de ríos ultramundanos como el Aqueronte. Antes y más allá del origen, después y más acá de los ríos destinales, el agua es aquella posibilidad de perdernos y de reencontrarnos, y de volvernos a perder, y esta vez no poder ya reencontrarnos, como le sucede a Milena quien, después de ser rescatada, se entrega de nuevo y para siempre al abrazo del mar que la llama.

Porque el agua es una llamada. Una acústica de voces, que vuelven del pasado y de la muerte, “voces que nunca había sentido, de otros cuerpos que yacen en el fondo”. El agua es el trabajo de la memoria y la impiedad del olvido, “hasta que la memoria insistidora no sea sino parte del agua vieja del olvido”, sonoridad liquida que le habla a la intimidad de quien se entrega como a un oráculo.
El agua es también el fin de todas las preguntas, la fuente de la que mana toda significación, porque en sus entrañas resuenan “los ecos de los antiguos estallidos que asolaron alguna vez la superficie de la tierra y que perduran en el centro del océano infinito”.

La novela de Javier Freixas nos presenta, a través de una de las metáforas más antiguas, el espejo que refleja el misterio que nos rodea: el misterio del tiempo, el tiempo humano; ese que se pierde y se recobra como el cuerpo de Milena.  
Más que recomendable, La voz del agua es una lectura inevitable y fatal.

L. C.