Mostrando entradas con la etiqueta PAPELES DE LA MEMORIA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PAPELES DE LA MEMORIA. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de julio de 2014

LIBROS MUNDIALES

La literatura del Siglo XX a través de los mundiales de fútbol  




Historia de la literatura, historia del futbol: vertientes de cauces paralelos. No faltan, sin embargo,  afluentes subterráneos. De vez en cuando intercambian aguas.  Se refrescan entre sí. La literatura del mundo y, especialmente, la nuestra, ofrecen sobrados ejemplos: escritores apasionados por el futbol,  futbolistas que devienen escritores.  Sobre el tema se ha escrito bastante. Umberto Eco, Vladimir Nabokov, Albert Camus, Juan Villoro, constituyen emblemas de la pasión futbolera en el campo de las letras. En Argentina, ni hablemos. Soriano, Fontanarrosa, Sasturain, han hecho literatura –excelente literatura, en algunos casos- con la poética del futbol.

Lo que propongo es pensar la literatura del siglo XX a partir de la historia de los mundiales de futbol.  Recuperar en la memoria los libros inolvidables que han sido dados a luz mientras las gradas gritaban los goles. Libros mundiales.

La célebre Copa del mundo empieza, como se sabe, en el año 1930, en Uruguay. Los argentinos perdimos la final contra los uruguayos. Desde entonces y mientras han vibrado los estadios, los escritores del mundo –wings de la palabra, valga el término- no han dejado de publicar sus libros, muchos de los cuales han sido decisivos, no solo para la literatura, sino incluso para los destinos de la humanidad.

Con el primer mundial, tenemos la aparición de extraordinarias obras.  En narrativa destacamos, a nada menos que William Faulkner con Mientras yo agonizo, una obra maestra, paralizante,  que revelaba una manera hasta ahora inexplorada de narrar.  Con una renovada técnica en que la voz narradora se desplaza a través del murmullo de una quincena de personajes, Faulkner da lugar a una historia trágica y truculenta, que nos instala en el mandato de los enterramientos.  Ese mismo año está Herman Hesse con Narciso y Godmundo, novela de búsqueda de sentido que prosigue una línea de escritura ya transitada por el autor. También  John Dos Pasos publica Paralelo 42. En Poesía aparece Thomas Eliot con su monumental poema Miércoles de Ceniza, una plegaria conceptual de fuerza extraordinaria.  En el género ensayo nos encontramos con El Malestar en la cultura de Sigmund Freud, obra que impactaría profundamente en el mundo del pensamiento, al proponer un cambio de mirada sobre la incidencia de la cultura sobre el inconsciente. En Argentina, Borges nos da su Evaristo Carriego, miscelánea sobre aquel poeta de la cultura barrial porteña. La lista sigue. Tan solo es una muestra.

En el año 1934 se disputa el mundial en Italia y el campeón es el local. En narrativa Scott FitzGerald nos entrega  Suave es la noche,  en poesía está  Fernando Pessoa  con Messagem, único libro publicado en vida por el autor y Paul Eluard con La Rosa Publique.  En teatro Federico García Lorca presenta Yerma y en el ámbito ensayístico, podríamos destacar a Karl Popper con La lógica de la investigación científica.

El año 1938 llega el Mundial de Francia, donde otra vez es campeón Italia.  En el plano literario hay una profusa lista de publicaciones extraordinarias.  En narrativa no podemos dejar de mencionar a  La Náusea de Jean Paul Sartre. Emblemática novela, biblia existencialista del siglo XX, que reflejaría con angustiosa trasparencia, la desazón humana frente a la gratuidad del existir.  En poesía el norteamericano e. e. cummings –así, con minúsculas- nos deja sus Colected Poems, innovadora, destellante e incisiva.  En ensayo hay dos magistrales obras de pensamiento sobre las artes escénicas: El teatro y su doble  de Antonin Artaud y Un actor se prepara de Constantin Stanislaski.

El año 1950 llegaría después de un extenso impasse mundial como efecto de la segunda guerra.  Seria en Brasil, y Uruguay sorprendería al mundo con su histórico triunfo en el Maracaná frente a los locales. En este año salen a la luz una importante cantidad de novelas de autores ya celebres como el caso de Ernest Hemingway con Al otro lado del rio y entre los árboles, el uruguayo Juan Carlos Onetti con La vida Breve. En poesía Pablo Neruda nos deja su Canto General, y Alberto Girri El tiempo que destruye. En el género ensayístico este año va a ser de un impacto mayúsculo. Ahí está El laberinto de la soledad de Octavio Paz y las inolvidables Aguafuertes porteñas de nuestro compatriota Roberto Arlt.  El primero, será un icono de la literatura del siglo XX: una audaz interpretación del mundo azteca y su presencia en el México del presente. 

Sigue en la lista Suiza 1954, con triunfo de Alemania.  Libros destacables: en narrativa el mexicano Carlos fuentes con Los días enmascarados, en poesía los chilenos Pablo Neruda con Odas elementales y Nicanor Parra con Poemas y antipoemas.

El siguiente campeonato es Suecia 1958.  Gana Brasil.  Aparece Julio Cortázar con los cuentos de Las armas secretas, entre los que encontramos el legendario relato “El Perseguidor”, en homenaje al gran músico de Jazz Charlie Parker. También García Márquez nos estrega su no menos legendario El coronel no tiene quien le escriba.  En poesía el americano William Carlos Williams nos entrega su poema Paterson.  En ensayo aparece nada menos que Levi Strauss con su Antropología estructural.

La parada que sigue es Chile, 1962.  Una vez más encontramos a Brasil en el podio.  Ya estamos en el boom.  Ahí está Juan Carlos Onetti, con El infierno tan temido, Cortázar de nuevo con sus populares Cronopios, Carlos Fuentes y La muerte de Artemio Cruz, después de Aura. Gabriel García Márquez también con dos presencias: La mala Hora y los relatos de Los funerales de la mama grande. Hay más. Alejo Carpentier,  El siglo de las luces, y Augusto Monterroso con sus innovadoras historias breves de La oveja negra y demás fabulas.  En ensayo, Marshall McLuhan nos entrega La galaxia Gutenberg y Umberto Eco Opera abierta, ambas de fuerte incidencia. Hay numerosas publicaciones en poesía;  en teatro, está Eugene Ionesco con El rey se muere.

Llega Inglaterra, 1966 y el campeón es el local.  Roa Bastos en Paraguay publica El Baldío, Mario Vargas Llosa en Perú, La casa verde y en Estados Unidos, Truman Capote, A Sangre fría.  Está Gabriela Mistral con Poema de Chile y Vinicius de Morais con Para uma menina com uma flor.

En el año 1970 volvemos al continente sudamericano con México, en el que una vez más se impusiera Brasil ante Italia.  Aquí encontramos a Borges con El informe de Brodie, un libro de cuentos “lineales” y casi realistas que llevarían su narrativa a las afueras de la literatura fantástica y José Donoso con El obsceno pájaro de la noche.

Alemania 1974, campeón el local. El boom está en su punto culminante. En este año se destaca una profusa producción en narrativa. Ernesto Sábato nos entrega su saga metafísica de Abadón, el exterminador, una obra que lleva hasta las últimas consecuencias su exploración en el mundo de las tinieblas.  Cortázar, siempre Cortázar, esta vez con Octaedro. Roa Bastos con su memorable Yo, el supremo. Alfredo Bryce Echenique con sus sospechosos cuentos de La felicidad ja, ja.

Finalmente llegamos a nuestra Argentina 78. La dictadura militar ha hecho estragos y empiezan las grietas por donde se filtra la sangre. El mundial debía ganarlo Argentina y lo ganó, con un sospechoso seis a cero ante Perú en semifinal, y tres a uno ante Holanda en la final. Hubo festejos en demasía para tapar  cadáveres.  Hay libros de Carpentier  (Concierto Barroco), de García Márquez (El otoño del Patriarca), de Carlos Fuentes (Terra Nostra), Juan Goytisolo (Juan sin tierra) y más.

España ochenta y dos llega con la Guerra de Malvinas y Argentina es doblemente derrotada. En el campo de juego y en el campo de combate. Nos volvemos a casa desde el Atlántico sur y desde los estadios españoles casi simultáneamente y con la misma derrota. Aparece por primera vez – a casi cincuenta años de la muerte de su autor- El libro del desasosiego del Poeta portugués Fernando Pessoa, con el heterónimo de Bernardo Soares. Se trata de un deleitoso texto que comprende unos quinientos fragmentos de diarios y reflexiones de un existencialismo avant la lettre. Constituye verdaderamente un fenómeno  y una curiosidad editorial.

De nuevo en México, el mundial de 1986 traería renovados aires a los argentinos.  Ya se han ido los gobiernos militares y el país goza de la primavera democrática de aquellos primeros años de la presidencia de Raúl Alfonsín.  Una oleada de sensaciones de libertad y de fe en nosotros mismos se ha instalado en nuestro pueblo.  Argentina gana la final contra Alemania por 3 a 1 y se consagra por segunda vez campeón del Mundo.  Maradona pinta en el campo sus mejores trazos. Ingenuamente nos desahogábamos de la derrota de las Malvinas, con dos goles contra los ingleses  –memorables, es cierto, pero solo goles-. Tocábamos el cielo.  Y también los libros.  Ahí estaba Mario Vargas Llosa con su novela ¿Quién mato a Palomino Molero?, como un último epígono del boom. El año anterior había aparecido el poemario de Borges, Los conjurados, un exquisito libro de poemas con el que nuestro escritor se despediría de sus lectores, ya que moriría en Ginebra justamente durante los días de este mundial. Lagrimas por Borges, euforia por la selección, fútbol y literatura no unificaban sentimientos.  

Italia 1990, otra vez la euforia, Argentina de nuevo a la final, con el mismo adversario. Esta vez nos aguardaba la derrota y la gran tristeza de un sueño frustrado.  El país había incursionado los caminos más descarnados de las políticas neoliberales, que no tardarían en hacer visibles sus efectos demoledores. Carlos Fuentes publica La campaña. En el interior de una cultura en que la modernidad era consagrada como la panacea de los pueblos, Néstor García Canclini nos trae Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad.

Llega Estados Unidos, 1994, triunfo de Brasil, expulsión de Maradona por un antidoping. Una metáfora escalofriante recorrería las galerías mediáticas: las piernas cortadas. Eric Hobsbawm publica su Historia del Siglo XX.  Presente año tras año, García Márquez esta vez se viene con Del amor y otros demonios. Juan Gelman, De palabra. Abelardo Castillo daría su primera novela El que tiene sed.

Francia, 1998, el campeón es Francia. En Argentina se cumple el segundo mandato de la presidencia de Carlos Menem. La desocupación es alarmante y asciende a más de dos dígitos. Pobreza, exclusión, marginación social.  Ernesto Sábato publica Antes del fin, memorias que recogen un repaso por la vida del escritor y su reflexión sobre la literatura y la sociedad de nuestro tiempo. También encontramos en este año a La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa.  En Argentina Andrés Rivera publica La lenta velocidad del coraje.

Después seguimos con los mundiales del año 2002 (Japón-Corea), 2006 (Alemania) y 2010 (Sudáfrica) y 2014 (Brasil). Del cambio de siglo en adelante no voy a hablar, ya que mucho de lo publicado no está lo suficientemente difundido, ni catalogado, ni valorado y podríamos incurrir en una injusticia.  

En este ligero repaso, seguro quedan imperdonables nombres en el olvido. Ha sido tan solo una muestra, imperfecta y precaria. Hemos dado un lugar preferencial a los argentinos y Latinoamericanos, por localía.  Anaqueles abarrotados con libros en todos los idiomas están detrás de cada copa, y piden ser leídos.

Finalmente, estamos en un año mundial y la contienda deportiva está llegando a su fin. ¿Cuáles son los libros mundiales de este campeonato? ¿Cuáles obras de este 2014 quedaran para la historia? Acaso sea tan inescrutable como el resultado del próximo domingo. Lo mejor sería esperar que no solo la Argentina gane y obtenga una nueva copa del mundo, sino, además, que este año mundialista, algún escritor argentino nos deje una obra inmensa, un legado  inolvidable para la posteridad.  Auguremos goles y lecturas, maravillosas lecturas. Es la otra final que nos espera. 

miércoles, 15 de enero de 2014

MUERE JUAN GELMAN




EL AMOR Y LA FURIA
A Juan Gelman

Tienes el dolor de un ángel partido por un sable de diamante.
Hablas desde la nocturna estación de la memoria.
Y cuando hablas,
un río de pueblo lacerado nos salpica el pecho,
nos desbasta el alma
hasta hacernos trigo de ese pan
que en la puerta del horno se nos quema,
(como Cesar Vallejo solía decir,
memorable y despiadadamente).
Me doy a pensar que escribes con el amor y la furia
de un Dios que se ha ido sin aviso
dejándote varado en medio de un valle de lágrimas y muertos.
El amor,
porque has escuchado un pájaro de arena en tu jardín.
La furia,
por quienes lo han arrebatado de un bayonetazo.
Lo que nos han arrebatado, Juan,
lo que imperdonablemente nos han arrebatado,
es la esperanza de perpetuar el acto de ser libres.
Sólo la luz escrituraria de tus manos podía redimirnos.

jueves, 9 de febrero de 2012

El almendro. A Luis A. Spinetta, In memoriam

Siempre me ha alucinado el gusto de las almendras, fruta seca, luminosa, de sabor exquisito y textura refinada, cosechada del árbol de los sueños.
Pero hay otra almendra que alucina. También de sabor exquisito y textura refinada, también cosechada del árbol de los sueños.
Aquella almendra con la que muchos hemos conocido a Spinetta.
Un sabor lento, progresivo, que te llega e invade de a poco hasta el éxtasis más perturbador.
En mi juventud he probado el sabor de aquella almendra de acordes y metáforas salvajes, cuyas resonancias me persiguen hasta hoy.
El almendro ha seguido en pie dando sus frutos oníricos con otros nombres, en otras estaciones, pero siempre con la misma magia, siempre fiel a su suerte frutal. Dicen que en este valle las almendras son de los duendes.
Pero ¿Y si acaso no brillara el sol?
El almendro está caído. El almendro, su corteza donde el hacha ha golpeado brutalmente ya.
Hoy que el sol reseca sus manos y esta sal es la ceniza de la lluvia, sangrado está bajo el agua, porque la noche del tiempo sus horas cumplió.
No queda más que viento. Siempre queda algo más que viento, desgarro del final del historial del comienzo que tal vez reemprenderá.
Porque sus frutos son eternos. Porque tiene alma de diamante. Porque todas sus hojas son del viento.
Que el sabor de las almendras nos acompañe por siempre.

sábado, 10 de diciembre de 2011

MEMORIA DE AQUELLAS NOCHES. EL CICLO DE POESÍA DE LOS VIERNES EN EL BAR "LOS CABEZONES"



Lo que quiero relatar es una de las épocas más felices de la poesía.

Lo que quiero relatar pertenece a la historia no narrada de Santiago.

Lo que quiero relatar tiene que ver con personas y lugares que ya no están. O que han cambiado. O que nunca serán lo que han sido entonces. Un sueño incompleto que se vuelve recurrente, perturbador, interpelante.

Nunca me hubiera imaginado que Felipe Rojas alguna vez nos dejaría. Tampoco hubiera pensado que el bar Los Cabezones sería demolido alguna vez por la maquinaria de los tiempos modernos. Ambas cosas han sucedido en un lapso menor a cinco años. En ese lapso hay toda una historia enterrada.

Este relato tiene sus inicios en el mes de octubre del año dos mil. Alberto Tasso me había hablado por teléfono. Quería invitarme a participar de una noche de lectura de poesía en aquel viejo bar junto a Felipe Rojas, poeta y amigo de travesías y desvelos. Eran los inicios del Ciclo de Poesía de los Viernes en el Bar Los Cabezones, un rincón en el que la tonada santiagueña se daba el goce de escucharse a sí misma en la mejor poesía leída por sus autores. Ese rincón tenía su momento y su sitio: el viernes por la noche en el Bar Los Cabezones, de la calle independencia y 9 de julio. A la sazón, verdadero santuario de la poesía y del arte santiagueño. En la penumbra de un salón angosto y largo se abría paso una episódica e irrepetible experiencia de lo bello.

Porque el ciclo de poesía de los viernes ha sido el advenimiento un decir poético renovado, abarcador, ininterrumpido. Un decir que cobijaba voces de distintos tonos y latitudes, bajo la impronta del deseo de la palabra. Una iniciativa plural, abierta, que buscaba generar un encuentro entre autor y público los días viernes, cada quince días, una esperada noche. Era una más de las propuestas de El Colegio de Santiago, vocación instituida a promover el conocimiento, la cultura y el arte que se cocina en esta tierra.

Aquella noche con Felipe Rojas ha sido una experiencia que no tiene precedentes, por lo menos en lo personal. Sin coordinación previa, hemos leído poemas encadenados, que terminaban y comenzaban a partir de impensadas relaciones de sentido. Ha habido poesía. Ha habido humor. Ha habido, sobre todo, calidez, cercanía, amistad. Me acuerdo, entre otras cosas, que estaban presentes algunos amigos que también se han ido ya. Carlos Manuel Fernandez Loza y Luis Ponce, ambos muy queridos y extrañados en esta tierra.

Después de aquel viernes, Alberto Tasso me ha propuesto para que colaborara con la coordinación del Ciclo. A lo cual he accedido con el mayor de los placeres, porque percibía algo diferente que se anunciaba.

No me parece exagerado decir que ha sido una experiencia inédita en las letras de Santiago. No tengo registro de algo similar que haya tenido lugar con anterioridad. El ciclo ha durado unos tres años, con algunos epígonos posteriores. Desde el año dos mil hasta el dos mil tres, en simultáneo con la mayor crisis política de los últimos tiempos, la poesía transcurría por un cauce inmune al colapso y el caos. Caían gobiernos y modelos económicos, se devaluaba la vida, se sucedían presidentes, y siempre quedaba la poesía sosteniendo esperanzas, siempre los viernes, siempre el bar Los Cabezones. “Es extraño leer poesía mientras por todos lados solo se habla de riego país”, comentaba Alberto en una de esas noches.

Han pasado por sus mesas medio centenar de escritores de nuestra provincia de la más diversa entonación. Entre otros, han estado con su voz y su palabra: Selva Yolanda Pocha Ramos, Roxana Chávez, Elisa Piccoli, Alfonso Nassif, Eva Gardenal, Carlos Figueroa, Melcy Ocampo, Ana María Domínguez, Juan E. Paz, Felipe Rojas, Marita Pilán, Francisco Avendaño, Alberto Tasso, Carola Santucho, Jorge Rosenberg, Ricardo Sgoifo, Carlos Artayer, Graciela Alicia López, Silvia Piccoli, Eduardo Lalo Lescano, Clarisa Pérez Villalobos, y J.A. Villalba, Adriana Del Vito y seguramente otros cuyos nombres escapan a mi memoria.

Juan Saavedra ha recitado poemas de su autoría, a la vez que ha poetizado con la danza, en una imperdible combinación de lenguajes y de artes, que despliegan un enlace de sentidos.

También nos han acompañado poetas santiagueños que residen en Buenos Aires y han traído sus ecos a esta tierra: Julio César Quico Salgado, presentando su libro Trampa Natura, y Pablo Narral la revista de poesía El Jabalí.

En otras oportunidades se han recordado voces que están en el tiempo: Gilda Roldán y Juan Andrés Alba han traído la memoria de Alberto Alba. Ana Gómez ha leído a Dalmiro Coronel Lugones, yo mismo he leido a Manuel J. Castilla y Ramón Paz a Atahualpa Yupanqui. José Andrés Rivas ha presentado a Bernardo Canal Feijóo poeta.

También la música ha encontrado refugio en la calidez de esas noches interminables: Las guitarras de Ricardo Cianferoni y Miguelito Simón, y la flauta traversa de Andrea Legname, entre varios otros músicos.

Narradores y poetas de provincias vecinas nos han visitado y presentado sus libros. Alejandro Carrizo, Sergio Uzandivaras y Selva Femayor de Jujuy, Susana Valenti y Héctor Berenguer de Rosario, Ricardo Irastorza de Córdoba, Ana María Cossio, Griselda Barale y David Lagmanovich de Tucumán, y Blanca Salcedo de Formosa.

El ciclo ha sido el ámbito para numerosas presentaciones de libros, de revistas culturales, de plaquetas, de videos, de toda ocasión para compartir arte. Ha sido enorme, incalculable, el caudal de voces y sentidos que han hecho nido en este refugio.

En esta iniciativa ha sido fundamental –y esto hay que decirlo- el papel de un público firme, perspicaz, poseído de escucha, atenta y respetuosa escucha; desbordante de goce y de sentido. Entre seguidores permanentes del ciclo, parroquianos infaltables, grupos ocasionales que variaban en cada noche, la concurrencia ha sido generosa, participante, lo que ha dado lugar a un clima cálido, acogedor, siempre deseoso de escuchar poesía. En el transcurrir de la noche no faltaba la ocasión para que alguien tomase la palabra, leyese espontáneamente un poema o dejase resonando unas notas de fino humor, especialmente en ese momento final en que después de la lectura se busca perpetuar el momento compartiendo alguna copa.

No puedo olvidar el viernes de la Pocha Ramos, en que nos ha entregado unos poemas desgarradores, recitados con su voz arrastrada y húmeda, derramada de pensamientos sobre el amor, siempre el amor en boca de la Pocha. Quizás la última vez que leyó en publico. No lo sé. No lo puedo saber. Pero es mi deber interpretar que ha sido su despedida. Es mi deber pensar que la Pocha dijo adiós a Santiago en aquella noche. El bar estaba absolutamente desbordado. Su voz era casi imperceptible entre esa multitud, que se había convocado a escucharla, presintiendo una despedida, porque un par de años después Santiago sabría de su partida.

Tampoco puedo olvidarme de la noche que recibimos la visita de David Lagmánovich –un grande que también nos ha dejado, y ya son varios- , que nos ha paralizado con una poesía certera, lucida, implosiva, matizada de su humildad y bonhomía. Ha leído, ha reflexionado, ha merodeado la belleza ante un público estupefacto.

No puedo olvidarme, en fin, de tantas noches de goce y amistad, de humor y conocimiento, de exaltación y de júbilo. El Ciclo de poesía de los viernes ha sido un derroche de voces y rostros memorables.

Algunas mañanas que voy al centro, hago una parada en el café que está emplazado en esa galería que hoy ocupa el sitio del antiguo bar. No puedo evitar el sentir el murmullo de tantos versos que han quedado colgados del silencio de las columnas. Esas columnas que han perdurado en el nuevo edificio, en un acto de resistencia a la feroz modernización de los tiempos. Esas imponentes columnas que guardan en su mutismo relatos, versos y música, testigos inmutables de tanto aquelarre, de tanta noche poetizada, de tanta belleza. Todavía queda entre ellas un silencio perturbador. Todavía se sienten vibraciones de esas noches apresadas en su maciza presencia. Voces desencontradas de sus ecos, poemas que no dan con sus lectores, relatos que no han sido narrados y aun esperan, sones suspendidos en el tiempo como una niebla.

Bebo el café y fumo un cigarrillo, mientras escucho y me nutro de lo que ha quedado en esas modernas ruinas. Recuerdo. Me dejo reencontrar por aquellas noches. Digo poemas en la memoria.

Ojalá que la poesía en Santiago se encuentre a sí misma en algún rincón que, como aquel, le preste la escucha necesaria para volverse noche.

Necesito un viernes en mi vida.

Santiago necesita viernes de poesía.

sábado, 30 de abril de 2011

ERNESTO SÁBATO: EN EL FONDO DE “EL TÚNEL”




Sábato ha muerto hoy. No voy a decir que estoy apenado. No voy a hablar de su grandeza, ni de su valentía, ni de su condición de hombre justo. No voy a referirme a su compromiso con los derechos humanos, ni abrir juicios éticos. En este momento hay demasiadas plumas escribiendo sobre esas cosas. Prefiero evitar esos lugares. Prefiero preguntarme ¿qué nos ha dejado en su largo camino de un siglo de vida en esta tierra?

He conocido a Sábato en aquellos vulnerables años de adolescencia. El azar o las secretas leyes que rigen esta trama –¡con su permiso, Borges!- , ha puesto su libro “Sobre Héroes y tumbas” entre mis manos vacilantes. El libro venía viajando desde el fondo de la historia, había estado de paso en la biblioteca de mi padre y un día me sorprende con su volumen y su textura entre mis manos. No sabía, no podía saber, quién era Sábato, ni sobre qué cosas escribía. Ingenuamente, me ha cautivado la gráfica de la portada, una escultura de un dios, o algo parecido, en una superficie de arena. El contacto de mis manos con ese libro me llenaba de una extraña energía, como si viniera de otro mundo. No podía no leer. El libro mandaba.

En ese entonces yo no era aun lo que se dice un lector, y menos sospechaba que estaba a punto de comenzar a serlo. Porque después de abrir esas páginas, no he vuelto a cerrarlas hasta hoy. Sábato me ha llevado a un territorio del que ya no se puede volver. Onírico, tenebroso, a la vez que insospechadamente bello y deslumbrante. Lo he leído sin interrupciones en noches interminables en que las madrugadas me sorprendían con el velador prendido y el alma convulsionada. Fernando Vidal Olmos, Martín, Alejandra, han llegado a ser personajes de carne y hueso que me visitaban a mi alcoba. Y en los que reconocía con extremo pavor los conflictos de ese abismo que significa la vida adolescente, que angustiosamente atravesaba.

Ese libro ha cambiado la textura biográfica de mis días. A veces pienso que si no hubiese llegado a mis manos, mi historia –y la de otros como yo- hubiese sido diferente, inexorablemente, y acaso no estaría escribiendo hoy estas líneas, acaso estaría mirando la vida desde otro lugar.

Porque después he ido tras los rastros de “El Túnel”. Otra vez la experiencia de someterme al señorío del texto, leído en un solo aliento. Yo leía, Sábato mandaba. Otra vez la experiencia de mirar con asombro y pavor el fondo cenagoso del alma juvenil. Esa experiencia ha significado un despertar, una gran conmoción ante el misterio de la existencia.

A partir de entonces he seguido leyendo el resto de sus libros, Abadón, y los ensayos, especialmente El escritor y sus fantasmas. Y he mantenido una fidelidad incondicional de lector sumiso.

El contacto con Sábato me ha arrastrado al reino de la mejor literatura. Dostoievski, Kafka, Camus, Roberto Arlt, y toda la narrativa del siglo XX. Ellos estaban esperando detrás de la contratapa y cada uno ha tenido su momento para abrir de par en par sus mejores páginas.

Al cabo de los años, con el corsé de una desprolija formación literaria, he sospechado contradicciones y ambigüedades, algunas limitaciones y faltas de estilo, en su obra y aun más en su persona, que convivía con el personaje. He empezado a sospechar que Sábato era demasiado para Sábato.

¿Pero cómo olvidar las puertas abiertas por el autor de esos libros que habían llegado hasta mi, como venidos del infierno en que yo mismo me hundía? ¿Cómo dejar atrás la intensidad vivida en esos desvelos en que la lectura me sumía en un trance hipnótico? ¿Cómo alejarme de quien me había enseñado los arcanos de la existencia en un lenguaje descarnado y brutal?

Entonces, me he dado a pensar que el autor de “Sobre héroes y tumbas” merece ciertas consideraciones, que no siempre le han sido dadas. Sus textos no son para cualquiera ni para cualquier momento. Construyen un lector que necesariamente debe estar en situación de ruptura, convocan a un lector quebrado, irresuelto, víctima de su propio abismo. Son historias que llaman desde la tempestad, desde la desesperación, o desde la angustia por la finitud y la desolación de una vida hecha de posibles no realizados, y de consumaciones indeseadas. Buscan un lector incompleto, desorientado, entrampado en sus contradicciones y perplejidades.

Vuelvo. ¿Qué nos ha dejado Ernesto Sábato en su largo camino en esta tierra? Con sus palabras estaríamos tentados a decir que nos ha dejado sus pesadillas. Pero preferiría pensar que nos ha entregado un juego de tramas espejadas, en donde reconocernos como seres mortales, expuestos al fracaso, a la desesperación, a la caída. Nos ha dejado historias en las que podemos explorar las regiones más áridas, aunque no menos constitutivas de nosotros mismos. Pero también nos ha dejado un fugaz resplandor en esa oscuridad. En el final del abismo hay un “ojo fosforescente” en pugna con las tinieblas. Nos ha enseñado que en el fondo del túnel conviven El dragón y la princesa.

jueves, 24 de marzo de 2011

LAS POLÍTICAS DE LA MEMORIA EN LA ARGENTINA



Pensemos con un verso de Borges, que pertenece al poema Everness, de “El otro, el mismo”: “Solo una cosa no hay. Es el olvido” . El énfasis de un ciego que vive en la compulsión de una memoria minuciosa. Algo resuena en sus palabras, sin embargo. El olvido, si no imposible, cuando menos es una obscenidad. Los textos de Borges reflejan una y otra vez la tensión entre memoria y olvido. Entre Funes, el memorioso, y las voraces aguas del leteo. En el poema Son los ríos de “Los Conjurados”, nos dice: “la memoria no acuña su moneda. / y sin embargo hay algo que se queda / y sin embargo hay algo que se queja”. Aun traicionada por el olvido, aun sin cuño, la memoria no deja de ser “impronta” imborrable y a la vez angustiosa, la memoria suele dejar sabor amargo. “Hay algo que se queja”. Además de imborrable, puede ser traumática.

Esa memoria a la vez imborrable y endeble, angustiosa, desesperante a veces, algunos autores la suponen como una atribución colectiva. Cuando se habla de la memoria se usa este concepto a una escala individual, pero también a nivel social. No solo los individuos tienen memoria, también los colectivos. Y si los pueblos tienen memoria, entonces hay en ella un sentido político.

Paul Ricoeur (2008) en un denodado esfuerzo por llevar adelante una fenomenología de la memoria, distingue en ella dos manifestaciones. La memoria puede ser algo que acontece de un modo pasivo, un recuerdo que nos viene. O pude ser algo que “ejercemos” activamente, es decir, el objeto de una búsqueda. Podemos recordar espontáneamente o hacer memoria, como una acción deliberada y voluntaria. En este último sentido la memoria tiene una dimensión pragmática. La memoria es un “hacer” que se inscribe en el ámbito de la praxis.

Memoria colectiva, pragmática de la memoria, dan lugar a la posibilidad de la memoria como programa, en el sentido de “políticas de la memoria”. Hay políticas de la memoria porque el uso y el abuso ponen en juego un “habernos” como comunidad histórica con nuestro pasado en vistas a un proyecto de futuro. ¿cómo nos vinculamos con nuestro pasado? ¿qué hacemos con nuestra memoria? El vínculo con nuestro pasado resulta decisivo para constituirnos como una Nación. En este sentido, la memoria pasa a ser un eje fundamental en la experiencia de nuestra temporalidad y en la constitución de nuestra identidad narrativa.

Nadie pone en duda, a esta altura de los tiempos, que la Argentina ha desarrollado claramente políticas de la memoria, como un eje central en el rol del Estado. En realidad, siempre las hubo, ya sean explícitas o implícitas, pero estas políticas en el pasado han estado signadas por los abusos del olvido (indultos y amnistías), la mala mimética, la memoria impedida, o la melancolía. Finalizado el siglo veinte –siglo de la memoria, según Ricoeur- las políticas de la memoria se han materializado en acciones concretas y determinadas, que expresan con claridad una concepción dinámica de nuestro pasado, tanto el reciente como el fundacional : derogación de las leyes de obediencia debida y de punto final, reconversión de los centros clandestinos de detención en museos de la memoria, la Ley de Educación Nacional, la Ley de Medios, Celebraciones del Bicentenario, la redefinición de las conmemoraciones anuales y sus feriados (la Vuelta de Obligado es un emblema al respecto), los programas de promoción de arte por la memoria, entre otras.

Hay que decir que no todos los ciudadanos argentinos comparten estas políticas. Hay quienes observan un ánimo manipulador, que no se condice con la exigencia de recuperar el pasado desde la necesidad de la construcción de un relato de identidad común. Hay quienes promueven el olvido como política. Y un cancelatorio “mirar para adelante” sin retrovisor.

Más allá de la polémica, lo que hoy resulta necesario discutir, es ¿cuál es el vínculo hoy entre “Justicia” y “memoria” en esta Argentina que tenemos? ¿en qué medida estas políticas podrían inscribirse en línea que Ricoeur ha llamado “Políticas de la justa memoria”?

En los últimos años de vida, antes de su muerte en el año 2005, Ricoeur publica una obra monumental, en la que va a intentar hacerse cargo de esta cuestión, La Memoria, La Historia y el Olvido (2008). El planteo se desarrolla a partir de una “preocupación política”. El espectáculo generado por los excesos o abusos tanto de la memoria como del olvido, que han acontecido en el devenir del Siglo XX. La búsqueda de una “política de la justa memoria” es el horizonte ético que dinamiza la propuesta. Si bien la cuestión de la memoria ocupa una lugar muy claro entre las preocupaciones teóricas planteadas en los textos precedentes, no menos importante es la “cuestión práctica” que se abre a partir de la formulación de la categoría de “Justa memoria”. El contexto del planteo es lo que podríamos llamar los “juicios de la memoria”. Se trata de los juicios que se desplegaron durante el Siglo XX con motivo de los crímenes que entran dentro de la categoría de lo “injustificable” (Ricoeur: 2008, p. 600). Ricoeur cita como ejemplo los juicios de Núremberg, Tokio, Buenos Aires, Paris, Lyon y Burdeos. Lo común de ellos es que han generado una legislación espacial en materia de derecho internacional, que los define como “crímenes contra la humanidad”.

Pero ¿qué son las “políticas de la justa memoria”? Simplificando las cosas podríamos decir que es el esfuerzo de una memoria colectiva cuya pragmática se construye laboriosamente (en cuanto compromete la noción psicoanalítica de “trabajo”) y que tiene antecedentes en el concepto del virtud como “justo medio” aristotélico. Se trata de una suerte de virtud de la memoria que equidista, entre un exceso y una carencia, entre el abuso de la memoria y el abuso del olvido.

¿Cuál es la línea que separa el uso del abuso en el plano del deber de memoria? ¿Cuándo el deber de memoria resulta un camino para el logro de una memoria feliz o el precipicio de una memoria cautiva y abusiva? En este punto Ricoeur va a introducir una idea que creemos central en el planteo. Se trata de la idea de Justicia. “Es la justicia –dice- … la que transforma la memoria en proyecto” (Ricoeur: 2008, p. 119). Proyecto de justicia que resignifica la memoria transformándola en futuro y en imperativo, que transmuta la memoria en esperanza.

Para recuperar las cuestiones planteadas al comienzo, nos preguntamos ¿en qué medida las políticas de la memoria seguidas hasta ahora por el Estado Argentino se inscriben en un horizonte de justicia? ¿En qué medida hemos logrado una feliz articulación entre memoria y justicia? Más allá de los abusos, que siempre los hay –impedimentos patológicos, manipulaciones ideológicas y obligaciones pasionales- y de los usos, no siempre vigentes –olvidos compulsivos, relatos selectivos, amnistías- las políticas de la memoria han seguido un camino sinuoso entre la intencionalidad de una justa memoria y la memoria abusiva por defecto, una búsqueda irresuelta, cuyo horizonte último no es otro que el de una memoria feliz, y que a tientas va andando su camino. De eso se trata en definitiva. Del logro de una vida sosegada en base al trabajo del duelo y al trabajo de la memoria.

Memoria justa es recordar a otro distinto de sí, es hacerse cargo de una deuda generacional, es hacer justicia a las víctimas. Si las políticas vigentes logran esas metas, estamos en un camino que al menos promete dejar atrás el trago amargo de un pasado irresuelto.

1. Borges, Jorge Luis (1974), Obras Completas, Buenos Aires, Argentina: Emecé.

2. Ricoeur, Paul (2006). Caminos del reconocimiento, Tres estudios. México D. F., México: Fondo de Cultura Económica, Trad. del Francés Agustín Neira.

3. Ricoeur, Paul (2006). Sí mismo como otro. México D. F., México: Siglo XXI editores, Trad. del Francés Agustín Neira.

4. Ricoeur, Paul (2008). La memoria, la historia y el olvido. México D. F., México: Fondo de Cultura Económica, Trad. del Francés Agustín Neira.


martes, 8 de marzo de 2011

LO QUE ELLAS TRAJERON: SABIDURÍA Y DESEO

En el Día Internacional de la mujer

La cultura occidental nos ha marcado a fuego con un latigazo descarnado: Dios -según relata el Génesis- hizo un mundo sin mujeres. El mundo adánico era solo de varones; lo de Eva fue un accidente posterior. Porque, según parece, el advenimiento del género femenino no estaba en ningún plan, fue la irrupción de lo imprevisible, un viraje repentino en el timón, que merece ser pensado. Desde una lógica masculina y guacha, ese arrojo imprevisto es la evidencia de la secundariedad del género. El mundo era para los hombres, solo que “no es bueno que el hombre esté solo”, según reza el texto bíblico. Y, por lo tanto, para mitigar la soledad masculina, desembarcó un contingente de “Evas” que venían nada más que a estar entre nosotros, a darnos compañía en este universo desolado y gris. En esa dirección ha pensado la humanidad desde siempre y desde esa perspectiva se ha domesticado el género.
Prefiero ensayar un pensamiento en otra dirección. Prefiero pensar que ese giro de timón fue precipitado por un urgencia acuciante, algo se había ido de las manos. El plan de la creación venía con un imponderable y estaba a punto de colapsar. El mundo en manos de los hombres iba camino a la destrucción, a la locura, al sin sentido. Entonces el Creador tuvo su idea más brillante. Había que enviar a alguien al rescate de su obra malograda. Y ese alguien se llamaba Eva. Ella vendría a salvar el mundo. ¿A salvarlo de qué? De los excesos de la lógica perversa que los hombres habíamos impuesto sobre las cosas. Tenía que ser la mujer, el mundo necesitaba de un pensamiento distinto, flexible, laxo, parcializado, erótico, glamoroso. Y con la mujer llegó el Deseo. Y con el Deseo, el mundo se hizo fiesta, esa gran fiesta de encuentros y desencuentros, de amor y de pasión, de sueño y desvelo.
Desde entonces las cosas tomaron un rumbo inesperado, porque las mujeres esparcieron su gracia por el mundo y la faz de la tierra había cambiado para siempre.
Lo asombroso, lo increíblemente mágico, es que aquella Eva venía de la propia materia viva del Adan. Había sido hecha de una fracción de sus huesos, de una costilla, si hemos de seguir el texto bíblico que -aunque discutido por algunos- alguna razón parece tener. Esta circunstancia nos hizo pensar a muchos “Adanes” que esta extraña criatura era una segregación de los hombres, un desprendimiento del tórax; nada más que eso, un apéndice que no acierta a ser por sí mismo.
Sin embargo, también podemos interpretar ese origen desde otro punto de vista. La mujer provenía de una costilla, porque la costilla es el hueso que protege el corazón, porque la mujer traía al mundo una nueva ética, menos cerebral, una “ética del cuidado” -como lo hace ver Carol Gilligan-, una nueva percepción de las cosas, una modalidad relacional orientada a la comprensión de quien padece. Desde ese entonces la vida en esta tierra tiene otro sentido; mejor dicho, la vida en esta tierra tiene desde entonces un sentido, que en algún momento del reinado masculino lo perdió.
Y entonces el mundo ha comenzado a ser ancho y ajeno, porque los hombres habíamos dejado de ser los “dueños”. Claro que durante algún tiempo creímos seguirlo siendo, pero ellas estaban ahí, sembraban y cosechaban desde el silencio; y, con toda discreción, se enseñoreaban de la tierra y, nosotros, con toda ingenuidad, nos beneficiábamos de ese señorío. Cuando nos dimos cuenta, ya era tarde, estaban en todos lados, especialmente dentro nuestro. Incapaces de renunciar a nuestra condición de Amos y Señores del Reino, empezamos a inventar historias, relatos, que las ponían fuera de nuestro juego. Y ellas se dejaban narrar, se prendían de esas historias, porque sabían que eran sólo eso: historias, mitología de machos destronados. Y demostraron mayor sagacidad, porque, aun siguiendo nuestro juego, sabían que ganaban. Siempre ganaban.
Con el tiempo, no sólo han demostrado ser más inteligentes, también han demostrado que traían consigo una sabiduría primordial, encabalgada en el latido mismo de la vida. Nos han dado la belleza del mundo, el erotismo, el sentido de vivir, la recomposición de nuestro cuerpo fragmentado, las variaciones del amor. Finalmente parece ser que les debemos mucho y que valió la pena perder una costilla.
El de los hombres era un mundo de abstracción y monotonía. Las mujeres han traído lo mejor. Lo que llevan puesto y lo que ponen en su llevar.

miércoles, 19 de mayo de 2010

“El pueblo quiere saber de qué se trata”. Bicentenario de un lugar común.



“El pueblo quiere saber de qué se trata…” , un enunciado colectivo, una expresión común, que desde nuestro mayo de mil ochocientos diez, atraviesa doscientos años de historia y nos visita una y otra vez como un viejo talismán que siempre vuelve. Simple y elocuente, transparente construcción verbal que heredamos, reiteramos y consagramos no solo en actos patrios sino en el mitin político, en la palestra de los medios, en el piquete, en el aula. Históricas palabras, se transmiten con la elocuencia de las grandes voces que, como grandes, a la vez que dicen, callan; a la vez que muestran, esconden. Esconden y callan las vivencias de disociación de un pueblo escindido, como también esconden y callan la legítima voluntad ciudadana de saber, conocer, entender y participar, de un sujeto postergado.

El pueblo quiere saber se ha instituido ya en el más monumental de los lugares comunes. Como todo lugar común, es un lugar en préstamo. Un sitio en el que nos dejamos pensar por los otros, porque hemos abdicado del esfuerzo de preguntar. Lugares comunes, frases hechas, clisés del discurso dominante, espacios de sentido en los que nos hallamos cómodos porque hay algo que está resuelto con eficacia y de antemano, desde un lugar que no es el nuestro. Nos ponen en la luz de un pensamiento claro, irrefutable, de ilusoria evidencia. Porque hay un campo de sentido que está ya siempre construido y apropiado por una recurrencia que instituye su validez. Y ese lugar nos deleita porque nos sentimos luminosos, brillantes, traspasados por el gran rayo de luz y de verdad de los cabildantes que tramaron el relato de la revolución.

Propongo no pensar en lo que esta expresión dice, propongo pensar en aquello que deja de decir. En esa dirección preguntamos ¿Qué pueblo es el que quiere y de qué saber se trata? ¿Cuál es el pueblo, sujeto de esta expresión? ¿A quién incluimos y a quien dejamos afuera cuando afirmamos que el pueblo quiere saber? ¿qué saber está aquí en juego? ¿En qué relato del gran pueblo argentino incluimos esta expresión?

El pueblo que quiere saber, ha sido siempre el lugar de los iluminados que se posicionan en el monopolio de la palabra y el saber, los vecinos acomodados e ilustres de la vieja Buenos Aires, los que en bastón y levita podían hablarle al Cabildo, el pueblo acartonado que, con el tiempo, dará lugar a una Nación Jurídico-formal, eternamente desbordada por ese otro pueblo que quiere saber y no puede. El pueblo que quiere saber en ese relato no son las multitudes silenciosas que fraguan la densidad de la historia.

Porque hay otro pueblo que también quiere saber. El que ha quedado enterrado debajo del barro de una plaza, el que no tenia paraguas y no estuvo frente al cabildo, porque hacía frío, y porque todavía tiene hambre, doscientos años después. Es el pueblo de las pobres provincias que supieron de la revolución cuando ya se había consumado, porque siempre llega tarde.

Es el no educable, que Sarmiento ponía en entredicho, el bárbaro, el indio, el hachero, el descamisado, el paria, el que va y viene de la historia arrastrado por un relato dominante que lo invoca y expulsa cuando quiere.

¿Qué saber quiere el pueblo? Y el saber querido por el pueblo, el de la plaza, desde mayo hasta el Bicentenario ¿no es acaso el saber del discurso único, que otorga y retira la palabra según propios y mezquinos intereses?

El saber que quiere el pueblo, si hablamos de ese otro pueblo de carne y hueso, que no estuvo en aquella histórica plaza ni lo está hoy en la plaza virtual de las pantallas, acaso sea ese saber plural, descentrado, abierto, multiforme, que circula en una multiplicidad de relatos. Relatos que no siempre llegan al lugar de La Palabra, que claman por un lugar en las escuelas y un minuto de aire en el cielo multimedial suprasensible. Es el saber de la vida y la cultura latiente, que circula en un ramal inabarcable y diverso de voces y murmullos. Un saber que nos abre a “ser en la diferencia”, como la palabra silenciosa en donde la Nación “no dicha” en los discursos hegemónicos, encuentre finalmente su lugar.

En este Bicentenario pensemos que “pueblo” y “saber” son lugares irresueltos en nuestra historia para seguir trabajando. Hay un cabildo que todavía sigue abierto.

miércoles, 24 de marzo de 2010

LOS LENGUAJES DE LA MEMORIA



A esta altura hay cosas que ya deberían estar fuera de discusión. Sin embargo, cada vez son más las voces que proclaman el olvido en aras de una conciliación nacional.
Habría que tener más cuidado en estos tiempos que corren. El uso del lenguaje desde algunos sectores que avalan la impunidad es una trampa. El humor social anti-kichnerista, sumado a las políticas en Derechos Humanos ligadas al actual gobierno, son una perfecta tentación para los sectores conservadores de tirar al tacho mucho de lo que se ha ganado en materia de conciencia en estas dos últimas décadas.

Hay discursos que ponen a rodar palabras que deberíamos pensar bien antes de decirlas. Están ahí, en los espacios hegemónicos de los medios opositores. Me refiero a las palabras Perdón, olvido, amnistía, presos políticos, conciliación, que algunos ahora proponen para un país que “incluya a todos."
Eduardo Duhalde y su Argentina para todos, con un escalofriante alegato del olvido y la propuesta de un plebiscito para el cese de los juicios; Cecilia Pando y sus “víctimas” del terrorismo; Mauricio Macri y su propuesta de hundirnos en las aguas del Leteo, en un mirar para adelante sin retrovisor; son algunas de las voces que dan asilo a estas palabras.

Discursos políticos, blogs, columnas en diarios, documentos eclesiales, con toda liviandad apelan a estos lugares como una solución mágica para “cerrar heridas“.
Propongo reflexionar en torno a estas palabras que vuelven al discurso con pretensiones de legitimidad.

La palabra perdón es la que menor análisis resiste. ¿Cuándo y quien puede perdonar un crimen, cuyos verdugos se ufanan en que volverían a cometerlo?

Dice Ricoeur que el perdón no es algo debido, sino que debe ser pedido, y qué sólo las víctimas pueden concederlo.

Dos anotaciones. Nadie ha pedido perdón, hasta ahora que sepamos. Y quienes pueden concederlo no están entre nosotros. Ambos datos lo clausuran como posibilidad.

El olvido es la contra cara de un perdón imposible. A falta de lo uno, venga lo otro. El olvido está reñido con el “nunca más“ fundacional de esta democracia; implica una dolorosa renuncia a lo que trabajosamente hemos logrado en casi ya tres décadas como sociedad ¿Cuál es el camino que propone el olvido? El olvido propone volver a las huellas de la impunidad, a pesar de que la justicia ha fallado una y otra vez sobre el crimen. Es el camino de la ceguera y la convalidación del delito.

El nombre político-jurídico del olvido es amnistía. Es el olvido institucionalizado. Una consigna pensada desde una pretendida ética de la responsabilidad, que carece de una cabal valoración de las consecuencias. Se basa en la creencia de que el dejar sin efecto el castigo a los culpables crearía las condiciones para la unión nacional. No es políticamente correcta, pero si efectiva, dirán algunos desde un conservador pragmatismo. Aun desde una racionalidad estratégica nos preguntamos ¿Qué pasaría entonces con las víctimas y los familares de las victimas? ¿Quedarían “conciliados” unilateralmente? ¿Quién conciliaría después la diáspora en que hundiríamos a estos argentinos, que siempre y en todo momento han utilizado como único medio la justicia institucionalizada, para canalizar su indignación? ¿Qué conciliación es posible sobre la base del despojo a las Instituciones?

Presos políticos es una de las palabras que encubre un peligrosamente engaño. Quiere disfrazar políticamente lo aberrante. Porque implica una alteración en el juicio sobre los hechos. Los presos por los crímenes de la dictadura no son de carácter “político.” Los crímenes de lesa humanidad son un hecho constatado e indiscutible, que reclama justicia. Son presos comunes, juzgados por la justicia, por homicidios y torturas. Estos “presos políticos” han asesinado a compatriotas de este mismo suelo, no a extraterrestres invasores en una “guerra sucia“.
Por último, está la palabra conciliación. Se apuesta a sus falsas resonancias mediadoras-pacificadoras. ¿Es posible la conciliación sobre la base del olvido y la impunidad?. ¿Es posible la conciliación cuando una parte de esta sociedad todavía sufre los daños infrigidos, cuando aun siguen apareciendo los hijos del crimen?. La conciliación solo puede sobrevenir cuando se ha elaborado el duelo. Y todo duelo se elabora a partir de la verdad.

Por eso, en este día de reflexión sobre nuestro pasado y presente, habría redoblar los votos por la memoria, la verdad y la justicia, como el único camino para una conciliación con nuestro pasado. Un camino trabajoso, lento, a largo plazo. Aquí no hay soluciones mágicas, mal que les pese a los profetas del olvido. La búsqueda de una memoria reconciliada solo es posible a partir de la verdad.

Memoria, verdad y justicia, deberían ser estandartes no discutidos en el debate político, un lenguaje que esté en la base de toda argumentación, un piso a partir del cual se construyen las diferencias y las opciones. Es el camino que los hombres y mujeres de este suelo hemos elegido, como valores fundantes de nuestra democracia. Es necesario, entonces, desenmascarar los lenguajes que los traicionan en una retórica cada vez más contaminada.

sábado, 9 de mayo de 2009

EL SILLON DE TERCIOPELO






Publicado en El Liberal el 12 de Febrero de 2009






En estos días he sabido que hay unos textos inéditos de Cortazar que serían editados en homenaje. Me he preguntado qué suman esos textos en una obra tan basta y diversa como la que nos ha dejado. Seguramente no mucho. Quizás la experiencia de un reencuentro, para algunos; o la novedad de un Cortázar inexplorado por la crítica, para otros. 
Me he preguntado si era la mejor manera de recordar a ese argentino afrancesado que ha nos ha dado momentos de suprema belleza. No me parece mal, desde luego -  hasta tengo expectativas por esos textos - ; pero se respira cierto pulido de bronce y mármol, que al propio Cortázar le hubiese resultado incómodo. Creo, incluso, que la idea de “homenaje” es poco cortazariana.
Quizás la mejor forma de mantener viva su voz y su memoria, en este aniversario de su muerte, sería volver a sus libros consagrados y promover que las generaciones posteriores lo reconozcan y admiren, como lo admiramos quienes crecimos bajo el manto de su frondosa sombra. Se trata de reinventar sus juegos, repensar sus palabras luminosas y redescubrir el asombro virginal que relampaguea en sus textos.  
Julio Cortazar es una experiencia. Como tal, es intransferible. Solo quienes hayan transitado por el horror de Bestiario, por el misterio de Las armas secretas, por la magia de Final de juego, o por la ingeniería onírica de Historia de cronopios y de famas, sabe de lo que estoy hablando. Ahí está Rayuela, testamento vital del artista que se reconoce menos como escritor que como músico. También Todos los fuegos el fuego, Último round y todo lo mucho que escribió y que resulta una experiencia inaugural e irrepetible. 
Cuando digo que Julio Cortazar es una experiencia, quiero decir que es uno de aquellos autores que, como supo decir Ernesto Sábato, nos transforman a partir de la lectura. No somos los mismos después de Octaedro. No lo somos después de Queremos tanto a Glenda o al cabo de aquellas Deshoras. La lectura nos atraviesa por todos lados y al cerrar las páginas miramos el mundo de otro modo, o nos encontramos en otro mundo.  No somos iguales antes y después de tratar con el autor de Rayuela, en cualquiera de sus múltiples rostros. 
Porque los “parques” tienen una continuidad entre las páginas de sus libros y el “sillón de terciopelo” , en el que cómodamente creemos ser meros testigos de una trama que nos involucra y está pronta a sorprendernos, como se sugiere en ese cuento inolvidable. Es ese sillón de terciopelo el que nos transforma de un modo definitivo, irreversible, y nos arrebata a un mundo de belleza y locura. Porque los textos de Cortazar son un detonante para fragmentarnos y reconstituirnos a partir de un nuevo brote de sentido, o en todo caso, a partir de nuevas y crecientes incertidumbres. 
Por eso creo  oportuna, a propósito de este aniversario, la entrega de una invitación. Una invitación a ocupar ese sillón de comodidad aparente, bajo la amenaza de la imprevisibilidad. Una invitación para todos aquellos que aun están en las orillas de este singular universo,  a ser parte de esa experiencia  maravillosa que es la obra de un argentino nacido en Bruselas, que vivió su infancia en Banfield, pasó la mayor parte de su vida en París y escribió en el idioma de Buenos Aires. Porque Julio Cortazár todavía es Alguien que anda por ahí. Hay que encontrarlo. 

miércoles, 22 de abril de 2009

TESTIMONIO Y PROFESÍA EN LA ESCRITURA DE RODOLFO WALSH


El veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis el país se sacudió con la toma del poder por de la Junta Militar. El veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y siete, Rodolfo Walsh envía su Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar a todos los diarios y nadie publica. El veinticinco de marzo del mismo año -un día después, “un oscuro día de in-justicia después“- Walsh es asesinado en una emboscada. Es imposible no pensar estos tres acontecimientos en una sola secuencia. Es imposible no pensar que ya sabía de su muerte, mucho antes de aquella bomba de maquina de escribir.
Walsh es acaso uno de los pocos temerarios que en su momento y desde dentro de un país en llamas, denunció sin tapujos los atroces crímenes que venía perpetrando la Junta de la Muerte. Crímenes políticos: la detención clandestina y la desaparición forzada de personas; crímenes económicos: la inauguración de la era de las políticas de ajustes; crímenes sociales: la estrepitosa caída del empleo y la proliferación de las villas, la marginación y exclusión compulsiva del pueblo. La “carta” de Rodolfo es quizás un documento que a la sazón mostró lo que solo mucho tiempo después pudimos ver, pudimos angustiosamente ver los argentinos.
Interesa resaltar que el documento revela además alguna clave de su escritura. Para cerrar el texto, escribe: “Estas son la reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esta junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.”
“Dar testimonio en tiempo difíciles“, es un principio ético-escriturario que a partir de “Operación Masacre”, va a estar presente en toda su producción. Pero ese “dar testimonio” en ningún caso construye un texto propagandístico, ni político-programático. Se trata del esfuerzo por testimoniar el dolor universal de las víctimas. De aquellas innumerables, anónimas, indiferenciadas víctimas de la injusticia y la crueldad. Tanto “Operación Masacre”, así como sus cuentos, “Los oficios terrestres”, “Un oscuro día de justicia”, por citar algunos, constituyen relatos de “actos de crueldad” en los que emergen, desde los gestos a las acciones concretas, las más abyectas miserias del ser humano.
Pero acaso su mayor relato de crueldad sea su propia carta, mucho más que sus obras de ficción, aunque, cabe aquí la salvedad, que en esta narrativa, ficción y realidad se desdibujan, se traicíonan, se referencian y finalmense se invaden entre sí, en un diabólico juego de espejos.
Cuando Rodolfo Walsh confiesa que Operación Masacre le cambió la vida, lo que está diciendo es que en ese texto se encontró con el escritor que estaba buscando y con el que hasta ese momento andaba desencontrado. “Soy lento -dice en su texto póstumo “Yo, Rodolfo”-, he tardado … lustros en escribir un cuento”. Esa lentitud confesada es el tiempo demorado en encontrar ese principio, que lo llevara a escribir sus mejores textos, porque “comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior”; amenazante por la crueldad y la miseria con que estaba/está tramado. Ese “mundo”, situado en la Argentina de los setenta, es un relato perverso que Walsh aprendió a reinventar en sus textos. Y por narrar ese mundo se encontró a sí mismo en sus propias historias, narró su propia dramática y fue víctima de una Injusticia mayúscula, como sus personajes.
Finalmente, es necesario decir que ese principio con que Walsh hizo frente a su propia escritura, no es solo una agenda de temas, sino que es una estética y una gramática. Sus innovaciones formales, son derivadas de una ética, se entraman desde una visión épica del mundo en el que las víctimas esperan al héroe que nunca llega.
Walsh es uno de lo valores más relevantes de nuestra literatura. No por haber sido muerto en circunstancias atroces, sino por haber sido el más claro, el más expresivo, el más poético profeta de su propio destino y del destino incierto de un pueblo a la deriva.