Con imágenes en blanco y negro de una Buenos Aires de los años treinta y con una noticia policial en placas de cine mudo, comenzaba el capítulo primero, “La sorpresa”, de la recientemente estrenada serie “Los siete locos” por la TV pública. En seguida, en un amenazador primer plano, el cañón de un revolver y un rostro agónico que despierta, ponen en escena a un Remo Erdosain, protagonizado esta vez por Diego Velázquez. La escena es tenebrosa, desesperante y anticipa el clima de angustia que dominará las siguientes de la serie.
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lunes, 25 de mayo de 2015
domingo, 10 de mayo de 2015
EL TELAR DE LA TRAMA
EL TELAR DE LA TRAMA. Orestes Di Lullo, narrativa e identidad
Presentación, jueves 14 de mayo de 2015, salon, sala Dr. Domingo Bravo, Anexo Paraninfo, UNSE.
El telar de la trama. Descargar indice e introducción
INTRODUCCIÓN
Presentación, jueves 14 de mayo de 2015, salon, sala Dr. Domingo Bravo, Anexo Paraninfo, UNSE.
El telar de la trama. Descargar indice e introducción
INTRODUCCIÓN
Orestes, un pensador en la frontera
Los
ecos de un nombre
Refiere un milenario mito, documentado en tragedias de Esquilo y de
Sófocles, que entre Agamenón, rey de Micenas, y Clitemnestra, nace un hijo
varón, llamado Orestes, hermano de Electra e Ifigenia. Mientras Agamenón
permanece ausente durante la guerra de Troya, su esposa lo traiciona en un
romance con Egisto. Al regresar a Argos después de la guerra, Agamenón es
muerto por el amante de su esposa. Orestes acomete la venganza por la muerte de
su padre: mata a su madre, Clitemnestra. En los valores de la cultura trágica
este hecho es entendido como un acto de justicia, “sangre por sangre”. Sin
embargo, la justicia no lo libera de la culpa. La repugnancia por el crimen cometido
–matricidio– acompañaría a Orestes hasta el fin. Huye perseguido por las Furias
–personificación de la venganza y el castigo–, en un largo viaje en busca del
olvido. Finalmente, el dios Apolo lo purifica y lo libera.
Hasta aquí el mito trágico.
El cuatro de julio de mil ochocientos noventa y ocho, en Santiago del
Estero, nace un hijo varón de padres inmigrantes italianos, cuyo nombre también
sería Orestes, y tendría dos hermanos. Hablamos, en este caso, de Orestes Di
Lullo. Ni héroe mítico ni matricida, un santiagueño, un vecino de la ciudad,
escritor, un profuso escritor de más de medio centenar de libros.
Si la signatura del Orestes griego ha sido la huida culposa por el crimen
matricida, nuestro Orestes se caracterizaría por el honor y la veneración a una
ciudad que carga con la impronta de la maternidad: la Madre de Ciudades. Tanto
es así que uno de sus libros más conocidos lleva por nombre la evocación de los
títulos con que Felipe II galardonara a nuestra ciudad: nobleza y lealtad.
Santiago del Estero, la Madre de Ciudades es además Noble y Leal. Nobleza y
lealtad son los valores proclamados en El
libro de los doce sabios, encargado por Fernando III hacia 1237. Se
trata de un antiguo texto de la moral monárquica, representaciones de un
imaginario que luego el Reino de España impondría a sus dominios.
¿Qué vínculos establece con la noción de maternidad alguien que lleva
inscripto en su nombre lejanos ecos de matricidio? ¿Qué efectos de sentido se
ponen en juego cuando alguien en la cultura occidental lleva el nombre de
Orestes? Signado por remotas reminiscencias matricidas, el trabajo intelectual
de Di Lullo parece estar orientado en dirección a restituir el vínculo materno
que el mito cercena; esta vez con una madre “Noble y leal”, la gran madre de
ciudades. ¿Antigua culpa que se remonta desde el fondo de los tiempos hasta los
textos de Di Lullo?
¿Acaso nuestro Orestes no es sino el mismo fugitivo perseguido por las
Furias, que vuelve al cabo de los siglos, cuya carrera ahora es una corrida de
textos y de historias? ¿Acaso Orestes Di Lullo ha perseguido el sosiego
imposible de un crimen simbólico?
El Orestes griego ha matado a su madre por venganza. El Santiagueño ha
exaltado a la ciudad madre, por justicia. El Orestes mitológico busca el
olvido. El santiagueño busca conjurar el olvido, mediante el ejercicio de la
memoria y la escritura de la historia. Los une el mismo nombre y la exigencia
de tramitar un acto de justicia, conectado con la noción de maternidad: En el
Orestes mítico, la expiación del crimen; en el de estas latitudes, la
compensación de una madre, víctima de un silencioso y prolongado crimen: el
olvido. En el héroe clásico la intriga está puesta en la lucha por el olvido
del crimen. En el Santiagueño la intriga está en la lucha contra el crimen del
olvido y contra un destino de despojo. Nobleza y Lealtad son las banderas de
esa lucha. Di Lullo quiere honrar a la Madre de Ciudades en su Nobleza y
Lealtad, redimirla del olvido que hace estragos en la historia. Ahí están los
pueblos agónicos, también los viejos pueblos, sumidos en la oscuridad
de los años sin memoria.
Hay un ensayo de Borges que se titula “Historia de los ecos de un nombre”.
El texto versa acerca del modo cómo se ha dado en la cultura occidental el
nombre que Moisés escuchó en la montaña. Aquí tomamos prestada la enunciación
para ilustrar que el hecho de llevar el nombre de Orestes no es gratuito,
porque resuena en él un lejano eco que se remonta desde el fondo de los tiempos,
con una constelación de significaciones a su alrededor. En el caso de Borges el
nombre que ha emitido ecos en la historia es una sentencia, en nuestro caso
hablamos del eco de un nombre propio que no se puede separar de una trama, de
un relato legendario, que ejerce una gravitación sobre la historia. Llevar
inscripto el nombre de Orestes conlleva una evocación trágica inexorable.
No hablamos aquí de causalidades, sino de efectos de sentido. Llamarse
Orestes es de alguna manera revivir un mito trágico.
Orestes Di Lullo ha narrado la historia de Santiago con el dramatismo de
un mito trágico. Lo trágico se verá en el conflicto entre tierra y destino que
atraviesa su relato de la historia provincial. Lo trágico está en el olvido de
los pueblos, en la grandeza y decadencia de Santiago, en la orfandad del paria.
La historia que cuenta Di Lullo es un relato trágico porque los avatares de los
hombres y de los pueblos llevan la impronta de una fatalidad destinal: el
éxodo, la decadencia, el olvido.
Un pensador en la frontera
Hablamos aquí de Orestes Di Lullo como un pensador de frontera. Pensador,
porque resulta una categoría más abarcadora que la de filósofo. Frontera,
porque Di Lullo se posiciona en esos márgenes en que desdibujan las
disciplinas. No es un mero sociólogo, no es un mero etnógrafo, ni un mero historiador,
ni siquiera un folclorólogo. Lo es todo al mismo tiempo y más. Su escritura se
desplaza entre las disciplinas, las visita, las instrumenta, pero sin anclar en
ellas.
El concepto de frontera, sin embargo, tiene aquí otro sentido. Significa también
la frontera del indio, la línea divisoria en que se levantaban los fortines
para separar la civilización de la barbarie. Pues bien, esa frontera física y
simbólica es también la frontera de su pensamiento. Di Lullo se cuida de dejar
al indígena en el lado de las heterotopías,
en los lugares “otros”, donde no convive con lo hispánico. Cuando lo hispánico
se ve contaminado con lo indígena, se corrompe. El mestizo tiene lo peor del
español y lo peor del indio. Es un paria. Ha dejado lo mejor en el camino.
Por último, hay una tercera frontera desde la que piensa Di Lullo. La
frontera del mito griego. Orestes Di Lullo no es Orestes, pero pisa sus
huellas. Está ahí, entre la culpa y la expiación, entre el crimen y el olvido, o
mejor dicho, entre el olvido del crimen y el crimen del olvido.
El narrador y la trama
Di Lullo es el narrador de la historia de Santiago. No porque sea la verdadera
historia, en su pretensión veritativa. Lo es porque promueve una construcción
narrativa que articula un sentido. El interés de su obra arraiga en la función
desempeñada al interior de una sociedad que quiere comprenderse a sí misma,
antes que en el valor científico de su discurso historiográfico. ¿Cuánto
Santiago hay en la historia que relata y cuanto Di Lullo hay en la historia de
Santiago? ¿De qué modo el relato histórico y etnográfico devine un discurso de
identidad? ¿Cuáles son los núcleos que componen esta trama? ¿Cuáles historias
no narradas de pueblo encuentran simbolicidad en este gran relato de Santiago?
En las páginas que siguen abordaremos estas y otras cuestiones desde el
concepto de identidad narrativa.
En la escritura de Di Lullo, como en todo relato, hay lo que Ricoeur
llama una “intriga”, una construcción de sentido. La intriga es una operación. Produce efectos
en los lectores. El lector se vuelve artífice de la historia, la incorpora, la
hace propia y la lleva consigo. El momento de la lectura –o la escucha– pasa a
ser determinante en la refiguración de la experiencia y de la identidad del
lector, del receptor vivo de la historia relatada. Entonces Di Lullo
narra la historia de su pueblo, que a su vez se constituye en lector y escucha
de su relato, cuando se descubre implicado en sus urdimbres, cuando se ve
llevado a reconfigurar el orden del mundo, como efecto de esa experiencia.
Como se verá a lo largo
de este libro, los relatos –tanto los históricos como los de ficción– no son
meros paseos recreativos de un lector en busca de un goce efímero. Producen
transformaciones en los lectores. Se podría decir, simplificando, que no somos
los mismos después de haber leído El
Quijote, Madame Bovary o El proceso, solo por nombrar algunos
textos consagrados. Y no somos los mismos después de internarnos en los
claroscuros de El bosque sin leyenda.
Algo pasa. Y lo que pasa es un proceso de producción de sentido, que desemboca
en el plano de la acción y en el de una comprensión del mundo. Las experiencias
como lectores son configuradoras de identidad. Luego veremos que en los relatos
encontramos la unidad de sentido para comprendernos a nosotros mismos. Algo
pasa cuando leemos, cuando escuchamos, cuando nos dejamos traspasar por una
historia. Hay un sentido que nos constituye desde nuestras lecturas, desde
nuestras escuchas, desde las historias que nos rodean, desde las intrigas que
nos asaltan.
La historia que Di Lullo
relata ha prendido en el imaginario de Santiago. Casi sin saberlo los propios
santiagueños se han constituido en sus lectores por excelencia. Porque el esquema de sus “intrigas” se ha
instalado como representación de un pasado y de un presente que los
constituye.
Este libro es un intento de formular una síntesis
integradora de ese gran relato y de desmontar los dispositivos que han operado en
la construcción de su trama. Un intento, en suma, por llegar a ese patio a
donde está el telar: el telar que ha tejido esta trama.
viernes, 26 de diciembre de 2014
TIERRA PROMETIDA
¿Trescientos
hombres encolumnados entre montes y salitrales bajo la furia de un cielo incandescente?
Trescientos hombres, veintidós días de marcha. Había que refundar la promesa.
Había que abrir un nuevo destino para esas almas desesperadas.
Cae la
tarde. En el silencio del campo se oyen las voces apagadas de los últimos hombres
en la plaza del fortín. El Comandante mira la luz del ocaso a través de una
ventana. Medio uniforme, camiseta abotonada color marfil. En el cuarto de
campaña hay una bujía prendida, que vuelve amarrillos los tonos de las cosas. Una
india le alcanza un mate. Dulce y lavado, el mate, de tanto andar. El Comandante
piensa. Piensa en la historia que le ha contado el Padre Carmelo. Anoche. El
cura es un contador de historias. Como un artesano hilvana sus intrigas. El Comandante
escucha. El Comandante General de la Frontera registra cada palabra que le
cuentan. Sabe cuánto destino depende de su memoria.
El Padre
Carmelo solía decirle al Comandante. Ojo con las indias. Todas tienen sífilis. Por
la boca no, respondía el Comandante. El Padre reía.
Declina el atardecer en los campos Abipones. El Comandante piensa.
Las cosas han sucedido hace sesenta y tantos años. El Padre Carmelo se lo ha
contado. ¿A quién se le ocurre? Montes y salitrales son enemigos de los
hombres. Trescientas almas en caravana. Todos indios. Sólo tres blancos, el Padre
Dobrizhoffer, el Padre Sánchez y el Gobernador del Tucumán. Había que llegar.
Los indios iban en silencio. Los indios no hablan. El Padre Martín Dobrizhoffer
no conoce la lengua de los indios. El que habla con ellos es Padre Cristóbal,
que se ha quedado lejos. Igual. Lo indios le siguen. Los indios rezan. Piensan.
Ponen su vida en sus manos. Esos indios eran bravos, recuerda el comandante. Los
malones hacían estragos. A su paso arrasaban con todo, ranchos, animales y
cristianos, y vengaban a los traidores. ¿Cómo ha sido posible que depusieran tanta
crueldad derramada por el llano? ¿Cuánta promesa ha sido necesaria para tornar
en frágil mansedumbre el alma montaraz? El Padre Cristóbal les ha dicho. Soy el
camino, la verdad y la tierra. El calor inmemorial de la tierra, soy. ¿Podían
esos indios sangrientos creer en sus promesas? A lo mejor con el tiempo. Alba
por alba. Porque el Padre Cristóbal Almaraz se había aparecido en la frontera
sin pertrechos, sólo con su evangelio y sus ojos de cielo. Porque tenía una voz
de acuarela que pintaba de ternura sus palabras.
Porque se había entregado a que dispusieran de él, incluso hasta la muerte. Porque
les había tomado la palabra y porque se había dejado tomar por sus palabras.
Porque las ha puesto a rodar por el mundo, como el eco de un sueño
interminable.
El Comandante piensa. Veintidós días de marcha. Dos caciques,
cuarenta familias de indios. Por las costas del Salado. Desde concepción del
Bermejo.
El Comandante piensa. El padre Carmelo es hijo de una India.
De una india y del cura Almaraz, según malas lenguas. Apenas nacido, había sido
entregado a una familia de la ciudad, parientes del Comandante, para variar. El
Padre, que nunca ha sido su padre, le había contado la historia, repetidas
veces, cuando aún estaba en la Ciudad. Y el Padre Carmelo se la ha contado al Comandante.
Umbral del infierno, la frontera. La gritería y la sangre
mojan el salitre por todos los vientos. Las familias largamente aquerenciadas, han
perdido la paz hace ya mucho tiempo. Las hordas saquean los ranchos y después
los incendian. Las fuerzas oficiales no dan abasto. El comandante lo sabe. Es
parte de esa impotencia.
Una tarde de agosto el Padre Cristóbal Almaraz había sido
tomado prisionero. Recién llegado a esos horizontes. Venía del pozo, en una mula,
cargada con dos tinajas. De pronto escucha ruidos, ruidos en los quebrachales. No son las aves, no es el viento ni las
criaturas del bosque. Son ruidos humanos. Hombres invisibles. Están enterrados
en los intersticios del bosque. Como una lluvia salvaje, caen repentinamente de
los árboles. Le rodean, le chusean, y le amarran. Después lo llevan a sus taperas.
El cacique Alaykin se presenta ante el cautivo. Ordena que lo
aten de un árbol. ¿Matarlo? ¿Piensa matarlo? No ha de ser, por ahora. Es útil
tenerlo vivo, piensa el jefe. ¿Se equivoca de tenerlo con vida al enviado de una
civilización asesina?
Hay un indio joven que le lleva la comida y a veces le
acompaña. Varios meses prisionero, el cura. Duerme en el suelo y come frutos y
leche de cabra. El indio le habla. El Padre Cristóbal no le entiende. No le entiende,
pero escucha. Para los oídos. Se empeña en descifrar. En despejar voces al interior
de cada sonido que percute su atención. Se afana en percibir tonos, acentos,
modulaciones. ¿Se puede escuchar sin entender? se pregunta el Comandante. Se
puede escuchar sin entender, se responde el Comandante. Es dejar pendiente un sentido,
es postergar la comprensión que tarde o temprano va a llegar. Porque el cura
cautivo no comprende, pero examina, ausculta el espesor de voces que fluyen por
el aire. El indio le dice cosas, le
cuenta historias. El Padre Cristóbal encuentra familiares algunas voces
recurrentes. Las repite. Después observa la reacción del muchacho. Cuando abre
grandes los ojos, repite una vez más y el otro redobla la mirada. Al cabo de
dos meses el cura intercambia monosílabos con el indio. Pide agua, el indio le
trae agua. Pide abrigo y le trae un pellón
de oveja.
El comandante piensa. ¡Qué tipo el Almaraz este! Aprender a
hablar con los salvajes. Quien pudiera oírlo.
Llega a visitarlo otro indio. Cristóbal Almaraz le pregunta
por su amigo. Al escuchar aquellos sonidos en boca del cura, pega el grito. Corre
asustado a avisarle al jefe. El blanco se ha robado sus palabras. El hombre
blanco habla nuestra lengua. El cacique Alaykin pide que lo traigan hasta él. A
punta de lanza y con los miembros atados, el hombre es arrojado a sus pies. El
jefe pregunta, el cautivo responde. Dos palabras perspicuas son suficientes
para dar cuenta de su habla. El Cacique llama a uno de sus consejeros. Se
alejan y conversan. El Padre Cristóbal mira desde la distancia e intenta adivinar
en sus gestos el asunto. La conferencia se demora. Hay ademanes de desacuerdo. ¿Qué
cosa les inquieta tanto? ¿Les preocupa qué hacer con un cura que habla su
lengua, que escucha sus charlas, que tarde o temprano va a saber más de lo
conveniente? Después observa consentimiento en el movimiento de sus cabezas. Algo
sucede. Se vuelven hacia él. Algo sucede. Ahora habla el cacique. En adelante serás
un colaborador de la tribu, le dice. En
adelante serás parte de mi gobierno.
El Comandante piensa. El Padre Cristóbal Almaraz ha sido proclamado
lenguaraz de la tribu de concepción de Bermejo. Estos indios no tienen idea de
lo que han puesto en las manos de este hombre.
El Comandante piensa que un hombre piensa... Soy el lenguaraz
de la tribu, tengo en mis manos una secreta prerrogativa, traduzco e interpreto
ruegos y mandatos, plegarias, actas y declaraciones, reemplazar una palabra por
otra… ¿no es ejercer un acto político? ¿no es acaso torcer destino?... puedo
decir paz donde otros dicen violencia, puedo decir la palabra de Dios a donde
solo dicen el pecado y la muerte, uso este instrumento, el Señor lo ha puesto
en mis manos para gloria de su reino, el
jefe me lleva consigo donde va, soy el camino, soy verdad, y soy tierra, yo
hablo por los prisioneros blancos, por los jefes y por los clérigos que cruzan
sus huellas con estos hijos de la tierra, soy un puente sonoro entre las almas
bárbaras y el orden cristiano, el jefe me escucha, el jefe sabe que la razón y
el evangelio están de mi lado, no tiene más que allanarse a mi poder ¿le he
mentido alguna vez? nunca le he mentido, nunca, negocio las palabras, propongo
una nueva historia, por eso le he dicho: hay que fundar un pueblo para la
tribu, le he hablado de los libros del éxodo, le he dicho que, como Moisés, él
está llamado a guiar a su pueblo hacia una tierra de prosperidad, he recitado
de memoria aquellas lejanas palabras del Éxodo, deja este lugar y lleva al pueblo que sacaste de Egipto a la tierra que
les prometí a Abraham, a Isaac y a Jacob, yo les aseguré que esa tierra sería
para sus descendientes ¡es tan rica que siempre hay abundancia de alimentos!
enviaré a mi ángel para que te guíe, y echaré de allí a todos los pueblos que
no me obedecen, ¿era yo el ángel
enviado en este caso? Nadie lo sabe, pero he intentado ser el guía, le he dado
a saber que podían vivir como viven los cristianos, gozar de los favores y
holguras de los blancos, casas firmes, comida en abundancia, salud, instrucción,
inclusive, ocio y deleites, Alaykin me pregunta cómo, le digo que tenemos que
ir a la ciudad, tenemos que llegar al cabildo, hablar con el gobernador
Barreda, una audiencia, nos va a recibir, lo conozco, su política con los
indios ha cambiado, el Gobernador quiere colaborar, quiere la pacificación, comprendo
la historia de hostilidades que ha habido entre ustedes, pero sé también que está
dispuesto a olvidar, dar un nuevo rumbo a esta historia dolor y de muerte, es
ahora o nunca, Señor, Alaykin me escucha, piensa, demora sus palabras, teme
equivocarse, bueno, hay que pensarlo, me dice, no hablamos más, pasan los días,
algunos me dicen que el cacique no va a ir a la ciudad porque entre ellos y el
Gobierno ha corrido mucha sangre, secuestros y muertes de los dos lados, pura
bronca, presiento que Alaykin desconfía, como buen indio de su estirpe, sabe
que un indio es un indio y un cristiano es un cristiano, certeza difícil de
quebrar para el que vive detrás de la frontera, en la oscuridad del mundo, el
jefe me habla, un día, me hace algunas preguntas, sospecha una celada, le digo
que a estas alturas y con la sequía no hay mucho que perder, el hombre piensa,
pero deja otra vez la cosa pendiente, pasan días y días hasta que me llama, me
dice que mañana salimos, le digo a dónde, a la tierra que me has prometido,
tengo listos catorce hombres para el viaje, me dice, era mes de enero, partimos
no más, los catorce, más el jefe y yo, andábamos de noche, por el calor, de día
acampábamos, han sido más de veinte noches, he olvidado la cuenta, infernales noches
de tormenta, noches de calor inmóvil, noches de fatiga y de muerte, hemos
perdido cuatro hombres por inanición, por enfermedad y por mordeduras de
serpientes, hambre y sed, insectos, enfermedades del monte, hemos llegado, al
fin, un día lunes por la tarde, la ciudad ha sido un deslumbre para esos
indios, las calles, los edificios, las farolas en las veredas, los ventanales
vidriados, primero, me he reunido yo con el Gobernador, sin indios, el Gobernador
me ha recibido, le he puesto sobre aviso, el Gobernador ha manifestado su
acuerdo ¿les daríamos al fin su tierra prometida? los designios del gobierno
son inescrutables, por la tarde nos hemos reunido con el cacique, en el
despacho estamos los tres, más dos indios de testigos, lo he presentado con
protocolo, el Gobernador ha hecho alarde de escucha, Alaykin ha hablado durante
casi una hora, sin interrupciones, ha contado la historia de su pueblo, las
desdichas y humillaciones que pesan sobre su pueblo, los incesantes ataques, la
muerte a mansalva, el implacable olvido, yo traducía, reseca la boca de tanto versar,
el mandatario escuchaba silencioso, inmóvil, cabeza en alto, mano en mentón,
después ha hablado, de sus dichos he alterado dos palabras, nada más, palabras
que eran claves, al fin, Barreda ha dicho con voz ceremoniosa, pongo a
disposición para llevar a tu pueblo cuatro mil cabezas de ganado, cuatro
carretones pertrechados de herramientas y dos clérigos para que colaboren con
vosotros, la entrega de esta dotación está sujeta a un acuerdo, es condición
que la tribu deponga los ataques a la población, el cacique se ha quedado
perplejo, me ha mirado a los ojos con una pregunta suspendida en el silencio,
sus ojos estaban duros, inciertos, he consentido con la cabeza, de acuerdo, me ha
ordenado que diga, pero que sus hombres tampoco sean atacados por ningún
blanco, esto lo he dicho con algún eufemismo, hecho, el Gobernador ha tenido la
torpeza de querer firmar un acta, pero Alaykin no lee ni escribe y la rúbrica
no es parte de su comprensión del mundo, compromiso de palabra, Señor, en las
propias palabras que yo he traficado, en un mes llegaría la hacienda, en seis
meses estaría levantada la capilla de adobe y el almacén, y después la
curtiembre y los talleres textiles, el Padre Dobrizhoffer y el Padre Sánchez
han venido con nosotros, los siguientes han sido días de marcha y trabajo, el
emplazamiento ha sido levantado sobre la orilla occidental del Río Dulce, en el
cruce con el Salado, a diez leguas del camino real, con postes de quebracho,
hemos alzado un majestuoso campanario, el repique de campanas llenaba con sus
toques el silencio de las tardes, de a poco, día tras día, hemos fundado un
nuevo orden, al son de las campanadas, los indios iban al catecismo, a la
oración y al Rosario, la vida cotidiana se hacía progresivamente a un ritmo
nuevo, exacto, disciplinado, la misa, al alba, cuando aún la claridad era
mezquina, después, los talleres, la
carpintería, las huertas, ocho horas de trabajo con un almuerzo breve y frugal,
luego, a la oración La Oración, así, alba por alba, estos indios se han bañado
en las aguas de la civilización y la vida cristiana, alba por alba, han dejado
atrás el sombrío peso de sus orígenes ¿acaso han sido felices en esta nueva
vida que la historia les ha tirado encima? a pesar de todo, presiento que una
oscura nostalgia habita sus corazones, presiento que prefieren el sobresalto y
el alerta, el grito, la polvareda, la chusa, la incertidumbre de una vida en
montonera.
La luz de la bujía se debilita. La noche ha bajado ya sobre los
techos del fortín. El Comandante General de la Frontera da unos pasos alrededor
de la cama.
El Comandante piensa. El Padre Cristóbal y el Gobernador
Barreda han hecho un milagro. Hay que saber lo que es el alma de un indio de
estos. Almas habitadas por violencia y rencor. Almas que no perdonan.
Por eso mismo. Con el tiempo llegaría el éxodo. Por los
rebeldes, que no faltan. El comandante piensa. Estos indios son incorregibles. Algunos
se habían llamado a sedición. Algunos insurgentes habían visto en este nuevo
destino una claudicación. Alaykin había sido declarado traidor. Flechas mortales
bajaban de la espesura del bosque. De nuevo el caos. Los malones. La muerte y
el saqueo. Indio contra indio, en guerra sangrienta. Esto ya es insostenible,
repetía Cristóbal Almaraz. Una tarde en mulas y carretas se hace presente una
comitiva oficial. Es el gobernador. En
persona. ¿Cómo es que le han llegado noticias de este infierno? Seguramente el
Padre Almaraz ha franqueado mensajeros, se responde el Comandante. Seguramente
el asunto ha sido tratado en reuniones de despacho. El mandatario, junto a los
clérigos, en un prolongado conclave, han decidido el traslado. Había que tomar
distancia. Tan lejos como no pudieran
encontrarlos. El Padre Martín Dobrizhoffer
ha tomado la punta con un grupo reducido. Les ha recordado las mismas palabras
del éxodo que Cristóbal. Pero los indios no las escuchan con el mismo fervor. Lo siguen el Padre Sánchez, con el
propio Gobernador, con cuatro carretas cargadas con los trastos de la capilla,
imágenes, custodias, reclinatorios, cosas así. Va también Alaykin y, un cacique
más, junto a cuarenta familias. Una caravana de fantasmas. Pobres, lo que les
espera. La travesía sería interminable, como aquella del Cabildo y aún más.
Algunos indios se han quedado. No podían dejar su tierra. La promesa se
resquebrajaba. Entre ellos el propio Cristóbal Almaraz, que había enfermado de
sífilis y encontraría su muerte a los días. Cuentan que los pocos indios que le
han visto morir, lo han llorado amargamente. Le ha dado un beso a cada uno y
minutos después ha encomendado su alma a Dios. A su modo, había sido el camino,
la verdad y, a pesar de todo, también había sido la tierra. Lo han enterrado
junto a sus propios muertos, nadie sabe dónde.
El Comandante piensa. Veintidós días. Dos caciques, cuarenta
familias. Con mujeres y niños. Por las costas del Salado. Todo para nada.
Después de Concepción de Abipones, trasladarse de nuevo. Hasta cuándo. Por culpa
del agua. Agua de mierda. Salobre, sucia, dañina. Los indios se enfermaban y se
morían. Hasta cuándo. De nuevo partir con el pueblo a cuestas. ¿Dónde ha
quedado aquella lejana promesa del Cabildo? ¿Cuánto posible había sido aquel
sueño? Trashumantes sin destino, la tribu vagaría por el tiempo hasta los años
de la destrucción y el fin.
Historias tristes, las del Padre Carmelo.
No lo olvide, Comandante. Guárdelo. Como un tesoro. Yo voy a
morir y alguien tiene que contarlo.
sábado, 20 de diciembre de 2014
LOS ESPEJOS DE PAPEL
Tengo que escribir sobre esto, pensé al salir de la
Facultad. Habíamos analizado un cuento de Borges. Uno de los estudiantes hizo
un comentario que no pudo menos que impresionarme: su idea podría resumirse en
que todos los libros son el libro de arena. Sus razones daban paso a una suerte
de teoría de la lectura, inspiradas en pasajes del autor de cuento. Envidié la
agudeza de mi alumno y, desde entonces, no pude proseguir con la clase.
Mientras buscaba mi auto en el estacionamiento
pensé que el tema era bueno para escribir un cuento, una ficción, no estaría copiando
las ideas de Bernardo Raimundi, autor del comentario. Una cuestión de
honestidad.
Llegué a casa con la intención de
escribir cosas que me habían sorprendido en el camino. Por desgracia, me
encontré invadido de gente que Virginia había invitado para darme una sorpresa
por el día de nuestro aniversario. No sé si se notó algo en mis gestos. Hubiera querido echarlos a todos a patadas.
“Cambiá esa cara, che”, tuvo que decirme Virginia pisándome el zapato. Pero yo
no quería hacer vida social, quería escribir, sacarme ese ronroneo de mi
cabeza, esa “cosquilla”, diría Cortázar. Perdido por perdido, y por sofocar mi
frustración, me he dado a tomar vino y a hacerle bromas a la mujer de Rolando
que, aunque es insoportable, esa noche estaba re fuerte. Termine completamente
borracho, un espectáculo lamentable, que Virginia me recriminó toda la semana.
Al día siguiente, me desperté al
mediodía con un dolor de cabeza electrizante. Cuando recordé las palabras de
Raimundi me levanté de un salto y, después de un té con limón, me fui a mi
escritorio. Empecé a escribir con apenas unas ideas vagas, sentí que iba
ingresando en un trance hipnótico, un estado de semiconciencia desde el que me
brotaban las palabras como el libro de Borges, vomitaba páginas
mecanografiadas, en un estado de convulsión de letra impresa. Escribí, al
fin. Durante más de tres horas sin
interrupciones. El golpeteo de la Rémington infectó la casa sin descanso, al
punto que Virginia se fue puteando porque “en esta casa no se puede vivir en
paz” pero “andate a la puta que te parió”, le contesté violento. Terminé como a
eso de las seis y media de la tarde y me sentí purgado. Un flujo de alivio me
recorría los huesos a la vez que me adormecía una fatiga placentera, de labor
cumplida. Había expulsado el espectro. Me recosté y quedé plácidamente dormido,
sin darme cuenta.
Claro. Porque al finalizar la
historia, sentí que había escrito el cuento perfecto (tengo una teoría al respecto,
el deseo del cuento perfecto como proyección de las frustraciones de un
escritor, pero en otro momento me referiré a eso). A la vez que había rendido
el mejor homenaje a Borges. Me dormí bajo la embriagante experiencia de
genialidad expandida, de obra consumada, de logro inmaculado. Sería sin duda mi
mejor relato. Incluso, debería dar título al libro que estaba pensando pronto
publicar. La arena y el fuego. Sonaba bien. Prometía.
Al día siguiente, pensé que debía
enseñar el texto a Raimundi. Por lealtad. En definitiva él me había entregado la
materia para mi cuento. En la primera oportunidad que pude le invité un café en
el bar de la Facultad y hablamos. Al principio se mostró entusiasmado y me
pidió, me exigió, el texto. Yo se lo di sin rodeos, para eso lo había buscado.
Quedamos en que nos encontraríamos la próxima semana para discutirlo.
La semana transcurrió en la ansiosa
espera del encuentro con Raimundi. La idea de que su juicio era decisivo, me desvelaba.
El hecho de ser el inspirador secreto de mi historia me hacía sentir en deuda.
Era la subterránea culpa de pensar el cuento desde el espesor de sus palabras.
¿Era Raimundi un lector inteligente? Parecía serlo. Su juicio me daría la
certeza del éxito. Nos encontramos, una vez más, en el bar de la Facultad y
empecé la charla con la tonta pregunta
de qué le había parecido.
Se demoró en responder con un
silencio profundo. Parecía pensar minuciosamente cada palabra. Me abrumó la
ansiedad. Él lo advirtió en mis ojos, estoy seguro, porque a partir de ese
momento se invirtieron los papeles. No lo advertí de entrada, pero se desplazó
hacia el lugar del profesor, y me dejó postrado en su pupitre de estudiante. Se
erigió en cátedra. “Una mera variación del cuento de Borges”, sentenció;
“perdone la franqueza, licenciado, pero es inútil, Borges está presente de la
primera hasta la última línea”. Yo me justifiqué. Demasiado. Como un mal
estudiante que no reconoce sus errores. Dije que intencionadamente había
querido preservar el espíritu borgeano. “El problema es a mi entender que el
texto carece de estilo; pero está bien, si usted persiste podrá con el tiempo
imprimir una forma propia en el relato”, me tiró como migaja de consuelo. Me
molesté, tremendamente. Sus palabras fueron insolentes. Pendejo soberbio. Que se cree. Al fin de
cuentas quién es para juzgarme. ¿A mí, que
tengo una cátedra en la Universidad? Había hecho mal en enseñarle el
cuento. A él, un alumno. Además, me había apresurado. No me había dado el
tiempo suficiente para pulir y cincelar el texto. El trabajo de un escritor se
parece al de un relojero. Hay que verificar pieza por pieza todo el mecanismo
hasta llegar la sincronía perfecta. Debía trabajarlo más. Meterme a fondo. Hasta
el punto en que se cierra el círculo, cuando ya no hay una palabra de más ni
una de menos. Me apresuré. Tengo que reconocerlo. La ansiedad me traicionó.
Además, quién es Raimundi para tener la primicia de leer mis cuentos y encima
criticarlos. Uno tiene que dirigirse a sus iguales, qué embromar. Regresé a
casa con un vacío insoportable. Aquellas palabras habían sido demoledoras. Pese
a todos los argumentos que consideré a mi favor, me seguían piqueteando la
cabeza como una culpa.
Me encerré en el escritorio a
trabajar con mi cuento. Tomé los papeles y releí cada línea. Sin proponérmelo
le encontré razón (aunque sólo parcialmente). Es verdad. Había expresiones muy
borgeanas. Descubrí imágenes que proyectaban claramente la sombra del autor de
El Aleph. Me enfurecí conmigo mismo. Me recriminé la impaciencia. Me aborrecí
por haber enseñado a un alumno inexperto un texto en proceso (porque en
realidad, y recién ahora me daba cuenta, hasta el momento mi cuento era eso, un
texto en proceso). Debía continuar el trabajo. La cosa iba bien. Faltaban nada
más unos toques de estilo. Esos que modifican
la impresión de la obra. Un trabajo técnico con el lenguaje y los
procedimientos. Tenía que dedicarme algunos días. Con rigor y a fondo. Una
tarea urgente. Decidí faltar a la Facultad. Unos días sin contaminarme de
los ambientes académicos me darían la
frescura y la tranquilidad que yo necesitaba para escribir bien.
Estuve durante tres días casi sin
salir de mi escritorio. Virginia se molestó y me gritó “vos estás loco del
remate”. Yo ni siquiera la miré, “andá a cagar”. Se fue dando un portazo y no
regresó hasta la noche. Resultó ser lo que faltaba para mi tranquilidad de
escritor. Trajiné compulsivamente el carro
de la Remington. Al tercer día ya había andado y desandado cinco versiones. La
última estaba bastante bien a mi parecer. Tenía, sin embargo, la percepción de
que no era la definitiva. Había que limar asperezas. Eliminar aquellas palabras
que estaban en sobrerelieve (escritas en rojo, según Stevenson). Meter alguna
digresión que inyectara intriga y verosimilitud a la historia desde adentro.
Pensé que tenía que enfriar mi cabeza. Darme unos días de reposo. Cuando
Virginia estuvo de vuelta le propuse, ya que era sábado, que invitáramos a
Rolando y a Florencia para ir al cine y después tomar algo. Virginia me miró
como a un idiota. “¡A vos quién te entiende, Rubén!”. Fuimos al cine y después
a un bar. Otra vez tomé de más y otra vez me desubiqué con Florencia –que,
entre paréntesis, estaba un bombón- y terminé peleado con Rolando (en el baño
de hombres cruzamos una palabras fuertes; me tuvo sin cuidado, porque, la
verdad, Rolando es un pelotudo) y, por supuesto, con Virginia, que me dijo
“Estas hecho un baboso”.
Desde entonces salí todas las noches
hasta la madrugada y no volví a la Facultad por casi diez días. Necesitaba
purgar demonios. Una desazón casi imperceptible. Algo que afloraba en los
momentos de euforia, pero esa misma desazón me llevaba de nuevo al desborde.
Mucho bar, amigos de la noche, peñas, sitios de artistas, putas, lagunas,
amnesia alcohólica, fracciones indefinidas de tiempo sin saber en dónde estuve
ni qué hice. Anduve así hasta el sábado siguiente, cuando, ya saturado, decidí
retomar los papeles y volver al trabajo.
Releí con rigor aquella última versión. Descubrí
ingenuidades, cosas horribles, cursilerías, y en cada párrafo me ensordecían
las palabras proféticas de Raimundi, que ahora las encontraba certeras y
lapidarias. Para mi vergüenza, sus palabras tenían razón. Estaba todo mal. Yo
había sido un amanuense –esa palabra me delata-, un copista, y hasta un
plagiario de Borges. No había conseguido una apropiación real de sus palabras.
Me sentí miserable. Un mediocre. Guarde los papeles. Los escondí como un ladrón
y quedé deprimido muchos días.
Tardé en reintegrarme a la Facultad solo
por demorar el reencuentro con Raimundi, a quien no iba a poder mirar a la cara.
En mi primer día de regreso, me paró en el pasillo y me dijo que había estado
preocupado por mi ausencia y que le sería grato conversar conmigo. Quedamos en
encontrarnos a la seis, como siempre, en el bar. Di clase, estuve en reuniones
inútiles, y tuve otras tareas de rutina. Luego me fui al bar. Raimundi me
esperaba ya sentado en una mesa. Conversamos. Obviamente, me preguntó del
cuento. Le respondí con pocas palabras, lo que lo llevó a adivinar mi abandono.
“Escríbalo, Rubén – me dijo, llamándome por primera vez por mi nombre - , un
escritor tiene que vencer sus limitaciones”. Su pedantería me ofendió una vez
más. Preferí cortar el tema y retirarme.
En casa puse música y me senté a pensar a media luz
con un whisky y un cigarrillo. Tenía que
introducir una variante técnica que desestructurara el relato. Algo que me
permitiera arrancarle a Borges el cuento de sus manos y hacer mi propia
historia. Pero, claro. Cómo no haberlo pensado antes. Un cuento dentro del
cuento. Un cuento en el que yo relatara todas estas vicisitudes con el libro de
arena. Yo podía escribir mi historia y dentro de ella la historia soñada por
Borges. Sentí un destello de genialidad. La exultación de un gran hallazgo. Volví
a escribir. Volví a rodar el carro de la Rémington como un motor a explosión y
tuve otra vez mis horas de encierro y los disgustos de Virginia (que nunca me
consideró escritor), y vinieron las revisiones y correcciones, hasta la versión
con la que ya creía haber logrado el cuento perfecto. Guardé los papeles unos
días como para enfriar la cosa. Al cabo fui al encuentro con mi juez, Bernardo
Raimundi. Le entregué copia, convenimos un plazo y finalmente me dio su
veredicto, en franca contradicción con su último consejo: “Rubén, usted tiene
talento. De verdad. Olvídese de esta historia. Con todo respeto”. Me dolió. Me
pareció injusto. Parricida. Faltaba más, mocoso altanero, venir a darme
consejos a mí, con mi trayectoria impecable, diez años de docencia
universitaria por concurso. Venir a jugar así conmigo. ¡Andá...!
No volví a hablar con Bernardo. Traspasado de
frustraciones, abandoné por mucho tiempo
la escritura. Quemé el cuento. Inconscientemente seguí su consejo.
Tiempo después, Bernardo fue conocido con una novela
que sobrevuela por la trama del El libro
de Arena, en donde aún puedo reconocer, perdidas en el torbellino de un
estilo acelerado y voraz, el eco de mis palabras.
Lucas Daniel Cosci
martes, 26 de agosto de 2014
LAS TORRES DEL JUAN FELIPE IBARRA Y LAS POLÍTICAS DE DESHISTORIZACIÓN EN SANTIAGO DEL ESTERO
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En este preciso momento, la Gobernadora de Santiago del Estero, acompañada por la Presidenta de la Nación, está inaugurando el complejo Juan Felipe Ibarra, una desmesura de atalayas sobre el cielo adormecido de Santiago.
Si un santiagueño después de haber permanecido afuera desde el año 2008 regresara hoy, al bajar en la terminal y salir a las calles, estaría seguro que se ha equivocado de destino. Esta no es su ciudad natal. Está en otro lugar. No se encontraría a sí mismo.
En el ínterin de los años 2008 al 2014, se han levantado y refaccionado los siguientes edificios: Nueva Terminal y alzamientos adyacentes, Forum, Palacio de Tribunales, Centro Cultural Bicentenario, Complejo Juan Felipe Ibarra y otros de menor envergadura.
Alguien diría que la ciudad se ha modernizado o que el gobierno de turno ha hecho una soberana ostentación de riqueza y poder. O las dos cosas al mismo tiempo.
Proponemos pensar otro sentido. La gestión del gobierno provincial ha puesto en movimiento una tecnología inédita de control social. Hablamos aquí de políticas de deshistorización. Se trata de una tecnología que instrumenta obras, proyectos y discursos que producen incidencias en la percepción de la temporalidad de los ciudadanos o en la percepción de si mismos en relación a un horizonte temporal. Es decir, hablamos de políticas orientadas a modificar el eje del tiempo en que la ciudadanía se piensa. Políticas orientadas a rearticular el enlace entre tradición y modernidad en nuevas configuraciones de sentido.
Con las reservas de toda generalización, la sociedad santiagueña, como muchas otras en el NOA, se ha reconocido hasta hoy desde el horizonte de un pasado colonial y postcolonial. Así al menos lo interpretan nuestros pensadores. Entre otros, Orestes Di Lullo, para quien el pasado se presenta como aquel momento de esplendor de un pueblo que había encontrado su cauce, allá por el Siglo XVII. Así lo sugieren los epítetos que ponemos a rodar en nuestros discursos evocando los títulos nobiliarios con que nuestra ciudad seria investida: “noble y leal ciudad”, “madre de ciudades”. Títulos que siempre y en todo momento nos reenvían al pasado. Así lo sugiere la fuerza de nuestras tradiciones, que nos han constituido hasta hoy como consignatarios de un legado.
Las políticas de deshistorizacion, con su abrumador despliegue de ornamentos, modifican nuestro núcleo histórico-temporal, nos expelen a un futuro de contornos imprecisos, pero de alta eficacia persuasiva. Estas políticas maniobran un conjunto de desplazamientos existenciales: desde lo propio hacia lo ajeno, desde la nostalgia hacia el asombro, desde la tradición a la modernidad, desde la memoria hacia la huera expectativa, desde la herencia de un legado al inquilinato del mañana.
Las altas torres nos arrastran y desplazan fuera de nuestro eje. Rompen el ritmo del tiempo. Nos impulsan en préstamo hacia adelante.
Las torres son una metáfora de la eternidad. Elevadas hasta el extravío, pulcras, vidriadas, impecables. Dominan el espacio, la luz, la atención de los transeúntes y dejan abajo a la ciudad entera, como un residuo de lo que la historia tarde o temprano va a dejar atrás.
Son puntas de lanzas de adelantados, espejos del tiempo, mojones de la historia.
Las torres marcan una dirección, reenvían nuestro mundo a un horizonte extraño.
No borran el pasado. Lo neutralizan, lo inmovilizan, lo fosilizan.
El Complejo Juan Felipe Ibarra, y demás edificios de esta ciudad descostrada, no han sido levantados en el vacío. Se han montado sobre antiguos y valiosos emplazamientos de los que solo quedan formas aisladas, contornos irreconocibles, restos inexpresivos. Para construirlos hubo que traspasar la historia, remover estilos y re-estetizar las antiguas formas. Estos flamantes megalitos son mausoleos del pasado. En ellos es posible leer un reducido obituario de la antigua ciudad. Ahí está silenciosa y olvidada la vieja casona del Museo histórico provincial, como una tapera solitaria que sobrevive a la polvareda del saqueo.
Políticas de deshistorizacion, tecnologías de intervención en nuestra temporalidad para arrancarnos las referencias existenciales. ¿Una perversa maniobra para asumir acríticamente lo que venga, como venga? ¿Para que el futuro sea siempre mejor que cualquier pasado? ¿Para que el desembarco de lo nuevo tenga asegurada su vacante?
Cabe por ultimo aclarar que no propiciamos en estas páginas ninguna posición inmovilista respecto de nuestro pasado y de nuestra tradición.
Por el contrario, creemos que siempre es posible un relato diferente de nuestra historia.
Lo que consideramos suicida es quedarnos sin historia.
jueves, 10 de julio de 2014
LIBROS MUNDIALES
La
literatura del Siglo XX a través de los mundiales de fútbol
Historia de la literatura, historia
del futbol: vertientes de cauces paralelos. No faltan, sin embargo, afluentes subterráneos. De vez en cuando intercambian aguas. Se refrescan entre
sí. La literatura del mundo y, especialmente, la nuestra, ofrecen sobrados
ejemplos: escritores apasionados por el futbol, futbolistas que devienen escritores. Sobre el tema se ha escrito bastante. Umberto
Eco, Vladimir Nabokov, Albert Camus, Juan Villoro, constituyen emblemas de la
pasión futbolera en el campo de las letras. En Argentina, ni hablemos. Soriano,
Fontanarrosa, Sasturain, han hecho literatura –excelente literatura, en algunos
casos- con la poética del futbol.
Lo que propongo es pensar la
literatura del siglo XX a partir de la historia de los mundiales de
futbol. Recuperar en la memoria los
libros inolvidables que han sido dados a luz mientras las gradas gritaban los
goles. Libros mundiales.
La célebre Copa del mundo empieza,
como se sabe, en el año 1930, en Uruguay. Los argentinos perdimos la final
contra los uruguayos. Desde entonces y mientras han vibrado los estadios, los escritores
del mundo –wings de la palabra, valga el término- no han dejado de publicar sus
libros, muchos de los cuales han sido decisivos, no solo para la literatura,
sino incluso para los destinos de la humanidad.
Con el primer mundial, tenemos la
aparición de extraordinarias obras. En
narrativa destacamos, a nada menos que William Faulkner con Mientras yo agonizo, una obra maestra,
paralizante, que revelaba una manera
hasta ahora inexplorada de narrar. Con
una renovada técnica en que la voz narradora se desplaza a través del murmullo
de una quincena de personajes, Faulkner da lugar a una historia trágica y
truculenta, que nos instala en el mandato de los enterramientos. Ese mismo año está Herman Hesse con Narciso y Godmundo, novela de búsqueda
de sentido que prosigue una línea de escritura ya transitada por el autor. También
John Dos Pasos publica Paralelo 42. En Poesía aparece Thomas
Eliot con su monumental poema Miércoles
de Ceniza, una plegaria conceptual de fuerza extraordinaria. En el género ensayo nos encontramos con El Malestar en la cultura de Sigmund
Freud, obra que impactaría profundamente en el mundo del pensamiento, al
proponer un cambio de mirada sobre la incidencia de la cultura sobre el
inconsciente. En Argentina, Borges nos da su Evaristo Carriego, miscelánea sobre aquel poeta de la cultura
barrial porteña. La lista sigue. Tan solo es una muestra.
En el año 1934 se disputa el mundial
en Italia y el campeón es el local. En narrativa Scott FitzGerald nos
entrega Suave es la noche, en poesía
está Fernando Pessoa con Messagem,
único libro publicado en vida por el autor y Paul Eluard con La Rosa Publique. En teatro Federico García Lorca presenta Yerma y en el ámbito ensayístico,
podríamos destacar a Karl Popper con La
lógica de la investigación científica.
El año 1938 llega el Mundial de
Francia, donde otra vez es campeón Italia.
En el plano literario hay una profusa lista de publicaciones extraordinarias. En narrativa no podemos dejar de mencionar
a La
Náusea de Jean Paul Sartre. Emblemática novela, biblia existencialista del
siglo XX, que reflejaría con angustiosa trasparencia, la desazón humana frente
a la gratuidad del existir. En poesía el
norteamericano e. e. cummings –así, con minúsculas- nos deja sus Colected Poems, innovadora, destellante
e incisiva. En ensayo hay dos magistrales
obras de pensamiento sobre las artes escénicas: El teatro y su doble de
Antonin Artaud y Un actor se prepara
de Constantin Stanislaski.
El año 1950 llegaría después de un
extenso impasse mundial como efecto de la segunda guerra. Seria en Brasil, y Uruguay sorprendería al
mundo con su histórico triunfo en el Maracaná frente a los locales. En este año
salen a la luz una importante cantidad de novelas de autores ya celebres como
el caso de Ernest Hemingway con Al otro
lado del rio y entre los árboles, el uruguayo Juan Carlos Onetti con La vida Breve. En poesía Pablo Neruda
nos deja su Canto General, y Alberto
Girri El tiempo que destruye. En el género
ensayístico este año va a ser de un impacto mayúsculo. Ahí está El laberinto de la soledad de Octavio
Paz y las inolvidables Aguafuertes
porteñas de nuestro compatriota Roberto Arlt. El primero, será un icono de la literatura
del siglo XX: una audaz interpretación del mundo azteca y su presencia en el
México del presente.
Sigue en la lista Suiza 1954, con
triunfo de Alemania. Libros destacables:
en narrativa el mexicano Carlos fuentes con Los
días enmascarados, en poesía los chilenos Pablo Neruda con Odas elementales y Nicanor Parra con Poemas y antipoemas.
El siguiente campeonato es Suecia
1958. Gana Brasil. Aparece Julio Cortázar con los cuentos de Las armas secretas, entre los que
encontramos el legendario relato “El Perseguidor”, en homenaje al gran músico
de Jazz Charlie Parker. También García Márquez nos estrega su no menos
legendario El coronel no tiene quien le
escriba. En poesía el americano William
Carlos Williams nos entrega su poema Paterson. En ensayo aparece nada menos que Levi Strauss
con su Antropología estructural.
La parada que sigue es Chile, 1962. Una vez más encontramos a Brasil en el podio.
Ya estamos en el boom. Ahí está Juan Carlos Onetti, con El infierno tan temido, Cortázar de
nuevo con sus populares Cronopios,
Carlos Fuentes y La muerte de Artemio
Cruz, después de Aura. Gabriel García
Márquez también con dos presencias: La
mala Hora y los relatos de Los
funerales de la mama grande. Hay más. Alejo Carpentier, El
siglo de las luces, y Augusto Monterroso con sus innovadoras historias breves de La oveja negra y demás fabulas. En ensayo, Marshall McLuhan nos entrega La galaxia Gutenberg y Umberto Eco Opera abierta, ambas de fuerte
incidencia. Hay numerosas publicaciones en poesía; en teatro, está Eugene Ionesco con El rey se muere.
Llega Inglaterra, 1966 y el campeón es
el local. Roa Bastos en Paraguay publica
El Baldío, Mario Vargas Llosa en Perú,
La casa verde y en Estados Unidos,
Truman Capote, A Sangre fría. Está Gabriela Mistral con Poema de Chile y Vinicius de Morais con Para uma menina com uma flor.
En el año 1970 volvemos al continente
sudamericano con México, en el que una vez más se impusiera Brasil ante
Italia. Aquí encontramos a Borges con El informe de Brodie, un libro de
cuentos “lineales” y casi realistas que llevarían su narrativa a las afueras de
la literatura fantástica y José Donoso con El
obsceno pájaro de la noche.
Alemania 1974, campeón el local. El
boom está en su punto culminante. En este año se destaca una profusa producción
en narrativa. Ernesto Sábato nos entrega su saga metafísica de Abadón, el exterminador, una obra que
lleva hasta las últimas consecuencias su exploración en el mundo de las
tinieblas. Cortázar, siempre Cortázar,
esta vez con Octaedro. Roa Bastos con
su memorable Yo, el supremo. Alfredo
Bryce Echenique con sus sospechosos cuentos de La
felicidad ja, ja.
Finalmente llegamos a nuestra
Argentina 78. La dictadura militar ha hecho estragos y empiezan las grietas por
donde se filtra la sangre. El mundial debía ganarlo Argentina y lo ganó, con un
sospechoso seis a cero ante Perú en semifinal, y tres a uno ante Holanda en la
final. Hubo festejos en demasía para tapar
cadáveres. Hay libros de
Carpentier (Concierto Barroco), de García Márquez (El otoño del Patriarca), de Carlos Fuentes (Terra Nostra), Juan Goytisolo (Juan
sin tierra) y más.
España ochenta y dos llega con la
Guerra de Malvinas y Argentina es doblemente derrotada. En el campo de juego y
en el campo de combate. Nos volvemos a casa desde el Atlántico sur y desde los
estadios españoles casi simultáneamente y con la misma derrota. Aparece por
primera vez – a casi cincuenta años de la muerte de su autor- El libro del desasosiego del Poeta
portugués Fernando Pessoa, con el heterónimo de Bernardo Soares. Se trata de un
deleitoso texto que comprende unos quinientos fragmentos de diarios y
reflexiones de un existencialismo avant
la lettre. Constituye verdaderamente un fenómeno y una curiosidad editorial.
De nuevo en México, el mundial de 1986
traería renovados aires a los argentinos.
Ya se han ido los gobiernos militares y el país goza de la primavera
democrática de aquellos primeros años de la presidencia de Raúl Alfonsín. Una oleada de sensaciones de libertad y de fe
en nosotros mismos se ha instalado en nuestro pueblo. Argentina gana la final contra Alemania por 3
a 1 y se consagra por segunda vez campeón del Mundo. Maradona pinta en el campo sus mejores trazos.
Ingenuamente nos desahogábamos de la derrota de las Malvinas, con dos goles contra
los ingleses –memorables, es cierto, pero
solo goles-. Tocábamos el cielo. Y
también los libros. Ahí estaba Mario Vargas
Llosa con su novela ¿Quién mato a
Palomino Molero?, como un último epígono del boom. El año anterior había
aparecido el poemario de Borges, Los
conjurados, un exquisito libro de poemas con el que nuestro escritor se
despediría de sus lectores, ya que moriría en Ginebra justamente durante los
días de este mundial. Lagrimas por Borges, euforia por la selección, fútbol y
literatura no unificaban sentimientos.
Italia 1990, otra vez la euforia,
Argentina de nuevo a la final, con el mismo adversario. Esta vez nos aguardaba
la derrota y la gran tristeza de un sueño frustrado. El país había incursionado los caminos más
descarnados de las políticas neoliberales, que no tardarían en hacer visibles
sus efectos demoledores. Carlos Fuentes publica La campaña. En el interior de una cultura en que la modernidad era
consagrada como la panacea de los pueblos, Néstor García Canclini nos trae Culturas híbridas. Estrategias para entrar y
salir de la modernidad.
Llega Estados Unidos, 1994, triunfo de
Brasil, expulsión de Maradona por un antidoping. Una metáfora escalofriante
recorrería las galerías mediáticas: las piernas cortadas. Eric Hobsbawm publica
su Historia del Siglo XX. Presente año tras año, García Márquez esta vez
se viene con Del amor y otros demonios.
Juan Gelman, De palabra. Abelardo Castillo
daría su primera novela El que tiene sed.
Francia, 1998, el campeón es Francia.
En Argentina se cumple el segundo mandato de la presidencia de Carlos Menem. La
desocupación es alarmante y asciende a más de dos dígitos. Pobreza, exclusión,
marginación social. Ernesto Sábato
publica Antes del fin, memorias que
recogen un repaso por la vida del escritor y su reflexión sobre la literatura y
la sociedad de nuestro tiempo. También encontramos en este año a La fiesta del chivo de Mario Vargas
Llosa. En Argentina Andrés Rivera
publica La lenta velocidad del coraje.
Después seguimos con los mundiales del
año 2002 (Japón-Corea), 2006 (Alemania) y 2010 (Sudáfrica) y 2014 (Brasil). Del
cambio de siglo en adelante no voy a hablar, ya que mucho de lo publicado no
está lo suficientemente difundido, ni catalogado, ni valorado y podríamos
incurrir en una injusticia.
En este ligero repaso, seguro quedan
imperdonables nombres en el olvido. Ha sido tan solo una muestra, imperfecta y
precaria. Hemos dado un lugar preferencial a los argentinos y Latinoamericanos,
por localía. Anaqueles abarrotados con
libros en todos los idiomas están detrás de cada copa, y piden ser leídos.
Finalmente, estamos en un año mundial
y la contienda deportiva está llegando a su fin. ¿Cuáles son los libros mundiales de este campeonato?
¿Cuáles obras de este 2014 quedaran para la historia? Acaso sea tan
inescrutable como el resultado del próximo domingo. Lo mejor sería esperar que
no solo la Argentina gane y obtenga una nueva copa del mundo, sino, además, que
este año mundialista, algún escritor argentino nos deje una obra inmensa, un
legado inolvidable para la
posteridad. Auguremos goles y lecturas,
maravillosas lecturas. Es la otra final que nos espera.
domingo, 22 de junio de 2014
BUITRES
Franz Kafka
Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?
-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
- No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí -: por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.
Enigmático, simbolista, visionario, Franz Kafka (1883 – 1924) nos presenta en su narrativa las oscuras posibilidades a que está expuesta la condición humana.
Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?
-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
- No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí -: por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.jueves, 20 de febrero de 2014
LOS OFICIOS DEL FUEGO
A la memoria de mi amigo Felipe Rojas
que conserva por siempre su lugar en mi mesa
Con ocasión del post publicado días atrás acerca del costo del asado, he recibido un caudal de voces, en acuerdo unas, en desacuerdo otras, que me llevan a una reflexión.
Porque resulta que para algunos yo estaba desenmascarando la mala fe de medios bandoleros. Para otros, yo mismo estaba falseando datos, porque no creen que un asado cueste ciento cuarenta y dos pesos. Lo cierto es que sin quererlo he puesto el dedo en la llaga. Quizás debí haber preservado el fondo mítico de esta costumbre tan nuestra, no dejarme llevar por la lógica decadente de rotativas belicosas. Porque en nuestro suelo simbólico-lingüístico un asado no tiene precio. Un asado no es una comida más, ni es parte de ninguna canasta.
Un asado es una ceremonia.
Con sus oficios, sus ritos y sus abalorios. ¿Cuánto vale esa ceremonia? ¿cien?, ¿trescientos? Qué más da. Nadie puede -nadie debe- asustarnos con eso. El juego perverso ha sido poner un precio perturbador a algo que no lo tiene. Producir desasosiego. Nadie puede frustrarnos el alma con la amenaza de que ya no está al alcance de nuestro bolsillo. No hay derecho. Una ceremonia está antes y más allá de la inflación, el precio del dólar y los feroces juegos de los discursos opositores. Una ceremonia es un oficio previo a cualquier debate.
El fuego que chisporrotea, la primera copa que apura el asador, cuando aún rechina la carne en la parrilla; el calor de los amigos, el brindis, la conversada sobremesa; el truco que al final asoma o los acordes compartidos de una guitarra. Y también la discusión política ¿por qué no? Nunca faltan las pasiones encendidas cuando ya se han descorchado algunas botellas. Pero todo en el marco de un rito en el que se propicia la cercanía, el contacto de los cuerpos, la sintonía de los ánimos, el estar juntos en un mismo fuego. Hay un fondo dionisíaco en todo esto. El rito es soberano. Todo lo que pasa está dado de antemano en sus oficios.
Ahí están los amigos, la familia o los compañeros de sueños. Ciento cuarenta y dos pesos no es un precio: es una elección.
viernes, 7 de febrero de 2014
EL COSTO DEL ASADO Y EL TERRORISMO DE ALGUNOS MEDIOS
Un dato sospechoso
En el diario El Liberal de la fecha de ayer, seis de febrero, se publica una nota bajo el título "Una familia tipo necesita 266 pesos para poder comer el tradicional asado", de la página 8.
Me han llamado la atención los valores sugeridos. Cuando menos eran sospechosos.
Con mi hijo, Rafa, nos propusimos hacer la prueba de cotejar un asado hecho por nosotros mismos con esos valores.
Lo primero que hay que decir es que las cantidades sugeridas en la nota no son para un asado de una familia tipo -cuatro personas, según la misma fuente-, sino para casi el doble, lo cual obviamente incrementa el costo final.
En segundo lugar, el detalle de los costos de cada producto nos habla de primerísimas marcas y lugares de preferencia, carnicerías-boutiques.
La experiencia
El resultado de nuestra prueba ha sido el siguiente:
Fuimos a los lugares habituales de nuestras compras diarias. Primero a nuestros amigos de la carnicería Solís - ubicada en Solís esquina santa fe- y conseguimos "filet", uno de los cortes más selectos y costosos, a 42 pesos el kilo. (No es un dato de excepción. Tenemos registrados cinco o seis locales de esta ciudad a un precio similar). Compramos 1 kilo y medio de ese corte y medio kilo de chorizo tipo Italiano por setenta y cinco pesos. Nuestra opción por el corte ha sido una cuestión de preferencia. En el mismo local es posible comprar tres kilos de cortes clásicos para asado por el mismo precio. Luego fuimos a la frutería de la avenida Belgrano antes del arco y compramos la verdura para acompañar: tomate, lechuga, pimiento, cebolla y carbón por treinta pesos. En el súper que se encuentra en las inmediaciones, compramos la gaseosa cola de bajas calorías, primera marca, por trece pesos y un vino tres cuartos, calidad media, por dieciséis. El pan lo compramos en la panadería de nuestro amigo Héctor Santillán a ocho pesos el medio kilo.
Detalle de costos:
Carnes: setenta y cinco pesos
Verduras: veinte pesos
Carbón: diez pesos
Gaseosa: trece pesos
Vino: dieciséis pesos
Pan: ocho pesos
TOTAL: ciento cuarenta y dos pesos (casi la mitad de los valores informados por el matutino).
Pasando en limpio
Quisimos poner a prueba lo que hay entre líneas en esos informes que parecen tan rigurosos. Salta a la vista que algunos medios se ufanan sembrando terror en una sociedad, ya de por sí bastante sensibilizada con los precios. Se trata de una práctica literalmente terrorista, en el sentido de estar inspiradas en la finalidad de producir un efecto en el comportamiento de los ciudadanos en base a la suscitación del miedo. Alentar el pánico es una grave falta de responsabilidad social que puede llevar a consecuencias catastróficas. El pánico nos aleja de la prudencia. Si se cruza constantemente fuego sobre los precios y los ánimos de la gente, es previsible que las cosas suban más y esta economía se vuelva irrespirable. Noticias como estas son las que calan a fondo el humor social y producen un efecto de psicosis que retroalimenta la escalada inflacionaria. Pareciera ser que algunos sectores se contentan con la primicia del caos. Pareciera ser que algunos no solo esperan el apocalipsis, sino que además lo promueven, lo alientan, lo construyen.
No dejarse engañar. Hay una inflación real y una inflación construida entre discursos. La inflación construida suele revertir sobre la real, que va por detrás. Todo depende de cuánto crédito demos a aquellos discursos.
Está demostrado: es posible un asado para cuatro personas por ciento cuarenta y dos pesos.
Por cierto, el queso y el jamón de la foto es un opcional por algo menos de treinta pesos para quienes quieren un toque de distinción en su mesa.
Están invitados. Finca La Clementina, Villa Zanjón.
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