miércoles, 19 de mayo de 2010

“El pueblo quiere saber de qué se trata”. Bicentenario de un lugar común.



“El pueblo quiere saber de qué se trata…” , un enunciado colectivo, una expresión común, que desde nuestro mayo de mil ochocientos diez, atraviesa doscientos años de historia y nos visita una y otra vez como un viejo talismán que siempre vuelve. Simple y elocuente, transparente construcción verbal que heredamos, reiteramos y consagramos no solo en actos patrios sino en el mitin político, en la palestra de los medios, en el piquete, en el aula. Históricas palabras, se transmiten con la elocuencia de las grandes voces que, como grandes, a la vez que dicen, callan; a la vez que muestran, esconden. Esconden y callan las vivencias de disociación de un pueblo escindido, como también esconden y callan la legítima voluntad ciudadana de saber, conocer, entender y participar, de un sujeto postergado.

El pueblo quiere saber se ha instituido ya en el más monumental de los lugares comunes. Como todo lugar común, es un lugar en préstamo. Un sitio en el que nos dejamos pensar por los otros, porque hemos abdicado del esfuerzo de preguntar. Lugares comunes, frases hechas, clisés del discurso dominante, espacios de sentido en los que nos hallamos cómodos porque hay algo que está resuelto con eficacia y de antemano, desde un lugar que no es el nuestro. Nos ponen en la luz de un pensamiento claro, irrefutable, de ilusoria evidencia. Porque hay un campo de sentido que está ya siempre construido y apropiado por una recurrencia que instituye su validez. Y ese lugar nos deleita porque nos sentimos luminosos, brillantes, traspasados por el gran rayo de luz y de verdad de los cabildantes que tramaron el relato de la revolución.

Propongo no pensar en lo que esta expresión dice, propongo pensar en aquello que deja de decir. En esa dirección preguntamos ¿Qué pueblo es el que quiere y de qué saber se trata? ¿Cuál es el pueblo, sujeto de esta expresión? ¿A quién incluimos y a quien dejamos afuera cuando afirmamos que el pueblo quiere saber? ¿qué saber está aquí en juego? ¿En qué relato del gran pueblo argentino incluimos esta expresión?

El pueblo que quiere saber, ha sido siempre el lugar de los iluminados que se posicionan en el monopolio de la palabra y el saber, los vecinos acomodados e ilustres de la vieja Buenos Aires, los que en bastón y levita podían hablarle al Cabildo, el pueblo acartonado que, con el tiempo, dará lugar a una Nación Jurídico-formal, eternamente desbordada por ese otro pueblo que quiere saber y no puede. El pueblo que quiere saber en ese relato no son las multitudes silenciosas que fraguan la densidad de la historia.

Porque hay otro pueblo que también quiere saber. El que ha quedado enterrado debajo del barro de una plaza, el que no tenia paraguas y no estuvo frente al cabildo, porque hacía frío, y porque todavía tiene hambre, doscientos años después. Es el pueblo de las pobres provincias que supieron de la revolución cuando ya se había consumado, porque siempre llega tarde.

Es el no educable, que Sarmiento ponía en entredicho, el bárbaro, el indio, el hachero, el descamisado, el paria, el que va y viene de la historia arrastrado por un relato dominante que lo invoca y expulsa cuando quiere.

¿Qué saber quiere el pueblo? Y el saber querido por el pueblo, el de la plaza, desde mayo hasta el Bicentenario ¿no es acaso el saber del discurso único, que otorga y retira la palabra según propios y mezquinos intereses?

El saber que quiere el pueblo, si hablamos de ese otro pueblo de carne y hueso, que no estuvo en aquella histórica plaza ni lo está hoy en la plaza virtual de las pantallas, acaso sea ese saber plural, descentrado, abierto, multiforme, que circula en una multiplicidad de relatos. Relatos que no siempre llegan al lugar de La Palabra, que claman por un lugar en las escuelas y un minuto de aire en el cielo multimedial suprasensible. Es el saber de la vida y la cultura latiente, que circula en un ramal inabarcable y diverso de voces y murmullos. Un saber que nos abre a “ser en la diferencia”, como la palabra silenciosa en donde la Nación “no dicha” en los discursos hegemónicos, encuentre finalmente su lugar.

En este Bicentenario pensemos que “pueblo” y “saber” son lugares irresueltos en nuestra historia para seguir trabajando. Hay un cabildo que todavía sigue abierto.

jueves, 13 de mayo de 2010

SAMUEL BECKETT: A PUNTO DE SIGNIFICAR ALGO. "Final de Partida" en la UCSE



“En este lugar, en este momento,

la humanidad somos nosotros,

nos guste o no. Aprovechémoslo, antes

de que sea demasiado tarde.”

Beckett, Esperando a Godot




Borges relata una anécdota. En cierta oportunidad había asistido a una puesta en escena de Macbech. La puesta era mala, la traducción pésima, el vestuario decadente, nos dice decepcionado. Sin embargo, al finalizar la obra confiesa que inexplicablemente se sintió “deshecho de pasión trágica” y concluye: “Shakespeare se había abierto camino”.

Al tomar conocimiento que se iba a llevar a cabo en Santiago del Estero una puesta de Final de partida de Samuel Beckett, he pensado en los desafíos y riesgos que representaba un texto de semejante complejidad, un texto que exige mucho del elenco y su dirección, ya que se trata de una propuesta que colisiona con el sentido común y con las expectativas acostumbradas frente a una obra de teatro, que transgrede mucho las tradiciones dramáticas que estamos acostumbrados a presenciar.

Con el recuerdo de la anécdota de Borges he entendido que de cualquier modo valía la pena ver la obra, ya que bien podría Beckett abrirse paso, entre las ruinas de una puesta en escena poco feliz.

El desafío era asumido por el grupo de teatro independiente Mareaje en el marco de las actividades culturales por la celebración del cincuenta aniversario de la UCSE, el sábado ocho de mayo.

Felizmente sorprendido, tengo que admitir que no he necesitado el consuelo de Borges. La puesta en escena ha resultado de una fuerza extraordinaria, se ofreció un Beckett aplastante, desgarrador, angustioso y gigante. Un trabajo actoral exhaustivo, de una base extraordinariamente lograda, tal vez desparejo, con un descomunal Hamm que fragmentaba los silencios con una voz de estremecedoras reminiscencias oníricas. La escenografía, acorde, discreta, mínima, como debe en este caso serlo. Un reloj a velocidad descontrolada, desvanecía el tiempo cósmico en el devenir del habla, en un precipitado flujo de significantes. Los irremplazables tachos, la silla con ruedas y las insinuantes ventanas abiertas a la anchura inalcanzable del mundo, han sido el marco necesario para que tuviera lugar la atmósfera indigente y sombría que rodea la “acción”.

Nos llevaron - a nosotros, el público- hasta ese punto sin retorno al que lleva Beckett, a esa cornisa del sin sentido, nos dejaron ahí y ahí nos interpelaron, con esa exclamación-pregunta que resuena como un martillazo en nuestro fragmentario entendimiento “¡ estamos a punto… estamos a punto de significar algo!”, con un tartamuedeo que evoca el balanceo pendular de un cuerpo en la cornisa frente a la fosa del vacío. La pregunta queda en suspenso como un significante hueco que se mece en nuestras precarias certezas. Ese es quizá el lugar penumbroso al que el texto y su representación nos llevan: un “a punto de” que no se resuelve, que no se puede resolver sino en la perplejidad de un espectador atónito frente al vacío, frente a ese hiato que se abre entre el lenguaje y el ser. Un “a punto de” que desespera. Un significante que queda ahí colgado del silencio, para que el espectador lo piense desde las ruinas de un sentido literal y unívoco. El texto nos llama a la construcción, pero a una construcción precaria, inconclusa, siempre desfondada. No hay en la obra de Samuel Beckett –como no lo hay en ninguna obra bien lograda- un “querer decir” en el que se cierra el texto. Lo que hay es un llamado a “dejarnos decir”, ser atravesados por la obra. Se trata de una cadena significante que no está vinculada necesariamente a una construcción previa de sentido, pero que tampoco navega en la ciénaga de lo arbitrario y lo gratuito. Acaso en ese trabajoso equilibrio está “el punto” del significar.

No es este el lugar de ensayar aquí una “lectura” de Beckett. Solamente queríamos dejar en claro algunos logros de esta realización.

Si como quiere Gadamer la interpretación es un juego creativo de apertura de posibilidades que promueve la obra, esta propuesta supo desarrollar lo mejor que nos ofrece Beckett, desde este lugar, en estas condiciones y para este público.

La obra se presentará en La Plata en este sábado 17 en el Festival Nacional de Teatro. Más allá de expresar los mejores augurios para este evento, es bueno valorar antes la altura de esta propuesta.

miércoles, 24 de marzo de 2010

LOS LENGUAJES DE LA MEMORIA



A esta altura hay cosas que ya deberían estar fuera de discusión. Sin embargo, cada vez son más las voces que proclaman el olvido en aras de una conciliación nacional.
Habría que tener más cuidado en estos tiempos que corren. El uso del lenguaje desde algunos sectores que avalan la impunidad es una trampa. El humor social anti-kichnerista, sumado a las políticas en Derechos Humanos ligadas al actual gobierno, son una perfecta tentación para los sectores conservadores de tirar al tacho mucho de lo que se ha ganado en materia de conciencia en estas dos últimas décadas.

Hay discursos que ponen a rodar palabras que deberíamos pensar bien antes de decirlas. Están ahí, en los espacios hegemónicos de los medios opositores. Me refiero a las palabras Perdón, olvido, amnistía, presos políticos, conciliación, que algunos ahora proponen para un país que “incluya a todos."
Eduardo Duhalde y su Argentina para todos, con un escalofriante alegato del olvido y la propuesta de un plebiscito para el cese de los juicios; Cecilia Pando y sus “víctimas” del terrorismo; Mauricio Macri y su propuesta de hundirnos en las aguas del Leteo, en un mirar para adelante sin retrovisor; son algunas de las voces que dan asilo a estas palabras.

Discursos políticos, blogs, columnas en diarios, documentos eclesiales, con toda liviandad apelan a estos lugares como una solución mágica para “cerrar heridas“.
Propongo reflexionar en torno a estas palabras que vuelven al discurso con pretensiones de legitimidad.

La palabra perdón es la que menor análisis resiste. ¿Cuándo y quien puede perdonar un crimen, cuyos verdugos se ufanan en que volverían a cometerlo?

Dice Ricoeur que el perdón no es algo debido, sino que debe ser pedido, y qué sólo las víctimas pueden concederlo.

Dos anotaciones. Nadie ha pedido perdón, hasta ahora que sepamos. Y quienes pueden concederlo no están entre nosotros. Ambos datos lo clausuran como posibilidad.

El olvido es la contra cara de un perdón imposible. A falta de lo uno, venga lo otro. El olvido está reñido con el “nunca más“ fundacional de esta democracia; implica una dolorosa renuncia a lo que trabajosamente hemos logrado en casi ya tres décadas como sociedad ¿Cuál es el camino que propone el olvido? El olvido propone volver a las huellas de la impunidad, a pesar de que la justicia ha fallado una y otra vez sobre el crimen. Es el camino de la ceguera y la convalidación del delito.

El nombre político-jurídico del olvido es amnistía. Es el olvido institucionalizado. Una consigna pensada desde una pretendida ética de la responsabilidad, que carece de una cabal valoración de las consecuencias. Se basa en la creencia de que el dejar sin efecto el castigo a los culpables crearía las condiciones para la unión nacional. No es políticamente correcta, pero si efectiva, dirán algunos desde un conservador pragmatismo. Aun desde una racionalidad estratégica nos preguntamos ¿Qué pasaría entonces con las víctimas y los familares de las victimas? ¿Quedarían “conciliados” unilateralmente? ¿Quién conciliaría después la diáspora en que hundiríamos a estos argentinos, que siempre y en todo momento han utilizado como único medio la justicia institucionalizada, para canalizar su indignación? ¿Qué conciliación es posible sobre la base del despojo a las Instituciones?

Presos políticos es una de las palabras que encubre un peligrosamente engaño. Quiere disfrazar políticamente lo aberrante. Porque implica una alteración en el juicio sobre los hechos. Los presos por los crímenes de la dictadura no son de carácter “político.” Los crímenes de lesa humanidad son un hecho constatado e indiscutible, que reclama justicia. Son presos comunes, juzgados por la justicia, por homicidios y torturas. Estos “presos políticos” han asesinado a compatriotas de este mismo suelo, no a extraterrestres invasores en una “guerra sucia“.
Por último, está la palabra conciliación. Se apuesta a sus falsas resonancias mediadoras-pacificadoras. ¿Es posible la conciliación sobre la base del olvido y la impunidad?. ¿Es posible la conciliación cuando una parte de esta sociedad todavía sufre los daños infrigidos, cuando aun siguen apareciendo los hijos del crimen?. La conciliación solo puede sobrevenir cuando se ha elaborado el duelo. Y todo duelo se elabora a partir de la verdad.

Por eso, en este día de reflexión sobre nuestro pasado y presente, habría redoblar los votos por la memoria, la verdad y la justicia, como el único camino para una conciliación con nuestro pasado. Un camino trabajoso, lento, a largo plazo. Aquí no hay soluciones mágicas, mal que les pese a los profetas del olvido. La búsqueda de una memoria reconciliada solo es posible a partir de la verdad.

Memoria, verdad y justicia, deberían ser estandartes no discutidos en el debate político, un lenguaje que esté en la base de toda argumentación, un piso a partir del cual se construyen las diferencias y las opciones. Es el camino que los hombres y mujeres de este suelo hemos elegido, como valores fundantes de nuestra democracia. Es necesario, entonces, desenmascarar los lenguajes que los traicionan en una retórica cada vez más contaminada.

jueves, 4 de marzo de 2010

HACIA UN TOTALITARISMO PARLAMENTARIO




Un camino peligroso. Una escalada que viene desde aquella ciento veinticinco y remonta alturas siderales con las elecciones legislativas del año pasado. El resultado de las elecciones del 28 de junio, sumado a la composición de las comisiones de las cámaras, más el creciente odio anti-K -capaz de aceptar cualquier cosa en contra del "matrimonio gobernante"- sobre las espaldadas de iluminados legisladores, resultan ser un cóctel explosivo.
El conglomerado llamado "la oposición" - ese tren fantasma multicolor en el que conviven blancos, pardos y tornasolados- ha decidido avanzar hacia los pasillos mismos de la Rosada. Las maniobras políticas ensayadas en las últimas horas no sólo ponen en riesgo la gobernabilidad, cuestión que ya desde la ciento veinticinco viene amenazada, sino que se ha arrogado atribuciones que son propias de la esfera del poder ejecutivo. Se pretende que éste último no abra puerta sin permiso del congreso, en el marco de una constitución de cuño presidencialista como la nuestra.
De la mano de la judicialización de la política y la parlamentarización de la gestión, diputados y senadores pretenden inmovilizar al poder ejecutivo, tenerlo en la mira, desactivar su caudal de gestión, siempre imprevisible, siempre menos pensado. Saben que no es un gobierno fácil; saben que cuando parece letalmente inmovilizado, sigue generando políticas y amenaza con recuperar "imagen", ese blanco tan castigado por medios y discursos de todos los tonos.
Probablemente más de la mitad de los argentinos (aquellos que han sido suelo fértil para la semilla del odio político), apoya y auspicia estas maniobras, con un ánimo abonado de venganza.
Se alimentan expectativas de ver rodar cabezas en el polvo -"habría que decapitar al gobierno", ha dicho alguna vez Biolcati-.
De someter y de humillar la voluntad política - "hay poner al gobierno contra las cuerdas", ha dicho De Angelis esta semana-.
De desenterrar dinosaurios -"tenemos que parir un gobierno para todos los argentinos; para el que quiere a Videla y para el que no quiere a Videla", se desborda Duhalde.
En fin, los ejemplo sobran. Lo que no sobra es la prudencia -"también a nosotros se nos va la mano", reconoce Chiche.
Y si lo que no sobre es prudencia, hay que reconocer que estamos en una juego peligroso.
Los paladines de la "República" han decidido ampliar arbitrariamente las atribuciones del parlamento, lo cual no es menos peligroso que la situación inversa, incesantemente denunciada por el purismo institucionalista que tiñe sus discursos. No se trata ni siquiera de la tan mentada "maquina de impedir", que otros tiempos hostigaba a gobiernos de dudosa iniciativa. Se trata de la voracidad por destronar al oponente, de detonar el desmoronamiento de la gestión.
Dos objetivos claros se vislumbran en el monolito opositor: llevar al gobierno a defaultear y la reinstauración de los perversos planes de ajuste, como única salida de una crisis construida en el vacío. Y lo que está en juego en estas maniobras que quede claro que no son sólo las instituciones políticas. Lo que aquí está en juego es el bienestar de los ciudadanos, por la asfixia financiera que se quiere propinar. Bienestar que parece que nos hemos olvidado que lo podemos perder.
Lo que estamos presenciando en estas horas de debate y retórica es el camino a la instauración de un "Totalitarismo Parlamentario".
¿Qué señales dan cuenta del advenimiento de esta nueva configuración política? ¿Qué signos de los tiempos vaticinan la proximidad de ese dispositivo? Algunos signos a pensar:
  1. Un conglomerado opositor que no comparte un solo proyecto, más que el el desenfrenado afan de ver una gestión malograda y un gobierno caído por su propios fracasos, para que no se hable de "destitución".
  2. La concentración forzada del poder en una sola Institución republicana: el Congreso.
  3. Un parlamento que quiere decidir si se paga o no la deuda y si le gusta o no la cara de la presidenta del Banco Central (inteligente y elegante, para la exacerbación del machismo argentino, ese mismo que no termina de digerir a una presidente mujer). El Poder Legislativo montado sobre la esfera del Ejecutivo.
  4. Una oposición que ha tomado por asalto las comisiones del Congreso, con el patoterismo de los números.
  5. Argumentos parlamentarios cuya fuerza resulta de la apelación a una mayoría construida en alianzas trasnochadas, y de la discusión de las formas, antes que la discusión sobre las cuestiones de fondo, y la aceptación del argumento más razonable.
  6. Legisladores que realizan visitas diplomáticas paralelas, mientras el poder ejecutivo firma decretos en contra de la explotación petrolera en el atlántico sur.
Señales todas que dan cuenta de una configuración parlamentaria de carácter invasivo, prepotente, totalitario, ¿Reglas de juego de la democracia? No resulta razonable. Es más que eso. Es el engendro al interior de las Instituciones de la República del propio germen destructor.
Lo dijo Antonio Cafiero, acaso sin quererlo, ante un medio del grupo más reaccionario: Las reglas de la democracia nos imponen el respeto a la autoridad legitima y una acción política opositora que bien puede ser insufriblemente crítica, pero que jamás condicione la gobernabilidad. El no cumplimiento de estas premisas, no puede entenderse en otros términos que deslealtad y, aun más que eso, acción destituyente. Sin eufemismos.

martes, 15 de diciembre de 2009

OSCUROS INCIDENTES, OSCURAS VOCES




Para pensarlo. Tres incidentes, en un lapso mínimo de horas:

El jueves 10 de diciembre, Hugo Biolcati dice en un acto público que hay que “decapitar” al gobierno, en una metáfora sangrienta que a algunos nos dejó paralizados.

El mismo jueves el matutino La Nación había publicado un escandaloso articulo de Abel Posse -flamante Ministro de Educación de la Ciudad de Buenos Aires- que tiene más de manifiesto fascista que de texto periodístico. Posse, sin ningún escrúpulo, hace publico su ideario antidemocratico horas antes de asumir, para que no queden dudas de quien es quien. Posse es Maurizio. Maurizio es Macri. Say no more.

El viernes 11 de diciembre, los sistemas de comunicación del helicóptero presidencial reciben una interferencia con una amenaza de muerte a la presidente (“matar a la yegua“), entre sones de reminiscencia dictatorial, en el mismo momento en que se iniciaba el juicio a los represores de la ESMA.

¿Aciaga coincidencia? Me gustaría pensarlo así, pero tenemos que admitir que hay algo más que coincidencias entre esos incidentes. Hay conexiones. En casi tres décadas de democracia no se dieron -salvo en el gobierno de Alfonsín- tan abiertas manifestaciones de este tipo. ¿Qué pasa hoy que estas voces antes acalladas ahora desafían desde la palabra publica y desde la amenaza abierta? ¿Por qué ahora? ¿Qué ha cambiado en los valores de esta sociedad para que hoy existan lugares no democráticos de opinión que generan adhesión de una parte -mucha o poca- de la ciudadanía?.

Hoy es el momento que estas voces atroces -que siempre ha habido- encuentran nichos ideológicos antidemocráticos en donde refugiarse, en donde expandirse con ese insolente eco de libertad de los impunes. Nos guste o no reconocerlo, se ha abierto un espacio en la ciudadanía que los cobija y los alienta.

Se dice lo que “alguien” quiere escuchar. En la Argentina de hoy se ha reinstaurado una corriente de opinión de matriz conservadora, inscripta en una línea de tradiciones no democráticas; tradiciones que priorizan los valores del Orden y la Seguridad por encima de los valores que fundan las democracias de las sociedades modernas (Igualdad, Justicia, Libertad).

Además de los mencionados incidentes, se suman las retóricas de los tinellis, las susanas y mirtas, que azuzan el miedo, proclaman malestares y anuncian precipicios.

Crece el rechazo a las políticas de Derechos Humanos, crece el odio a los pobres, los cuestionamientos a las políticas de compensación hacia los excluidos, el desprecio por el Estado y sus políticas de equidad.

Los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner pueden ser cualquier cosa, - y mucho habrá para decir- pero hay un hecho indiscutible: han subordinado bajo la autoridad del Estado a los poderes históricos que condicionaban la democracia en Argentina.
El poder Militar, con la derogación de las leyes de la impunidad y el procesamiento a los genocidas, desde una política sin concesiones en materia de Derechos Humanos y de reivindicación de la memoria.
El Poder Económico, con la reestatización de empresas fundamentales del Estado, como pueden ser las AFJPs y Aerolineas, en el marco de una política intervencionista en lo económico.
El Poder Mediático, con la sanción de una moderna Ley de Servicios Audiovisuales y el contrato con la AFA para la televisación de eventos deportivos.
El Poder Eclesial, mediante leyes como las de Salud Reproductiva, o la ley de Educación Sexual, que promueven una política pluralista en la materia.
El Poder Agromediático, mediante la intervención en la fijación de retenciones a las exportaciones, que limitan las utilidades del sector, con el fin de proteger el mercado interno y generar recursos para la inversión social.

Era demasiado como para que no reaccionaran. Poderosos intereses han sido afectados desde las políticas vigentes. Hay mucho enojo, “crispación”, odio político, desde sectores que estuvieron siempre cuidados entre algodones. Demasiado.

La pregunta es hasta cuando habrá resto para resistir los embates de estos profetas del infierno, que aun no aterrizan en el suelo de una sociedad abierta y pluralista. Lamentablemente, una oposición irresponsable presta oídos y discursos a esa voces atronadoras. Está en nosotros el saber distinguir entre las escaramuzas de la lucha política entre adversarios y la amenaza a aquellos estandartes que nos sostienen como sociedad libre, plural y en busca de justicia. Los cantos de sirena de quienes pregonan el Orden y la Seguridad como únicos valores, no pueden alejarnos de nuestras conquistas democráticas, que con muchas vidas la hemos pagado.

domingo, 18 de octubre de 2009

TODAS LAS HOJAS SON DEL VIENTO. CARTA A LA MADRE. Salvatore Quasimodo, 1901 - 1968






La mejor carta a la madre, Salvatore Quasimodo. Versión bilingüe.






LETTERA ALLA MADRE


«Mater dolcissima, ora scendono le nebbie,
il Naviglio urta confusamente sulle dighe,
gli alberi si gonfiano d'acqua, bruciano di neve;
non sono triste nel Nord: non sono
in pace con me, ma non aspetto
perdono da nessuno, molti mi devono lacrime
da uomo a uomo. So che non stai bene, che vivi
come tutte le madri dei poeti, povera
e giusta nella misura d'amore
per i figli lontani. Oggi sono io
che ti scrivo.» - Finalmente, dirai, due parole
di quel ragazzo che fuggì di notte con un mantello corto
e alcuni versi in tasca. Povero, così pronto di cuore
lo uccideranno un giorno in qualche luogo. -
«Certo, ricordo, fu da quel grigio scalo
di treni lenti che portavano mandorle e arance,
alla foce dell'Imera, il fiume pieno di gazze,
di sale, d'eucalyptus. Ma ora ti ringrazio,
questo voglio, dell'ironia che hai messo
sul mio labbro, mite come la tua.
Quel sorriso m'ha salvato da pianti e da dolori.
E non importa se ora ho qualche lacrima per te,
per tutti quelli che come te aspettano,
e non sanno che cosa. Ah, gentile morte,
non toccare l'orologio in cucina che batte sopra il muro
tutta la mia infanzia è passata sullo smalto
del suo quadrante, su quei fiori dipinti:
non toccare le mani, il cuore dei vecchi.
Ma forse qualcuno risponde? O morte di pietà,
morte di pudore. Addio, cara, addio, mia dolcissima mater.»



CARTA A LA MADRE

« MATTER dulcíssima, desciende la niebla,
el Naviglio choca confusamente con los muelles,
los árboles se hinchan de agua, arden de nieve;
no estoy triste en el Norte: no estoy
en paz conmigo mismo, mas no aguardo
perdón de nadie, muchos me deben lágrimas
de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives,
como todas las madres de los poetas, pobre
y con escasa provisión de amor
a causa de los hijos lejanos. Hoy soy yo
quien te escribe.» Por fin - dirás - un par de líneas
de aquel muchacho que huyó de noche con una capa corta corta
y algunos versos en el bolsillo. Pobre, tan impulsivo,
lo matarán un día en algún sitio.
« Claro, lo recuerdo, fue en aquel muelle gris
de trenes lentos que llevaban almendras y naranjas
a la desembocadura del Imera, el río de las urracas,
de sal, de eucaliptos. Mas ahora te agradezco,
deseo hacerlo, la ironía que has puesto
en mis labios, apacible como la tuya.
Esa sonrisa me ha salvado de llantos y dolores.
Y no importa si ahora vierto alguna lágrima por ti,
por todos aquellos que como tú esperan
y no saben qué. Ah, amable muerte,
no toques el reloj que late en la pared de la cocina,
toda mi infancia pasó sobre el esmalte
de su cuadrante, sobre aquellas flores pintadas:
no toques las manos, el corazón de los viejos.
¿Pero acaso alguien responde? Oh muerte de piedad,
muerte de pudor. Adiós, querida, adiós, mi dulcíssima mater »



sábado, 17 de octubre de 2009

UNA ANTOLOGIA FRUSTRADA. LUGARES COMUNES, FRASES HECHAS Y CLISES DEL DISCURSO DOMINANTE.


Alguna vez he escuchado a Alejandro Dolina hablar acerca de la “pereza mental”. Esta idea tiene que ver con la recurrente apelación a los lugares comunes, para no pensar, para resolver una exigencia desde un repertorio preestablecido de ideas y palabras, que nos eximen del esfuerzo de pensar las propias. Me ha parecido un concepto interesante y me he propuesto avanzar en esa dirección.
Los lugares comunes, las frases hechas, los clisés del discurso dominante, son espacios de sentido, en los que nos sentimos cómodos porque hay algo que está resuelto con eficacia desde un lugar que no es el nuestro. Al mismo tiempo nos pone en la luz de un pensamiento claro, irrefutable, de ilusoria evidencia. Porque hay un campo de sentido que está ya siempre construido y apropiado por una recurrencia que instituye su validez. Y ese lugar nos deleita porque nos sentimos luminosos, brillantes, traspasados por un rayo de luz y de verdad. Podemos ser reconocidos como hombres claros. La inteligencia fácil se enseñorea en nosotros.
Pensar desde un lugar propio, es incómodo.
Pensar desde un lugar propio nos vuelve oscuros, herméticos, nos pone en entredicho.
Pensar desde un lugar propio nos vuelve sospechosos. Es un sitio del que preferimos huir. Además su estancia es laboriosa y comprometedora. Nadie quiere quedar ahí, porque se huele la pólvora del peligro.
En los lugares comunes, en cambio, el discurso dominante habla en nosotros y al hablar nos consagra. Tienen un oscuro poder para inmovilizar nuestros pensamientos y asimilarlos a las facciones ideológicas dominantes.
Hasta este momento tenía la tentación de escribir una “Antología de lugares comunes”, para un uso didáctico, una especie de listado de prohibiciones. He comprendido que mi propósito era inútil, porque ya él mismo era un lugar común. Porque otros habían trillado ese camino, seguramente con mayor éxito. Flaubert ha escrito su “Diccionario de lugares comunes” y León Bloy, nada menos que la “Exégesis de lugares comunes”. Textos que, por cierto, cumplen engañosamente esa función didáctica que yo me había propuesto y, por lo tanto, cumplen con la función esencial de los lugares comunes: ahorrarnos el trabajo de pensar.
Menos reflexivo, pero acaso más insolente y provocador, me parece el libro de relatos breves “El revés de los refranes” de Isidoro Blainsten, el que al menos se burla de ellos por partida doble (el derecho y el “revés”), quizás con la intención ilusoria de conjurar su poder dictatorial sobre nuestra palabra. No deja de ser una hazaña quijotesca, para una vez más hablar con el eco de una frase hecha.
He empezado hablando de Alejandro Dolina. También ahí estoy en un lugar común. El pensamiento libre cede su afán de crítica a favor de los intereses de no se sabe quien, que habla en nosotros. No hay con que darles. Es imposible salir de ellos. Nos tienen de rehenes.
Son cazadores de voces que nos encierran en sus trampas.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

UN UNIVERSO “REDONDO” . EL "INDIO" SOLARI EN SALTA


Como aquel navegante genovés en el siglo quince, todavía algunos profetizan un mundo “redondo”. No por la forma de la tierra, sino por una visión estética de las cosas y por una manera de ser y de estar en esta vida.
Hablo de los seguidores del “Indio” Solari. De “los redondos”, como corriente estética y cultural.
He participado del concierto de este diecinueve de septiembre, en los pagos del Cuchi Leguizamn y de Manuel J. Castilla. No menos asombro que desconcierto despiertan las connotaciones de ese “mundo redondo” que he podido observar , extraño universo cuya redondez de orden metafísico y simbólico, nos envuelve.
Treinta mil personas en un estadio de provincia. Peregrinaciones interminables desde cuatro puntos cardinales. Ritos y liturgias que se tejen entre los participantes, se despliegan raudos en las inmediaciones, en una apropiación del espacio público por la que se instala ese “mundo redondo”, como una construcción de sentido desde banderas y pancartas que inscriben “la letra” en el entorno. Banderas que celebran el espesor simbólico de algunas expresiones brillantes de los temas. Libaciones y cánticos dionisíacos. Euforia y desenfreno, “hybris”, soberbio desafío a los dioses del olimpo.
¿Qué es el “mundo redondo” ? ¿Qué es lo que hace que treinta mil personas se congreguen en un estadio de futbol a escuchar a un juglar del siglo veintiuno? ¿Quiénes y por qué son llamados a ser parte de una fiesta de características tan propias? ¿de dónde viene ese llamado remoto?
Lejos de tener respuestas a estas incertidumbres, apenas me asisten algunas impresiones que voy a intentar desplegar en esta página.
Creo que el mundo redondo está edificado sobre una “liturgia de la palabra” -con todo respeto, si se me permite esta expresión-, que se vuelve “misa ricotera“. Un mundo cuyo sentido se edifica sobre la base de las “letras” de Solari. De lo que la palabra genera como posibilidad de “innovación semántica” , mediante tropos y tramas narrativas, para usar categorías de Ricoeur, que remiten a un sentido emergente en donde descubrirse. Creo que hay en los temas un fondo de sentido antes no instalado, que invade el corazón de un público de características muy particulares. Esas letras promueven un sentido rupturista. Un sentido que orienta modos de estar en la realidad bajo el desafío de las convenciones. Letras en las que una generación desencontrada se descubre a sí misma, sufriente y desolada. Letras que pueden dar sentido y cohesión a una vida hecha de exclusiones, fragmentaciones y desencuentros. Tropos y narrativas configuradores de una identidad generacional, crean ese mundo redondo cuya entidad se incrusta en una bandera que reza:
“Mi reino es de este mundo, redondo y de ricota“.
Fundación de un mundo desde la ficción de la música, en el que miles de jóvenes -y de no tan jóvenes- se encuentran y reconocen, sorprendidos de verse en un “quien” que tiene palabra, y al que asumen como propio.
Por eso la palabra de Solari es la palabra de muchos.
Porque hay un público de historias irresueltas que ha recibido el mensaje primordial de Los Redondos desde una clave que quizás el mismo Solari no había pensado. A este “público respetable ” lo integran quienes crecieron con Videla y sin poder, para decirlo con Charly. Quienes irrumpieron en su adolescencia durante los noventa y los primeros años de este siglo, con las turbulencias y desencuentros que todavía nos desgarran. Tipos que hoy tienen entre veinte y treinta y cinco años de frustraciones y desencantos. Tipos que a la sazón arribaron a un mundo que les negó no solo un espacio social de inserción; les negó, además, cualquier espacio de reconocimiento. Muchos de ellos son los que quedaron “colgados” en los noventa. En las márgenes, en esa grieta insalvable entre un Estado ausente y un mercado despiadado, sin proyecto propio, estos sujetos vieron atónitos desfilar las fieras del liberalismo por la alfombra roja, entre “lujo” y “vulgaridad”.
Las narrativas y tropos ricoteros les dieron ese espacio que la sociedad les había negado. Desde allí, desde esas letras, se reencontraron con un quien que tiene un lugar a donde decirse. Por eso Solari está signado desde su pasado “redondo”, marca a fuego que nunca podrá borrar. Seguirá haciendo nuevas canciones, pero su público pide que hable desde aquellas voces. El Indio es hoy lo que supo dar en esos tiempos.
Seguramente no todos sus seguidores son sujetos de este palo. Otros habrá que, desde lugares diferentes, descubren otras significaciones. Creo, sin embargo, que las aguas bajan de esa quebrada fuente.
Para cerrar esta página, no me resta sino decir que Los Redondos y Solari hicieron una música que perdura en el tiempo y que se propaga en forma discontinua y selectiva, espasmódica y desbordante, porque todavía funciona como espejo y como insignia, como una promesa de amor en el desierto. Será por eso que convoca sin anuncios, que embelesa sin claudicaciones.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

LA SILLA VACIA









Voy a hablar de una silla vacía. Una silla de la que, por distintas razones, han huido todos, seducidos por dios o por el diablo. Puede ser una banca en el Congreso. Puede ser la butaca de un invitado ausente en un programa de actualidad. Puede ser un claro entre los cuerpos apiñados de un piquete. Es nada más que eso: un sitio abandonado, por incómodo o por lejano. Un silencio abrupto entre fogonazos de "información". Un tartamudeo en la palabra pública.
Una silla abandonada es el lugar de un discurso borrado con el codo. Un discurso que ha sido secuestrado por las voces hegemónicas del poder y de la iracunda oposición a ese poder.
Hablo de un discurso que ha tenido su lugar, el emplazamiento de su silla, en lo que en otro tiempo se ha llamado el "progresismo" y que ha sido fagocitado desde uno u otro polo de los discursos hegemónicos.
Hoy por hoy tenemos, por un lado, un oficialismo castigado, con un discurso conciso, fuerte, confrontador; que reivindica banderas que luego no se ven en sus balcones. Por otro, la oposición conservadora, que ha revisitado el discurso ultraliberal de los 90. Que descalifica -de plano y a cualquier costo- toda iniciativa que se asuma desde el gobierno, porque "está todo mal" y porque "cuanto peor, mejor", para que se vayan pronto. Que se inscribe en la plataforma de un discurso único, que aplana sin concesiones toda diferencia de matices.
Las voces que otro tiempo resonaban en ese hueco del discurso, en aras de pelear la penumbra de un rincón en la palestra de los medios, hoy se han apoltronado -casi sin quererlo, casi sin saberlo- en el canto de sirenas de una restauración conservadora, no menos anacrónica que impaciente. Con la intención de pegar fuerte, sus trasnochados paladines terminan disparando desde la misma trinchera. Los extremos se tocan. Reivindican las mismas banderas, utilizan el mismo lenguaje e, inclusive, suman sus cuerpos en los epacios tomados. Su fuerza resulta tributaria del tonito de patrón de estancia que resuena a la vera de las rutas y en los medios monopólicos.
La silla vacía, el discurso ausente, es aquel que debiera incrustarse entre el discurso del gobierno y lo que éste "deja de hacer", entre los intenciones políticas y la ausencia de mediaciones para materializar esos propósitos. Un discurso que fije la mira, no ya en las bofeteadas acciones de un poder en jaque, sino en la articulación de esas acciones con el sentido que se declama a través de la palabra.
Este discurso es el que extrañamos quienes estamos en el medio del fuego cruzado y no compartimos las trincheras; quienes, sin un rechazo de raíz a los lineamientos de las políticas vigentes, observamos atónitos profundas torpezas en sus modos de realización. Se trata de un discurso que, a diferencia de los conservadores, renuncia a tirar por tierra la política de retenciones, la reestatización de las empresas publicas, o la ley de servicios audiovisuales, en un todo; pero que, a diferencia de los obsecuentes de turno, exige que se constituyan en verdaderos instrumentos de la redistribución del ingreso, que ayuden a la construcción de una sociedad de iguales, que, en suma, sean acciones funcionales a ideales que resuenan en los discursos oficiales.
En el estruendoso fragor de una guerra sin cuartel, nos han dejado sin palabra. Algunos argentinos estamos más allá de la voz atronadora de un De Angelis, y al, mismo tiempo, más acá del grito desafiante de las huestes K.
Algunos argentinos estamos perdidos y desorientados en ese enorme pozo de silencio al que nos han confinado los dueños de la contienda.
Algunos esperamos desde ese silencio que alguien retorne a la silla abandonada y nos devuelva el discurso borrado con el codo.


* * *

viernes, 17 de julio de 2009

EL DIALOGO: UNA CAMPANA DE CRISTAL



Desde el día de ayer el gobierno K abrió las puertas de sus despachos e invitó a un “banquete” político para dialogar con todas las fuerza políticas y sociales que representan a los argentinos. La mayor parte de los actores aceptaron y valoraron el convite. Algunos, sin embargo, prefirieron la ñata contra el vidrio y seguir un discurso rupturista.
Más allá de toda intención política, el diálogo es el espacio simbólico que ha encontrado nuestra cultura como refugio ante aquellas fuerzas desestabilizantes para la integridad de lo social, es la campana de cristal que nos protege de la tempestad. Los que miran desde afuera, los que rechazan el convite, no solo desconfian del poder, sino que han perdido la confianza en ese espacio sagrado.
La civilización occidental -desde los tiempos de la antigua Grecia, según nos enseñan Sócrates y Platón; hasta la modernidad, conforme a las lecciones de Profesor Kant, los iluministas y, más cerca nuestro, los teóricos de la ética del discurso - ha instituido el dialogo racional como un principio normativo y procedimental, que se contrapone a las acciones de carácter instrumental-estratégico, aquellas acciones cuyo único propósito es el éxito en los propios fines, por fuera de todo interés de entendimiento.
Ese principio, mal o bien, es el que ha permitido a las democracias modernas instalarse por sobre la voracidad de totalitarismos y dictaduras, y desplegar una lógica del poder basado en el entendimiento por sobre la fuerza. En un slogan bastante remanido por neo-iluministas es la fuerza de la razón por sobre la razón de la fuerza.
El diálogo es una invitación a razonar y decidir en plural, es una llamada a poner en una balanza un conjunto de “argumentos”, bajo condición de estar dispuestos a aceptar el más consistente y asumir por parte de todos los involucrados la co-responsabilidad en su realización.
A nivel político el diálogo es una herramienta que posibilita la construcción de acuerdos para el logro de acciones que faciliten la concreción del interés común.
No podemos, sin embargo, olvidar que en lo político alguien ejerce el poder desde una base institucional-dialógica que lo legitima e instituye. Quien ejerce el poder es quien está facultado institucionalmente para asumir la iniciativa a conformar una comunidad dialógica. Esa iniciativa implica una base de presupuestos y contenidos, que en su forma y en su fondo son discutibles, revisables, susceptibles de crítica, pero sobre el supuesto de “entrar” previamente en el juego dialógico. Discutir una agenda es ya haber entrado en el diálogo, siempre que esa discusión se base en la intención de la construcción dialógica de la acción.
Pero cuestionar sin discutir, descalificar sin asumir el compromiso y la responsabilidad de ser parte, es exponer una razón desde fuera del cerco de lo racional, es como entrar y salir del río sin querer mojarse los pies.
Diálogo es co-responsabilidad, es construcción compartida, confrontación de razones desde la apertura a la persuasión, entendimiento en la diferencia. Entrar en las aguas del diálogo es asumir una parte de la responsabilidad en las acciones que este genere.
Una invitación al diálogo es una línea de frontera. O la sobrepasamos y, desde el lado de adentro, la discutimos -con las responsabilidades que eso implica- , o nos quedamos de este lado, con el oscuro pretexto de no mojarnos los pies.