miércoles, 26 de junio de 2019

El salvaje llamado de las aguas. A propósito de la novela de Javier Freixas



La novela La voz del agua de Javier Freixas se insinúa como un policial fuera del canon que deriva hacia cuestiones filosóficas originales. La voz del agua, Javier Freixas, Autoría, 2018.






En un pasaje de La Ilíada se menciona que el océano es el origen de los dioses. Tales de Mileto dejaría escrito que el agua es el principio (arjé), de todas las cosas. Heráclito, el Efesio de las sombras, instalaría la metáfora del río, que Borges reinventara dos siglos y medio despues. En la tradición judeocristiana el agua es un torrente purificatorio que lava a la carne humana del pecado y de la muerte. Podríamos seguir hasta el fin. Desde las tradiciones más remotas hasta las próximas, el agua ha sido para la experiencia de los hombres un elemento misterioso, mágico, oracular.

En una propuesta literaria original y provocadora, Javier Freixas recupera la densidad simbólica del agua. Ausculta su voz. Desmiente su lugar de elemento mudo. Se trata de la novela La voz del agua, publicada el año pasado, que aborda, desde los márgenes remotos del género policial, las significaciones simbólicas del elemento cósmico más abundante y antiguo, desde una perspectiva filosófica sutil e inquietante.

Novela de largo aliento (más de cuatrocientas páginas de apretada densidad conceptual y descriptiva) que desanda el formato de policial para inscribirse como una saga de genealogía existencialista. Policial “falso”, trunco o ilusorio, porque el género se insinúa como una amague que no cierra. Arranca con la intriga en torno al crimen de un juez en un contexto que tiene todos los ingredientes, pero abandona en su tercera parte el juego de indagatorias y deriva hacia un horizonte reflexivo en torno del vínculo entre Milena, uno de los personajes del drama, y el agua del mar, en la que finalmente perecerá.

La novela descoloca al lector. Con un juego engañoso y deliberado lo interna desde el principio en el laberinto de algunas convenciones del género, para llevarlo imperceptiblemente hacia las aguas profundas del pensamiento filosófico y de la hermenéutica de los símbolos.

La voz del agua no es entonces una novela policial, en sentido clásico. Es un relato sobre la condición humana, sobre la incertidumbre y la perplejidad de la existencia en el tiempo.

No es un relato de tránsito confortable. Hay una oscura morosidad que desconcierta, incomoda, interpela, pregunta, e invita a ser parte del movimiento reflexivo que lo constituye.

¿Qué significa entonces el agua y cual es su voz?
Como todos los símbolos, el agua no tiene en el texto una significación unívoca, sino que más bien representa una constelación de posibilidades de sentido que el lector deberá explorar, componer, conjeturar y poner a prueba.

El agua, el elemento más masivo y envolvente de nuestro mundo, tiene una voz, es el sujeto de un habla que atesora una reserva de significaciones vinculadas a la experiencia humana del tiempo. Teje una marejada de fonemas que la inscriben en la densidad del lenguaje humano. La pertenencia al orden de lo inanimado no le exime de voz y de palabra.
No el agua mansa que rueda por el ánfora, sino aquella salvaje, sólida y escabrosa de los mares indomables, cuyas cumbres intenta escalar Milena.

En esta novela el agua no representa necesariamente el origen, como lo pensaban los antiguos; tampoco parece representar el destino o la muerte, como la sugieren ciertas escatologías, vinculadas al cruce de ríos ultramundanos como el Aqueronte. Antes y más allá del origen, después y más acá de los ríos destinales, el agua es aquella posibilidad de perdernos y de reencontrarnos, y de volvernos a perder, y esta vez no poder ya reencontrarnos, como le sucede a Milena quien, después de ser rescatada, se entrega de nuevo y para siempre al abrazo del mar que la llama.

Porque el agua es una llamada. Una acústica de voces, que vuelven del pasado y de la muerte, “voces que nunca había sentido, de otros cuerpos que yacen en el fondo”. El agua es el trabajo de la memoria y la impiedad del olvido, “hasta que la memoria insistidora no sea sino parte del agua vieja del olvido”, sonoridad liquida que le habla a la intimidad de quien se entrega como a un oráculo.
El agua es también el fin de todas las preguntas, la fuente de la que mana toda significación, porque en sus entrañas resuenan “los ecos de los antiguos estallidos que asolaron alguna vez la superficie de la tierra y que perduran en el centro del océano infinito”.

La novela de Javier Freixas nos presenta, a través de una de las metáforas más antiguas, el espejo que refleja el misterio que nos rodea: el misterio del tiempo, el tiempo humano; ese que se pierde y se recobra como el cuerpo de Milena.  
Más que recomendable, La voz del agua es una lectura inevitable y fatal.

L. C. 

lunes, 20 de mayo de 2019

Reinventar el tiempo para un acuerdo ciudadano

En la mañana del sábado, Cristina sorprendió a propios y extraños con la noticia de una fórmula presidencial inesperada. ¿Qué es lo que cambia en el escenario electoral de este 2019?






Como en una novela de intrigas, la historia tiene a veces giros que llevan su curso en una dirección impensada. Irrupciones que desrealizan el tiempo y reconfiguran el horizonte de posibilidades.
En la mañana del sábado nos desayunábamos en la Argentina con una noticia que pondría en blanco todas las pantallas.
¿Qué es lo que ha cambiado, entonces, después de este giro, este golpe de timón que sacude el barco?
Me permito suponer que hay dos cosas que se avizoran en este horizonte reciente: se abre un nuevo tiempo político y se configura un nuevo sujeto.
Tiempo político. Hay en esta hora en ciernes una osada reinvención del tiempo. Los tiempos del kirchnerismo llegaban exhaustos, con el aliento de la catástrofe ajena que desnudaba el lado más perverso de las políticas neoliberales, y con un corralito judicial que hacía de la reina una pieza inmóvil. El peronismo de frontera no encontraba candidato ni discurso para seducir a una ciudadanía dividida entre la nostalgia y la repulsión de la nostalgia. El marcrismo jadeaba los últimos estertores por llegar a un octubre amarillo sin que se le viera la lengua afuera. Y ahora ¿qué? Ahora hay que empezar de nuevo. Ya nadie representa lo mismo. Porque lo que ha cambiado es el tiempo, el tiempo político. Se abre paso una nueva temporalidad, con sus posibilidades e imposibilidades, que ahora hay que explorar y repensar. Ha cambiado el pasado. Ha cambiado el presente y ha cambiado el insondable porvenir.
El pasado, porque ya no está más la tierra prometida de un regreso a lo que fueron los buenos tiempos de bienestar y de construcción igualitaria de la cosa publica. Lo dijeron otros: no hay adonde volver. Hay en todo caso un desierto que cruzar, y el terreno incierto de lo impredecible.
El presente, porque se ha dado vuelta el tablero y todas las fichas se descubren volteadas y, entonces, buscan con desesperacion ganar posiciones en un desconcertante escenario. El gobierno queda repitiendo un discurso circular que ya no dice nada, sin acusar recibo de un rey en jaque. El ala radical, se pregunta ahora -se debe preguntar, incansablemente se debe preguntar cada noche en la hora del silencio- hasta cuando va a ser furgón de cola de un convoy que va directo al precipito, mientras otra locomotora arranca con enganche para todos los vagones que puedan y quieran sumar. El peronismo empieza a preguntarse quién es quien en este nuevo juego que a todos desconcierta.
El futuro. No hay tierra prometida. Lo que hay es pura posibilidad. La posibilidad de construir un acuerdo ciudadano que represente un espacio inédito, con lugares para todas y todos, o casi todas y casi todos, ya que siempre habrá alguien que prefiere quedar en el anden, porque ese tren está demasiado inclinado a la izquierda, para algunos; demasiado a la derecha, para otros; pero que en cualquier caso se muestra inestable.
Pero, además del tiempo, ha cambiado también el espacio, el espacio político. La grieta del muro se ha desplazado viboreando entre los pliegues del revoque, hasta dejar, a uno y otro lado de su raja, rostros impávidos que no se pensaban a sí mismos en esas coordenadas. Ahora se configura un nuevo mapa y todavía no han llegado los cartógrafos. Hay que relevar el terreno. Los accidentes orográficos han cambiado y se han perdido las consabidas referencias.
El periodismo contencioso se ha quedado bombardeando un blanco que ya no existe. El gobierno apela a viejos clichés para salir de paso. El sindicalismo aguarda con una dosis mayor de confianza que los signos sean mas claros. El peronismo de frontera se debate entre sus viejas escaramuzas y una llamada que no acierta a descifrar.
Porque en un escenario de rancias alternativas se ha abierto el horizonte de lo nuevo e impredecible. Lo nuevo, porque nadie sabe, nadie puede saber, a qué van a jugar las piezas que han hecho el enroque. Algunos, desde una indeclinable pero intencionada, artera voluntad de sospecha, creen sabérselas a todas y ya salen a decir que el juego sigue siendo el mismo. Campora y Perón. Vamos, seamos creativos al menos. Otros, mas astutos, aguardan desde una prudente voluntad de escucha, auscultar las nuevas voces que murmuran entre sí. Pero todos saben que lo jugado hasta aquí va a tener nulos efectos en los tiempos venideros. Millones de megabytes ocupados por exhaustivas encuestas, han pasado a ser en un solo minuto, información del siglo diecinueve.
¿Qué es lo nuevo en este tiempo político que se abre? Lo nuevo es acaso algo poco menos que intangible, pero que promete ser efectivo; la posibilidad de construir un sujeto político diferente, impensado en las condiciones anteriores. Un sujeto más amplio, más elástico, democrático, cercano al sentimiento de las grandes mayorías. Pero también más incómodo, porque está llamado a albergar lo diferente. Un sujeto político que se nutra de lo distinto y al mismo tiempo que reafirme las identidades. Una subjetividad en construcción, abierta, imperfecta, precaria, vulnerable, pero así mismo capaz de la victoria y capaz de abrir camino para la reconstrucción de un estado y de una sociedad, minados en sus bases simbólicas y materiales. No va a ser fácil. Hace falta la sabiduría de lo diverso y la prudencia aglutinante de la experiencia.

Un nuevo tiempo y un nuevo sujeto político. Para empezar.



L. C.

domingo, 28 de abril de 2019

Diez años de El Cuaderno de Asterión


     El 22 de abril se han cumplido diez años de vigencia en la web de El cuaderno de Asterión. Una breve reflexión sobre el blog como instrumento de edición literaria.



     Sin pensarlo, con una casi impune falta de conciencia, este mes se han cumplido diez años de vigencia en la web de este blog, que lleva el borgeano y no menos pomposo nombre de El cuaderno de Asterión. Olvidable, pero obstinado, hay que reconocerlo. Exactamente el 22 de abril del año 2009, abría la página con un artículo sobre “Testimonio y profecía en la escritura de Rodolfo Walsh”.
    En ese entonces había toda una ola de publicaciones literarias en blog, a la que yo me había subido. Hasta José Saramago tenía su bitácora. Se descubría como una forma de autoedición independiente, rápida y, sobre todo, económica.
     ¿Diez años ha sido mucho tiempo? Más de lo que hubiese merecido un rejunte de escrituras cuyo único mérito era la inmediatez del olvido, seguro. Me pregunto, sin embargo, ¿cuántos bloggers han podido sostener su presencia en la web, durante un lapso de tiempo similar? Quizás muchos más de los que supongo, aunque no por eso dejen de ser relevantes estos años de discreta presencia.
     En un momento –lo reconozco– he pensado en cerrarlo, por darme cuenta de que publicaba menos sobre temas literarios sentido y fin de su existencia–que sobre actualidad política. Llegaría en un momento determinado a ser una columna de opinión o, peor aún, una tribuna política de barricada.
     Sin embargo, justamente por el tiempo transcurrido, me parecía también un despropósito interrumpir su serie. Un haber intangible, pesaba en la bitácora. Y entonces me he llamado a publicar de manera cada vez más discontinua y eventual, pero siempre publicar.
     Tengo que reconocer que la escritura en blog me ha revelado un conjunto de aprendizajes que no hubieran sido posibles en otro contexto. A medio camino entre literatura y periodismo, aprendí entre otras cosas, que los temas de un blog concitan interés en la medida que se escribe y se publica al calor de los acontecimientos. Para lo cual, más que talento, lo que hay que tener es oficio, que por fortuna se adquiere.
     Repaso las entradas que más visitas han tenido, según las estadísticas de google.
     Me reconforta que en primer lugar se ubique un artículo titulado "Santucho, Gombrowicz y la Librería Dimensión", fechado el 3 de agosto de 2018, el mismo día del fallecimiento de Gilda Roldán de Santucho y que resulta un sincero homenaje a la histórica librería y a la labor cultural de Francisco René Santucho, de quien, por fortuna, ya se habían publicado sus “Obras”. 
     En segundo lugar se ubica “Las torres del Juan Felipe Ibarra y las políticas de deshistorización en Santiago del Estero”, de mucha actualidad en su momento ya que se publicaría el 24 de agosto de 2014, el mismo día de la inauguración de las torres homónimas, con repercusiones y polémicas interesantes.
     El tercer lugar ha sido una verdadera sorpresa para mí. El texto publicado el 13 de mayo de 2010, lleva el título de “Samuel Beckett: a punto de significar algo. Final de Partida en la UCSE” y no pretendía ser otra cosa que una sencilla reseña sobre la puesta en escena de esta inolvidable obra, por parte del grupo de teatro independiente Mareaje, muy buena, por cierto, que mereció mis mayores elogios. Atribuyo a la seducción del enunciado beckettiano en el título, el aluvión de visitas colectado.
     Hoy por hoy es probable haya pasado ya la hora de los bloggers, reemplazados en parte por redes sociales que tienen una dinámica más vertiginosa. Sin embargo, para mí y para muchos otros bloggeros, supongo, ha sido un importante espacio de edición, sobre todo si se tiene en cuenta que, en sus inicios yo, como tantos otros, no tenía publicado ningún libro, y este podría considerarse el primero.
     Cuánto tiempo más estará en línea, no lo puedo saber. Será hasta que deje de cumplir una función editorial relevante o hasta que lo resista, entre el flujo de redes que se desplazan con mayor voracidad.

     Agradezco a todas las personas que a lo largo de estos diez años, han pisado alguna vez la tierra de este patio.


L. C. 

miércoles, 2 de enero de 2019

El nihilismo del primero de enero


El primero de enero es el día más nihilista del año. Pura nada. Sus horas están impreg-nadas de sin sentido, como globos incoloros que pasan por el cielo, sin aire, sin helio, sin nada. Una diáspora, un hueco de tiempo que nunca se llena, indescriptible perforación del almanaque, punto negro de una galaxia que se ha paralizado por un instante infinito, que nadie sabe cuanto va a durar, pero que sin duda sabemos o esperamos que de un momento a otro arranque sus engranajes.

En las calles: nada. Ni personas, ni automóviles, ni bicicletas. A lo mejor algún transeúnte distraído, que ha tenido la necesidad impostergable de salir de su casa, vaya a saber a qué. Comercios, nada. Vidrieras cubiertas de cortinas y luces apagadas. Bares y cafés para esquivarle al tiempo, cerrados, hasta avanzada la noche. El sol a pique pulveriza cualquier presencia que amenace el orden del no-ser. Hasta la comida de hoy es nada, apenas el requecho del último suspiro de un año que ha finalizado con una abundancia insolente, provocadora para la pobreza del resto de los días. El Año Nuevo ha llegado hace ya varias horas, pero su presencia ha sido mas bien puro protocolo, un choque de copas o la detonación fuegos que trazan su ferocidad por los aires. El año de carne y hueso, el que dictará su rigor el resto de los días, todavía está ausente y por unos días será solo una pagina de almanaque o una pantalla de calendario.

¿Qué hacemos los individuos de la especie humana de calendario gregoriano en el día más nihilista del año? ¿Qué más podemos hacer? Nada. ¿Qué es hacer nada? Hacer nada es “nadar” en el vacío. ¿En qué vacío? Ahí, en ese vacío de tiempo que queda entre un año que se ha ido con sus balances y sus culpas, y el otro que no llega, que manda sus emisarios para hacernos creer que el tiempo no es una ilusión. Nadar en el vacío, ese vacío que queda en nuestros cuerpos y en nuestras almas, después de las copas y la música y cenas opulentas y abrazos y temblores y todo el exceso de una noche que promete aniquilamiento y una resurrección del ser que nunca llega. Hacer nada es abandonarnos al sueño que gravita como un elefante echado sobre sábanas transpiradas, es abandonarnos a los efectos de algún antiácido que solo logra perturbar nuestra paciencia; el televisor en cualquier señal que discurre su monólogo sin audiencia; el teléfono empastillado de olvidos; la computadora inerte como una piedra de los valles de altura.

Me pregunto entonces, ¿es posible escribir en el día más nihilista del año? Es solo cuestión de intentarlo. ¿Qué es lo que puede uno escribir el día más nihilista del año? ¿Qué más puede ser? Nada. Escribir nada en el día más nihilista del año es embarcarnos en la paradoja de conjugar palabras que nunca lleguen “al punto de significar algo”, a lo Samuel Beckett.

Escribir por ejemplo “el primero de enero es el día más nihilista del año”. Nada.

Quizás mañana nos subamos de nuevo a la calesita del tiempo y todo vuelva de nuevo a ser posible. O no.


L. C.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Tras cien años de su primera edición, ¿por qué leer el Ulises, en Santiago, hoy?



¿Leer el Ulises? ¿Por qué? ¿Para qué? Después de cien años de su publicación en París, hay cada vez más razones para leer aquella novela fundacional de la narrativa del siglo XX, que sigue interpelando a los lectores 
y traductores del mundo. 


El 2 de febrero de 1922, sale a las calles de París la primera y polémica edición del Ulises, del Irlandés James Augustine Aloysius Joyce, quien ese día cumplía exactamente los cuarenta años y llevaba publicados dos libros: Dublineses y Retrato de un artista adolescente. Algunos años antes, desde 1918, se había puesto en marcha una publicación fragmentaria y por entregas de aquella novela, en las páginas de Little Review, hasta que fuera censurada por pornográfica.
Podríamos decir que en el lapso que transcurre entre 2018 y 2022, estamos asistiendo al cumplimiento de los primeros cien años de vida de esta obra.
Nos preguntamos entonces, ¿tiene sentido leer el Ulises hoy, un siglo después, en Santiago del Estero, cuando estamos tan lejos de todo, en la periferia del mundo y del lenguaje, en los bordes de cualquier cartografía literaria?
Después del prólogo de Los Lanzallamas, pareciera que leer el Ulises es una costumbre de lujo reservada a lectores burgueses, que pueden leer en inglés y que gozan de un tiempo de ocio ilimitado. La queja de Arlt tuvo sentido en su momento, en aquel período de veintitrés años en que la obra circulaba muda por el mundo sin encontrar traducciones. Él mismo aclara que cuando el Ulises estuviera traducido, aquellos lectores buscarían otro libro con el cual suspirar.

Pues bien. El Ulises ha tenido ya cinco traducciones al español. No hay nada parecido entre aquellos que hablan de Joyce “poniendo los ojos en blanco” y la situación de un lector santiagueño del siglo XXI, que tiene que lidiar con el precio del boleto, las horas de trabajo al calor de esta caldera que nunca se enfría, el sueldo que no alcanza, el pantalón descosido y tanto más. ¿Leer el Ulises? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Por qué perder el tiempo con ese mamotreto ilegible, que cuenta las sucias intimidades de un personaje lejano, exótico, que habla un inglés para pocos y que sigue tradiciones que nos resultan extravagantes?
A lo mejor no es así. A lo mejor honrar a sus traductores sea un modo diferente de acercarnos a sus palabras.
Podemos aprender con el Ulises a leer de otro modo.
Se me ocurre. Pienso en algunas razones para semejante empresa.

La primera. Nada más que por ser una buena novela, una de las mejores de la literatura universal, la más renovadora del siglo XX, la más moderna para Borges. En efecto, a estas alturas es una obviedad decir que resulta inconcebible la novelística contemporánea sin la renovación y reinvención que le ha dado Joyce. El Ulises significa un momento fundacional de la narrativa del siglo XX, un giro estético que aún se mantiene en vigencia y del que todavía hay mucho por aprender, como lectores, como traductores y como escritores.
Segunda razón. Porque está llena de guiños, juegos, símbolos, citas encubiertas, correlaciones y enigmas lingüísticos, que siguen interpelando a los lectores y traductores, al punto que siempre nos queda mucho por descubrir. Joyce ha hecho de lo “ilegible” una virtud. El Ulises es una novela que nunca se termina y que, al mismo tiempo, siempre encontramos razones para seguir o volver a sus páginas. Sus perplejidades resultan estimulantes, seductoras. El texto sabe jugar con nuestro desconcierto. Joyce dijo alguna vez que los críticos pasarían un siglo para desentrañar los símbolos y sentidos de su obra. Bien. Ha pasado un siglo y seguimos aun –críticos y lectores– desentrañando símbolos y sentidos.
Porque la novela aporta –y esta sería una tercera razón– una implícita, indirecta, y mediada reflexión sobre la condición humana en el tiempo. Retoma problemas que preocupaban a los filósofos de su tiempo y deja tras de sí otros que mantendrían en vilo a los pensadores que le sucedan. Antes, en 1889, Bergson había publicado el Ensayo sobre los datos inmediatos de la consciencia y, en 1906, La evolución creadora. En 1873, Nietzsche había escrito Sobre la verdad y mentira en sentido extramoral. Freud, en 1900, presentaba La interpretación de los sueños y, en 1901, Psicopatología de la vida cotidiana. Al mismo tiempo que James Joyce escribe el Ulises, Edmund Husserl está publicando sus primeras obras. Cuatro años después de la primera edición, Heidegger nos entrega Ser y Tiempo. Sartre llegaría con El ser y la nada veintiún años después. Un año antes del Ulises Ludwig Wittgenstein publicaba el Tractatus, y treinta y un años después, las Investigaciones filosóficas. Todas estas obras mantienen contactos indirectos con la novela de Joyce. Hay efectos y tributos recíprocos. Hay flujos y reflujos de sentidos.
Porque, en cuarto lugar, reaparecen una y otra vez nuevas traducciones y es siempre un renovado desafío leer una novela que parece jugarle sucio a sus traductores. Diabólica y maliciosa, la novela se nos escurre entre equivalencias idiomáticas imposibles. Además, tres de las cinco traducciones son obra de argentinos, sin contar a Borges que tradujo algún fragmento. ¿Qué hay entonces en esta novela con los argentinos? ¿O qué hay en los argentinos con esta novela?
Porque -para seguir con una quinta razón- el juego de espejos que construye con la Odisea, representa la más extraordinaria alegoría de la dinámica histórico efectual de los textos en la tradición. Los textos se buscan entre sí, mediados por el tiempo. La Odisea quiere ser el Ulises. El Ulises quiere ser la odisea. Y ambos a su vez quieren ser todos los libros de una biblioteca infinita, que incluye libros santiagueños.
Porque en Santiago también se escriben libros que, a sabiendas o no, son efectos a su modo de las páginas de aquel libro de arena. El Ulises se prolonga también en nuestra literatura y sugiere claves para pensarla. ¿Qué tiene que ver Shunko con el Ulises? Nada. ¿Nada? ¿Estamos tan seguros que nada? En tiempos de Shunko, ¿no había ecos del Ulises que rebotaban por el mundo? ¿Y El bosque tumbado? ¿Y la Tolvanera? ¿Y Casas enterradas? Habría que ver. Y eso significa volver a Joyce, siempre volver a Joyce.
Porque finalmente es “El” Ulises, y eso en sí mismo es una razón.

Porque nos habla siempre con su murmullo de voces apagadas, desde sus páginas interminables. Y escucharlo, por consiguiente, es un acto de lectura riguroso que nos debemos. 

L. C. 




martes, 11 de septiembre de 2018

Sarmiento en dos palabras: lo popular, lo común



Todos sabemos que el 11 de septiembre en Argentina se celebra el día del maestro por el fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento, el 11 de septiembre de 1888, en Paraguay. Más allá de toda controversia –y aun a pesar de su eurocentrismo recalcitrante y otras legitimas discusiones- , a estas alturas no quedan dudas de que Sarmiento no solamente ha sido un maestro de ley, sino que además su pensamiento ha creado una de las tradiciones educativas más poderosas de nuestra cultura, presente al día de hoy en las aulas de la Escuela Pública Argentina del siglo XXI y en las luchas gremiales que desgarran las calles de este presente tan oscuro. 
Además, su obra literaria ha sido y es un mojón para enseñarnos el camino de pensarnos a nosotros mismos. Como el baqueano o como el rastreador que describe en el Facundo, nos ha hecho visible la topografía de ese árido terreno que somos los argentinos y nos ha provisto de categorías para reconocer la historia que hay en nuestras propias huellas. Facundo es una invitación a leer el texto social que somos, como el rastreador que lee ese texto telúrico del suelo.
¿Qué memoria cabe hoy, en esta Argentina enflaquecida, de políticas arteras, sobre la figura de Sarmiento, cuando la educación pública ha sido arrinconada al nicho del más brutal menoscabo y desfinanciada por un canibalismo social, sin precedentes? 
Propongo que recordemos a nuestro maestro a partir de dos palabras de presencia recurrente en su apasionada prosa, y que hoy echamos de menos en los discursos dominantes, por la devaluación educativa, paralela a la devaluación monetaria a la que ya estamos acostumbrados y no menos vertiginosa. Esas palabras son: Educación Popular y Educación Común. 
Lo popular, una categoría que encabeza el título de una de sus obras más relevantes, demarca con claridad la idea de un nuevo sujeto educativo que debía ocupar el centro de la historia, el “populus”, significa gentes, o como dice Kusch “todos los habitantes del estado o ciudad”. Por primera vez en el sistema político argentino alguien piensa en la universalidad de la educación, no ya como un derecho individual, sino como política de estado que reconoce en ella a un bien público irreductible. 
Por otro lado, lo común, condición de posibilidad de lo político, aquello que nos habilita a ser comunidad, aun en la tensión radical de los antagonismos constitutivos, antes y más allá de toda diferencia. Educación común para articularnos como comunidad histórica concreta. 
La política es lenguaje. En estas horas oscuras para cualquier voluntad educadora, propongo rehabilitar esas dos palabras: educación popular, educación común. No les soltemos la mano. No las dejemos pulverizar por los fogonazos iracundos de las corporaciones discursivas. Solo palabras, palabras que habitan tradiciones, tradiciones que nos constituyen, tradiciones que resisten los embates del olvido y el ajuste. 

jueves, 9 de agosto de 2018

Santucho, Gombrowicz y la Librería Dimensión



Hoy se supo que falleció Gilda Roldán de Santucho. Como un homenaje a su labor cultural en la librería Dimensión, publico este artículo, escrito hace algo más de un mes cuando se supo de su cierre.



Santucho, Gombrowicz y la Librería Dimensión



Poco se sabe de la amistad entre un santiagueño desparecido y un célebre escritor polaco, exiliado veintitrés años en la Argentina. Poco se sabe del invierno de 1958, en el que ese polaco viviría en Santiago, traído por las bondades de su clima invernal. Poco se sabe de una librería de aquel entonces que acogiera los sueños del Polaco, mientras estuvo en Santiago. Estoy hablando de Francisco René Santucho, Witold Gombrowicz y la librería Dimensión. 

Esta vez quiero centrar mi atención en la librería, un fecundo, perdurable proyecto de “el negro” Santucho, que lo ha sobrevivido durante casi medio siglo. Se trata de Dimensión, la librería más antigua de Santiago y quizás una de las pocas que hasta hace días quedaban de tantos años en nuestro país. Hasta hace días. Porque ese proyecto de más de seis décadas ha cerrado sus puertas, como muchas otras hojas de otoño que caen por el vendaval de los tiempos que corren. Es una gran tristeza. La crueldad de las políticas neoliberales no dan permiso a la nostalgia y vuelven inviable todo proyecto que no se inscriba en la eficacia de las lógicas del sistema. 

¿Qué ha sido Dimensión? Entre las muchas cosas que representa, quizás lo más acertado sea decir que ha sido un “proyecto cultural”, nacido de las inquietudes de Francisco Santucho. Una librería, una revista, un movimiento, un grupo de producción. La librería abre sus puertas en octubre del año 1957, en el local 18 del pasaje TabyCast. Pero este no es el primer lanzamiento de Santucho en el universo librero. En el año 1952 había fundado la librería Aymara, que funcionara en un salón de la vieja casa de los Taboada, de calle Buenos Aires Nº 146. 

Por esos tiempos la cultura de Santiago giraría en torno a la revista homónima y a la librería que, del 57 en adelante, llevaría el mismo nombre, verdadero ateneo cultural de la época. Dimensión, Revista Bimensual de Cultura y Crítica, saldría a la luz con su primer número en enero de 1956, en el que Francisco anunciaba “la búsqueda de una exacta dimensión”, como afirmación de una búsqueda identitaria. Durante siete años presentaría ocho publicaciones esa búsqueda, hasta la última fechada en mayo del 62. En ellas escribirían intelectuales de gran prestigio, de origen local como Bernardo Canal-Feijoó, Orestes Di Lullo, Clementina Rosa Quenel; nacional, como Rodolfo Kusch y sudamericano, como es el caso de Miguel Ángel Asturias, entre otros. Además de la labor editorial, desde este espacio se organizaban exposiciones de cuadros de importantes artistas, presentaciones de libros, charlas-debates, y otras actividades de animación cultural, que se mantendrían vigentes durante los mas de sesenta años de existencia de la librería.

Dice Gombrowicz en su Diario Argentino: “La librería del llamado ‘Cacique’, otro de los miembros de la numerosa familia S. (Santucho), era el sitio de encuentro de las inquietudes espirituales del pueblo, tranquilo como una vaca, dulce como una ciruela, con ambiciones de destruir y crear el mundo (se trataba de las quince personas que se dan cita en el café Águila)”.

La referencia de Gombrowicz transmite con claridad la impresión de tratarse de un espacio de gestión cultural, un lugar de “encuentro de las inquietudes espirituales de un pueblo”, en la representación de quince personas que compartían un café. Quince personas, que quizás con nombres diferentes, todavía siguen sentadas en la mesa, bajo la misma lámpara, en  “la búsqueda de una exacta dimensión”.
Mientras Gombrowicz vive en Argentina, publica sus principales obras en la revista Kultura, una iniciativa de intelectuales polacos exiliados en París, donde se difunden páginas del Diario en las que se menciona la revista de Santucho. Tanto Dimensión como Kultura, son ediciones marginales y contrahegemónicas que luchan contra adversarios diferentes. La argentina post-peronista de la Revolución Libertadora y la Polonia de la ocupación soviética. 

Puedo imaginar la fascinación de Gombrowicz frente a las estanterías de la librería Dimensión. ¿Qué le fascinaba tanto? ¿Que en Santiago se escribían libros? ¿Qué en este páramo del Norte hubiera también escritores? ¿Que aquí, en este punto de una lejana galaxia, tuviese lugar un episodio imprevisto de la humanidad? ¿Que aquí, en Santiago del Estero, un punto de una lejana galaxia, hubiese también literatura? ¿Que mucha de esa literatura nunca llegara al otro mundo? Los santiagueños también hacían libros. Gombrowicz lo ha sabido en Dimensión. 

El Polcaco se fue de la Argentina en 1963. Partiría de regreso a su vieja Europa, pero seguiría de exilio, ya que no volvería a pisar Polonia. Primero París, después Berlín, y más adelante Vence, en el sur de Francia, donde residiría hasta su muerte en 1969. En el año 2013, después de más de cuatro décadas, su viuda, Rita Gombrowicz, publicaría un cuaderno póstumo con el nombre de Kronos, en el que aparecen los nombres de muchos santiagueños de entonces. 

Francisco Santucho sería secuestrado y desaparecido el 1 de abril de 1975, pero su librería se propagaría en el tiempo con vida propia, de la mano de su esposa Gilda Roldán, primero y luego de su hijo, Francisco, nacido con posterioridad a su desaparición.
Así entonces la historia sigue hasta el presente.

En el año 2011 la librería Dimensión fue declarada “Espacio de Interés Cultural” por de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia. Luego, en el año 2013, la Biblioteca Nacional y la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, publicaron la edición facsimilar de los 8 números de la Revista. En septiembre del año 2016, se editó el libro “Obras Completas de Francisco René Santucho”. Deudas todas ellas de un saldo intempestivo. 

La librería como espacio de cultura ha recibido visitas ilustres de todos los tiempos y latitudes, además del propio Wiltold Gombrovicz. Destacamos entre otros a los escritores Miguel Ángel Asturias, Juan José Hernández Arregui, Beatriz Guido, Martín Caparrós, Horacio González; pensadores como Rodolfo Kusch, Carlos Astrada, Atilio Borón y Ricardo Forster; historiadores como Felipe Pigna; madres de plaza de mayo como Taty Almeida, y los artistas Atahualpa Yupanqui y Liliana Herrero, en una lista que no se cierra. 

Desde sus orígenes Dimensión ha sufrido muchas embestidas que no han podido callar su voz ni cerrar sus puertas. Desde la propia desaparición de su mentor en el año 75, los allanamientos al local durante la última dictadura, el secuestro de libros (se llevaron 123 libros, según Gilda Roldán), la persecución y estigmatización de la familia Santucho. Así y todo, la librería ha seguido de puertas abiertas –con excepción de lapsos muy breves de tiempo– trashumante, de un local a otro, pero siempre activa. 

Hoy, sin embargo, no está más. Es una gran tristeza. Lo que no ha podido la dictadura, lo ha logrado una economía desafortunada que desborda y hace estallar cualquier política.

¿Una “segunda desaparición” de Francisco Santucho? Ojalá que no. Preferimos pensar que no. Preferimos pensar que Dimensión va a volver y su historia va a seguir escribiéndose, como un sano ejercicio de la memoria.

El cuaderno cero. Claves para leer algunas noticias




Un cuaderno no es un objeto junto a otros en el mundo. Un cuaderno es una “hechura” (póiesis) en el orden simbólico, que puede producir incidencias inesperadas.

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Un cuaderno además es una gramática. Organiza una experiencia dentro de un sistema formal de reglas que lo vuelve texto. Reglas: presentación seriada de fechas, horarios,  actividades e ideas, fragmentación gráfica del tiempo, enunciación lacónica, licencias como la omisión de verbos, entre otras. Quien lo escribe, necesariamente las conoce, las domina, y se sirve de herramientas como un dibujante se sirve de los colores. Hay cuadernos que han alcanzado un grado notable de celebridad, como es el caso de los “Cuadernos de tapas azules” en el Adán Buenos Aires de Marechal, o el Cuaderno rojo de Walter Benjamin, o el “Cuaderno Único” de Samuel “Lito” Scholnik. 

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Si quien que se autoproclama autor de un cuaderno desconoce esa gramática, es entonces un "impostor". Es un escriba con segundas intenciones. 

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Si en la composición de un cuaderno están separados los lugares del autor y del escriba, quiere decir que no es un cuaderno, quiere decir que es un dispositivo para la construcción de un acontecimiento. La jerga de los filólogos lo caracteriza como "apócrifo". 

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Descartado por obvio el elemental uso escolar, un cuaderno puede ser dos cosas:
Uno. Es un "diario", un género de determinada literatura de contenido histórico biográfico, que no se escribe al azar, sino que se rige de un plan de escritura diaria con el conocimiento de sus reglas internas. 
Dos. Es un registro con fines de documentación científica para el trabajo de campo, el cuaderno del etnógrafo, por caso. 
Si no está dentro de esas dos posibilidades, su origen y destino resultan sospechosos. Es altamente probable que se trate de un esfuerzo de construcción de lo que pasa. Producir un efecto. Operar en el mundo. 

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Un cuaderno organizado bajo un sistema de reglas, para no ser apócrifo debería al menos estar destinado a un lector concreto, intencional y fundante, que espera ser testigo de una experiencia temporal evanescente. Se lleva un cuaderno para compartir esa experiencia ante un ojo lector que, en un momento dado y desde algún lugar del planeta, recorrerá sus páginas para reconstruir la experiencia. Cumple la función de una cámara, pero puesta en los ojos y la mente del que escribe. Cuando llega un cuaderno a nuestras manos, nos preguntamos ¿para quien se ha derramado toda esa tinta?

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Quien escribe para sí no sigue el sistema “cuaderno”, simplemente escribe en un acuerdo consigo mismo algo que deviene ilegible como texto para otros; lleno de supuestos, guiños, señalizaciones arbitrarias y lenguaje apocopado. 

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Las fotocopias de un cuaderno no son un cuaderno. Son solo imágenes seriadas, sin anclaje en el mundo. Han perdido aquello que justamente les habilita la condición de cuaderno, el estar “encuadernado” en un fardo material de folios sucesivos, que solo es posible abrir en un orden y una secuencia inalterable, con un número determinado de hojas fijas. Un fardo que no admite un faltante sin delatar su extracción con las marcas del corte y al que es imposible agregar nada. 

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Un cuaderno es un acto de comunicación que perdura más allá de los sonidos del habla. Quemarlo es taparnos la boca justo en el momento en que intentamos alzar nuestra voz. A las cenizas se las lleva el viento, un cuaderno de tapa dura puede sobrevivir a tempestades. 


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Llegado a este punto es inevitable poner El cuaderno de Asterión bajo sospecha y a disposición de la justicia. 




lunes, 14 de agosto de 2017

Empate técnico, “falta envido y truco, chiste nacional”



Escribo al calor de la contienda. Después, no sirve. Esta madrugada ha cerrado el escrutinio de estas PASO 2017 para la Provincia de Buenos Aires –la madre de todas la batallas, para el folclore electoral– dejando desencantos en ambos lados de la grieta. 

Los que jugamos al truco conocemos muy bien una movida que se llama “robar puntos”. Consiste en mentirle al adversario para que se achique y se “vaya al maso”, con el puntaje en disputa a nuestro favor. Es una versión lúdica del “si pasa, pasa”. Vale comparar el tratamiento de los datos en el escrutinio de esta madrugada, con una jugada de este calibre. Como en el truco, el oficialismo ha puesto en escena un simulacro de puntos que no tenía para mostrar, con una doble intención: aminorar al adversario y producir un “efecto” de verdad. En la era de la “posverdad”, la estrategia comunicacional de anoche podríamos calificar de “posveridicción”, un decir que, sin ser verdadero, produce efectos similares a los que produciría si lo fuera.

Lo cierto es que la “inteligente” movida ha dejado malestar entre propios y ajenos, y lo único que ha conseguido es profundizar los efectos de la grieta. Los unos, después de embriagarse con el champagne de los cinco a siete puntos de diferencia que llegaron a mostrar casi con obscenidad, han sufrido el desencanto de conformarse con un “empate técnico” que, para colmo, no puede ocultar el vaho a derrota encubierta que, aunque disimulen, su olfato percibe hasta la náusea. Los otros, por la frustración que siente el jugador al que le han robado los puntos de manera artera y engañosa. 

Entonces, todo sigue igual. Los odios y violencias permanecen intactos de ambos lados. Lo único que se ha conseguido es posponer el diferendo para las elecciones de octubre, en las que, para colmo, habría convidados de piedra que ya no tienen cartas que jugar y no les queda más que pasar la mano. 

Si de grieta hablamos, estamos en problemas. Esta madrugada en la que los gallos no han cantado, se ha transgredido un principio de la democracia que hasta ahora –salvando olvidables excepciones– cuidábamos con celo: es el respeto a la decisión del ciudadano. Hasta los votantes de cambiemos merecían la verdad de los guarismos. En el truco vale simular y mentir, en los comicios no. Porque, tanto en el juego como en el sufragio, cuando el adversario dice “quiero”, hay que mostrar los puntos al final de la mano. 

domingo, 11 de junio de 2017

Una grieta en el muro. Meditaciones metafóricas




Hay una grieta en el muro. Irregular, despareja, caprichosa, recorre una diagonal esquiva que se ramifica como un delta de arena y cal. La grieta forma figuras extrañas, irreconocibles algunas, otras tan obvias que parecen el cincelado de un artista. Pienso en ese muro y en sus evocaciones.  La grieta, la grieta de un muro de millones de almas, la que todos acusan como la esfinge sin Edipo, cuyo acertijo diluye toda pretensión hermenéutica. Cuando observo el muro pienso entonces que una grieta es una metáfora densa, llena de insinuaciones, de sabios oráculos, de subrepticias alusiones. Ricoeur dice que una metáfora no es solo un artificio retórico. Una metáfora es un instrumento de conocimiento de la realidad, le es inherente una función heurística. Al acercar campos semánticos en tensión produce un descubrimiento de algo que estaba encubierto en el lenguaje. A estas alturas la metáfora de la grieta se ha instituido en la cultura política argentina y tiene ganado su lugar en el discurso. ¿Cuáles son los descubrimientos y los encubrimientos de esta  metáfora? Acaso sea necesario explorar sus alusiones, delimitar sus alcances y sus sentidos para ver  en ella lo que esconden los discursos segmentados.

Hay una grieta en el muro. Roger Water en The Wall intuyó la sociedad como un gran muro que se desintegra hasta las ruinas por la violencia social y política. Es otra metáfora.  En la nuestra, el muro se mantiene en pie, pero la grieta impone el señorio de sus quiebres. 

Hay una grieta en el muro. ¿Qué es la grieta? ¿Cuáles son los campos que aproxima? 

El diccionario de mayor referencia académica de nuestra lengua usa un mismo sustantivo para describir dos de sus acepciones, “hendidura”: la grieta es hendidura, en el sentido de una línea de vacío que corta de continuidad de la superficie. La tercera acepción es por ahí la más cercana al uso político del término: “Dificultad o desacuerdo que amenaza la solidez o unidad de algo”.

Entonces y por lo pronto grieta es desacuerdo, discontinuidad, crepitación, estallido, que amenaza la unidad del todo.  

Pero hay más. Hay también una expresión  fenoménica temporal. Se habla de la grieta como de un fenómeno reciente, o traído del pasado por políticas retrospectivas, un fenómeno incluso accidental y transitorio, indeseable, superable a través de una práctica política dialógica.  Hay una ilusoria nostalgia de unidad, en algunos, y hay también deseo de recuperar la homogeneidad que nunca hubo. Ha sido incluso una de las consignas de campaña de la actual gestion “unir a los argentinos”.  Estos son los encubrimientos de esta metáfora. 

Hay una grieta en el muro.  Entonces nos preguntarnos ¿es realmente un fenómeno reciente? ¿es coyuntural y transitoria, como piensan los nostálgicos de la unidad? ¿O es una diagonal constitutiva al hecho en sí de lo político?

Hay indicios suficientes para pensar en esa dirección. O por lo menos es una constante en nuestro modo de narrarnos. Nuestra historia política muestra en sus muros endebles no menos grietas que mampostería firme. Rosas, Yrigoyen, Perón, Néstor y Cristina Kirchner, han sido líderes incrustados en el medio de un campo de tensiones, que el actual frente restaurador Cambiemos no le mezquina escarceos. ¿Y Sarmiento? ¿No es acaso el Facundo y su repertorio de civilización y barbarie una acometida hermenéutica sobre ese muro indescifrable? 

Hay una grieta en el muro. A primera vista parece tener dos lados, separados por la línea de vacío, la hendidura que disloca el monolito. Pero si uno mira con atención, es posible constatar que ha estallado en una multiplicidad de fragmentos, porque la hendidura se ramifica y forma un archipiélago. Cada recorte está enfrentado a otro con el que no puede ni podrá reconstituirse, porque entre ambos impera horror del vacío. Todo albañil sabe que una grieta no se sella ni se cura. Si se cura, se “raja” una vez más. 

Hay una grieta en el muro. Hasta dónde, desde cuándo, preguntan algunos incautos sin saber  que repiten una antigua cuestión del autor de Conflicto y armonía de las razas en América, cuyo título en sí mismo da cuentas de la misma metáfora. Porque tiempo atrás nadie parecía verla. ¿Desde cuándo supimos que había grieta? La empezamos a ver el día que dejó de ser una fina línea de lápiz, para ser un corte final que ponía al descubierto viejas discontinuidades, la empezamos a ver cuando no era ya visible como línea de lápiz. Pero la línea ¿no estaba ya seccionada por los vectores de la grieta? ¿no llevaba detrás de su fino talle una tensión interna que alguna vez, inevitablemente produciría un desgarro en la materia?

¿Por qué –siguen los incautos- la grieta se hace visible justamente hoy y no hace digamos dos décadas o tres?  ¿Qué nos han hecho “estos” –insisten- para que hoy nos sorprendamos “agrietados”? 

Se visibiliza hoy, a lo mejor porque hace dos décadas o tres veníamos de una experiencia de fin de siglo que había emparchado esa mampostería con los relatos legitimadores de la época.  Empezando por el relato del fin de los grandes relatos, el fin de las ideologías, el fin de la historia, el pensamiento único, y el discurso de la anti política materializado en “que se vayan todos”, que uniformiza por el lado de la anulación de los polos en la unidad ficticia del desencanto. Puro decorado, como la línea de lápiz, la grieta latía con sus tensiones invisibles.

De pronto un día nos preguntábamos, ¿de qué lado estas? Y sabíamos de antemano lo que estaba en juego en la respuesta. 

Hay una grieta en el muro. ¿Qué es entonces la grieta? Eso que dice el diccionario: estallido, desacuerdo, fragmentación irreversible. Para ser más preciso; un sistema de oposiciones dinámicas determinadas por diferencias de mundos y de expectativas de mundos que se vuelven inconmensurables. Dice Rancière en El desacuerdo “la política no está hecha de relaciones de poder, sino de relaciones de mundos”.

Mundos inconmensurables, mundos que se desconocen y se niegan entre sí, se impugnan y se desentienden. ¿Podemos pensar lo político sin el horizonte de la contienda? La guerra es la madre de todas las cosas. Heráclito tenía razón: la madre del logos como lo común, la guerra que, como la lira, guarda su secreta armonía. 

Mundos inconmensurables, desacuerdo, la grieta distribuye nervaduras entre una serie variopinta de antinomias, que conforman los múltiples fragmentos del delta del muro. Hay un sistema de tensiones binarias –correlativas con los diferentes mundos y las diferentes expectativas de mundos- que pulveriza el entramado social, que funcionan como “operadores de desidentificacion”. 

Desde el punto de vista político, parece una obviedad que la primera tensión o desidentificacion que separa dos fragmentos de mampostería es la vieja antinomia peronismo / antiperonismo. No sé si la primera, tampoco la única ni la más importante. Pero sí tal vez la más visible. Tal vez la más evidente, por rancia y visceral.

Pero también podemos reconocerla desde el punto de vista teriritorial en la antinomia Buenos Aires / Interior. Entre esos polos hay mundos que se desconocen y se niegan. La misma antinomia puede conjugarse a lo Kusch como Pampa húmeda / Altiplano, Selvas y Meseta. Podemos reconocerla en la composición socioeconómica de la sociedad (sectores medios- altos / sectores populares), en las franjas etarias y generacionales (generaciones mayores / generaciones jóvenes), en las percepciones de la memoria y de la justicia  (memorialistas / negacionistas) y podríamos seguir y reconocer otros pares binarios (libertad / justicia) que delimitan y distribuyen con desidentificaciones el archipiélago del muro. Porque la grieta es una diagonal que atraviesa el tejido social dejando a su paso múltiples fragmentaciones.

Hay una grieta en el muro. Ya sabemos algunos de sus encubrimientos y descubrimientos. ¿Será este el momento de dejar de lado hipocresías y asumirnos desde la parcialidad que nos constituye?