lunes, 13 de junio de 2016

Día del Escritor. Excavadores, un fragmento


El escritor es un buscador de oro. Excava en la densidad del mundo, en busca de un “algo” que contar. Lejos de ser un dios que crea un mundo desde el abismo de la nada -aunque en algunos casos lo pretenda- es alguien que necesita una historia que quiera ser narrada. Endeble y rudimentario sujeto de toda clase de faltas, se percibe abrumado en medio de espacios en blanco que piden ser llenados. Nadie viene al mundo equipado con alforjas de intrigas y relatos. El mundo de la vida nos conforma, nos construye, nos entrama y nos entrampa a partir de ellos. Algunos afortunados tienen la vocación de “ponerlos” en palabras. 

viernes, 15 de abril de 2016

Ferdydurkeando por Santiago



      Nuestra amiga polaca Ewa Kobylecka estuvo este último fin de semana por Santiago, invitada por un fantasma trans-atlántico que ya tiene su parodia en esta tierra, bajo la sombra del año 1958. Días antes, Nicolas Hochman había alertado al país acerca de los riesgos de una polonización de Santiago.  Tengo que reconocer que su profecía se ha cumplido implacablemente. El nombre de Gombrowicz anduvo entre las voces de claustros y de bares, no solo en Santiago, sino también en la vecina ciudad de Tucumán, un libro en idioma polaco apareció de modo inesperado en mi biblioteca, y hubo toda clase de alusiones a la lengua y la cultura de aquel lejano pueblo. Pero lo que no estaba previsto en el vaticinio de Hochman es que se santiagueñizara Polonia. Porque nuestra amiga estuvo entre nosotros, escuchó nuestras voces quichuas, probó nuestras comidas, desde las clásicas empanadas en sus versiones rivales, santiagueñas y tucumanas, los tamales, alfajores santiagueños, hasta nuestras bebidas más rituales; conoció y adquirió nuestras mejores artesanías y hasta recibió libros de esta tierra. Así entonces los ecos de esta tonada norteña se propagaron hasta los mismos suburbios de Varsovia. Se supo en estos días que el Ministro de Relaciones Exteriores de la Nación polaca manifestó su profunda preocupación ante el gobierno argentino por el menoscabo en el índice de “polonidad”, a raíz de los sucesos en Santiago. Es el alto costo de polonizar esta tierra de shalacos. Gracias Ewa. Gracias Nicolás.  Una vez más, Gombrowicz conecta al mundo. 

domingo, 28 de febrero de 2016

El oficio de vivir o qué hay en la mesa de luz



Una mesa de luz no es solo una mesa. No es un útil a la mano, ni siquiera una cosa, en sentido material, sustancial. Una mesa de luz es el escenario de una trama de sentidos, un plexo relacional de textualidades y significados. ¿Qué hay en una mesa de luz?  Quienes no tenemos la obsesión por el orden la llenamos de cosas, aquellas cosas que elegimos para cerrar el trámite del día.  Los más piadosos tienen biblias y rosarios, otros tenemos libros, el celular, la tablet, la agenda, fotografías, talismanes varios.

Pertenezco al grupo de los que tenemos libros y no por la costumbre de leer recostados.  Tenemos libros porque nos gusta, algunas noches, solo algunas, leer dos páginas antes de darnos al sueño.  Sentimos la necesidad de una transición, enfriar motores, disponer el pensamiento a un clima más apacible o no, conjurar fantasmas, para no ser Gregorio Samsa o para serlo con fatalidad. 

Miro los libros que tejen los retazos de mis sueños. Hay dos columnas que reúnen una veintena. ¿Veinte libros para leer de noche?  Tal vez no.  Es solo darnos la posibilidad de elegir dos páginas entre miles. Si calculamos un promedio de ciento cincuenta páginas por libro, entonces tenemos a nuestro alcance unas tres mil páginas. Se trata de no repetir y de no dar vueltas en el mismo camino.

Quien viera esas dos columnas todos los días, diría que están ahí los mismos libros desde el origen de los tiempos, o al menos desde que el cuarto está habitado.  Vistas a diario esas columnas no cambian. Hasta pareciera que nadie las toca. Eternas e inmutables como el mundo platónico.

Sin embargo, un inventario minucioso revelaría que hay ingresos y egresos imperceptibles, furtivos, esporádicos, que en el largo plazo cambian completamente su configuración y su paisaje de sentidos.  De tanto en tanto traemos un par de libros nuevos de la biblioteca, que llegan para alterar el orden de esa trama. De tanto en tanto retiramos materiales que pasan a tener otro uso, ya sea porque van a ser leídos en escritorio, llevados de viaje o reubicados en el nicho de la biblioteca.

¿Qué lógica congrega y dispersa a veinte libros en una mesa de luz? ¿Qué se juega en esos reenvíos?  ¿El azar? ¿La necesidad? ¿Las secretas leyes?

¿O quizás podríamos decir que esos libros están concitados por una secreta trama biográfica? Lo que nos pasa, lo que invariable y fatalmente nos pasa cada día, ¿no busca acaso, de un modo u otro, devenir lectura?  La vida vivida quiere ser vida leída y al final de cuentas vida narrada. Vivir es el oficio de ser parte de una historia. Nuestra vida busca con torpeza su sentido en esa constelación de signos. Entre esos libros hay voces que se cruzan, conversaciones solapadas, mensajes que circulan y de algún modo escriben el sentido de una biografía en palabras ajenas. La posición en las columnas también revela una secuencia narrativa. Los que están abajo, soportan al resto porque llevan la marca del tiempo, un tiempo de lectura que ha quedado atrás y que se constituye como memoria. Los que están arriba llevan la pesada carga de intentar en vano resolver el presente. Lo extraño, lo espantosos, es observar rotaciones circulares que testifican la circularidad del tiempo, la memorable serpiente que se muerde la cola.

Algunos títulos en mi mesa: Saer, Cuentos completos, solo leídos en parte. Carver, con tres libros a distinta altura, uno bien abajo y los otros dos  en la superficie. Uno de ellos, Tres rosas amarillas, está en reemplazo de Principiantes, que mi hija se lo ha llevado sin avisar, dejándome un suplente para que no lo extrañe.  Otro es un libro de poemas compilados Vos no sabés lo que es el amor, en donde podemos encontrar un extraño verso en el que Carver habla de Perón. Piglia, también ocupando dos posiciones, cuyas páginas se copian unas a otras. Gonzalo Rojas con un libro de poesías de insólito título, que me cuesta reproducir. Libros de amigos, antiguas voces que ya no voy a escuchar, como Casa enterradas de Carlos Manuel Fernández Loza. En fin, podría  enumerar una quincena más y quizás en otro texto quepa darme a hablar de cada uno de esos libros. De cuándo y cómo han llegado hasta ahí y qué pasaba conmigo mientras tanto.

Voy a hablar de los últimos ingresos en esas filas. Uno es un viejo libro frecuentado en mi juventud: El oficio de vivir, de Cesare Pavese.  Se trata de un diario cargado de reflexiones existenciales, que termina dando cuentas del suicidio del poeta. Creo que llegó porque había cosas en mí que no alcanzaba a ordenar y la visita de aquellas páginas me hacía sentir que al menos no era el único.

El segundo tiene circunstancias más felices y, paradójicamente, había llegado casi junto con el primero. Es un libro de Jorge Amado, a quien no había leído antes. Se llama Sudor y conjuga una serie de relatos articulados que describen las costumbres y desdichas de los habitantes de un conventillo en Salvador de bahía. La exploración del libro ha sido a raíz de un viaje a aquella ciudad, que me ha sido anticipada por este narrador. Entonces, visitar Salvador de Bahía ha sido para mí recorrer una ciudad ya conocida y sufrida.

Saer y un Piglia, también son desembarcos recientes, pero los inscribo en un horizonte de pretensiones de erudición, antes que en la exigencia de una construcción narrativa.


En fin, algunos lo hacen decir a Sócrates que “una vida sin examen no merece ser vivida”. Una forma de encaminar ese examen es preguntarnos ¿Qué hay en nuestra mesa de luz y por qué?  Seguro que la respuesta está menos a la mano de lo que pensamos, razón por la cual no está de más hacernos la pregunta.




jueves, 10 de diciembre de 2015

"1958, Estación Gombrowicz". Cap I, "El espectro", fragmento 1-2


1



Quién sos, polaco arrogante y la puta madre… Fantasma trans-atlántico, sombra que vuelve de la sombra… ¿Quién sos, al fin y al cabo? Alma que perdura en las palabras de otras almas, silencio caníbal que disipa voces y posterga olvidos… ¿Quién sos, para aparecer así, intempestivo y ubicuo, entre las páginas de un libro prorrogado, sospechoso, último, un libro que –para colmo– invoca la impiedad del tiempo? 
¿Por qué vuelves, cuando ya nadie te llama? ¿Persistes en quedarte en este lejano suelo, cuando ya nadie te nombra, cuando esta ciudad ha borrado para siempre los días de aquel invierno de vientos cálidos y de hojas en el aire?
Son más de cincuenta años. Medio siglo. La ciudad ha cambiado. Sus calles se han vuelto al fragor y la luz de rutinas perturbadas. Sus arboledas han muerto de pie. Sus casas se han alzado en modernas atalayas. El flujo del universo ha cambiado aguas hasta llevarse para siempre los rastros de tu sombra. Han muerto los hombres que habitaban aquel sueño y hemos llegado otros que nada sabemos de un lejano invierno. Ni de tus pasos en la plaza. Ni del eco de tu voz en los silencios santiagueños. 
Tu sombra ha vuelto hoy. Como el reflujo de una pasada tormenta. Y traes en tu regreso un murmullo de voces enterradas. 






2



No podía ser de otro modo. Morir, para vos, era un hecho estético. La muerte te habría alcanzado cuando los hombres dejaban sus huellas en la luna. Mes de julio del sesenta y nueve. A once años de tus días en Santiago. La humanidad pisaba el blanco desierto y te arrastraba al páramo de los muertos.
¿Será que te has ido no más, por única vez enamorado de ese valle sin sombras? ¿Blanco, como este blanco Llano del Estero? ¿Será que esta luna santiagueña te ha llamado desde sus párpados nubosos, como nos llama cuando nos damos a la lejanía y al éxodo? Pero vuelves. Vuelves a esta capital de oscuras soledades. Como si te hubieses olvidado algo. Como si te hubiera quedado pendiente una pregunta. O como el que recuerda que debía decir adiós y se vuelve de la esquina. 

Vete, Gombrowicz. Aquí nadie te extraña. 




domingo, 12 de julio de 2015

CONVERSACIONES INTEMPESTIVAS. JORGE ROSENBERG: "SANTIAGUEÑO POR ATARDECER"



R E C U E R D O

En un lugar de un campo de Antajé
existe un olvidado cerco que se parece a mí. 
por las noches, en la liquidación del verano,
veo los hijos del dolor, 
entre las estrellas iluminadas de ausencia, 
y el trueno, el infundado trueno
que nota mi pesar. 

Un bobadal celeste
que regala la siesta
junto a un pájaro mojado
que no puede volar.

Soy santiagueño por atardecer,
enjuto tordo de plumas empapadas,
cerca, muy cerca del brocal del mundo, 
en los suburbios de La Banda,
y lejos,
muy lejos de mi.

Jorge Rosenberg, La pelota de la Luna, 1987.

Desbordante, retorico, acústico, “Recuerdo”  es una emblema de la mejor poesía rosenbergiana. Su magia está en un compuesto de notas que se conjugan de un modo inesperado: la sonoridad, las metáforas, las sugerencias reflexivas, la ostentación de una subjetividad en conflicto. El poema describe un campo y un cerco. Eso es todo. El campo es próximo y a la vez distante: Antajé, “en los suburbios de La Banda”. Esa inscripción pone en juego un espacio de tensiones entre proximidad y lejanía que va a ser el eje del poema. El cerco es antes un símbolo que un elemento descriptivo, porque “se parece a mi”, personaliza los encierros y limitaciones del poeta, y mojonea la amenaza del fin de la poesía. Ese campo y ese cerco dan lugar a una “visión”, atestiguada por el trueno que anuncia la tormenta: los hijos del dolor, los parias que pisan la tierra de Santiago. Luego aparece “un pájaro que no puede volar”, el “enjuto tordo de plumas empapadas”. La imposibilidad de volar es la conflictiva dificultad de poetizar que sufre quien se define como “enjuto tordo”, pájaro que pulula el paisaje santiagueño. Ave de hábitos arteros que acaso evoca la burla incesante de Juancito, el astuto zorro de nuestras tradiciones orales. Y enseguida se nos viene encima la metáfora de autoadscripcion identitaria más fuerte de nuestra poética regional: "santiagueño por atardecer”. La expresión conjuga un modo de pertenencia que no apela a orígenes, ni lugares, ni linajes, sino a un devenir histórico y biográfico. Una pertenencia que se configura como construcción de sentido a través de una urdimbre temporal. Santiagueño porque ha caído la tarde, al fin, y, ya con el sol en retirada, el tiempo ha hecho su trabajo silencioso. El día ya ha sido vivido y ha dejado una huella que busca su palabra en el pálido murmullo de la “oración”. Hay una hechura de tiempo, que no es obra del embrujo de la tierra, ni del sagrado origen, ni de una posesión ancestral. La “santiagueñidad” del poema aquí no es esencia ni filiación vernácula, como suele pensarse desde poéticas sustancialistas. Es un dramático devenir histórico y temporal, y esa es la mayor sugestión. Por último, un Santiagueño que está cerca “del brocal del mundo”, ese lugar por donde el todo se aniquila y resurge. Y, una vez más, la tensión entre cercanía y lejanía, porque el poeta está “lejos, muy lejos de mi”. Distancia de una historia colectiva de desposesiones (el desarraigo y el éxodo) y de una historia personal de desencuentros, que lo inscriben en la lejanía de sus propios sueños. O como dice Di Lullo, “El santiagueño está lejos de los demás porque está lejos de sí, de lo que el querría ser si no estuviera inerme y soterrado”  Lejanía que es también temporal, distancia irrevocable de “aquel niño sentado en el santuario blanco de un umbral” del poema 1955, año que evoca la infancia del poeta. Lejanía - cercanía del “silbido del afilador sobre la siesta dormida” en “por donde yo voy camina mi pasado”. 
Jorge, te estoy esperando en el medio de tu siesta, desborde de luz y sentido que pulsa tu poesía. Te voy a dar un vuelto de palabras que me he quedado en el bolsillo al entrar en tu casa. 




lunes, 25 de mayo de 2015

LOS SIETE LOCOS. JUEGO Y REPRESENTACIÓN EN LA OBRA DE ROBERTO ARLT.

Con imágenes en blanco y negro de una Buenos Aires de los años treinta y con una noticia policial en placas de cine mudo, comenzaba el capítulo primero, “La sorpresa”, de la recientemente estrenada serie “Los siete locos” por la TV pública. En seguida, en un amenazador primer plano, el cañón de un revolver y un rostro agónico que despierta, ponen en escena a un Remo Erdosain, protagonizado esta vez  por Diego Velázquez.  La escena es tenebrosa, desesperante y anticipa el clima de angustia que dominará las siguientes de la serie.

Leer artículo completo en Revista Trazos

domingo, 10 de mayo de 2015

EL TELAR DE LA TRAMA

EL TELAR DE LA TRAMA. Orestes Di Lullo, narrativa e identidad

Presentación, jueves 14 de mayo de 2015, salon, sala Dr. Domingo Bravo, Anexo Paraninfo, UNSE.

El telar de la trama. Descargar indice e introducción



INTRODUCCIÓN

Orestes, un pensador en la frontera




Los ecos de un nombre

Refiere un milenario mito, documentado en tragedias de Esquilo y de Sófocles, que entre Agamenón, rey de Micenas, y Clitemnestra, nace un hijo varón, llamado Orestes, hermano de Electra e Ifigenia. Mientras Agamenón permanece ausente durante la guerra de Troya, su esposa lo traiciona en un romance con Egisto. Al regresar a Argos después de la guerra, Agamenón es muerto por el amante de su esposa. Orestes acomete la venganza por la muerte de su padre: mata a su madre, Clitemnestra. En los valores de la cultura trágica este hecho es entendido como un acto de justicia, “sangre por sangre”. Sin embargo, la justicia no lo libera de la culpa. La repugnancia por el crimen cometido –matricidio– acompañaría a Orestes hasta el fin. Huye perseguido por las Furias –personificación de la venganza y el castigo–, en un largo viaje en busca del olvido. Finalmente, el dios Apolo lo purifica y lo libera.
Hasta aquí el mito trágico.
El cuatro de julio de mil ochocientos noventa y ocho, en Santiago del Estero, nace un hijo varón de padres inmigrantes italianos, cuyo nombre también sería Orestes, y tendría dos hermanos. Hablamos, en este caso, de Orestes Di Lullo. Ni héroe mítico ni matricida, un santiagueño, un vecino de la ciudad, escritor, un profuso escritor de más de medio centenar de libros.
Si la signatura del Orestes griego ha sido la huida culposa por el crimen matricida, nuestro Orestes se caracterizaría por el honor y la veneración a una ciudad que carga con la impronta de la maternidad: la Madre de Ciudades. Tanto es así que uno de sus libros más conocidos lleva por nombre la evocación de los títulos con que Felipe II galardonara a nuestra ciudad: nobleza y lealtad. Santiago del Estero, la Madre de Ciudades es además Noble y Leal. Nobleza y lealtad son los valores proclamados en El libro de los doce sabios, encargado por Fernando III hacia 1237. Se trata de un antiguo texto de la moral monárquica, representaciones de un imaginario que luego el Reino de España impondría a sus dominios.
¿Qué vínculos establece con la noción de maternidad alguien que lleva inscripto en su nombre lejanos ecos de matricidio? ¿Qué efectos de sentido se ponen en juego cuando alguien en la cultura occidental lleva el nombre de Orestes? Signado por remotas reminiscencias matricidas, el trabajo intelectual de Di Lullo parece estar orientado en dirección a restituir el vínculo materno que el mito cercena; esta vez con una madre “Noble y leal”, la gran madre de ciudades. ¿Antigua culpa que se remonta desde el fondo de los tiempos hasta los textos de Di Lullo?
¿Acaso nuestro Orestes no es sino el mismo fugitivo perseguido por las Furias, que vuelve al cabo de los siglos, cuya carrera ahora es una corrida de textos y de historias? ¿Acaso Orestes Di Lullo ha perseguido el sosiego imposible de un crimen simbólico?
El Orestes griego ha matado a su madre por venganza. El Santiagueño ha exaltado a la ciudad madre, por justicia. El Orestes mitológico busca el olvido. El santiagueño busca conjurar el olvido, mediante el ejercicio de la memoria y la escritura de la historia. Los une el mismo nombre y la exigencia de tramitar un acto de justicia, conectado con la noción de maternidad: En el Orestes mítico, la expiación del crimen; en el de estas latitudes, la compensación de una madre, víctima de un silencioso y prolongado crimen: el olvido. En el héroe clásico la intriga está puesta en la lucha por el olvido del crimen. En el Santiagueño la intriga está en la lucha contra el crimen del olvido y contra un destino de despojo. Nobleza y Lealtad son las banderas de esa lucha. Di Lullo quiere honrar a la Madre de Ciudades en su Nobleza y Lealtad, redimirla del olvido que hace estragos en la historia. Ahí están los pueblos agónicos, también los viejos pueblos, sumidos en la oscuridad de los años sin memoria.
Hay un ensayo de Borges que se titula “Historia de los ecos de un nombre”. El texto versa acerca del modo cómo se ha dado en la cultura occidental el nombre que Moisés escuchó en la montaña. Aquí tomamos prestada la enunciación para ilustrar que el hecho de llevar el nombre de Orestes no es gratuito, porque resuena en él un lejano eco que se remonta desde el fondo de los tiempos, con una constelación de significaciones a su alrededor. En el caso de Borges el nombre que ha emitido ecos en la historia es una sentencia, en nuestro caso hablamos del eco de un nombre propio que no se puede separar de una trama, de un relato legendario, que ejerce una gravitación sobre la historia. Llevar inscripto el nombre de Orestes conlleva una evocación trágica inexorable.
No hablamos aquí de causalidades, sino de efectos de sentido. Llamarse Orestes es de alguna manera revivir un mito trágico.
Orestes Di Lullo ha narrado la historia de Santiago con el dramatismo de un mito trágico. Lo trágico se verá en el conflicto entre tierra y destino que atraviesa su relato de la historia provincial. Lo trágico está en el olvido de los pueblos, en la grandeza y decadencia de Santiago, en la orfandad del paria. La historia que cuenta Di Lullo es un relato trágico porque los avatares de los hombres y de los pueblos llevan la impronta de una fatalidad destinal: el éxodo, la decadencia, el olvido.


Un pensador en la frontera

Hablamos aquí de Orestes Di Lullo como un pensador de frontera. Pensador, porque resulta una categoría más abarcadora que la de filósofo. Frontera, porque Di Lullo se posiciona en esos márgenes en que desdibujan las disciplinas. No es un mero sociólogo, no es un mero etnógrafo, ni un mero historiador, ni siquiera un folclorólogo. Lo es todo al mismo tiempo y más. Su escritura se desplaza entre las disciplinas, las visita, las instrumenta, pero sin anclar en ellas.
El concepto de frontera, sin embargo, tiene aquí otro sentido. Significa también la frontera del indio, la línea divisoria en que se levantaban los fortines para separar la civilización de la barbarie. Pues bien, esa frontera física y simbólica es también la frontera de su pensamiento. Di Lullo se cuida de dejar al indígena en el lado de las heterotopías, en los lugares “otros”, donde no convive con lo hispánico. Cuando lo hispánico se ve contaminado con lo indígena, se corrompe. El mestizo tiene lo peor del español y lo peor del indio. Es un paria. Ha dejado lo mejor en el camino.
Por último, hay una tercera frontera desde la que piensa Di Lullo. La frontera del mito griego. Orestes Di Lullo no es Orestes, pero pisa sus huellas. Está ahí, entre la culpa y la expiación, entre el crimen y el olvido, o mejor dicho, entre el olvido del crimen y el crimen del olvido.


El narrador y la trama

Di Lullo es el narrador de la historia de Santiago. No porque sea la verdadera historia, en su pretensión veritativa. Lo es porque promueve una construcción narrativa que articula un sentido. El interés de su obra arraiga en la función desempeñada al interior de una sociedad que quiere comprenderse a sí misma, antes que en el valor científico de su discurso historiográfico. ¿Cuánto Santiago hay en la historia que relata y cuanto Di Lullo hay en la historia de Santiago? ¿De qué modo el relato histórico y etnográfico devine un discurso de identidad? ¿Cuáles son los núcleos que componen esta trama? ¿Cuáles historias no narradas de pueblo encuentran simbolicidad en este gran relato de Santiago?
En las páginas que siguen abordaremos estas y otras cuestiones desde el concepto de identidad narrativa.
En la escritura de Di Lullo, como en todo relato, hay lo que Ricoeur llama una “intriga”, una construcción de sentido. La intriga es una operación. Produce efectos en los lectores. El lector se vuelve artífice de la historia, la incorpora, la hace propia y la lleva consigo. El momento de la lectura –o la escucha– pasa a ser determinante en la refiguración de la experiencia y de la identidad del lector, del receptor vivo de la historia relatada. Entonces Di Lullo narra la historia de su pueblo, que a su vez se constituye en lector y escucha de su relato, cuando se descubre implicado en sus urdimbres, cuando se ve llevado a reconfigurar el orden del mundo, como efecto de  esa experiencia.
Como se verá a lo largo de este libro, los relatos –tanto los históricos como los de ficción– no son meros paseos recreativos de un lector en busca de un goce efímero. Producen transformaciones en los lectores. Se podría decir, simplificando, que no somos los mismos después de haber leído El Quijote, Madame Bovary o El proceso, solo por nombrar algunos textos consagrados. Y no somos los mismos después de internarnos en los claroscuros de El bosque sin leyenda. Algo pasa. Y lo que pasa es un proceso de producción de sentido, que desemboca en el plano de la acción y en el de una comprensión del mundo. Las experiencias como lectores son configuradoras de identidad. Luego veremos que en los relatos encontramos la unidad de sentido para comprendernos a nosotros mismos. Algo pasa cuando leemos, cuando escuchamos, cuando nos dejamos traspasar por una historia. Hay un sentido que nos constituye desde nuestras lecturas, desde nuestras escuchas, desde las historias que nos rodean, desde las intrigas que nos asaltan.
La historia que Di Lullo relata ha prendido en el imaginario de Santiago. Casi sin saberlo los propios santiagueños se han constituido en sus lectores por excelencia.  Porque el esquema de sus “intrigas” se ha instalado como representación de un pasado y de un presente que los constituye. 


Este libro es un intento de formular una síntesis integradora de ese gran relato y de desmontar los dispositivos que han operado en la construcción de su trama. Un intento, en suma, por llegar a ese patio a donde está el telar: el telar que ha tejido esta trama.

viernes, 26 de diciembre de 2014

TIERRA PROMETIDA








¿Trescientos hombres encolumnados entre montes y salitrales bajo la furia de un cielo incandescente? Trescientos hombres, veintidós días de marcha. Había que refundar la promesa. Había que abrir un nuevo destino para esas almas desesperadas.

Cae la tarde. En el silencio del campo se oyen las voces apagadas de los últimos hombres en la plaza del fortín. El Comandante mira la luz del ocaso a través de una ventana. Medio uniforme, camiseta abotonada color marfil. En el cuarto de campaña hay una bujía prendida, que vuelve amarrillos los tonos de las cosas. Una india le alcanza un mate. Dulce y lavado, el mate, de tanto andar. El Comandante piensa. Piensa en la historia que le ha contado el Padre Carmelo. Anoche. El cura es un contador de historias. Como un artesano hilvana sus intrigas. El Comandante escucha. El Comandante General de la Frontera registra cada palabra que le cuentan. Sabe cuánto destino depende de su memoria.
El Padre Carmelo solía decirle al Comandante. Ojo con las indias. Todas tienen sífilis. Por la boca no, respondía el Comandante. El Padre reía.
Declina el atardecer en los campos Abipones. El Comandante piensa. Las cosas han sucedido hace sesenta y tantos años. El Padre Carmelo se lo ha contado. ¿A quién se le ocurre? Montes y salitrales son enemigos de los hombres. Trescientas almas en caravana. Todos indios. Sólo tres blancos, el Padre Dobrizhoffer, el Padre Sánchez y el Gobernador del Tucumán. Había que llegar. Los indios iban en silencio. Los indios no hablan. El Padre Martín Dobrizhoffer no conoce la lengua de los indios. El que habla con ellos es Padre Cristóbal, que se ha quedado lejos. Igual. Lo indios le siguen. Los indios rezan. Piensan. Ponen su vida en sus manos. Esos indios eran bravos, recuerda el comandante. Los malones hacían estragos. A su paso arrasaban con todo, ranchos, animales y cristianos, y vengaban a los traidores. ¿Cómo ha sido posible que depusieran tanta crueldad derramada por el llano? ¿Cuánta promesa ha sido necesaria para tornar en frágil mansedumbre el alma montaraz? El Padre Cristóbal les ha dicho. Soy el camino, la verdad y la tierra. El calor inmemorial de la tierra, soy. ¿Podían esos indios sangrientos creer en sus promesas? A lo mejor con el tiempo. Alba por alba. Porque el Padre Cristóbal Almaraz se había aparecido en la frontera sin pertrechos, sólo con su evangelio y sus ojos de cielo. Porque tenía una voz de acuarela que pintaba de ternura  sus palabras. Porque se había entregado a que dispusieran de él, incluso hasta la muerte. Porque les había tomado la palabra y porque se había dejado tomar por sus palabras. Porque las ha puesto a rodar por el mundo, como el eco de un sueño interminable.

El Comandante piensa. Veintidós días de marcha. Dos caciques, cuarenta familias de indios. Por las costas del Salado. Desde concepción del Bermejo.
El Comandante piensa. El padre Carmelo es hijo de una India. De una india y del cura Almaraz, según malas lenguas. Apenas nacido, había sido entregado a una familia de la ciudad, parientes del Comandante, para variar. El Padre, que nunca ha sido su padre, le había contado la historia, repetidas veces, cuando aún estaba en la Ciudad. Y el Padre Carmelo se la ha contado al Comandante.

Umbral del infierno, la frontera. La gritería y la sangre mojan el salitre por todos los vientos. Las familias largamente aquerenciadas, han perdido la paz hace ya mucho tiempo. Las hordas saquean los ranchos y después los incendian. Las fuerzas oficiales no dan abasto. El comandante lo sabe. Es parte de esa impotencia.

Una tarde de agosto el Padre Cristóbal Almaraz había sido tomado prisionero. Recién llegado a esos horizontes. Venía del pozo, en una mula, cargada con dos tinajas. De pronto escucha ruidos, ruidos en los quebrachales.  No son las aves, no es el viento ni las criaturas del bosque. Son ruidos humanos. Hombres invisibles. Están enterrados en los intersticios del bosque. Como una lluvia salvaje, caen repentinamente de los árboles. Le rodean, le chusean, y le amarran. Después lo llevan a sus taperas.
El cacique Alaykin se presenta ante el cautivo. Ordena que lo aten de un árbol. ¿Matarlo? ¿Piensa matarlo? No ha de ser, por ahora. Es útil tenerlo vivo, piensa el jefe. ¿Se equivoca de tenerlo con vida al enviado de una civilización asesina?
Hay un indio joven que le lleva la comida y a veces le acompaña. Varios meses prisionero, el cura. Duerme en el suelo y come frutos y leche de cabra. El indio le habla. El Padre Cristóbal no le entiende. No le entiende, pero escucha. Para los oídos. Se empeña en descifrar. En despejar voces al interior de cada sonido que percute su atención. Se afana en percibir tonos, acentos, modulaciones. ¿Se puede escuchar sin entender? se pregunta el Comandante. Se puede escuchar sin entender, se responde el Comandante. Es dejar pendiente un sentido, es postergar la comprensión que tarde o temprano va a llegar. Porque el cura cautivo no comprende, pero examina, ausculta el espesor de voces que fluyen por el aire.  El indio le dice cosas, le cuenta historias. El Padre Cristóbal encuentra familiares algunas voces recurrentes. Las repite. Después observa la reacción del muchacho. Cuando abre grandes los ojos, repite una vez más y el otro redobla la mirada. Al cabo de dos meses el cura intercambia monosílabos con el indio. Pide agua, el indio le trae agua.  Pide abrigo y le trae un pellón de oveja.

El comandante piensa. ¡Qué tipo el Almaraz este! Aprender a hablar con los salvajes. Quien pudiera oírlo.


Llega a visitarlo otro indio. Cristóbal Almaraz le pregunta por su amigo. Al escuchar aquellos sonidos en boca del cura, pega el grito. Corre asustado a avisarle al jefe. El blanco se ha robado sus palabras. El hombre blanco habla nuestra lengua. El cacique Alaykin pide que lo traigan hasta él. A punta de lanza y con los miembros atados, el hombre es arrojado a sus pies. El jefe pregunta, el cautivo responde. Dos palabras perspicuas son suficientes para dar cuenta de su habla. El Cacique llama a uno de sus consejeros. Se alejan y conversan. El Padre Cristóbal mira desde la distancia e intenta adivinar en sus gestos el asunto. La conferencia se demora. Hay ademanes de desacuerdo. ¿Qué cosa les inquieta tanto? ¿Les preocupa qué hacer con un cura que habla su lengua, que escucha sus charlas, que tarde o temprano va a saber más de lo conveniente? Después observa consentimiento en el movimiento de sus cabezas. Algo sucede. Se vuelven hacia él. Algo sucede. Ahora habla el cacique. En adelante serás un colaborador de la tribu, le dice.  En adelante serás parte de mi gobierno.

El Comandante piensa. El Padre Cristóbal Almaraz ha sido proclamado lenguaraz de la tribu de concepción de Bermejo. Estos indios no tienen idea de lo que han puesto en las manos de este hombre.

El Comandante piensa que un hombre piensa... Soy el lenguaraz de la tribu, tengo en mis manos una secreta prerrogativa, traduzco e interpreto ruegos y mandatos, plegarias, actas y declaraciones, reemplazar una palabra por otra… ¿no es ejercer un acto político? ¿no es acaso torcer destino?... puedo decir paz donde otros dicen violencia, puedo decir la palabra de Dios a donde solo dicen el pecado y la muerte, uso este instrumento, el Señor lo ha puesto en  mis manos para gloria de su reino, el jefe me lleva consigo donde va, soy el camino, soy verdad, y soy tierra, yo hablo por los prisioneros blancos, por los jefes y por los clérigos que cruzan sus huellas con estos hijos de la tierra, soy un puente sonoro entre las almas bárbaras y el orden cristiano, el jefe me escucha, el jefe sabe que la razón y el evangelio están de mi lado, no tiene más que allanarse a mi poder ¿le he mentido alguna vez? nunca le he mentido, nunca, negocio las palabras, propongo una nueva historia, por eso le he dicho: hay que fundar un pueblo para la tribu, le he hablado de los libros del éxodo, le he dicho que, como Moisés, él está llamado a guiar a su pueblo hacia una tierra de prosperidad, he recitado de memoria aquellas lejanas palabras del Éxodo, deja este lugar y lleva al pueblo que sacaste de Egipto a la tierra que les prometí a Abraham, a Isaac y a Jacob, yo les aseguré que esa tierra sería para sus descendientes ¡es tan rica que siempre hay abundancia de alimentos! enviaré a mi ángel para que te guíe, y echaré de allí a todos los pueblos que no me obedecen,  ¿era yo el ángel enviado en este caso? Nadie lo sabe, pero he intentado ser el guía, le he dado a saber que podían vivir como viven los cristianos, gozar de los favores y holguras de los blancos, casas firmes, comida en abundancia, salud, instrucción, inclusive, ocio y deleites, Alaykin me pregunta cómo, le digo que tenemos que ir a la ciudad, tenemos que llegar al cabildo, hablar con el gobernador Barreda, una audiencia, nos va a recibir, lo conozco, su política con los indios ha cambiado, el Gobernador quiere colaborar, quiere la pacificación, comprendo la historia de hostilidades que ha habido entre ustedes, pero sé también que está dispuesto a olvidar, dar un nuevo rumbo a esta historia dolor y de muerte, es ahora o nunca, Señor, Alaykin me escucha, piensa, demora sus palabras, teme equivocarse, bueno, hay que pensarlo, me dice, no hablamos más, pasan los días, algunos me dicen que el cacique no va a ir a la ciudad porque entre ellos y el Gobierno ha corrido mucha sangre, secuestros y muertes de los dos lados, pura bronca, presiento que Alaykin desconfía, como buen indio de su estirpe, sabe que un indio es un indio y un cristiano es un cristiano, certeza difícil de quebrar para el que vive detrás de la frontera, en la oscuridad del mundo, el jefe me habla, un día, me hace algunas preguntas, sospecha una celada, le digo que a estas alturas y con la sequía no hay mucho que perder, el hombre piensa, pero deja otra vez la cosa pendiente, pasan días y días hasta que me llama, me dice que mañana salimos, le digo a dónde, a la tierra que me has prometido, tengo listos catorce hombres para el viaje, me dice, era mes de enero, partimos no más, los catorce, más el jefe y yo, andábamos de noche, por el calor, de día acampábamos, han sido más de veinte noches, he olvidado la cuenta, infernales noches de tormenta, noches de calor inmóvil, noches de fatiga y de muerte, hemos perdido cuatro hombres por inanición, por enfermedad y por mordeduras de serpientes, hambre y sed, insectos, enfermedades del monte, hemos llegado, al fin, un día lunes por la tarde, la ciudad ha sido un deslumbre para esos indios, las calles, los edificios, las farolas en las veredas, los ventanales vidriados, primero, me he reunido yo con el Gobernador, sin indios, el Gobernador me ha recibido, le he puesto sobre aviso, el Gobernador ha manifestado su acuerdo ¿les daríamos al fin su tierra prometida? los designios del gobierno son inescrutables, por la tarde nos hemos reunido con el cacique, en el despacho estamos los tres, más dos indios de testigos, lo he presentado con protocolo, el Gobernador ha hecho alarde de escucha, Alaykin ha hablado durante casi una hora, sin interrupciones, ha contado la historia de su pueblo, las desdichas y humillaciones que pesan sobre su pueblo, los incesantes ataques, la muerte a mansalva, el implacable olvido, yo traducía, reseca la boca de tanto versar, el mandatario escuchaba silencioso, inmóvil, cabeza en alto, mano en mentón, después ha hablado, de sus dichos he alterado dos palabras, nada más, palabras que eran claves, al fin, Barreda ha dicho con voz ceremoniosa, pongo a disposición para llevar a tu pueblo cuatro mil cabezas de ganado, cuatro carretones pertrechados de herramientas y dos clérigos para que colaboren con vosotros, la entrega de esta dotación está sujeta a un acuerdo, es condición que la tribu deponga los ataques a la población, el cacique se ha quedado perplejo, me ha mirado a los ojos con una pregunta suspendida en el silencio, sus ojos estaban duros, inciertos, he consentido con la cabeza, de acuerdo, me ha ordenado que diga, pero que sus hombres tampoco sean atacados por ningún blanco, esto lo he dicho con algún eufemismo, hecho, el Gobernador ha tenido la torpeza de querer firmar un acta, pero Alaykin no lee ni escribe y la rúbrica no es parte de su comprensión del mundo, compromiso de palabra, Señor, en las propias palabras que yo he traficado, en un mes llegaría la hacienda, en seis meses estaría levantada la capilla de adobe y el almacén, y después la curtiembre y los talleres textiles, el Padre Dobrizhoffer y el Padre Sánchez han venido con nosotros, los siguientes han sido días de marcha y trabajo, el emplazamiento ha sido levantado sobre la orilla occidental del Río Dulce, en el cruce con el Salado, a diez leguas del camino real, con postes de quebracho, hemos alzado un majestuoso campanario, el repique de campanas llenaba con sus toques el silencio de las tardes, de a poco, día tras día, hemos fundado un nuevo orden, al son de las campanadas, los indios iban al catecismo, a la oración y al Rosario, la vida cotidiana se hacía progresivamente a un ritmo nuevo, exacto, disciplinado, la misa, al alba, cuando aún la claridad era mezquina, después, los talleres,  la carpintería, las huertas, ocho horas de trabajo con un almuerzo breve y frugal, luego, a la oración La Oración, así, alba por alba, estos indios se han bañado en las aguas de la civilización y la vida cristiana, alba por alba, han dejado atrás el sombrío peso de sus orígenes ¿acaso han sido felices en esta nueva vida que la historia les ha tirado encima? a pesar de todo, presiento que una oscura nostalgia habita sus corazones, presiento que prefieren el sobresalto y el alerta, el grito, la polvareda, la chusa, la incertidumbre de una vida en montonera.

La luz de la bujía se debilita. La noche ha bajado ya sobre los techos del fortín. El Comandante General de la Frontera da unos pasos alrededor de la cama.
El Comandante piensa. El Padre Cristóbal y el Gobernador Barreda han hecho un milagro. Hay que saber lo que es el alma de un indio de estos. Almas habitadas por violencia y rencor. Almas que no perdonan.

Por eso mismo. Con el tiempo llegaría el éxodo. Por los rebeldes, que no faltan. El comandante piensa. Estos indios son incorregibles. Algunos se habían llamado a sedición. Algunos insurgentes habían visto en este nuevo destino una claudicación. Alaykin había sido declarado traidor. Flechas mortales bajaban de la espesura del bosque. De nuevo el caos. Los malones. La muerte y el saqueo. Indio contra indio, en guerra sangrienta. Esto ya es insostenible, repetía Cristóbal Almaraz. Una tarde en mulas y carretas se hace presente una comitiva oficial.  Es el gobernador. En persona. ¿Cómo es que le han llegado noticias de este infierno? Seguramente el Padre Almaraz ha franqueado mensajeros, se responde el Comandante. Seguramente el asunto ha sido tratado en reuniones de despacho. El mandatario, junto a los clérigos, en un prolongado conclave, han decidido el traslado. Había que tomar distancia.  Tan lejos como no pudieran encontrarlos.  El Padre Martín Dobrizhoffer ha tomado la punta con un grupo reducido. Les ha recordado las mismas palabras del éxodo que Cristóbal. Pero los indios no las escuchan con el mismo fervor. Lo siguen el Padre Sánchez, con el propio Gobernador, con cuatro carretas cargadas con los trastos de la capilla, imágenes, custodias, reclinatorios, cosas así. Va también Alaykin y, un cacique más, junto a cuarenta familias. Una caravana de fantasmas. Pobres, lo que les espera. La travesía sería interminable, como aquella del Cabildo y aún más. Algunos indios se han quedado. No podían dejar su tierra. La promesa se resquebrajaba. Entre ellos el propio Cristóbal Almaraz, que había enfermado de sífilis y encontraría su muerte a los días. Cuentan que los pocos indios que le han visto morir, lo han llorado amargamente. Le ha dado un beso a cada uno y minutos después ha encomendado su alma a Dios. A su modo, había sido el camino, la verdad y, a pesar de todo, también había sido la tierra. Lo han enterrado junto a sus propios muertos, nadie sabe dónde.

El Comandante piensa. Veintidós días. Dos caciques, cuarenta familias. Con mujeres y niños. Por las costas del Salado. Todo para nada. Después de Concepción de Abipones, trasladarse de nuevo. Hasta cuándo. Por culpa del agua. Agua de mierda. Salobre, sucia, dañina. Los indios se enfermaban y se morían. Hasta cuándo. De nuevo partir con el pueblo a cuestas. ¿Dónde ha quedado aquella lejana promesa del Cabildo? ¿Cuánto posible había sido aquel sueño? Trashumantes sin destino, la tribu vagaría por el tiempo hasta los años de la destrucción y el fin.

Historias tristes, las del Padre Carmelo.

No lo olvide, Comandante. Guárdelo. Como un tesoro. Yo voy a morir y alguien tiene que contarlo.









sábado, 20 de diciembre de 2014

LOS ESPEJOS DE PAPEL








Tengo que escribir sobre esto, pensé al salir de la Facultad. Habíamos analizado un cuento de Borges. Uno de los estudiantes hizo un comentario que no pudo menos que impresionarme: su idea podría resumirse en que todos los libros son el libro de arena. Sus razones daban paso a una suerte de teoría de la lectura, inspiradas en pasajes del autor de cuento. Envidié la agudeza de mi alumno y, desde entonces, no pude proseguir con la clase.
             Mientras buscaba mi auto en el estacionamiento pensé que el tema era bueno para escribir un cuento, una ficción, no estaría copiando las ideas de Bernardo Raimundi, autor del comentario. Una cuestión de honestidad.
            Llegué a casa con la intención de escribir cosas que me habían sorprendido en el camino. Por desgracia, me encontré invadido de gente que Virginia había invitado para darme una sorpresa por el día de nuestro aniversario. No sé si se notó algo en mis gestos.  Hubiera querido echarlos a todos a patadas. “Cambiá esa cara, che”, tuvo que decirme Virginia pisándome el zapato. Pero yo no quería hacer vida social, quería escribir, sacarme ese ronroneo de mi cabeza, esa “cosquilla”, diría Cortázar. Perdido por perdido, y por sofocar mi frustración, me he dado a tomar vino y a hacerle bromas a la mujer de Rolando que, aunque es insoportable, esa noche estaba re fuerte. Termine completamente borracho, un espectáculo lamentable, que Virginia me recriminó toda la semana.
            Al día siguiente, me desperté al mediodía con un dolor de cabeza electrizante. Cuando recordé las palabras de Raimundi me levanté de un salto y, después de un té con limón, me fui a mi escritorio. Empecé a escribir con apenas unas ideas vagas, sentí que iba ingresando en un trance hipnótico, un estado de semiconciencia desde el que me brotaban las palabras como el libro de Borges, vomitaba páginas mecanografiadas, en un estado de convulsión de letra impresa. Escribí, al fin.  Durante más de tres horas sin interrupciones. El golpeteo de la Rémington infectó la casa sin descanso, al punto que Virginia se fue puteando porque “en esta casa no se puede vivir en paz” pero “andate a la puta que te parió”, le contesté violento. Terminé como a eso de las seis y media de la tarde y me sentí purgado. Un flujo de alivio me recorría los huesos a la vez que me adormecía una fatiga placentera, de labor cumplida. Había expulsado el espectro. Me recosté y quedé plácidamente dormido, sin darme cuenta.
            Claro. Porque al finalizar la historia, sentí que había escrito el cuento perfecto (tengo una teoría al respecto, el deseo del cuento perfecto como proyección de las frustraciones de un escritor, pero en otro momento me referiré a eso). A la vez que había rendido el mejor homenaje a Borges. Me dormí bajo la embriagante experiencia de genialidad expandida, de obra consumada, de logro inmaculado. Sería sin duda mi mejor relato. Incluso, debería dar título al libro que estaba pensando pronto publicar. La arena y el fuego. Sonaba bien. Prometía.
            Al día siguiente, pensé que debía enseñar el texto a Raimundi. Por lealtad. En definitiva él me había entregado la materia para mi cuento. En la primera oportunidad que pude le invité un café en el bar de la Facultad y hablamos. Al principio se mostró entusiasmado y me pidió, me exigió, el texto. Yo se lo di sin rodeos, para eso lo había buscado. Quedamos en que nos encontraríamos la próxima semana para discutirlo.
            La semana transcurrió en la ansiosa espera del encuentro con Raimundi. La idea de que su juicio era decisivo, me desvelaba. El hecho de ser el inspirador secreto de mi historia me hacía sentir en deuda. Era la subterránea culpa de pensar el cuento desde el espesor de sus palabras. ¿Era Raimundi un lector inteligente? Parecía serlo. Su juicio me daría la certeza del éxito. Nos encontramos, una vez más, en el bar de la Facultad y empecé  la charla con la tonta pregunta de qué le había parecido.
            Se demoró en responder con un silencio profundo. Parecía pensar minuciosamente cada palabra. Me abrumó la ansiedad. Él lo advirtió en mis ojos, estoy seguro, porque a partir de ese momento se invirtieron los papeles. No lo advertí de entrada, pero se desplazó hacia el lugar del profesor, y me dejó postrado en su pupitre de estudiante. Se erigió en cátedra. “Una mera variación del cuento de Borges”, sentenció; “perdone la franqueza, licenciado, pero es inútil, Borges está presente de la primera hasta la última línea”. Yo me justifiqué. Demasiado. Como un mal estudiante que no reconoce sus errores. Dije que intencionadamente había querido preservar el espíritu borgeano. “El problema es a mi entender que el texto carece de estilo; pero está bien, si usted persiste podrá con el tiempo imprimir una forma propia en el relato”, me tiró como migaja de consuelo. Me molesté, tremendamente. Sus palabras fueron insolentes.  Pendejo soberbio. Que se cree. Al fin de cuentas quién es para juzgarme. ¿A mí, que  tengo una cátedra en la Universidad? Había hecho mal en enseñarle el cuento. A él, un alumno. Además, me había apresurado. No me había dado el tiempo suficiente para pulir y cincelar el texto. El trabajo de un escritor se parece al de un relojero. Hay que verificar pieza por pieza todo el mecanismo hasta llegar la sincronía perfecta. Debía trabajarlo más. Meterme a fondo. Hasta el punto en que se cierra el círculo, cuando ya no hay una palabra de más ni una de menos. Me apresuré. Tengo que reconocerlo. La ansiedad me traicionó. Además, quién es Raimundi para tener la primicia de leer mis cuentos y encima criticarlos. Uno tiene que dirigirse a sus iguales, qué embromar. Regresé a casa con un vacío insoportable. Aquellas palabras habían sido demoledoras. Pese a todos los argumentos que consideré a mi favor, me seguían piqueteando la cabeza como una culpa.
            Me encerré en el escritorio a trabajar con mi cuento. Tomé los papeles y releí cada línea. Sin proponérmelo le encontré razón (aunque sólo parcialmente). Es verdad. Había expresiones muy borgeanas. Descubrí imágenes que proyectaban claramente la sombra del autor de El Aleph. Me enfurecí conmigo mismo. Me recriminé la impaciencia. Me aborrecí por haber enseñado a un alumno inexperto un texto en proceso (porque en realidad, y recién ahora me daba cuenta, hasta el momento mi cuento era eso, un texto en proceso). Debía continuar el trabajo. La cosa iba bien. Faltaban nada más unos toques de estilo.  Esos que modifican la impresión de la obra. Un trabajo técnico con el lenguaje y los procedimientos. Tenía que dedicarme algunos días. Con rigor y a fondo. Una tarea urgente. Decidí faltar a la Facultad. Unos días sin contaminarme de los  ambientes académicos me darían la frescura y la tranquilidad que yo necesitaba para escribir bien.
            Estuve durante tres días casi sin salir de mi escritorio. Virginia se molestó y me gritó “vos estás loco del remate”. Yo ni siquiera la miré, “andá a cagar”. Se fue dando un portazo y no regresó hasta la noche. Resultó ser lo que faltaba para mi tranquilidad de escritor. Trajiné compulsivamente  el carro de la Remington. Al tercer día ya había andado y desandado cinco versiones. La última estaba bastante bien a mi parecer. Tenía, sin embargo, la percepción de que no era la definitiva. Había que limar asperezas. Eliminar aquellas palabras que estaban en sobrerelieve (escritas en rojo, según Stevenson). Meter alguna digresión que inyectara intriga y verosimilitud a la historia desde adentro. Pensé que tenía que enfriar mi cabeza. Darme unos días de reposo. Cuando Virginia estuvo de vuelta le propuse, ya que era sábado, que invitáramos a Rolando y a Florencia para ir al cine y después tomar algo. Virginia me miró como a un idiota. “¡A vos quién te entiende, Rubén!”. Fuimos al cine y después a un bar. Otra vez tomé de más y otra vez me desubiqué con Florencia –que, entre paréntesis, estaba un bombón- y terminé peleado con Rolando (en el baño de hombres cruzamos una palabras fuertes; me tuvo sin cuidado, porque, la verdad, Rolando es un pelotudo) y, por supuesto, con Virginia, que me dijo “Estas hecho un baboso”.
            Desde entonces salí todas las noches hasta la madrugada y no volví a la Facultad por casi diez días. Necesitaba purgar demonios. Una desazón casi imperceptible. Algo que afloraba en los momentos de euforia, pero esa misma desazón me llevaba de nuevo al desborde. Mucho bar, amigos de la noche, peñas, sitios de artistas, putas, lagunas, amnesia alcohólica, fracciones indefinidas de tiempo sin saber en dónde estuve ni qué hice. Anduve así hasta el sábado siguiente, cuando, ya saturado, decidí retomar los papeles y volver al trabajo.
Releí con rigor aquella última versión. Descubrí ingenuidades, cosas horribles, cursilerías, y en cada párrafo me ensordecían las palabras proféticas de Raimundi, que ahora las encontraba certeras y lapidarias. Para mi vergüenza, sus palabras tenían razón. Estaba todo mal. Yo había sido un amanuense –esa palabra me delata-, un copista, y hasta un plagiario de Borges. No había conseguido una apropiación real de sus palabras. Me sentí miserable. Un mediocre. Guarde los papeles. Los escondí como un ladrón y quedé deprimido muchos días.
            Tardé en reintegrarme a la Facultad solo por demorar el reencuentro con Raimundi, a quien no iba a poder mirar a la cara. En mi primer día de regreso, me paró en el pasillo y me dijo que había estado preocupado por mi ausencia y que le sería grato conversar conmigo. Quedamos en encontrarnos a la seis, como siempre, en el bar. Di clase, estuve en reuniones inútiles, y tuve otras tareas de rutina. Luego me fui al bar. Raimundi me esperaba ya sentado en una mesa. Conversamos. Obviamente, me preguntó del cuento. Le respondí con pocas palabras, lo que lo llevó a adivinar mi abandono. “Escríbalo, Rubén – me dijo, llamándome por primera vez por mi nombre - , un escritor tiene que vencer sus limitaciones”. Su pedantería me ofendió una vez más. Preferí cortar el tema y retirarme.
En casa puse música y me senté a pensar a media luz con un whisky y un cigarrillo.  Tenía que introducir una variante técnica que desestructurara el relato. Algo que me permitiera arrancarle a Borges el cuento de sus manos y hacer mi propia historia. Pero, claro. Cómo no haberlo pensado antes. Un cuento dentro del cuento. Un cuento en el que yo relatara todas estas vicisitudes con el libro de arena. Yo podía escribir mi historia y dentro de ella la historia soñada por Borges. Sentí un destello de genialidad. La exultación de un gran hallazgo. Volví a escribir. Volví a rodar el carro de la Rémington como un motor a explosión y tuve otra vez mis horas de encierro y los disgustos de Virginia (que nunca me consideró escritor), y vinieron las revisiones y correcciones, hasta la versión con la que ya creía haber logrado el cuento perfecto. Guardé los papeles unos días como para enfriar la cosa. Al cabo fui al encuentro con mi juez, Bernardo Raimundi. Le entregué copia, convenimos un plazo y finalmente me dio su veredicto, en franca contradicción con su último consejo: “Rubén, usted tiene talento. De verdad. Olvídese de esta historia. Con todo respeto”. Me dolió. Me pareció injusto. Parricida. Faltaba más, mocoso altanero, venir a darme consejos a mí, con mi trayectoria impecable, diez años de docencia universitaria por concurso. Venir a jugar así conmigo. ¡Andá...!
No volví a hablar con Bernardo. Traspasado de frustraciones, abandoné por mucho  tiempo la escritura. Quemé el cuento. Inconscientemente seguí su consejo.

Tiempo después, Bernardo fue conocido con una novela que sobrevuela por la trama del El libro de Arena, en donde aún puedo reconocer, perdidas en el torbellino de un estilo acelerado y voraz, el eco de mis palabras.




Lucas Daniel Cosci