jueves, 10 de julio de 2014

LIBROS MUNDIALES

La literatura del Siglo XX a través de los mundiales de fútbol  




Historia de la literatura, historia del futbol: vertientes de cauces paralelos. No faltan, sin embargo,  afluentes subterráneos. De vez en cuando intercambian aguas.  Se refrescan entre sí. La literatura del mundo y, especialmente, la nuestra, ofrecen sobrados ejemplos: escritores apasionados por el futbol,  futbolistas que devienen escritores.  Sobre el tema se ha escrito bastante. Umberto Eco, Vladimir Nabokov, Albert Camus, Juan Villoro, constituyen emblemas de la pasión futbolera en el campo de las letras. En Argentina, ni hablemos. Soriano, Fontanarrosa, Sasturain, han hecho literatura –excelente literatura, en algunos casos- con la poética del futbol.

Lo que propongo es pensar la literatura del siglo XX a partir de la historia de los mundiales de futbol.  Recuperar en la memoria los libros inolvidables que han sido dados a luz mientras las gradas gritaban los goles. Libros mundiales.

La célebre Copa del mundo empieza, como se sabe, en el año 1930, en Uruguay. Los argentinos perdimos la final contra los uruguayos. Desde entonces y mientras han vibrado los estadios, los escritores del mundo –wings de la palabra, valga el término- no han dejado de publicar sus libros, muchos de los cuales han sido decisivos, no solo para la literatura, sino incluso para los destinos de la humanidad.

Con el primer mundial, tenemos la aparición de extraordinarias obras.  En narrativa destacamos, a nada menos que William Faulkner con Mientras yo agonizo, una obra maestra, paralizante,  que revelaba una manera hasta ahora inexplorada de narrar.  Con una renovada técnica en que la voz narradora se desplaza a través del murmullo de una quincena de personajes, Faulkner da lugar a una historia trágica y truculenta, que nos instala en el mandato de los enterramientos.  Ese mismo año está Herman Hesse con Narciso y Godmundo, novela de búsqueda de sentido que prosigue una línea de escritura ya transitada por el autor. También  John Dos Pasos publica Paralelo 42. En Poesía aparece Thomas Eliot con su monumental poema Miércoles de Ceniza, una plegaria conceptual de fuerza extraordinaria.  En el género ensayo nos encontramos con El Malestar en la cultura de Sigmund Freud, obra que impactaría profundamente en el mundo del pensamiento, al proponer un cambio de mirada sobre la incidencia de la cultura sobre el inconsciente. En Argentina, Borges nos da su Evaristo Carriego, miscelánea sobre aquel poeta de la cultura barrial porteña. La lista sigue. Tan solo es una muestra.

En el año 1934 se disputa el mundial en Italia y el campeón es el local. En narrativa Scott FitzGerald nos entrega  Suave es la noche,  en poesía está  Fernando Pessoa  con Messagem, único libro publicado en vida por el autor y Paul Eluard con La Rosa Publique.  En teatro Federico García Lorca presenta Yerma y en el ámbito ensayístico, podríamos destacar a Karl Popper con La lógica de la investigación científica.

El año 1938 llega el Mundial de Francia, donde otra vez es campeón Italia.  En el plano literario hay una profusa lista de publicaciones extraordinarias.  En narrativa no podemos dejar de mencionar a  La Náusea de Jean Paul Sartre. Emblemática novela, biblia existencialista del siglo XX, que reflejaría con angustiosa trasparencia, la desazón humana frente a la gratuidad del existir.  En poesía el norteamericano e. e. cummings –así, con minúsculas- nos deja sus Colected Poems, innovadora, destellante e incisiva.  En ensayo hay dos magistrales obras de pensamiento sobre las artes escénicas: El teatro y su doble  de Antonin Artaud y Un actor se prepara de Constantin Stanislaski.

El año 1950 llegaría después de un extenso impasse mundial como efecto de la segunda guerra.  Seria en Brasil, y Uruguay sorprendería al mundo con su histórico triunfo en el Maracaná frente a los locales. En este año salen a la luz una importante cantidad de novelas de autores ya celebres como el caso de Ernest Hemingway con Al otro lado del rio y entre los árboles, el uruguayo Juan Carlos Onetti con La vida Breve. En poesía Pablo Neruda nos deja su Canto General, y Alberto Girri El tiempo que destruye. En el género ensayístico este año va a ser de un impacto mayúsculo. Ahí está El laberinto de la soledad de Octavio Paz y las inolvidables Aguafuertes porteñas de nuestro compatriota Roberto Arlt.  El primero, será un icono de la literatura del siglo XX: una audaz interpretación del mundo azteca y su presencia en el México del presente. 

Sigue en la lista Suiza 1954, con triunfo de Alemania.  Libros destacables: en narrativa el mexicano Carlos fuentes con Los días enmascarados, en poesía los chilenos Pablo Neruda con Odas elementales y Nicanor Parra con Poemas y antipoemas.

El siguiente campeonato es Suecia 1958.  Gana Brasil.  Aparece Julio Cortázar con los cuentos de Las armas secretas, entre los que encontramos el legendario relato “El Perseguidor”, en homenaje al gran músico de Jazz Charlie Parker. También García Márquez nos estrega su no menos legendario El coronel no tiene quien le escriba.  En poesía el americano William Carlos Williams nos entrega su poema Paterson.  En ensayo aparece nada menos que Levi Strauss con su Antropología estructural.

La parada que sigue es Chile, 1962.  Una vez más encontramos a Brasil en el podio.  Ya estamos en el boom.  Ahí está Juan Carlos Onetti, con El infierno tan temido, Cortázar de nuevo con sus populares Cronopios, Carlos Fuentes y La muerte de Artemio Cruz, después de Aura. Gabriel García Márquez también con dos presencias: La mala Hora y los relatos de Los funerales de la mama grande. Hay más. Alejo Carpentier,  El siglo de las luces, y Augusto Monterroso con sus innovadoras historias breves de La oveja negra y demás fabulas.  En ensayo, Marshall McLuhan nos entrega La galaxia Gutenberg y Umberto Eco Opera abierta, ambas de fuerte incidencia. Hay numerosas publicaciones en poesía;  en teatro, está Eugene Ionesco con El rey se muere.

Llega Inglaterra, 1966 y el campeón es el local.  Roa Bastos en Paraguay publica El Baldío, Mario Vargas Llosa en Perú, La casa verde y en Estados Unidos, Truman Capote, A Sangre fría.  Está Gabriela Mistral con Poema de Chile y Vinicius de Morais con Para uma menina com uma flor.

En el año 1970 volvemos al continente sudamericano con México, en el que una vez más se impusiera Brasil ante Italia.  Aquí encontramos a Borges con El informe de Brodie, un libro de cuentos “lineales” y casi realistas que llevarían su narrativa a las afueras de la literatura fantástica y José Donoso con El obsceno pájaro de la noche.

Alemania 1974, campeón el local. El boom está en su punto culminante. En este año se destaca una profusa producción en narrativa. Ernesto Sábato nos entrega su saga metafísica de Abadón, el exterminador, una obra que lleva hasta las últimas consecuencias su exploración en el mundo de las tinieblas.  Cortázar, siempre Cortázar, esta vez con Octaedro. Roa Bastos con su memorable Yo, el supremo. Alfredo Bryce Echenique con sus sospechosos cuentos de La felicidad ja, ja.

Finalmente llegamos a nuestra Argentina 78. La dictadura militar ha hecho estragos y empiezan las grietas por donde se filtra la sangre. El mundial debía ganarlo Argentina y lo ganó, con un sospechoso seis a cero ante Perú en semifinal, y tres a uno ante Holanda en la final. Hubo festejos en demasía para tapar  cadáveres.  Hay libros de Carpentier  (Concierto Barroco), de García Márquez (El otoño del Patriarca), de Carlos Fuentes (Terra Nostra), Juan Goytisolo (Juan sin tierra) y más.

España ochenta y dos llega con la Guerra de Malvinas y Argentina es doblemente derrotada. En el campo de juego y en el campo de combate. Nos volvemos a casa desde el Atlántico sur y desde los estadios españoles casi simultáneamente y con la misma derrota. Aparece por primera vez – a casi cincuenta años de la muerte de su autor- El libro del desasosiego del Poeta portugués Fernando Pessoa, con el heterónimo de Bernardo Soares. Se trata de un deleitoso texto que comprende unos quinientos fragmentos de diarios y reflexiones de un existencialismo avant la lettre. Constituye verdaderamente un fenómeno  y una curiosidad editorial.

De nuevo en México, el mundial de 1986 traería renovados aires a los argentinos.  Ya se han ido los gobiernos militares y el país goza de la primavera democrática de aquellos primeros años de la presidencia de Raúl Alfonsín.  Una oleada de sensaciones de libertad y de fe en nosotros mismos se ha instalado en nuestro pueblo.  Argentina gana la final contra Alemania por 3 a 1 y se consagra por segunda vez campeón del Mundo.  Maradona pinta en el campo sus mejores trazos. Ingenuamente nos desahogábamos de la derrota de las Malvinas, con dos goles contra los ingleses  –memorables, es cierto, pero solo goles-. Tocábamos el cielo.  Y también los libros.  Ahí estaba Mario Vargas Llosa con su novela ¿Quién mato a Palomino Molero?, como un último epígono del boom. El año anterior había aparecido el poemario de Borges, Los conjurados, un exquisito libro de poemas con el que nuestro escritor se despediría de sus lectores, ya que moriría en Ginebra justamente durante los días de este mundial. Lagrimas por Borges, euforia por la selección, fútbol y literatura no unificaban sentimientos.  

Italia 1990, otra vez la euforia, Argentina de nuevo a la final, con el mismo adversario. Esta vez nos aguardaba la derrota y la gran tristeza de un sueño frustrado.  El país había incursionado los caminos más descarnados de las políticas neoliberales, que no tardarían en hacer visibles sus efectos demoledores. Carlos Fuentes publica La campaña. En el interior de una cultura en que la modernidad era consagrada como la panacea de los pueblos, Néstor García Canclini nos trae Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad.

Llega Estados Unidos, 1994, triunfo de Brasil, expulsión de Maradona por un antidoping. Una metáfora escalofriante recorrería las galerías mediáticas: las piernas cortadas. Eric Hobsbawm publica su Historia del Siglo XX.  Presente año tras año, García Márquez esta vez se viene con Del amor y otros demonios. Juan Gelman, De palabra. Abelardo Castillo daría su primera novela El que tiene sed.

Francia, 1998, el campeón es Francia. En Argentina se cumple el segundo mandato de la presidencia de Carlos Menem. La desocupación es alarmante y asciende a más de dos dígitos. Pobreza, exclusión, marginación social.  Ernesto Sábato publica Antes del fin, memorias que recogen un repaso por la vida del escritor y su reflexión sobre la literatura y la sociedad de nuestro tiempo. También encontramos en este año a La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa.  En Argentina Andrés Rivera publica La lenta velocidad del coraje.

Después seguimos con los mundiales del año 2002 (Japón-Corea), 2006 (Alemania) y 2010 (Sudáfrica) y 2014 (Brasil). Del cambio de siglo en adelante no voy a hablar, ya que mucho de lo publicado no está lo suficientemente difundido, ni catalogado, ni valorado y podríamos incurrir en una injusticia.  

En este ligero repaso, seguro quedan imperdonables nombres en el olvido. Ha sido tan solo una muestra, imperfecta y precaria. Hemos dado un lugar preferencial a los argentinos y Latinoamericanos, por localía.  Anaqueles abarrotados con libros en todos los idiomas están detrás de cada copa, y piden ser leídos.

Finalmente, estamos en un año mundial y la contienda deportiva está llegando a su fin. ¿Cuáles son los libros mundiales de este campeonato? ¿Cuáles obras de este 2014 quedaran para la historia? Acaso sea tan inescrutable como el resultado del próximo domingo. Lo mejor sería esperar que no solo la Argentina gane y obtenga una nueva copa del mundo, sino, además, que este año mundialista, algún escritor argentino nos deje una obra inmensa, un legado  inolvidable para la posteridad.  Auguremos goles y lecturas, maravillosas lecturas. Es la otra final que nos espera. 

domingo, 22 de junio de 2014

BUITRES

Franz Kafka


Enigmático, simbolista, visionario, Franz Kafka (1883 – 1924) nos presenta en su narrativa las oscuras posibilidades a que está expuesta la condición humana. 






Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?
-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
- No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí -: por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.

jueves, 20 de febrero de 2014

LOS OFICIOS DEL FUEGO





A la memoria de mi amigo Felipe Rojas
que conserva por siempre su lugar en mi mesa


Con ocasión del post publicado días atrás acerca del costo del asado, he recibido un caudal  de voces, en acuerdo unas, en desacuerdo otras, que me llevan a una reflexión. 

Porque resulta que para algunos yo estaba desenmascarando la mala fe de medios bandoleros. Para otros, yo mismo estaba falseando datos, porque no creen que un asado cueste ciento cuarenta y dos pesos.  Lo cierto es que sin quererlo he puesto el dedo en la llaga. Quizás debí haber preservado el fondo mítico de esta costumbre tan nuestra,  no dejarme llevar por la lógica decadente de rotativas belicosas. Porque en nuestro suelo simbólico-lingüístico un asado no tiene precio. Un asado no es una comida más, ni es parte de ninguna canasta. 

Un asado es una ceremonia. 

Con sus oficios, sus ritos y sus abalorios. ¿Cuánto vale esa ceremonia? ¿cien?, ¿trescientos? Qué más da. Nadie puede -nadie debe- asustarnos con eso. El juego perverso ha sido poner un precio perturbador a algo que no lo tiene. Producir desasosiego. Nadie puede frustrarnos el alma con la amenaza de que ya no está al alcance de nuestro bolsillo.  No hay derecho. Una ceremonia está antes y más allá de la inflación, el precio del dólar y los feroces juegos de los discursos opositores. Una ceremonia es un oficio previo a cualquier debate.

El fuego que chisporrotea, la primera copa que apura el asador, cuando aún rechina la carne en la parrilla; el calor de los amigos, el brindis, la conversada sobremesa; el truco que al final asoma o los acordes compartidos de una guitarra. Y también la discusión política ¿por qué no? Nunca faltan las pasiones encendidas cuando ya se han descorchado algunas botellas. Pero todo en el marco de un rito en el que se propicia la cercanía, el contacto de los cuerpos, la sintonía de los ánimos, el estar juntos en un mismo fuego.  Hay un fondo dionisíaco en todo esto. El rito es soberano. Todo lo que pasa está dado de antemano en sus oficios. 

Ahí están los amigos, la familia o los compañeros de sueños. Ciento cuarenta y dos pesos no es un precio: es una elección.  

viernes, 7 de febrero de 2014

EL COSTO DEL ASADO Y EL TERRORISMO DE ALGUNOS MEDIOS






Un dato sospechoso

En el diario El Liberal de  la fecha de ayer, seis de febrero, se publica una nota bajo el título "Una familia tipo necesita 266 pesos para poder comer el tradicional asado", de la página 8.
Me han llamado la atención los valores sugeridos. Cuando menos eran sospechosos.
Con mi hijo, Rafa, nos propusimos hacer la prueba de cotejar un asado hecho por nosotros mismos con esos valores.
Lo primero que hay que decir es que las cantidades sugeridas en la nota no son para un asado de una familia tipo -cuatro personas, según la misma fuente-, sino para casi el doble, lo cual obviamente incrementa el costo final.
En segundo lugar, el detalle de los costos de cada producto nos habla de primerísimas marcas y lugares de preferencia, carnicerías-boutiques.


La experiencia

El resultado de nuestra prueba ha sido el siguiente:
Fuimos a los lugares habituales de nuestras compras diarias. Primero a nuestros amigos de la carnicería Solís - ubicada en Solís esquina santa fe-  y conseguimos "filet", uno de los cortes más selectos y costosos, a 42 pesos el kilo.  (No es un dato de excepción. Tenemos  registrados cinco o seis locales de esta ciudad a un precio similar).  Compramos 1 kilo y medio de ese corte y medio kilo de chorizo tipo Italiano por setenta y cinco pesos. Nuestra opción por el corte ha sido una cuestión de preferencia. En el mismo local es posible comprar tres kilos de cortes clásicos para asado por el mismo precio. Luego fuimos a la frutería de la avenida Belgrano antes del arco y compramos la verdura para acompañar: tomate, lechuga, pimiento, cebolla y carbón por treinta pesos. En el súper que se encuentra en las inmediaciones, compramos la gaseosa cola de bajas calorías, primera marca, por trece pesos y un vino tres cuartos, calidad media, por dieciséis. El pan lo compramos en la panadería de nuestro amigo Héctor Santillán a ocho pesos el medio kilo.

Detalle de costos:
Carnes: setenta y cinco pesos
Verduras: veinte pesos
Carbón: diez pesos
Gaseosa: trece pesos
Vino: dieciséis pesos
Pan: ocho pesos
TOTAL: ciento cuarenta y dos pesos (casi la mitad de los valores informados por el matutino).


Pasando en limpio

Quisimos poner a prueba lo que hay entre líneas en esos informes que parecen tan rigurosos. Salta a la vista que algunos medios se ufanan sembrando terror en una sociedad, ya de por sí bastante sensibilizada con los precios. Se trata de una práctica literalmente terrorista, en el sentido de estar inspiradas en la finalidad de producir un efecto en el comportamiento de los ciudadanos en base a la suscitación del miedo. Alentar el pánico es una grave falta de responsabilidad social que puede llevar a consecuencias catastróficas. El pánico nos aleja de la prudencia. Si se cruza constantemente fuego sobre los precios y los ánimos de la gente, es previsible que las cosas suban más y esta economía se vuelva irrespirable. Noticias como estas son las que calan a fondo el humor social y producen un efecto de psicosis que retroalimenta la escalada inflacionaria. Pareciera ser que algunos sectores se contentan con la primicia del caos. Pareciera ser que algunos no solo esperan el apocalipsis, sino que además lo promueven, lo alientan, lo construyen.
No dejarse engañar. Hay una inflación real y una inflación construida entre discursos. La inflación construida suele revertir sobre la real, que va por detrás. Todo depende de cuánto crédito demos a aquellos discursos.
Está demostrado: es posible un asado para cuatro personas por ciento cuarenta y dos pesos.
Por cierto, el queso y el jamón de la foto es un opcional por algo menos de treinta pesos para quienes quieren un toque de distinción en su mesa.

Están invitados. Finca La Clementina, Villa Zanjón.    














miércoles, 15 de enero de 2014

MUERE JUAN GELMAN




EL AMOR Y LA FURIA
A Juan Gelman

Tienes el dolor de un ángel partido por un sable de diamante.
Hablas desde la nocturna estación de la memoria.
Y cuando hablas,
un río de pueblo lacerado nos salpica el pecho,
nos desbasta el alma
hasta hacernos trigo de ese pan
que en la puerta del horno se nos quema,
(como Cesar Vallejo solía decir,
memorable y despiadadamente).
Me doy a pensar que escribes con el amor y la furia
de un Dios que se ha ido sin aviso
dejándote varado en medio de un valle de lágrimas y muertos.
El amor,
porque has escuchado un pájaro de arena en tu jardín.
La furia,
por quienes lo han arrebatado de un bayonetazo.
Lo que nos han arrebatado, Juan,
lo que imperdonablemente nos han arrebatado,
es la esperanza de perpetuar el acto de ser libres.
Sólo la luz escrituraria de tus manos podía redimirnos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

viernes, 8 de junio de 2012

EL DESAFÍO DE PENSARNOS EN SITUACIÓN


HACIA UNA FILOSOFIA POLÍTICA SITUADA.
Alejandro Auat, Waldhuter, 2011


Filosofía situada, filosofía inmersa en el limo de la historia que, desde ese espesor, piensa la política.  La Filosofía política situada de Alejandro Auat nos interpela a repensarnos en situación como sociedad política y como sociedad politizada. Pensarnos en situación es hacer filosofía desde los bordes de una cuenca peligrosa. Pensarnos en situación es asumirnos desde el riesgo, político y epistemológico, de entramparnos en las redes de nuestra propia localía o en el abismo de un universalismo desfondado. Dicen las palabras preliminares: 
Pretender hacer una filosofía situada implica un doble desafío y más de una dificultad. Por un lado, no podemos renunciar a la abstracción de los conceptos y a su pretensión de universalidad. Por otro, la situacionalidad del pensar remite siempre a un aquí y ahora que es el que motiva las indagaciones, los acentos, los sentidos. (“2011, pag. 11.)

Pero…  ¿cuál en este caso es el aquí y el ahora del pensar? Quiero recordar un texto de  R. Kusch. Un capítulo del Esbozo...  que se llama “La importancia del lugar filosófico". Ahí se plantea una idea que creo interesante para interpretar esta propuesta. La idea de Kusch es que la filosofía, aún la más universal y abstracta, tiene su lugar, un ámbito desde el cual se proyecta y en el que "campean los símbolos". Para el pensador argentino los símbolos constituyen un horizonte de pre-comprensión que opera a nivel semántico sobre el lenguaje.  
Las palabras de R. Kusch visibilizan las tensiones referidas a las palabras preeliminares. Dice Kusch:
Desde aquí me acompaña el sentimiento de tener derecho a la universalidad, aunque no lo tenga, y esto condiciona de por sí la posibilidad de pensar, para acceder a una universalidad paradójicamente propia, a una universalidad que es mía y que tendrá que serlo también de los otros. Mejor dicho, surge una tercera posibilidad de universalidad entre lo universal que todos dicen y mi lugar en ella.  (1978, pág. 108)

Lo que Kusch sugiere es que el filosofar es un juego. Un juego de escalas y de espejos. Un juego nutrido de aquella matriz de significaciones que operan a nuestras espaldas, que corre por debajo, como una vertiente subterránea.
El lugar filosófico en este caso es reconocido por Auat como lugar de enunciación,  locus enuntiationis,  o lugar hermenéutico. No se trata de un lugar físico, no se trata tampoco de un lugar gnoseológico, se trata de un lugar simbólico-axiológico, en el que está implicada la voz propia del pensador.
En la página 21 leemos lo siguiente:
El lugar de enunciación no es solamente gnoseológico, sino también axiológico (…): hay opciones, hay posicionamientos, hay valoraciones en nuestra mirada, conformando un horizonte de pre-comprensión  que debe ser explicitado y criticado para ser asumido conscientemente (2011).

La filosofía situada aquí propuesta se inscribe en la línea de  una tradición que filósofos de estas latitudes han explorado como un modo inédito de hacer filosofía.  Esa tradición que se remonta a la idea de una filosofía americana de Alberdi, la geocultura y el lugar filosófico de Kusch, la geopolítica de Enrique Dussel, la categoría de región como macro-cuerpo de Gaspar Risco, y otras voces que suenan en la misma dirección.
Nos preguntamos entonces ¿Cuál el aquí y el ahora, el en-donde-desde-donde en que se constituye la  filosofía que esta obra hoy nos entrega? ¿Cuál es el “lugar filosófico” del autor?
Acaso no estemos hablando aquí de un topos susceptible de coordenadas fijas. Se trata más bien de coordenadas móviles, en desplazamiento, en juegos de escalas y de espejos. Los títulos que encabezan las secciones de este libro nos dan cuenta de las peripecias y rodeos de ese topos: desde nuestro enclavamiento más próximo en el suelo simbólico de este Santiago ancestral e intempestivo, pasando por los diversos estratos del NOA y de una Argentina que llama a pensarnos  regionalmente mediados, hasta el desafío de subirnos a los andenes del tren de la UNASUR y a ese difuso horizonte que algunos llaman globalización. Topos que a su vez merodea entre diversas temporalidades histórico-políticas, que nuestro autor reconoce como referentes contextuales: el proceso político de Santiago del Estero, el proceso de descomposición de la política nacional que culmina en la crisis del 2001-2002, el proceso abierto desde el 2003 de recuperación del sentido de lo público.
Se trata de una filosofía que asume su anclaje situacional en el  NOA, que atraviesa diversos mapas geoculturales que nos constituyen, para finalmente llamarnos al desafío de sentar las bases para una re-inventación de una democracia situada. Una democracia reinventada  como programa teórico-práctico, asumido como tarea crítica, creativa, prescriptiva.
Hacia una filosofía política situada no es el primer libro de Alejandro Auat.  Si creemos, sin embargo,  que en estas páginas habla una voz diferente. Una voz que se hace oir desde su tonalidad más propia, a la vez que dialectal. En esas páginas,  entre el sordo murmullo de las tradiciones teóricas que nos han abierto caminos, se puede reconocer una voz más próxima a nosotros:  la voz genuina e irrepetible del filósofo en situación.  Esa tonada propia, santiagueña y noroestina, que nuestra filosofía necesita.    

Kusch, Rodolfo (1978). Esbozo de una Antropología Filosófica Americana, San Antonio de Padua, Pcia. de Buenos Aires: Estudios Filosóficos, Ediciones Castañeda, ,.
Auat, Alejandro (2011). Hacia una filosofía política situada, Buenos Aires: Waldhuter Ediciones. 

martes, 14 de febrero de 2012

Los lugares de San Valentín (un cuento inédito)





El encuentro se había producido por una falsa casualidad, provocada por él, seguro. Se habían cruzado en la calle y se vieron de frente. Ella se puso visiblemente incómoda. No había cambiado nada. Todavía la edad, como un fruto en sazón, había realzado su belleza. Tuvieron que reconocerse y saludarse. Ella se puso colorada, temblorosa. Tomás se adelantó y dijo:
- Al fin. No sabes lo que he esperado este momento.
Los ojos de Ana Valeria estuvieron casi por reventar en un llanto histérico. Con voz cortada, le dijo:
- ¡Tomás! ¡Por Dios, no hables!
- Pero… son las cartas.
- ¡Pero, por Dios…!. – dijo Ana Valeria



¿Era insensato escribirle a Ana Valeria después de casi veinte años? ¿de veinte años de tiempo, distancia y olvido?. ¿El día de San Valentín?, ¿que aquí casi no significaba nada? Tomás estaba recién llegado. Dieciocho años fuera del país. En México primero, después Nueva York. Lo que se fue en el setenta y siete, cansado de andar a los tumbos entre la cátedra y el consultorio, un poco también asustado por los estragos en que andaban los milicos. Días antes de escribir la primera carta – porque después fueron varias - se reencontró con antiguos papeles que habían quedado entre las cosas que no se pudo llevar en su exilio.
El papel amarillo, la caligrafía circular y pareja, las palabras ingenuas de aquella Ana Valeria tan enamorada con sus quince años bien instalados - ¿quince o dieciséis? - , lo volvieron a un tiempo fresco, benigno, lleno de ingenua pasión; estaban las fotografías, ella con sus ojos grandes y negros, el pelo castaño corto con flequillo, y la sonrisa llena de luz.
El segundo recreo en la Escuela Normal, siempre esperándose uno a otro en la galería de atrás. Los encuentros por las tardes en la plaza independencia y el bar Escorpio. Los sábados de fiestas y esos besos mojados y tibios. Escenas que volvían a cada momento desde el otro lado de la memoria y lo invadían de una sensación de despojo, de haberse quedado con poco, de saldo pobre.
Ahora, en la perspectiva de una inminente separación, pensó que sería oportuno escribirle para el catorce de febrero, día de San Valentín, día de los enamorados según una tradición americana que había conocido en los años de exilio. Pensó que lo mejor sería obviar el tiempo que había transcurrido, escribirle como si ayer no más hubieran estado juntos, sin poner una sola línea de esa parte de su vida que ella desconocía, y que de últimas no venía al caso.
No fue ni una carta extensa ni cargada de nostalgia; ni un solo exabrupto, sólo retomó un camino dejado atrás hace muchos años y lo siguió naturalmente, igual que había retomado su lengua materna después tantos años de decir el mundo en habla inglesa.

Pero tardé, mucho, Tomás, en decidirme a responderte. Porque la verdad que no entiendo porqué me tienes que decir las cosas por escrito, cuando podrías haberme alcanzado a la salida del colegio y decírmelo de frente. Aunque después me gustó esta onda de escribirnos como si estuviéramos lejos y no tuviéramos otra manera de decirnos las cosas. Además, tengo que reconocer que tu carta estuvo fantástica. Me gusta. Seguí escribiéndome así. Te quiero mucho. Ana Valeria.

A Tomás la carta le pareció desconcertante. Sobre todo cuando ella escribe “podrías haberme alcanzado a la salida del colegio y decírmelo de frente”. ¿Qué quería con esa frase, lejos de todo sentido común después de tanto años y con tanta vida transcurrida?.
No tardó, sin embargo, en responder. La respuesta fue una continuación del juego abierto.
No te hablé en el colegio porque la verdad que los muchachos me tienen podrido con las cargadas, vos sabes como son. Una vez que te fichan con alguna mina te vuelven loco. Además en una carta puedo decirte mejor las cosas. Me gusta cómo te queda el pelo recogido, realza tu sonrisa y tus ojos se vuelven más grandes. Te quiero. Tomás.

El despacho de aquella carta abrió un paréntesis hasta recibir contestación. Tomás pensó que hubo un malentendido, que interpretó para cualquier lado el mensaje y se sintió un idiota. Un papelón, che, gente grande.

Y tardé en contestarte por las pruebas. El trimestre pasado aflojé bastante y mamá me mata si no levanto ahora. Así que anduve todo el día estudiando, por suerte me fue bien. Ahora sí tengo tiempo y puedo escribirte con tranquilidad. No importa si no me hablas en el colegio, igual podemos seguir así, tu última carta me llenó de emoción, la leí tantas veces que casi me la acuerdo de memoria. Yo también me la paso pensando en vos todas las noches. Creo que no falta mucho para el día que podamos estar juntos, sin ningún obstáculo. Mientras tanto seguime escribiendo, es lo más maravilloso que me ha pasado en este tiempo. Tuya. Ana Valeria.

Tomás sintió una satisfacción visceral con aquella carta. Lo invadió la inaudita alegría de interpretar y sentirse interpretado en ese intercambio de palabras que hacía añicos el tiempo y el espacio, la memoria y el olvido. Algo nuevo aparecía ahora. Era el presagio de “estar juntos”. ¿Había una exhortación a buscar la oportunidad del encuentro real, el cara a cara que había sido esquivado por las palabras escritas que iban y venían, de un domicilio a otro?. Sin embargo, no, no es el momento. Había que seguir con las cartas porque ellas habían configurado un lugar de encuentro invulnerable. Se sentían seguros, protegidos por las cosas que los unían y a la vez ponían distancia del mundo, una cueva en el tiempo a la que sólo podían llegar ellos, porque el mundo de cada uno quedaba sepultado en los bordes del papel.
Después siguió un ir y venir de algunas cartas de más o menos igual intensidad, aunque se habían vuelto un repetirse de lo mismo con distintas palabras. Tomás pensó que había llegado el momento de salir de una vez de esa cueva de tiempo y palabra. Construir el espacio real y concreto del contacto, de la misma manera que había construido ese espacio escrito desde el cual se habían amado tanto. Mujer casada, Ana Valeria, el debía por lo tanto simular una casualidad, que abra el paso de las palabras a las cosas.

Después de merodear algunas tardes en las cercanías de la casa, la vio salir y la siguió. Se encontraron a pocos metros uno de otro. Notó inquietud en sus ojos. Cuando intentó dirigirle la palabra, ella le respondió a sus intenciones de ser reconocido:
- ¡Por Dios, no hables..!
Tomás iba a decir algo sobre la última carta. Era inútil. Algo no previsto se había interpuesto entre sus tiempos. Aquellas cartas sin fecha eran el único espacio no contaminado por las opciones que sus vidas habían construido. Ese amor y ese sueño ¿podían acaso tener lugar en un tiempo de carne y hueso? La vio temblar. Creyó que se iba a desmayar. Tuvo decir:
- Creo que me he confundido. Adiós.
Ana Valeria se dio la vuelta y se fue. Sin palabras. Tomás, inmóvil, la miró alejarse con ese movimiento de caderas que ahora le parecía de una belleza inalcanzable y absoluta.
Había pateado el tablero, irreversiblemente. Sin quererlo, sin sospechar la inmediatez del desencanto.
Meses más tarde recibió un sobre sin remitente en el que eran devueltas sin ninguna aclaración sus propias cartas. Como los naipes que se retiran de la mesa cuando ha finalizado el juego.

jueves, 9 de febrero de 2012

El almendro. A Luis A. Spinetta, In memoriam

Siempre me ha alucinado el gusto de las almendras, fruta seca, luminosa, de sabor exquisito y textura refinada, cosechada del árbol de los sueños.
Pero hay otra almendra que alucina. También de sabor exquisito y textura refinada, también cosechada del árbol de los sueños.
Aquella almendra con la que muchos hemos conocido a Spinetta.
Un sabor lento, progresivo, que te llega e invade de a poco hasta el éxtasis más perturbador.
En mi juventud he probado el sabor de aquella almendra de acordes y metáforas salvajes, cuyas resonancias me persiguen hasta hoy.
El almendro ha seguido en pie dando sus frutos oníricos con otros nombres, en otras estaciones, pero siempre con la misma magia, siempre fiel a su suerte frutal. Dicen que en este valle las almendras son de los duendes.
Pero ¿Y si acaso no brillara el sol?
El almendro está caído. El almendro, su corteza donde el hacha ha golpeado brutalmente ya.
Hoy que el sol reseca sus manos y esta sal es la ceniza de la lluvia, sangrado está bajo el agua, porque la noche del tiempo sus horas cumplió.
No queda más que viento. Siempre queda algo más que viento, desgarro del final del historial del comienzo que tal vez reemprenderá.
Porque sus frutos son eternos. Porque tiene alma de diamante. Porque todas sus hojas son del viento.
Que el sabor de las almendras nos acompañe por siempre.

sábado, 10 de diciembre de 2011

MEMORIA DE AQUELLAS NOCHES. EL CICLO DE POESÍA DE LOS VIERNES EN EL BAR "LOS CABEZONES"



Lo que quiero relatar es una de las épocas más felices de la poesía.

Lo que quiero relatar pertenece a la historia no narrada de Santiago.

Lo que quiero relatar tiene que ver con personas y lugares que ya no están. O que han cambiado. O que nunca serán lo que han sido entonces. Un sueño incompleto que se vuelve recurrente, perturbador, interpelante.

Nunca me hubiera imaginado que Felipe Rojas alguna vez nos dejaría. Tampoco hubiera pensado que el bar Los Cabezones sería demolido alguna vez por la maquinaria de los tiempos modernos. Ambas cosas han sucedido en un lapso menor a cinco años. En ese lapso hay toda una historia enterrada.

Este relato tiene sus inicios en el mes de octubre del año dos mil. Alberto Tasso me había hablado por teléfono. Quería invitarme a participar de una noche de lectura de poesía en aquel viejo bar junto a Felipe Rojas, poeta y amigo de travesías y desvelos. Eran los inicios del Ciclo de Poesía de los Viernes en el Bar Los Cabezones, un rincón en el que la tonada santiagueña se daba el goce de escucharse a sí misma en la mejor poesía leída por sus autores. Ese rincón tenía su momento y su sitio: el viernes por la noche en el Bar Los Cabezones, de la calle independencia y 9 de julio. A la sazón, verdadero santuario de la poesía y del arte santiagueño. En la penumbra de un salón angosto y largo se abría paso una episódica e irrepetible experiencia de lo bello.

Porque el ciclo de poesía de los viernes ha sido el advenimiento un decir poético renovado, abarcador, ininterrumpido. Un decir que cobijaba voces de distintos tonos y latitudes, bajo la impronta del deseo de la palabra. Una iniciativa plural, abierta, que buscaba generar un encuentro entre autor y público los días viernes, cada quince días, una esperada noche. Era una más de las propuestas de El Colegio de Santiago, vocación instituida a promover el conocimiento, la cultura y el arte que se cocina en esta tierra.

Aquella noche con Felipe Rojas ha sido una experiencia que no tiene precedentes, por lo menos en lo personal. Sin coordinación previa, hemos leído poemas encadenados, que terminaban y comenzaban a partir de impensadas relaciones de sentido. Ha habido poesía. Ha habido humor. Ha habido, sobre todo, calidez, cercanía, amistad. Me acuerdo, entre otras cosas, que estaban presentes algunos amigos que también se han ido ya. Carlos Manuel Fernandez Loza y Luis Ponce, ambos muy queridos y extrañados en esta tierra.

Después de aquel viernes, Alberto Tasso me ha propuesto para que colaborara con la coordinación del Ciclo. A lo cual he accedido con el mayor de los placeres, porque percibía algo diferente que se anunciaba.

No me parece exagerado decir que ha sido una experiencia inédita en las letras de Santiago. No tengo registro de algo similar que haya tenido lugar con anterioridad. El ciclo ha durado unos tres años, con algunos epígonos posteriores. Desde el año dos mil hasta el dos mil tres, en simultáneo con la mayor crisis política de los últimos tiempos, la poesía transcurría por un cauce inmune al colapso y el caos. Caían gobiernos y modelos económicos, se devaluaba la vida, se sucedían presidentes, y siempre quedaba la poesía sosteniendo esperanzas, siempre los viernes, siempre el bar Los Cabezones. “Es extraño leer poesía mientras por todos lados solo se habla de riego país”, comentaba Alberto en una de esas noches.

Han pasado por sus mesas medio centenar de escritores de nuestra provincia de la más diversa entonación. Entre otros, han estado con su voz y su palabra: Selva Yolanda Pocha Ramos, Roxana Chávez, Elisa Piccoli, Alfonso Nassif, Eva Gardenal, Carlos Figueroa, Melcy Ocampo, Ana María Domínguez, Juan E. Paz, Felipe Rojas, Marita Pilán, Francisco Avendaño, Alberto Tasso, Carola Santucho, Jorge Rosenberg, Ricardo Sgoifo, Carlos Artayer, Graciela Alicia López, Silvia Piccoli, Eduardo Lalo Lescano, Clarisa Pérez Villalobos, y J.A. Villalba, Adriana Del Vito y seguramente otros cuyos nombres escapan a mi memoria.

Juan Saavedra ha recitado poemas de su autoría, a la vez que ha poetizado con la danza, en una imperdible combinación de lenguajes y de artes, que despliegan un enlace de sentidos.

También nos han acompañado poetas santiagueños que residen en Buenos Aires y han traído sus ecos a esta tierra: Julio César Quico Salgado, presentando su libro Trampa Natura, y Pablo Narral la revista de poesía El Jabalí.

En otras oportunidades se han recordado voces que están en el tiempo: Gilda Roldán y Juan Andrés Alba han traído la memoria de Alberto Alba. Ana Gómez ha leído a Dalmiro Coronel Lugones, yo mismo he leido a Manuel J. Castilla y Ramón Paz a Atahualpa Yupanqui. José Andrés Rivas ha presentado a Bernardo Canal Feijóo poeta.

También la música ha encontrado refugio en la calidez de esas noches interminables: Las guitarras de Ricardo Cianferoni y Miguelito Simón, y la flauta traversa de Andrea Legname, entre varios otros músicos.

Narradores y poetas de provincias vecinas nos han visitado y presentado sus libros. Alejandro Carrizo, Sergio Uzandivaras y Selva Femayor de Jujuy, Susana Valenti y Héctor Berenguer de Rosario, Ricardo Irastorza de Córdoba, Ana María Cossio, Griselda Barale y David Lagmanovich de Tucumán, y Blanca Salcedo de Formosa.

El ciclo ha sido el ámbito para numerosas presentaciones de libros, de revistas culturales, de plaquetas, de videos, de toda ocasión para compartir arte. Ha sido enorme, incalculable, el caudal de voces y sentidos que han hecho nido en este refugio.

En esta iniciativa ha sido fundamental –y esto hay que decirlo- el papel de un público firme, perspicaz, poseído de escucha, atenta y respetuosa escucha; desbordante de goce y de sentido. Entre seguidores permanentes del ciclo, parroquianos infaltables, grupos ocasionales que variaban en cada noche, la concurrencia ha sido generosa, participante, lo que ha dado lugar a un clima cálido, acogedor, siempre deseoso de escuchar poesía. En el transcurrir de la noche no faltaba la ocasión para que alguien tomase la palabra, leyese espontáneamente un poema o dejase resonando unas notas de fino humor, especialmente en ese momento final en que después de la lectura se busca perpetuar el momento compartiendo alguna copa.

No puedo olvidar el viernes de la Pocha Ramos, en que nos ha entregado unos poemas desgarradores, recitados con su voz arrastrada y húmeda, derramada de pensamientos sobre el amor, siempre el amor en boca de la Pocha. Quizás la última vez que leyó en publico. No lo sé. No lo puedo saber. Pero es mi deber interpretar que ha sido su despedida. Es mi deber pensar que la Pocha dijo adiós a Santiago en aquella noche. El bar estaba absolutamente desbordado. Su voz era casi imperceptible entre esa multitud, que se había convocado a escucharla, presintiendo una despedida, porque un par de años después Santiago sabría de su partida.

Tampoco puedo olvidarme de la noche que recibimos la visita de David Lagmánovich –un grande que también nos ha dejado, y ya son varios- , que nos ha paralizado con una poesía certera, lucida, implosiva, matizada de su humildad y bonhomía. Ha leído, ha reflexionado, ha merodeado la belleza ante un público estupefacto.

No puedo olvidarme, en fin, de tantas noches de goce y amistad, de humor y conocimiento, de exaltación y de júbilo. El Ciclo de poesía de los viernes ha sido un derroche de voces y rostros memorables.

Algunas mañanas que voy al centro, hago una parada en el café que está emplazado en esa galería que hoy ocupa el sitio del antiguo bar. No puedo evitar el sentir el murmullo de tantos versos que han quedado colgados del silencio de las columnas. Esas columnas que han perdurado en el nuevo edificio, en un acto de resistencia a la feroz modernización de los tiempos. Esas imponentes columnas que guardan en su mutismo relatos, versos y música, testigos inmutables de tanto aquelarre, de tanta noche poetizada, de tanta belleza. Todavía queda entre ellas un silencio perturbador. Todavía se sienten vibraciones de esas noches apresadas en su maciza presencia. Voces desencontradas de sus ecos, poemas que no dan con sus lectores, relatos que no han sido narrados y aun esperan, sones suspendidos en el tiempo como una niebla.

Bebo el café y fumo un cigarrillo, mientras escucho y me nutro de lo que ha quedado en esas modernas ruinas. Recuerdo. Me dejo reencontrar por aquellas noches. Digo poemas en la memoria.

Ojalá que la poesía en Santiago se encuentre a sí misma en algún rincón que, como aquel, le preste la escucha necesaria para volverse noche.

Necesito un viernes en mi vida.

Santiago necesita viernes de poesía.