jueves, 10 de julio de 2014
LIBROS MUNDIALES
domingo, 22 de junio de 2014
BUITRES
Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?
-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
- No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí -: por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.jueves, 20 de febrero de 2014
LOS OFICIOS DEL FUEGO
Con ocasión del post publicado días atrás acerca del costo del asado, he recibido un caudal de voces, en acuerdo unas, en desacuerdo otras, que me llevan a una reflexión.
Porque resulta que para algunos yo estaba desenmascarando la mala fe de medios bandoleros. Para otros, yo mismo estaba falseando datos, porque no creen que un asado cueste ciento cuarenta y dos pesos. Lo cierto es que sin quererlo he puesto el dedo en la llaga. Quizás debí haber preservado el fondo mítico de esta costumbre tan nuestra, no dejarme llevar por la lógica decadente de rotativas belicosas. Porque en nuestro suelo simbólico-lingüístico un asado no tiene precio. Un asado no es una comida más, ni es parte de ninguna canasta.
Un asado es una ceremonia.
Con sus oficios, sus ritos y sus abalorios. ¿Cuánto vale esa ceremonia? ¿cien?, ¿trescientos? Qué más da. Nadie puede -nadie debe- asustarnos con eso. El juego perverso ha sido poner un precio perturbador a algo que no lo tiene. Producir desasosiego. Nadie puede frustrarnos el alma con la amenaza de que ya no está al alcance de nuestro bolsillo. No hay derecho. Una ceremonia está antes y más allá de la inflación, el precio del dólar y los feroces juegos de los discursos opositores. Una ceremonia es un oficio previo a cualquier debate.
El fuego que chisporrotea, la primera copa que apura el asador, cuando aún rechina la carne en la parrilla; el calor de los amigos, el brindis, la conversada sobremesa; el truco que al final asoma o los acordes compartidos de una guitarra. Y también la discusión política ¿por qué no? Nunca faltan las pasiones encendidas cuando ya se han descorchado algunas botellas. Pero todo en el marco de un rito en el que se propicia la cercanía, el contacto de los cuerpos, la sintonía de los ánimos, el estar juntos en un mismo fuego. Hay un fondo dionisíaco en todo esto. El rito es soberano. Todo lo que pasa está dado de antemano en sus oficios.
Ahí están los amigos, la familia o los compañeros de sueños. Ciento cuarenta y dos pesos no es un precio: es una elección.
viernes, 7 de febrero de 2014
EL COSTO DEL ASADO Y EL TERRORISMO DE ALGUNOS MEDIOS
miércoles, 15 de enero de 2014
MUERE JUAN GELMAN
miércoles, 7 de noviembre de 2012
viernes, 8 de junio de 2012
EL DESAFÍO DE PENSARNOS EN SITUACIÓN
martes, 14 de febrero de 2012
Los lugares de San Valentín (un cuento inédito)
Los ojos de Ana Valeria estuvieron casi por reventar en un llanto histérico. Con voz cortada, le dijo:
- ¡Tomás! ¡Por Dios, no hables!
- Pero… son las cartas.
- ¡Pero, por Dios…!. – dijo Ana Valeria
¿Era insensato escribirle a Ana Valeria después de casi veinte años? ¿de veinte años de tiempo, distancia y olvido?. ¿El día de San Valentín?, ¿que aquí casi no significaba nada? Tomás estaba recién llegado. Dieciocho años fuera del país. En México primero, después Nueva York. Lo que se fue en el setenta y siete, cansado de andar a los tumbos entre la cátedra y el consultorio, un poco también asustado por los estragos en que andaban los milicos. Días antes de escribir la primera carta – porque después fueron varias - se reencontró con antiguos papeles que habían quedado entre las cosas que no se pudo llevar en su exilio.
El papel amarillo, la caligrafía circular y pareja, las palabras ingenuas de aquella Ana Valeria tan enamorada con sus quince años bien instalados - ¿quince o dieciséis? - , lo volvieron a un tiempo fresco, benigno, lleno de ingenua pasión; estaban las fotografías, ella con sus ojos grandes y negros, el pelo castaño corto con flequillo, y la sonrisa llena de luz.
El segundo recreo en la Escuela Normal, siempre esperándose uno a otro en la galería de atrás. Los encuentros por las tardes en la plaza independencia y el bar Escorpio. Los sábados de fiestas y esos besos mojados y tibios. Escenas que volvían a cada momento desde el otro lado de la memoria y lo invadían de una sensación de despojo, de haberse quedado con poco, de saldo pobre.
Ahora, en la perspectiva de una inminente separación, pensó que sería oportuno escribirle para el catorce de febrero, día de San Valentín, día de los enamorados según una tradición americana que había conocido en los años de exilio. Pensó que lo mejor sería obviar el tiempo que había transcurrido, escribirle como si ayer no más hubieran estado juntos, sin poner una sola línea de esa parte de su vida que ella desconocía, y que de últimas no venía al caso.
No fue ni una carta extensa ni cargada de nostalgia; ni un solo exabrupto, sólo retomó un camino dejado atrás hace muchos años y lo siguió naturalmente, igual que había retomado su lengua materna después tantos años de decir el mundo en habla inglesa.
Pero tardé, mucho, Tomás, en decidirme a responderte. Porque la verdad que no entiendo porqué me tienes que decir las cosas por escrito, cuando podrías haberme alcanzado a la salida del colegio y decírmelo de frente. Aunque después me gustó esta onda de escribirnos como si estuviéramos lejos y no tuviéramos otra manera de decirnos las cosas. Además, tengo que reconocer que tu carta estuvo fantástica. Me gusta. Seguí escribiéndome así. Te quiero mucho. Ana Valeria.
A Tomás la carta le pareció desconcertante. Sobre todo cuando ella escribe “podrías haberme alcanzado a la salida del colegio y decírmelo de frente”. ¿Qué quería con esa frase, lejos de todo sentido común después de tanto años y con tanta vida transcurrida?.
No tardó, sin embargo, en responder. La respuesta fue una continuación del juego abierto.
No te hablé en el colegio porque la verdad que los muchachos me tienen podrido con las cargadas, vos sabes como son. Una vez que te fichan con alguna mina te vuelven loco. Además en una carta puedo decirte mejor las cosas. Me gusta cómo te queda el pelo recogido, realza tu sonrisa y tus ojos se vuelven más grandes. Te quiero. Tomás.
El despacho de aquella carta abrió un paréntesis hasta recibir contestación. Tomás pensó que hubo un malentendido, que interpretó para cualquier lado el mensaje y se sintió un idiota. Un papelón, che, gente grande.
Y tardé en contestarte por las pruebas. El trimestre pasado aflojé bastante y mamá me mata si no levanto ahora. Así que anduve todo el día estudiando, por suerte me fue bien. Ahora sí tengo tiempo y puedo escribirte con tranquilidad. No importa si no me hablas en el colegio, igual podemos seguir así, tu última carta me llenó de emoción, la leí tantas veces que casi me la acuerdo de memoria. Yo también me la paso pensando en vos todas las noches. Creo que no falta mucho para el día que podamos estar juntos, sin ningún obstáculo. Mientras tanto seguime escribiendo, es lo más maravilloso que me ha pasado en este tiempo. Tuya. Ana Valeria.
Tomás sintió una satisfacción visceral con aquella carta. Lo invadió la inaudita alegría de interpretar y sentirse interpretado en ese intercambio de palabras que hacía añicos el tiempo y el espacio, la memoria y el olvido. Algo nuevo aparecía ahora. Era el presagio de “estar juntos”. ¿Había una exhortación a buscar la oportunidad del encuentro real, el cara a cara que había sido esquivado por las palabras escritas que iban y venían, de un domicilio a otro?. Sin embargo, no, no es el momento. Había que seguir con las cartas porque ellas habían configurado un lugar de encuentro invulnerable. Se sentían seguros, protegidos por las cosas que los unían y a la vez ponían distancia del mundo, una cueva en el tiempo a la que sólo podían llegar ellos, porque el mundo de cada uno quedaba sepultado en los bordes del papel.
Después siguió un ir y venir de algunas cartas de más o menos igual intensidad, aunque se habían vuelto un repetirse de lo mismo con distintas palabras. Tomás pensó que había llegado el momento de salir de una vez de esa cueva de tiempo y palabra. Construir el espacio real y concreto del contacto, de la misma manera que había construido ese espacio escrito desde el cual se habían amado tanto. Mujer casada, Ana Valeria, el debía por lo tanto simular una casualidad, que abra el paso de las palabras a las cosas.
Después de merodear algunas tardes en las cercanías de la casa, la vio salir y la siguió. Se encontraron a pocos metros uno de otro. Notó inquietud en sus ojos. Cuando intentó dirigirle la palabra, ella le respondió a sus intenciones de ser reconocido:
- ¡Por Dios, no hables..!
Tomás iba a decir algo sobre la última carta. Era inútil. Algo no previsto se había interpuesto entre sus tiempos. Aquellas cartas sin fecha eran el único espacio no contaminado por las opciones que sus vidas habían construido. Ese amor y ese sueño ¿podían acaso tener lugar en un tiempo de carne y hueso? La vio temblar. Creyó que se iba a desmayar. Tuvo decir:
- Creo que me he confundido. Adiós.
Ana Valeria se dio la vuelta y se fue. Sin palabras. Tomás, inmóvil, la miró alejarse con ese movimiento de caderas que ahora le parecía de una belleza inalcanzable y absoluta.
Había pateado el tablero, irreversiblemente. Sin quererlo, sin sospechar la inmediatez del desencanto.
Meses más tarde recibió un sobre sin remitente en el que eran devueltas sin ninguna aclaración sus propias cartas. Como los naipes que se retiran de la mesa cuando ha finalizado el juego.
jueves, 9 de febrero de 2012
El almendro. A Luis A. Spinetta, In memoriam

sábado, 10 de diciembre de 2011
MEMORIA DE AQUELLAS NOCHES. EL CICLO DE POESÍA DE LOS VIERNES EN EL BAR "LOS CABEZONES"
Lo que quiero relatar es una de las épocas más felices de la poesía.
Lo que quiero relatar pertenece a la historia no narrada de Santiago.
Lo que quiero relatar tiene que ver con personas y lugares que ya no están. O que han cambiado. O que nunca serán lo que han sido entonces. Un sueño incompleto que se vuelve recurrente, perturbador, interpelante.
Nunca me hubiera imaginado que Felipe Rojas alguna vez nos dejaría. Tampoco hubiera pensado que el bar Los Cabezones sería demolido alguna vez por la maquinaria de los tiempos modernos. Ambas cosas han sucedido en un lapso menor a cinco años. En ese lapso hay toda una historia enterrada.
Este relato tiene sus inicios en el mes de octubre del año dos mil. Alberto Tasso me había hablado por teléfono. Quería invitarme a participar de una noche de lectura de poesía en aquel viejo bar junto a Felipe Rojas, poeta y amigo de travesías y desvelos. Eran los inicios del Ciclo de Poesía de los Viernes en el Bar Los Cabezones, un rincón en el que la tonada santiagueña se daba el goce de escucharse a sí misma en la mejor poesía leída por sus autores. Ese rincón tenía su momento y su sitio: el viernes por la noche en el Bar Los Cabezones, de la calle independencia y 9 de julio. A la sazón, verdadero santuario de la poesía y del arte santiagueño. En la penumbra de un salón angosto y largo se abría paso una episódica e irrepetible experiencia de lo bello.
Porque el ciclo de poesía de los viernes ha sido el advenimiento un decir poético renovado, abarcador, ininterrumpido. Un decir que cobijaba voces de distintos tonos y latitudes, bajo la impronta del deseo de la palabra. Una iniciativa plural, abierta, que buscaba generar un encuentro entre autor y público los días viernes, cada quince días, una esperada noche. Era una más de las propuestas de El Colegio de Santiago, vocación instituida a promover el conocimiento, la cultura y el arte que se cocina en esta tierra.
Aquella noche con Felipe Rojas ha sido una experiencia que no tiene precedentes, por lo menos en lo personal. Sin coordinación previa, hemos leído poemas encadenados, que terminaban y comenzaban a partir de impensadas relaciones de sentido. Ha habido poesía. Ha habido humor. Ha habido, sobre todo, calidez, cercanía, amistad. Me acuerdo, entre otras cosas, que estaban presentes algunos amigos que también se han ido ya. Carlos Manuel Fernandez Loza y Luis Ponce, ambos muy queridos y extrañados en esta tierra.
Después de aquel viernes, Alberto Tasso me ha propuesto para que colaborara con la coordinación del Ciclo. A lo cual he accedido con el mayor de los placeres, porque percibía algo diferente que se anunciaba.
No me parece exagerado decir que ha sido una experiencia inédita en las letras de Santiago. No tengo registro de algo similar que haya tenido lugar con anterioridad. El ciclo ha durado unos tres años, con algunos epígonos posteriores. Desde el año dos mil hasta el dos mil tres, en simultáneo con la mayor crisis política de los últimos tiempos, la poesía transcurría por un cauce inmune al colapso y el caos. Caían gobiernos y modelos económicos, se devaluaba la vida, se sucedían presidentes, y siempre quedaba la poesía sosteniendo esperanzas, siempre los viernes, siempre el bar Los Cabezones. “Es extraño leer poesía mientras por todos lados solo se habla de riego país”, comentaba Alberto en una de esas noches.
Han pasado por sus mesas medio centenar de escritores de nuestra provincia de la más diversa entonación. Entre otros, han estado con su voz y su palabra: Selva Yolanda Pocha Ramos, Roxana Chávez, Elisa Piccoli, Alfonso Nassif, Eva Gardenal, Carlos Figueroa, Melcy Ocampo, Ana María Domínguez, Juan E. Paz, Felipe Rojas, Marita Pilán, Francisco Avendaño, Alberto Tasso, Carola Santucho, Jorge Rosenberg, Ricardo Sgoifo, Carlos Artayer, Graciela Alicia López, Silvia Piccoli, Eduardo Lalo Lescano, Clarisa Pérez Villalobos, y J.A. Villalba, Adriana Del Vito y seguramente otros cuyos nombres escapan a mi memoria.
Juan Saavedra ha recitado poemas de su autoría, a la vez que ha poetizado con la danza, en una imperdible combinación de lenguajes y de artes, que despliegan un enlace de sentidos.
También nos han acompañado poetas santiagueños que residen en Buenos Aires y han traído sus ecos a esta tierra: Julio César Quico Salgado, presentando su libro Trampa Natura, y Pablo Narral la revista de poesía El Jabalí.
En otras oportunidades se han recordado voces que están en el tiempo: Gilda Roldán y Juan Andrés Alba han traído la memoria de Alberto Alba. Ana Gómez ha leído a Dalmiro Coronel Lugones, yo mismo he leido a Manuel J. Castilla y Ramón Paz a Atahualpa Yupanqui. José Andrés Rivas ha presentado a Bernardo Canal Feijóo poeta.
También la música ha encontrado refugio en la calidez de esas noches interminables: Las guitarras de Ricardo Cianferoni y Miguelito Simón, y la flauta traversa de Andrea Legname, entre varios otros músicos.
Narradores y poetas de provincias vecinas nos han visitado y presentado sus libros. Alejandro Carrizo, Sergio Uzandivaras y Selva Femayor de Jujuy, Susana Valenti y Héctor Berenguer de Rosario, Ricardo Irastorza de Córdoba, Ana María Cossio, Griselda Barale y David Lagmanovich de Tucumán, y Blanca Salcedo de Formosa.
El ciclo ha sido el ámbito para numerosas presentaciones de libros, de revistas culturales, de plaquetas, de videos, de toda ocasión para compartir arte. Ha sido enorme, incalculable, el caudal de voces y sentidos que han hecho nido en este refugio.
En esta iniciativa ha sido fundamental –y esto hay que decirlo- el papel de un público firme, perspicaz, poseído de escucha, atenta y respetuosa escucha; desbordante de goce y de sentido. Entre seguidores permanentes del ciclo, parroquianos infaltables, grupos ocasionales que variaban en cada noche, la concurrencia ha sido generosa, participante, lo que ha dado lugar a un clima cálido, acogedor, siempre deseoso de escuchar poesía. En el transcurrir de la noche no faltaba la ocasión para que alguien tomase la palabra, leyese espontáneamente un poema o dejase resonando unas notas de fino humor, especialmente en ese momento final en que después de la lectura se busca perpetuar el momento compartiendo alguna copa.
No puedo olvidar el viernes de
Tampoco puedo olvidarme de la noche que recibimos la visita de David Lagmánovich –un grande que también nos ha dejado, y ya son varios- , que nos ha paralizado con una poesía certera, lucida, implosiva, matizada de su humildad y bonhomía. Ha leído, ha reflexionado, ha merodeado la belleza ante un público estupefacto.
No puedo olvidarme, en fin, de tantas noches de goce y amistad, de humor y conocimiento, de exaltación y de júbilo. El Ciclo de poesía de los viernes ha sido un derroche de voces y rostros memorables.
Algunas mañanas que voy al centro, hago una parada en el café que está emplazado en esa galería que hoy ocupa el sitio del antiguo bar. No puedo evitar el sentir el murmullo de tantos versos que han quedado colgados del silencio de las columnas. Esas columnas que han perdurado en el nuevo edificio, en un acto de resistencia a la feroz modernización de los tiempos. Esas imponentes columnas que guardan en su mutismo relatos, versos y música, testigos inmutables de tanto aquelarre, de tanta noche poetizada, de tanta belleza. Todavía queda entre ellas un silencio perturbador. Todavía se sienten vibraciones de esas noches apresadas en su maciza presencia. Voces desencontradas de sus ecos, poemas que no dan con sus lectores, relatos que no han sido narrados y aun esperan, sones suspendidos en el tiempo como una niebla.
Bebo el café y fumo un cigarrillo, mientras escucho y me nutro de lo que ha quedado en esas modernas ruinas. Recuerdo. Me dejo reencontrar por aquellas noches. Digo poemas en la memoria.
Ojalá que la poesía en Santiago se encuentre a sí misma en algún rincón que, como aquel, le preste la escucha necesaria para volverse noche.
Necesito un viernes en mi vida.
Santiago necesita viernes de poesía.


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