miércoles, 15 de enero de 2014

MUERE JUAN GELMAN




EL AMOR Y LA FURIA
A Juan Gelman

Tienes el dolor de un ángel partido por un sable de diamante.
Hablas desde la nocturna estación de la memoria.
Y cuando hablas,
un río de pueblo lacerado nos salpica el pecho,
nos desbasta el alma
hasta hacernos trigo de ese pan
que en la puerta del horno se nos quema,
(como Cesar Vallejo solía decir,
memorable y despiadadamente).
Me doy a pensar que escribes con el amor y la furia
de un Dios que se ha ido sin aviso
dejándote varado en medio de un valle de lágrimas y muertos.
El amor,
porque has escuchado un pájaro de arena en tu jardín.
La furia,
por quienes lo han arrebatado de un bayonetazo.
Lo que nos han arrebatado, Juan,
lo que imperdonablemente nos han arrebatado,
es la esperanza de perpetuar el acto de ser libres.
Sólo la luz escrituraria de tus manos podía redimirnos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

viernes, 8 de junio de 2012

EL DESAFÍO DE PENSARNOS EN SITUACIÓN


HACIA UNA FILOSOFIA POLÍTICA SITUADA.
Alejandro Auat, Waldhuter, 2011


Filosofía situada, filosofía inmersa en el limo de la historia que, desde ese espesor, piensa la política.  La Filosofía política situada de Alejandro Auat nos interpela a repensarnos en situación como sociedad política y como sociedad politizada. Pensarnos en situación es hacer filosofía desde los bordes de una cuenca peligrosa. Pensarnos en situación es asumirnos desde el riesgo, político y epistemológico, de entramparnos en las redes de nuestra propia localía o en el abismo de un universalismo desfondado. Dicen las palabras preliminares: 
Pretender hacer una filosofía situada implica un doble desafío y más de una dificultad. Por un lado, no podemos renunciar a la abstracción de los conceptos y a su pretensión de universalidad. Por otro, la situacionalidad del pensar remite siempre a un aquí y ahora que es el que motiva las indagaciones, los acentos, los sentidos. (“2011, pag. 11.)

Pero…  ¿cuál en este caso es el aquí y el ahora del pensar? Quiero recordar un texto de  R. Kusch. Un capítulo del Esbozo...  que se llama “La importancia del lugar filosófico". Ahí se plantea una idea que creo interesante para interpretar esta propuesta. La idea de Kusch es que la filosofía, aún la más universal y abstracta, tiene su lugar, un ámbito desde el cual se proyecta y en el que "campean los símbolos". Para el pensador argentino los símbolos constituyen un horizonte de pre-comprensión que opera a nivel semántico sobre el lenguaje.  
Las palabras de R. Kusch visibilizan las tensiones referidas a las palabras preeliminares. Dice Kusch:
Desde aquí me acompaña el sentimiento de tener derecho a la universalidad, aunque no lo tenga, y esto condiciona de por sí la posibilidad de pensar, para acceder a una universalidad paradójicamente propia, a una universalidad que es mía y que tendrá que serlo también de los otros. Mejor dicho, surge una tercera posibilidad de universalidad entre lo universal que todos dicen y mi lugar en ella.  (1978, pág. 108)

Lo que Kusch sugiere es que el filosofar es un juego. Un juego de escalas y de espejos. Un juego nutrido de aquella matriz de significaciones que operan a nuestras espaldas, que corre por debajo, como una vertiente subterránea.
El lugar filosófico en este caso es reconocido por Auat como lugar de enunciación,  locus enuntiationis,  o lugar hermenéutico. No se trata de un lugar físico, no se trata tampoco de un lugar gnoseológico, se trata de un lugar simbólico-axiológico, en el que está implicada la voz propia del pensador.
En la página 21 leemos lo siguiente:
El lugar de enunciación no es solamente gnoseológico, sino también axiológico (…): hay opciones, hay posicionamientos, hay valoraciones en nuestra mirada, conformando un horizonte de pre-comprensión  que debe ser explicitado y criticado para ser asumido conscientemente (2011).

La filosofía situada aquí propuesta se inscribe en la línea de  una tradición que filósofos de estas latitudes han explorado como un modo inédito de hacer filosofía.  Esa tradición que se remonta a la idea de una filosofía americana de Alberdi, la geocultura y el lugar filosófico de Kusch, la geopolítica de Enrique Dussel, la categoría de región como macro-cuerpo de Gaspar Risco, y otras voces que suenan en la misma dirección.
Nos preguntamos entonces ¿Cuál el aquí y el ahora, el en-donde-desde-donde en que se constituye la  filosofía que esta obra hoy nos entrega? ¿Cuál es el “lugar filosófico” del autor?
Acaso no estemos hablando aquí de un topos susceptible de coordenadas fijas. Se trata más bien de coordenadas móviles, en desplazamiento, en juegos de escalas y de espejos. Los títulos que encabezan las secciones de este libro nos dan cuenta de las peripecias y rodeos de ese topos: desde nuestro enclavamiento más próximo en el suelo simbólico de este Santiago ancestral e intempestivo, pasando por los diversos estratos del NOA y de una Argentina que llama a pensarnos  regionalmente mediados, hasta el desafío de subirnos a los andenes del tren de la UNASUR y a ese difuso horizonte que algunos llaman globalización. Topos que a su vez merodea entre diversas temporalidades histórico-políticas, que nuestro autor reconoce como referentes contextuales: el proceso político de Santiago del Estero, el proceso de descomposición de la política nacional que culmina en la crisis del 2001-2002, el proceso abierto desde el 2003 de recuperación del sentido de lo público.
Se trata de una filosofía que asume su anclaje situacional en el  NOA, que atraviesa diversos mapas geoculturales que nos constituyen, para finalmente llamarnos al desafío de sentar las bases para una re-inventación de una democracia situada. Una democracia reinventada  como programa teórico-práctico, asumido como tarea crítica, creativa, prescriptiva.
Hacia una filosofía política situada no es el primer libro de Alejandro Auat.  Si creemos, sin embargo,  que en estas páginas habla una voz diferente. Una voz que se hace oir desde su tonalidad más propia, a la vez que dialectal. En esas páginas,  entre el sordo murmullo de las tradiciones teóricas que nos han abierto caminos, se puede reconocer una voz más próxima a nosotros:  la voz genuina e irrepetible del filósofo en situación.  Esa tonada propia, santiagueña y noroestina, que nuestra filosofía necesita.    

Kusch, Rodolfo (1978). Esbozo de una Antropología Filosófica Americana, San Antonio de Padua, Pcia. de Buenos Aires: Estudios Filosóficos, Ediciones Castañeda, ,.
Auat, Alejandro (2011). Hacia una filosofía política situada, Buenos Aires: Waldhuter Ediciones. 

martes, 14 de febrero de 2012

Los lugares de San Valentín (un cuento inédito)





El encuentro se había producido por una falsa casualidad, provocada por él, seguro. Se habían cruzado en la calle y se vieron de frente. Ella se puso visiblemente incómoda. No había cambiado nada. Todavía la edad, como un fruto en sazón, había realzado su belleza. Tuvieron que reconocerse y saludarse. Ella se puso colorada, temblorosa. Tomás se adelantó y dijo:
- Al fin. No sabes lo que he esperado este momento.
Los ojos de Ana Valeria estuvieron casi por reventar en un llanto histérico. Con voz cortada, le dijo:
- ¡Tomás! ¡Por Dios, no hables!
- Pero… son las cartas.
- ¡Pero, por Dios…!. – dijo Ana Valeria



¿Era insensato escribirle a Ana Valeria después de casi veinte años? ¿de veinte años de tiempo, distancia y olvido?. ¿El día de San Valentín?, ¿que aquí casi no significaba nada? Tomás estaba recién llegado. Dieciocho años fuera del país. En México primero, después Nueva York. Lo que se fue en el setenta y siete, cansado de andar a los tumbos entre la cátedra y el consultorio, un poco también asustado por los estragos en que andaban los milicos. Días antes de escribir la primera carta – porque después fueron varias - se reencontró con antiguos papeles que habían quedado entre las cosas que no se pudo llevar en su exilio.
El papel amarillo, la caligrafía circular y pareja, las palabras ingenuas de aquella Ana Valeria tan enamorada con sus quince años bien instalados - ¿quince o dieciséis? - , lo volvieron a un tiempo fresco, benigno, lleno de ingenua pasión; estaban las fotografías, ella con sus ojos grandes y negros, el pelo castaño corto con flequillo, y la sonrisa llena de luz.
El segundo recreo en la Escuela Normal, siempre esperándose uno a otro en la galería de atrás. Los encuentros por las tardes en la plaza independencia y el bar Escorpio. Los sábados de fiestas y esos besos mojados y tibios. Escenas que volvían a cada momento desde el otro lado de la memoria y lo invadían de una sensación de despojo, de haberse quedado con poco, de saldo pobre.
Ahora, en la perspectiva de una inminente separación, pensó que sería oportuno escribirle para el catorce de febrero, día de San Valentín, día de los enamorados según una tradición americana que había conocido en los años de exilio. Pensó que lo mejor sería obviar el tiempo que había transcurrido, escribirle como si ayer no más hubieran estado juntos, sin poner una sola línea de esa parte de su vida que ella desconocía, y que de últimas no venía al caso.
No fue ni una carta extensa ni cargada de nostalgia; ni un solo exabrupto, sólo retomó un camino dejado atrás hace muchos años y lo siguió naturalmente, igual que había retomado su lengua materna después tantos años de decir el mundo en habla inglesa.

Pero tardé, mucho, Tomás, en decidirme a responderte. Porque la verdad que no entiendo porqué me tienes que decir las cosas por escrito, cuando podrías haberme alcanzado a la salida del colegio y decírmelo de frente. Aunque después me gustó esta onda de escribirnos como si estuviéramos lejos y no tuviéramos otra manera de decirnos las cosas. Además, tengo que reconocer que tu carta estuvo fantástica. Me gusta. Seguí escribiéndome así. Te quiero mucho. Ana Valeria.

A Tomás la carta le pareció desconcertante. Sobre todo cuando ella escribe “podrías haberme alcanzado a la salida del colegio y decírmelo de frente”. ¿Qué quería con esa frase, lejos de todo sentido común después de tanto años y con tanta vida transcurrida?.
No tardó, sin embargo, en responder. La respuesta fue una continuación del juego abierto.
No te hablé en el colegio porque la verdad que los muchachos me tienen podrido con las cargadas, vos sabes como son. Una vez que te fichan con alguna mina te vuelven loco. Además en una carta puedo decirte mejor las cosas. Me gusta cómo te queda el pelo recogido, realza tu sonrisa y tus ojos se vuelven más grandes. Te quiero. Tomás.

El despacho de aquella carta abrió un paréntesis hasta recibir contestación. Tomás pensó que hubo un malentendido, que interpretó para cualquier lado el mensaje y se sintió un idiota. Un papelón, che, gente grande.

Y tardé en contestarte por las pruebas. El trimestre pasado aflojé bastante y mamá me mata si no levanto ahora. Así que anduve todo el día estudiando, por suerte me fue bien. Ahora sí tengo tiempo y puedo escribirte con tranquilidad. No importa si no me hablas en el colegio, igual podemos seguir así, tu última carta me llenó de emoción, la leí tantas veces que casi me la acuerdo de memoria. Yo también me la paso pensando en vos todas las noches. Creo que no falta mucho para el día que podamos estar juntos, sin ningún obstáculo. Mientras tanto seguime escribiendo, es lo más maravilloso que me ha pasado en este tiempo. Tuya. Ana Valeria.

Tomás sintió una satisfacción visceral con aquella carta. Lo invadió la inaudita alegría de interpretar y sentirse interpretado en ese intercambio de palabras que hacía añicos el tiempo y el espacio, la memoria y el olvido. Algo nuevo aparecía ahora. Era el presagio de “estar juntos”. ¿Había una exhortación a buscar la oportunidad del encuentro real, el cara a cara que había sido esquivado por las palabras escritas que iban y venían, de un domicilio a otro?. Sin embargo, no, no es el momento. Había que seguir con las cartas porque ellas habían configurado un lugar de encuentro invulnerable. Se sentían seguros, protegidos por las cosas que los unían y a la vez ponían distancia del mundo, una cueva en el tiempo a la que sólo podían llegar ellos, porque el mundo de cada uno quedaba sepultado en los bordes del papel.
Después siguió un ir y venir de algunas cartas de más o menos igual intensidad, aunque se habían vuelto un repetirse de lo mismo con distintas palabras. Tomás pensó que había llegado el momento de salir de una vez de esa cueva de tiempo y palabra. Construir el espacio real y concreto del contacto, de la misma manera que había construido ese espacio escrito desde el cual se habían amado tanto. Mujer casada, Ana Valeria, el debía por lo tanto simular una casualidad, que abra el paso de las palabras a las cosas.

Después de merodear algunas tardes en las cercanías de la casa, la vio salir y la siguió. Se encontraron a pocos metros uno de otro. Notó inquietud en sus ojos. Cuando intentó dirigirle la palabra, ella le respondió a sus intenciones de ser reconocido:
- ¡Por Dios, no hables..!
Tomás iba a decir algo sobre la última carta. Era inútil. Algo no previsto se había interpuesto entre sus tiempos. Aquellas cartas sin fecha eran el único espacio no contaminado por las opciones que sus vidas habían construido. Ese amor y ese sueño ¿podían acaso tener lugar en un tiempo de carne y hueso? La vio temblar. Creyó que se iba a desmayar. Tuvo decir:
- Creo que me he confundido. Adiós.
Ana Valeria se dio la vuelta y se fue. Sin palabras. Tomás, inmóvil, la miró alejarse con ese movimiento de caderas que ahora le parecía de una belleza inalcanzable y absoluta.
Había pateado el tablero, irreversiblemente. Sin quererlo, sin sospechar la inmediatez del desencanto.
Meses más tarde recibió un sobre sin remitente en el que eran devueltas sin ninguna aclaración sus propias cartas. Como los naipes que se retiran de la mesa cuando ha finalizado el juego.

jueves, 9 de febrero de 2012

El almendro. A Luis A. Spinetta, In memoriam

Siempre me ha alucinado el gusto de las almendras, fruta seca, luminosa, de sabor exquisito y textura refinada, cosechada del árbol de los sueños.
Pero hay otra almendra que alucina. También de sabor exquisito y textura refinada, también cosechada del árbol de los sueños.
Aquella almendra con la que muchos hemos conocido a Spinetta.
Un sabor lento, progresivo, que te llega e invade de a poco hasta el éxtasis más perturbador.
En mi juventud he probado el sabor de aquella almendra de acordes y metáforas salvajes, cuyas resonancias me persiguen hasta hoy.
El almendro ha seguido en pie dando sus frutos oníricos con otros nombres, en otras estaciones, pero siempre con la misma magia, siempre fiel a su suerte frutal. Dicen que en este valle las almendras son de los duendes.
Pero ¿Y si acaso no brillara el sol?
El almendro está caído. El almendro, su corteza donde el hacha ha golpeado brutalmente ya.
Hoy que el sol reseca sus manos y esta sal es la ceniza de la lluvia, sangrado está bajo el agua, porque la noche del tiempo sus horas cumplió.
No queda más que viento. Siempre queda algo más que viento, desgarro del final del historial del comienzo que tal vez reemprenderá.
Porque sus frutos son eternos. Porque tiene alma de diamante. Porque todas sus hojas son del viento.
Que el sabor de las almendras nos acompañe por siempre.

sábado, 10 de diciembre de 2011

MEMORIA DE AQUELLAS NOCHES. EL CICLO DE POESÍA DE LOS VIERNES EN EL BAR "LOS CABEZONES"



Lo que quiero relatar es una de las épocas más felices de la poesía.

Lo que quiero relatar pertenece a la historia no narrada de Santiago.

Lo que quiero relatar tiene que ver con personas y lugares que ya no están. O que han cambiado. O que nunca serán lo que han sido entonces. Un sueño incompleto que se vuelve recurrente, perturbador, interpelante.

Nunca me hubiera imaginado que Felipe Rojas alguna vez nos dejaría. Tampoco hubiera pensado que el bar Los Cabezones sería demolido alguna vez por la maquinaria de los tiempos modernos. Ambas cosas han sucedido en un lapso menor a cinco años. En ese lapso hay toda una historia enterrada.

Este relato tiene sus inicios en el mes de octubre del año dos mil. Alberto Tasso me había hablado por teléfono. Quería invitarme a participar de una noche de lectura de poesía en aquel viejo bar junto a Felipe Rojas, poeta y amigo de travesías y desvelos. Eran los inicios del Ciclo de Poesía de los Viernes en el Bar Los Cabezones, un rincón en el que la tonada santiagueña se daba el goce de escucharse a sí misma en la mejor poesía leída por sus autores. Ese rincón tenía su momento y su sitio: el viernes por la noche en el Bar Los Cabezones, de la calle independencia y 9 de julio. A la sazón, verdadero santuario de la poesía y del arte santiagueño. En la penumbra de un salón angosto y largo se abría paso una episódica e irrepetible experiencia de lo bello.

Porque el ciclo de poesía de los viernes ha sido el advenimiento un decir poético renovado, abarcador, ininterrumpido. Un decir que cobijaba voces de distintos tonos y latitudes, bajo la impronta del deseo de la palabra. Una iniciativa plural, abierta, que buscaba generar un encuentro entre autor y público los días viernes, cada quince días, una esperada noche. Era una más de las propuestas de El Colegio de Santiago, vocación instituida a promover el conocimiento, la cultura y el arte que se cocina en esta tierra.

Aquella noche con Felipe Rojas ha sido una experiencia que no tiene precedentes, por lo menos en lo personal. Sin coordinación previa, hemos leído poemas encadenados, que terminaban y comenzaban a partir de impensadas relaciones de sentido. Ha habido poesía. Ha habido humor. Ha habido, sobre todo, calidez, cercanía, amistad. Me acuerdo, entre otras cosas, que estaban presentes algunos amigos que también se han ido ya. Carlos Manuel Fernandez Loza y Luis Ponce, ambos muy queridos y extrañados en esta tierra.

Después de aquel viernes, Alberto Tasso me ha propuesto para que colaborara con la coordinación del Ciclo. A lo cual he accedido con el mayor de los placeres, porque percibía algo diferente que se anunciaba.

No me parece exagerado decir que ha sido una experiencia inédita en las letras de Santiago. No tengo registro de algo similar que haya tenido lugar con anterioridad. El ciclo ha durado unos tres años, con algunos epígonos posteriores. Desde el año dos mil hasta el dos mil tres, en simultáneo con la mayor crisis política de los últimos tiempos, la poesía transcurría por un cauce inmune al colapso y el caos. Caían gobiernos y modelos económicos, se devaluaba la vida, se sucedían presidentes, y siempre quedaba la poesía sosteniendo esperanzas, siempre los viernes, siempre el bar Los Cabezones. “Es extraño leer poesía mientras por todos lados solo se habla de riego país”, comentaba Alberto en una de esas noches.

Han pasado por sus mesas medio centenar de escritores de nuestra provincia de la más diversa entonación. Entre otros, han estado con su voz y su palabra: Selva Yolanda Pocha Ramos, Roxana Chávez, Elisa Piccoli, Alfonso Nassif, Eva Gardenal, Carlos Figueroa, Melcy Ocampo, Ana María Domínguez, Juan E. Paz, Felipe Rojas, Marita Pilán, Francisco Avendaño, Alberto Tasso, Carola Santucho, Jorge Rosenberg, Ricardo Sgoifo, Carlos Artayer, Graciela Alicia López, Silvia Piccoli, Eduardo Lalo Lescano, Clarisa Pérez Villalobos, y J.A. Villalba, Adriana Del Vito y seguramente otros cuyos nombres escapan a mi memoria.

Juan Saavedra ha recitado poemas de su autoría, a la vez que ha poetizado con la danza, en una imperdible combinación de lenguajes y de artes, que despliegan un enlace de sentidos.

También nos han acompañado poetas santiagueños que residen en Buenos Aires y han traído sus ecos a esta tierra: Julio César Quico Salgado, presentando su libro Trampa Natura, y Pablo Narral la revista de poesía El Jabalí.

En otras oportunidades se han recordado voces que están en el tiempo: Gilda Roldán y Juan Andrés Alba han traído la memoria de Alberto Alba. Ana Gómez ha leído a Dalmiro Coronel Lugones, yo mismo he leido a Manuel J. Castilla y Ramón Paz a Atahualpa Yupanqui. José Andrés Rivas ha presentado a Bernardo Canal Feijóo poeta.

También la música ha encontrado refugio en la calidez de esas noches interminables: Las guitarras de Ricardo Cianferoni y Miguelito Simón, y la flauta traversa de Andrea Legname, entre varios otros músicos.

Narradores y poetas de provincias vecinas nos han visitado y presentado sus libros. Alejandro Carrizo, Sergio Uzandivaras y Selva Femayor de Jujuy, Susana Valenti y Héctor Berenguer de Rosario, Ricardo Irastorza de Córdoba, Ana María Cossio, Griselda Barale y David Lagmanovich de Tucumán, y Blanca Salcedo de Formosa.

El ciclo ha sido el ámbito para numerosas presentaciones de libros, de revistas culturales, de plaquetas, de videos, de toda ocasión para compartir arte. Ha sido enorme, incalculable, el caudal de voces y sentidos que han hecho nido en este refugio.

En esta iniciativa ha sido fundamental –y esto hay que decirlo- el papel de un público firme, perspicaz, poseído de escucha, atenta y respetuosa escucha; desbordante de goce y de sentido. Entre seguidores permanentes del ciclo, parroquianos infaltables, grupos ocasionales que variaban en cada noche, la concurrencia ha sido generosa, participante, lo que ha dado lugar a un clima cálido, acogedor, siempre deseoso de escuchar poesía. En el transcurrir de la noche no faltaba la ocasión para que alguien tomase la palabra, leyese espontáneamente un poema o dejase resonando unas notas de fino humor, especialmente en ese momento final en que después de la lectura se busca perpetuar el momento compartiendo alguna copa.

No puedo olvidar el viernes de la Pocha Ramos, en que nos ha entregado unos poemas desgarradores, recitados con su voz arrastrada y húmeda, derramada de pensamientos sobre el amor, siempre el amor en boca de la Pocha. Quizás la última vez que leyó en publico. No lo sé. No lo puedo saber. Pero es mi deber interpretar que ha sido su despedida. Es mi deber pensar que la Pocha dijo adiós a Santiago en aquella noche. El bar estaba absolutamente desbordado. Su voz era casi imperceptible entre esa multitud, que se había convocado a escucharla, presintiendo una despedida, porque un par de años después Santiago sabría de su partida.

Tampoco puedo olvidarme de la noche que recibimos la visita de David Lagmánovich –un grande que también nos ha dejado, y ya son varios- , que nos ha paralizado con una poesía certera, lucida, implosiva, matizada de su humildad y bonhomía. Ha leído, ha reflexionado, ha merodeado la belleza ante un público estupefacto.

No puedo olvidarme, en fin, de tantas noches de goce y amistad, de humor y conocimiento, de exaltación y de júbilo. El Ciclo de poesía de los viernes ha sido un derroche de voces y rostros memorables.

Algunas mañanas que voy al centro, hago una parada en el café que está emplazado en esa galería que hoy ocupa el sitio del antiguo bar. No puedo evitar el sentir el murmullo de tantos versos que han quedado colgados del silencio de las columnas. Esas columnas que han perdurado en el nuevo edificio, en un acto de resistencia a la feroz modernización de los tiempos. Esas imponentes columnas que guardan en su mutismo relatos, versos y música, testigos inmutables de tanto aquelarre, de tanta noche poetizada, de tanta belleza. Todavía queda entre ellas un silencio perturbador. Todavía se sienten vibraciones de esas noches apresadas en su maciza presencia. Voces desencontradas de sus ecos, poemas que no dan con sus lectores, relatos que no han sido narrados y aun esperan, sones suspendidos en el tiempo como una niebla.

Bebo el café y fumo un cigarrillo, mientras escucho y me nutro de lo que ha quedado en esas modernas ruinas. Recuerdo. Me dejo reencontrar por aquellas noches. Digo poemas en la memoria.

Ojalá que la poesía en Santiago se encuentre a sí misma en algún rincón que, como aquel, le preste la escucha necesaria para volverse noche.

Necesito un viernes en mi vida.

Santiago necesita viernes de poesía.

sábado, 30 de abril de 2011

ERNESTO SÁBATO: EN EL FONDO DE “EL TÚNEL”




Sábato ha muerto hoy. No voy a decir que estoy apenado. No voy a hablar de su grandeza, ni de su valentía, ni de su condición de hombre justo. No voy a referirme a su compromiso con los derechos humanos, ni abrir juicios éticos. En este momento hay demasiadas plumas escribiendo sobre esas cosas. Prefiero evitar esos lugares. Prefiero preguntarme ¿qué nos ha dejado en su largo camino de un siglo de vida en esta tierra?

He conocido a Sábato en aquellos vulnerables años de adolescencia. El azar o las secretas leyes que rigen esta trama –¡con su permiso, Borges!- , ha puesto su libro “Sobre Héroes y tumbas” entre mis manos vacilantes. El libro venía viajando desde el fondo de la historia, había estado de paso en la biblioteca de mi padre y un día me sorprende con su volumen y su textura entre mis manos. No sabía, no podía saber, quién era Sábato, ni sobre qué cosas escribía. Ingenuamente, me ha cautivado la gráfica de la portada, una escultura de un dios, o algo parecido, en una superficie de arena. El contacto de mis manos con ese libro me llenaba de una extraña energía, como si viniera de otro mundo. No podía no leer. El libro mandaba.

En ese entonces yo no era aun lo que se dice un lector, y menos sospechaba que estaba a punto de comenzar a serlo. Porque después de abrir esas páginas, no he vuelto a cerrarlas hasta hoy. Sábato me ha llevado a un territorio del que ya no se puede volver. Onírico, tenebroso, a la vez que insospechadamente bello y deslumbrante. Lo he leído sin interrupciones en noches interminables en que las madrugadas me sorprendían con el velador prendido y el alma convulsionada. Fernando Vidal Olmos, Martín, Alejandra, han llegado a ser personajes de carne y hueso que me visitaban a mi alcoba. Y en los que reconocía con extremo pavor los conflictos de ese abismo que significa la vida adolescente, que angustiosamente atravesaba.

Ese libro ha cambiado la textura biográfica de mis días. A veces pienso que si no hubiese llegado a mis manos, mi historia –y la de otros como yo- hubiese sido diferente, inexorablemente, y acaso no estaría escribiendo hoy estas líneas, acaso estaría mirando la vida desde otro lugar.

Porque después he ido tras los rastros de “El Túnel”. Otra vez la experiencia de someterme al señorío del texto, leído en un solo aliento. Yo leía, Sábato mandaba. Otra vez la experiencia de mirar con asombro y pavor el fondo cenagoso del alma juvenil. Esa experiencia ha significado un despertar, una gran conmoción ante el misterio de la existencia.

A partir de entonces he seguido leyendo el resto de sus libros, Abadón, y los ensayos, especialmente El escritor y sus fantasmas. Y he mantenido una fidelidad incondicional de lector sumiso.

El contacto con Sábato me ha arrastrado al reino de la mejor literatura. Dostoievski, Kafka, Camus, Roberto Arlt, y toda la narrativa del siglo XX. Ellos estaban esperando detrás de la contratapa y cada uno ha tenido su momento para abrir de par en par sus mejores páginas.

Al cabo de los años, con el corsé de una desprolija formación literaria, he sospechado contradicciones y ambigüedades, algunas limitaciones y faltas de estilo, en su obra y aun más en su persona, que convivía con el personaje. He empezado a sospechar que Sábato era demasiado para Sábato.

¿Pero cómo olvidar las puertas abiertas por el autor de esos libros que habían llegado hasta mi, como venidos del infierno en que yo mismo me hundía? ¿Cómo dejar atrás la intensidad vivida en esos desvelos en que la lectura me sumía en un trance hipnótico? ¿Cómo alejarme de quien me había enseñado los arcanos de la existencia en un lenguaje descarnado y brutal?

Entonces, me he dado a pensar que el autor de “Sobre héroes y tumbas” merece ciertas consideraciones, que no siempre le han sido dadas. Sus textos no son para cualquiera ni para cualquier momento. Construyen un lector que necesariamente debe estar en situación de ruptura, convocan a un lector quebrado, irresuelto, víctima de su propio abismo. Son historias que llaman desde la tempestad, desde la desesperación, o desde la angustia por la finitud y la desolación de una vida hecha de posibles no realizados, y de consumaciones indeseadas. Buscan un lector incompleto, desorientado, entrampado en sus contradicciones y perplejidades.

Vuelvo. ¿Qué nos ha dejado Ernesto Sábato en su largo camino en esta tierra? Con sus palabras estaríamos tentados a decir que nos ha dejado sus pesadillas. Pero preferiría pensar que nos ha entregado un juego de tramas espejadas, en donde reconocernos como seres mortales, expuestos al fracaso, a la desesperación, a la caída. Nos ha dejado historias en las que podemos explorar las regiones más áridas, aunque no menos constitutivas de nosotros mismos. Pero también nos ha dejado un fugaz resplandor en esa oscuridad. En el final del abismo hay un “ojo fosforescente” en pugna con las tinieblas. Nos ha enseñado que en el fondo del túnel conviven El dragón y la princesa.

jueves, 24 de marzo de 2011

LAS POLÍTICAS DE LA MEMORIA EN LA ARGENTINA



Pensemos con un verso de Borges, que pertenece al poema Everness, de “El otro, el mismo”: “Solo una cosa no hay. Es el olvido” . El énfasis de un ciego que vive en la compulsión de una memoria minuciosa. Algo resuena en sus palabras, sin embargo. El olvido, si no imposible, cuando menos es una obscenidad. Los textos de Borges reflejan una y otra vez la tensión entre memoria y olvido. Entre Funes, el memorioso, y las voraces aguas del leteo. En el poema Son los ríos de “Los Conjurados”, nos dice: “la memoria no acuña su moneda. / y sin embargo hay algo que se queda / y sin embargo hay algo que se queja”. Aun traicionada por el olvido, aun sin cuño, la memoria no deja de ser “impronta” imborrable y a la vez angustiosa, la memoria suele dejar sabor amargo. “Hay algo que se queja”. Además de imborrable, puede ser traumática.

Esa memoria a la vez imborrable y endeble, angustiosa, desesperante a veces, algunos autores la suponen como una atribución colectiva. Cuando se habla de la memoria se usa este concepto a una escala individual, pero también a nivel social. No solo los individuos tienen memoria, también los colectivos. Y si los pueblos tienen memoria, entonces hay en ella un sentido político.

Paul Ricoeur (2008) en un denodado esfuerzo por llevar adelante una fenomenología de la memoria, distingue en ella dos manifestaciones. La memoria puede ser algo que acontece de un modo pasivo, un recuerdo que nos viene. O pude ser algo que “ejercemos” activamente, es decir, el objeto de una búsqueda. Podemos recordar espontáneamente o hacer memoria, como una acción deliberada y voluntaria. En este último sentido la memoria tiene una dimensión pragmática. La memoria es un “hacer” que se inscribe en el ámbito de la praxis.

Memoria colectiva, pragmática de la memoria, dan lugar a la posibilidad de la memoria como programa, en el sentido de “políticas de la memoria”. Hay políticas de la memoria porque el uso y el abuso ponen en juego un “habernos” como comunidad histórica con nuestro pasado en vistas a un proyecto de futuro. ¿cómo nos vinculamos con nuestro pasado? ¿qué hacemos con nuestra memoria? El vínculo con nuestro pasado resulta decisivo para constituirnos como una Nación. En este sentido, la memoria pasa a ser un eje fundamental en la experiencia de nuestra temporalidad y en la constitución de nuestra identidad narrativa.

Nadie pone en duda, a esta altura de los tiempos, que la Argentina ha desarrollado claramente políticas de la memoria, como un eje central en el rol del Estado. En realidad, siempre las hubo, ya sean explícitas o implícitas, pero estas políticas en el pasado han estado signadas por los abusos del olvido (indultos y amnistías), la mala mimética, la memoria impedida, o la melancolía. Finalizado el siglo veinte –siglo de la memoria, según Ricoeur- las políticas de la memoria se han materializado en acciones concretas y determinadas, que expresan con claridad una concepción dinámica de nuestro pasado, tanto el reciente como el fundacional : derogación de las leyes de obediencia debida y de punto final, reconversión de los centros clandestinos de detención en museos de la memoria, la Ley de Educación Nacional, la Ley de Medios, Celebraciones del Bicentenario, la redefinición de las conmemoraciones anuales y sus feriados (la Vuelta de Obligado es un emblema al respecto), los programas de promoción de arte por la memoria, entre otras.

Hay que decir que no todos los ciudadanos argentinos comparten estas políticas. Hay quienes observan un ánimo manipulador, que no se condice con la exigencia de recuperar el pasado desde la necesidad de la construcción de un relato de identidad común. Hay quienes promueven el olvido como política. Y un cancelatorio “mirar para adelante” sin retrovisor.

Más allá de la polémica, lo que hoy resulta necesario discutir, es ¿cuál es el vínculo hoy entre “Justicia” y “memoria” en esta Argentina que tenemos? ¿en qué medida estas políticas podrían inscribirse en línea que Ricoeur ha llamado “Políticas de la justa memoria”?

En los últimos años de vida, antes de su muerte en el año 2005, Ricoeur publica una obra monumental, en la que va a intentar hacerse cargo de esta cuestión, La Memoria, La Historia y el Olvido (2008). El planteo se desarrolla a partir de una “preocupación política”. El espectáculo generado por los excesos o abusos tanto de la memoria como del olvido, que han acontecido en el devenir del Siglo XX. La búsqueda de una “política de la justa memoria” es el horizonte ético que dinamiza la propuesta. Si bien la cuestión de la memoria ocupa una lugar muy claro entre las preocupaciones teóricas planteadas en los textos precedentes, no menos importante es la “cuestión práctica” que se abre a partir de la formulación de la categoría de “Justa memoria”. El contexto del planteo es lo que podríamos llamar los “juicios de la memoria”. Se trata de los juicios que se desplegaron durante el Siglo XX con motivo de los crímenes que entran dentro de la categoría de lo “injustificable” (Ricoeur: 2008, p. 600). Ricoeur cita como ejemplo los juicios de Núremberg, Tokio, Buenos Aires, Paris, Lyon y Burdeos. Lo común de ellos es que han generado una legislación espacial en materia de derecho internacional, que los define como “crímenes contra la humanidad”.

Pero ¿qué son las “políticas de la justa memoria”? Simplificando las cosas podríamos decir que es el esfuerzo de una memoria colectiva cuya pragmática se construye laboriosamente (en cuanto compromete la noción psicoanalítica de “trabajo”) y que tiene antecedentes en el concepto del virtud como “justo medio” aristotélico. Se trata de una suerte de virtud de la memoria que equidista, entre un exceso y una carencia, entre el abuso de la memoria y el abuso del olvido.

¿Cuál es la línea que separa el uso del abuso en el plano del deber de memoria? ¿Cuándo el deber de memoria resulta un camino para el logro de una memoria feliz o el precipicio de una memoria cautiva y abusiva? En este punto Ricoeur va a introducir una idea que creemos central en el planteo. Se trata de la idea de Justicia. “Es la justicia –dice- … la que transforma la memoria en proyecto” (Ricoeur: 2008, p. 119). Proyecto de justicia que resignifica la memoria transformándola en futuro y en imperativo, que transmuta la memoria en esperanza.

Para recuperar las cuestiones planteadas al comienzo, nos preguntamos ¿en qué medida las políticas de la memoria seguidas hasta ahora por el Estado Argentino se inscriben en un horizonte de justicia? ¿En qué medida hemos logrado una feliz articulación entre memoria y justicia? Más allá de los abusos, que siempre los hay –impedimentos patológicos, manipulaciones ideológicas y obligaciones pasionales- y de los usos, no siempre vigentes –olvidos compulsivos, relatos selectivos, amnistías- las políticas de la memoria han seguido un camino sinuoso entre la intencionalidad de una justa memoria y la memoria abusiva por defecto, una búsqueda irresuelta, cuyo horizonte último no es otro que el de una memoria feliz, y que a tientas va andando su camino. De eso se trata en definitiva. Del logro de una vida sosegada en base al trabajo del duelo y al trabajo de la memoria.

Memoria justa es recordar a otro distinto de sí, es hacerse cargo de una deuda generacional, es hacer justicia a las víctimas. Si las políticas vigentes logran esas metas, estamos en un camino que al menos promete dejar atrás el trago amargo de un pasado irresuelto.

1. Borges, Jorge Luis (1974), Obras Completas, Buenos Aires, Argentina: Emecé.

2. Ricoeur, Paul (2006). Caminos del reconocimiento, Tres estudios. México D. F., México: Fondo de Cultura Económica, Trad. del Francés Agustín Neira.

3. Ricoeur, Paul (2006). Sí mismo como otro. México D. F., México: Siglo XXI editores, Trad. del Francés Agustín Neira.

4. Ricoeur, Paul (2008). La memoria, la historia y el olvido. México D. F., México: Fondo de Cultura Económica, Trad. del Francés Agustín Neira.


martes, 8 de marzo de 2011

LO QUE ELLAS TRAJERON: SABIDURÍA Y DESEO

En el Día Internacional de la mujer

La cultura occidental nos ha marcado a fuego con un latigazo descarnado: Dios -según relata el Génesis- hizo un mundo sin mujeres. El mundo adánico era solo de varones; lo de Eva fue un accidente posterior. Porque, según parece, el advenimiento del género femenino no estaba en ningún plan, fue la irrupción de lo imprevisible, un viraje repentino en el timón, que merece ser pensado. Desde una lógica masculina y guacha, ese arrojo imprevisto es la evidencia de la secundariedad del género. El mundo era para los hombres, solo que “no es bueno que el hombre esté solo”, según reza el texto bíblico. Y, por lo tanto, para mitigar la soledad masculina, desembarcó un contingente de “Evas” que venían nada más que a estar entre nosotros, a darnos compañía en este universo desolado y gris. En esa dirección ha pensado la humanidad desde siempre y desde esa perspectiva se ha domesticado el género.
Prefiero ensayar un pensamiento en otra dirección. Prefiero pensar que ese giro de timón fue precipitado por un urgencia acuciante, algo se había ido de las manos. El plan de la creación venía con un imponderable y estaba a punto de colapsar. El mundo en manos de los hombres iba camino a la destrucción, a la locura, al sin sentido. Entonces el Creador tuvo su idea más brillante. Había que enviar a alguien al rescate de su obra malograda. Y ese alguien se llamaba Eva. Ella vendría a salvar el mundo. ¿A salvarlo de qué? De los excesos de la lógica perversa que los hombres habíamos impuesto sobre las cosas. Tenía que ser la mujer, el mundo necesitaba de un pensamiento distinto, flexible, laxo, parcializado, erótico, glamoroso. Y con la mujer llegó el Deseo. Y con el Deseo, el mundo se hizo fiesta, esa gran fiesta de encuentros y desencuentros, de amor y de pasión, de sueño y desvelo.
Desde entonces las cosas tomaron un rumbo inesperado, porque las mujeres esparcieron su gracia por el mundo y la faz de la tierra había cambiado para siempre.
Lo asombroso, lo increíblemente mágico, es que aquella Eva venía de la propia materia viva del Adan. Había sido hecha de una fracción de sus huesos, de una costilla, si hemos de seguir el texto bíblico que -aunque discutido por algunos- alguna razón parece tener. Esta circunstancia nos hizo pensar a muchos “Adanes” que esta extraña criatura era una segregación de los hombres, un desprendimiento del tórax; nada más que eso, un apéndice que no acierta a ser por sí mismo.
Sin embargo, también podemos interpretar ese origen desde otro punto de vista. La mujer provenía de una costilla, porque la costilla es el hueso que protege el corazón, porque la mujer traía al mundo una nueva ética, menos cerebral, una “ética del cuidado” -como lo hace ver Carol Gilligan-, una nueva percepción de las cosas, una modalidad relacional orientada a la comprensión de quien padece. Desde ese entonces la vida en esta tierra tiene otro sentido; mejor dicho, la vida en esta tierra tiene desde entonces un sentido, que en algún momento del reinado masculino lo perdió.
Y entonces el mundo ha comenzado a ser ancho y ajeno, porque los hombres habíamos dejado de ser los “dueños”. Claro que durante algún tiempo creímos seguirlo siendo, pero ellas estaban ahí, sembraban y cosechaban desde el silencio; y, con toda discreción, se enseñoreaban de la tierra y, nosotros, con toda ingenuidad, nos beneficiábamos de ese señorío. Cuando nos dimos cuenta, ya era tarde, estaban en todos lados, especialmente dentro nuestro. Incapaces de renunciar a nuestra condición de Amos y Señores del Reino, empezamos a inventar historias, relatos, que las ponían fuera de nuestro juego. Y ellas se dejaban narrar, se prendían de esas historias, porque sabían que eran sólo eso: historias, mitología de machos destronados. Y demostraron mayor sagacidad, porque, aun siguiendo nuestro juego, sabían que ganaban. Siempre ganaban.
Con el tiempo, no sólo han demostrado ser más inteligentes, también han demostrado que traían consigo una sabiduría primordial, encabalgada en el latido mismo de la vida. Nos han dado la belleza del mundo, el erotismo, el sentido de vivir, la recomposición de nuestro cuerpo fragmentado, las variaciones del amor. Finalmente parece ser que les debemos mucho y que valió la pena perder una costilla.
El de los hombres era un mundo de abstracción y monotonía. Las mujeres han traído lo mejor. Lo que llevan puesto y lo que ponen en su llevar.

sábado, 13 de noviembre de 2010

EL NOMBRE DEL TIGRE (Mención en el IV Concurso de Cuento y Poesía “Adolfo Bioy Casares” – Municipalidad de Los Flores, Buenos Aires)


“También a él le llamaron Tigre de los Llanos y no le sentaba mal esta denominación...”

Sarmiento, Facundo, Cap. V.

...´ta que lo parió el sol, en esta rama sin hojas y no poderme ladear para esquivarlo, pero este hijo una gran puta no me va agarrar así nomás, no, si no me ha agarrado abajo no me agarra, la travesía larga y a pie, con el sol alto y la calor y las botas que me ajustan los juanetes y los pies ampollados desde San Luis, cuántas leguas para agarrarme bien blandito y cansado pero en este árbol me la aguanto hasta que González y Santos se me vengan con los caballos, qué carajo se demoran tanto, arriba de un zaino ya lo tendría bien sujeto al lazo para destriparlo como gallina, ahora hay que aguantar media hora, más, capaz que una hora, quién sabe, el tiempo se me hace añicos, no sé si va un rato apenas o la tarde entera en este esperar con la muerte aquí abajo en las garras de esta bestia, pero tienen que llegar carajo, no pueden demorar así para traerse unos caballos, la cosa es que aquí ya me están doliendo los brazos y las piernas, me tiembla todo de estar aquí prendido como gato, este árbol que se mueve para todos lados y el uturungo habia sido insistidor che, para colmo un tamaño, si parece caballo, un largor como tres metros, por ahi se da la vuelta y se me vuelve al acecho y huele ese olor a gaucho transpirado que ya lo tiene metido en el hocico, porque se ve que este anda cebado de carne dulce de cristiano y se le da por acechar a los que caminan la travesía como yo, igual que Juan Ramírez emparentado con mi compadre de Chilecito, días en el llano extraviado y nadie saber nada y el Juez de campaña madar cuadrillas a buscarlo, a la final lo han encontrado hecho osamenta en medio el campo rodeado de caranchos y gusanos, un bicherío de la gran siete, ni qué decir el olor y yo aquí, en este algarrobo tan bajo con un tigre que está hambriento de mi carne, las horas de camino desde el primer bramido, las botas ajustándome, tener que apurar el paso, el peso de la montura en hombros, un paso más y ya está rugiendo aquí atrás, tan cerquita que hasta siento sus pisadas en el pasto reseco, ni árbol donde subirse tener que tirar lejos la montura para despistarlo un poco, sacarme peso de encima, hasta aquí, colgado de esta rama movediza, la única a la vista que se me hace se va a quebrar, ya no aguanto las botas que me ajustan, el tigre me va a clavar esa garra del diablo pero Santos decía que aquí no más en la estancia están los caballos para birlar, enseguida te alcanzo che, pero nadie me alcanza, éste que no deja de gruñir, por ahi da el salto y me pasa cerca, esta rama tiembla, no vaya a quebrarse justo ahora que está alerta como sabiendo que le ando aflojando, si no es tonto el animal che, bien lleguen los caballos voy a regar de sangre el llano porque éste ya me está poniendo malo con eso que no amaina, se me viene de nuevo, la rama no se mueve, no la rama no, se me mueve el llano y el cielo entero y parece que voy a caer pero me caigo para arriba o adelante, no abajo, porque el abajo se me vuelca y lo veo de repente al tigre arriba y yo aquí abajo pero sigo en la rama, lo que cambia es el lugar del suelo y del cielo, entre cielo y suelo estoy yo, entre suelo y cielo está el tigre, pero más allá, más del lado del suelo, y yo más aquí del lado del cielo que está azul y encharcado de este sol furioso que por ahi me castiga justo en la cara, la calor que me transpira me pica la frente, no poder pasar la mano, si suelto el tronco me voy al carajo y éste me despedaza entero, me ajustan las botas, tengo los pies hinchados como quirquinchos, no quiero morir ahora, no morir en las garras de este tigre maldito, no he nacido para morir así pues en batalla pase o asesinado por un traidor pero en mi ley, morir con este tigre es para que nadie se acuerde del coraje de uno, los que mueren bajo un tigre son unos pobres diablos que no dejan memoria pero este hijo una gran puta me va a morir, me va a morir, me va a morir, lo estoy sabiendo me va a morir, lo estoy sabiendo, este miedo que me anda cuerpeando, será que uno ya lo tiene por descontado que el tigre me va a morir, es un presentir que me tiene agarrado de las verijas, ya me tiene casi rendido pero no, que me baje a dentelladas y zarpazos pero no entregarme, resistir hasta el último, tienen que llegar los caballos, me va a morir a manotazos, me va a morir, esta cosa que me da de que me encuentren osamenta como Ramírez encaranchado y seco, porque este me va a morir pero aflojarle no, nunca, si González y Santos llegaran ahorita lo destriparía regando el llano de sangre hermosa y caliente, no sé porque se me hace linda la sangre de tigre como si fuera un color más claro, claro y manchado como la piel, chanfaina calentita porque a éste ya le ha de hervir la sangre de tanta furia metida entre los dientes, que habian sido grandes che, yo ya no sé si me caliento más con esta fiera o con Santos y González, par de idiotas adónde han ido a buscar caballos, si robar caballos es fácil hombre, por qué no me he ido con ellos, enseñar a éstos inútiles a robar caballos, también qué pelotudo un gaucho no se manda al llano así nomás sin caballo que aquí te da vuelta la distancia y te hace presa de cualquiera, como este tigre enfurecido que me va a morir, lo estoy sabiendo, me va a morir, me va a morir, será que tener miedo es pensar esto, pensar así con esa infernal certeza que uno se va a morir, que el tigre me va a morir antes que lleguen los caballos, pero yo no muero bajo la zarpa de nadie, no me muero, no me muero, maula, las ganas de clavarte mi cuchillo, sentir el cuero duro en la lisura de la hoja de acero y la sangre a borbotones, las ganas de hincarte hasta verte jadear y arrepentirte de seguirme, robar caballos es fácil qué joder, fácil, quién me manda confiar en estos dos, si yo iba ya estábamos encabalgados cruzando el llano y este tigre ni se hubiera arrimado ni estaría así hecho el malo, ya lo tendría enlazado del cogote y Santos le hubiera agarrado de las ancas traseras, lo tendríamos estirado por todos lados y ahí le hinco la hoja en el cuero duro y miro la sangre derramada por el llano como una alfombra de esas rojas de las casas de Buenos Aires, ese crujido que lo parió, se quiebra, se quiebra, se me quiebra la rama, la rama, el suelo está más cerca, el suelo cerca, el tigre más cerca y otra vez se me viene encima, desgraciado la garra ahí nomás de mi espalda, ahí la siento, casi me toca, si éste me está peinando, la muerte me está peinando, si es un viento aquí detrás, viento de la muerte, muerte con tigre, qué iba a pensar uno que la muerte se le iba a venir encima montada en esta bestia overa, me hubiera imaginado otra cosa, otra muerte, una más de mi tamaño qué sé yo pero no así, esta muerte tan mezquina, cómo morir así justamente yo gaucho temido, tan mentado en todo el llano, tengo que hacer algo para salvarme, tengo que esquivar esta muerte que no es mía, no señor mis pies en este llano me llevan a otro lado, un error un descuido me acorralan en este árbol perdido, tengo que librarme como sea, si por lo menos tuviera un par de boleadoras lo tendría entreverado en la maleza quietito para clavarle un cuchillazo, pero cómo me mando así tan desarmado y sin caballo, si es para tentar la muerte que anda siempre por aquí rondando y si no me salvo qué... no puede ser, no puedo acabar aquí, me va a morir, me va a morir, morir en garras de éste debe ser como un calor que se te hunde en la carne y te desgarra y te quema hasta el hueso y no debes morir así nomás de repente, debe ser que el calor de esas garras te va calando por dentro como un túnel mortal en la carne temblorosa hasta que te agarra el corazón y de repente te haces alma, almita suelta sin carne y sin tigre, pero no no entregarme, estoy hecho un cagón qué carajos me pasa y si me caigo le doy pelea qué mierda, tengo todavía mi cuchillo aquí afirmado en la espalda y el poncho para cubrirme de la garra, este poncho traído del norte yo sabía que me iba hacer falta pese el calor, le doy pelea qué mierda, este cuchillo ha matado cristianos más bravos que este mishy retobado, pero me va a morir, me va a morir, le doy pelea igual, lo mato bien muerto, pero me va a morir, me va a morir, le hundo mi cuchillo en la garganta, me va a morir, esto es tener miedo, saber que me va a morir, caray que habia sido fiero, quién iba decir cosa de cagón che, es que estoy tan embretado aquí, no, no es tener miedo, es saber que la suerte está echada en este arbusto que en cualquier momento se me quiebra y abajo el tigre que no quiere abandonar, que no se resigna a perder presa, mi chance es mezquina para qué hacerme ilusión, si no llegan los otros para darme una mano me van a encontrar hecho pedazos, cosa de no creer, uno se larga al campo sin imaginar meterse en esta trampa y ahora qué hacer ahora con esta muerte que está aquí bien determinada y no estaba en el plan de nadie, yo sé que muchos tienen bien pensado un plan para matarme pero estoy seguro que a nadie se le ha cruzado por la cabeza esta manera de morirme, cómo me va a pasar a mí si yo tengo otra muerte esperando, estoy seguro, seguro hay otra muerte para mi, pero de repente se me ha adelantado ésta y cómo esquivarla aquí solo y desarmado, bueno no rendirse che, que puedo, puedo matarlo, cómo no, derramar la sangre, verlo moribundo y jadeante, pero me va a morir, me va a morir, es tan difícil pensar, pero qué es eso allá, allá, allá se viene algo, ojalá sean, ojalá sean ellos, tienen que ser ellos, por Dios, si no quién, allá, allá, allá, allá, allá, allá, el polvo, la tierra, allá, la polvareda, los caballos, allá, sí, los caballos, los caballos, allá, sí, son ellos al fin, Santos y González con los caballos, al fin, la rama, la rama tiene que aguantar, algarrobo tiene que aguantar, Santo Dios que no se quiebre, Santos y Dios porque depende más de este hombre que de Dios que no se quiebre, que no se quiebre, hasta que no estén aquí abajo con los caballos, Santos y González, es el fin, che Santos con el lazo, pero están lejos todavía para escucharme, no importa, che Santos con el lazo, con el lazo, es el fin, che Santos con el lazo, el lazo te digo, pero sí, hombre, me tiene arrinconado hace horas, dale que me caigo, con el lazo, ahora, ahora te degüello, te reviento tigre y maula, te voy a destripar, te voy a hacer chuñar tu sangre, ahora vas a ver quién es Facundo Quiroga, te vas a anoticiar del filo de este cuchillo, vas a saber de una vez por todas que al llano lo camina un solo tigre y ese soy yo.