sábado, 20 de diciembre de 2014

LOS ESPEJOS DE PAPEL








Tengo que escribir sobre esto, pensé al salir de la Facultad. Habíamos analizado un cuento de Borges. Uno de los estudiantes hizo un comentario que no pudo menos que impresionarme: su idea podría resumirse en que todos los libros son el libro de arena. Sus razones daban paso a una suerte de teoría de la lectura, inspiradas en pasajes del autor de cuento. Envidié la agudeza de mi alumno y, desde entonces, no pude proseguir con la clase.
             Mientras buscaba mi auto en el estacionamiento pensé que el tema era bueno para escribir un cuento, una ficción, no estaría copiando las ideas de Bernardo Raimundi, autor del comentario. Una cuestión de honestidad.
            Llegué a casa con la intención de escribir cosas que me habían sorprendido en el camino. Por desgracia, me encontré invadido de gente que Virginia había invitado para darme una sorpresa por el día de nuestro aniversario. No sé si se notó algo en mis gestos.  Hubiera querido echarlos a todos a patadas. “Cambiá esa cara, che”, tuvo que decirme Virginia pisándome el zapato. Pero yo no quería hacer vida social, quería escribir, sacarme ese ronroneo de mi cabeza, esa “cosquilla”, diría Cortázar. Perdido por perdido, y por sofocar mi frustración, me he dado a tomar vino y a hacerle bromas a la mujer de Rolando que, aunque es insoportable, esa noche estaba re fuerte. Termine completamente borracho, un espectáculo lamentable, que Virginia me recriminó toda la semana.
            Al día siguiente, me desperté al mediodía con un dolor de cabeza electrizante. Cuando recordé las palabras de Raimundi me levanté de un salto y, después de un té con limón, me fui a mi escritorio. Empecé a escribir con apenas unas ideas vagas, sentí que iba ingresando en un trance hipnótico, un estado de semiconciencia desde el que me brotaban las palabras como el libro de Borges, vomitaba páginas mecanografiadas, en un estado de convulsión de letra impresa. Escribí, al fin.  Durante más de tres horas sin interrupciones. El golpeteo de la Rémington infectó la casa sin descanso, al punto que Virginia se fue puteando porque “en esta casa no se puede vivir en paz” pero “andate a la puta que te parió”, le contesté violento. Terminé como a eso de las seis y media de la tarde y me sentí purgado. Un flujo de alivio me recorría los huesos a la vez que me adormecía una fatiga placentera, de labor cumplida. Había expulsado el espectro. Me recosté y quedé plácidamente dormido, sin darme cuenta.
            Claro. Porque al finalizar la historia, sentí que había escrito el cuento perfecto (tengo una teoría al respecto, el deseo del cuento perfecto como proyección de las frustraciones de un escritor, pero en otro momento me referiré a eso). A la vez que había rendido el mejor homenaje a Borges. Me dormí bajo la embriagante experiencia de genialidad expandida, de obra consumada, de logro inmaculado. Sería sin duda mi mejor relato. Incluso, debería dar título al libro que estaba pensando pronto publicar. La arena y el fuego. Sonaba bien. Prometía.
            Al día siguiente, pensé que debía enseñar el texto a Raimundi. Por lealtad. En definitiva él me había entregado la materia para mi cuento. En la primera oportunidad que pude le invité un café en el bar de la Facultad y hablamos. Al principio se mostró entusiasmado y me pidió, me exigió, el texto. Yo se lo di sin rodeos, para eso lo había buscado. Quedamos en que nos encontraríamos la próxima semana para discutirlo.
            La semana transcurrió en la ansiosa espera del encuentro con Raimundi. La idea de que su juicio era decisivo, me desvelaba. El hecho de ser el inspirador secreto de mi historia me hacía sentir en deuda. Era la subterránea culpa de pensar el cuento desde el espesor de sus palabras. ¿Era Raimundi un lector inteligente? Parecía serlo. Su juicio me daría la certeza del éxito. Nos encontramos, una vez más, en el bar de la Facultad y empecé  la charla con la tonta pregunta de qué le había parecido.
            Se demoró en responder con un silencio profundo. Parecía pensar minuciosamente cada palabra. Me abrumó la ansiedad. Él lo advirtió en mis ojos, estoy seguro, porque a partir de ese momento se invirtieron los papeles. No lo advertí de entrada, pero se desplazó hacia el lugar del profesor, y me dejó postrado en su pupitre de estudiante. Se erigió en cátedra. “Una mera variación del cuento de Borges”, sentenció; “perdone la franqueza, licenciado, pero es inútil, Borges está presente de la primera hasta la última línea”. Yo me justifiqué. Demasiado. Como un mal estudiante que no reconoce sus errores. Dije que intencionadamente había querido preservar el espíritu borgeano. “El problema es a mi entender que el texto carece de estilo; pero está bien, si usted persiste podrá con el tiempo imprimir una forma propia en el relato”, me tiró como migaja de consuelo. Me molesté, tremendamente. Sus palabras fueron insolentes.  Pendejo soberbio. Que se cree. Al fin de cuentas quién es para juzgarme. ¿A mí, que  tengo una cátedra en la Universidad? Había hecho mal en enseñarle el cuento. A él, un alumno. Además, me había apresurado. No me había dado el tiempo suficiente para pulir y cincelar el texto. El trabajo de un escritor se parece al de un relojero. Hay que verificar pieza por pieza todo el mecanismo hasta llegar la sincronía perfecta. Debía trabajarlo más. Meterme a fondo. Hasta el punto en que se cierra el círculo, cuando ya no hay una palabra de más ni una de menos. Me apresuré. Tengo que reconocerlo. La ansiedad me traicionó. Además, quién es Raimundi para tener la primicia de leer mis cuentos y encima criticarlos. Uno tiene que dirigirse a sus iguales, qué embromar. Regresé a casa con un vacío insoportable. Aquellas palabras habían sido demoledoras. Pese a todos los argumentos que consideré a mi favor, me seguían piqueteando la cabeza como una culpa.
            Me encerré en el escritorio a trabajar con mi cuento. Tomé los papeles y releí cada línea. Sin proponérmelo le encontré razón (aunque sólo parcialmente). Es verdad. Había expresiones muy borgeanas. Descubrí imágenes que proyectaban claramente la sombra del autor de El Aleph. Me enfurecí conmigo mismo. Me recriminé la impaciencia. Me aborrecí por haber enseñado a un alumno inexperto un texto en proceso (porque en realidad, y recién ahora me daba cuenta, hasta el momento mi cuento era eso, un texto en proceso). Debía continuar el trabajo. La cosa iba bien. Faltaban nada más unos toques de estilo.  Esos que modifican la impresión de la obra. Un trabajo técnico con el lenguaje y los procedimientos. Tenía que dedicarme algunos días. Con rigor y a fondo. Una tarea urgente. Decidí faltar a la Facultad. Unos días sin contaminarme de los  ambientes académicos me darían la frescura y la tranquilidad que yo necesitaba para escribir bien.
            Estuve durante tres días casi sin salir de mi escritorio. Virginia se molestó y me gritó “vos estás loco del remate”. Yo ni siquiera la miré, “andá a cagar”. Se fue dando un portazo y no regresó hasta la noche. Resultó ser lo que faltaba para mi tranquilidad de escritor. Trajiné compulsivamente  el carro de la Remington. Al tercer día ya había andado y desandado cinco versiones. La última estaba bastante bien a mi parecer. Tenía, sin embargo, la percepción de que no era la definitiva. Había que limar asperezas. Eliminar aquellas palabras que estaban en sobrerelieve (escritas en rojo, según Stevenson). Meter alguna digresión que inyectara intriga y verosimilitud a la historia desde adentro. Pensé que tenía que enfriar mi cabeza. Darme unos días de reposo. Cuando Virginia estuvo de vuelta le propuse, ya que era sábado, que invitáramos a Rolando y a Florencia para ir al cine y después tomar algo. Virginia me miró como a un idiota. “¡A vos quién te entiende, Rubén!”. Fuimos al cine y después a un bar. Otra vez tomé de más y otra vez me desubiqué con Florencia –que, entre paréntesis, estaba un bombón- y terminé peleado con Rolando (en el baño de hombres cruzamos una palabras fuertes; me tuvo sin cuidado, porque, la verdad, Rolando es un pelotudo) y, por supuesto, con Virginia, que me dijo “Estas hecho un baboso”.
            Desde entonces salí todas las noches hasta la madrugada y no volví a la Facultad por casi diez días. Necesitaba purgar demonios. Una desazón casi imperceptible. Algo que afloraba en los momentos de euforia, pero esa misma desazón me llevaba de nuevo al desborde. Mucho bar, amigos de la noche, peñas, sitios de artistas, putas, lagunas, amnesia alcohólica, fracciones indefinidas de tiempo sin saber en dónde estuve ni qué hice. Anduve así hasta el sábado siguiente, cuando, ya saturado, decidí retomar los papeles y volver al trabajo.
Releí con rigor aquella última versión. Descubrí ingenuidades, cosas horribles, cursilerías, y en cada párrafo me ensordecían las palabras proféticas de Raimundi, que ahora las encontraba certeras y lapidarias. Para mi vergüenza, sus palabras tenían razón. Estaba todo mal. Yo había sido un amanuense –esa palabra me delata-, un copista, y hasta un plagiario de Borges. No había conseguido una apropiación real de sus palabras. Me sentí miserable. Un mediocre. Guarde los papeles. Los escondí como un ladrón y quedé deprimido muchos días.
            Tardé en reintegrarme a la Facultad solo por demorar el reencuentro con Raimundi, a quien no iba a poder mirar a la cara. En mi primer día de regreso, me paró en el pasillo y me dijo que había estado preocupado por mi ausencia y que le sería grato conversar conmigo. Quedamos en encontrarnos a la seis, como siempre, en el bar. Di clase, estuve en reuniones inútiles, y tuve otras tareas de rutina. Luego me fui al bar. Raimundi me esperaba ya sentado en una mesa. Conversamos. Obviamente, me preguntó del cuento. Le respondí con pocas palabras, lo que lo llevó a adivinar mi abandono. “Escríbalo, Rubén – me dijo, llamándome por primera vez por mi nombre - , un escritor tiene que vencer sus limitaciones”. Su pedantería me ofendió una vez más. Preferí cortar el tema y retirarme.
En casa puse música y me senté a pensar a media luz con un whisky y un cigarrillo.  Tenía que introducir una variante técnica que desestructurara el relato. Algo que me permitiera arrancarle a Borges el cuento de sus manos y hacer mi propia historia. Pero, claro. Cómo no haberlo pensado antes. Un cuento dentro del cuento. Un cuento en el que yo relatara todas estas vicisitudes con el libro de arena. Yo podía escribir mi historia y dentro de ella la historia soñada por Borges. Sentí un destello de genialidad. La exultación de un gran hallazgo. Volví a escribir. Volví a rodar el carro de la Rémington como un motor a explosión y tuve otra vez mis horas de encierro y los disgustos de Virginia (que nunca me consideró escritor), y vinieron las revisiones y correcciones, hasta la versión con la que ya creía haber logrado el cuento perfecto. Guardé los papeles unos días como para enfriar la cosa. Al cabo fui al encuentro con mi juez, Bernardo Raimundi. Le entregué copia, convenimos un plazo y finalmente me dio su veredicto, en franca contradicción con su último consejo: “Rubén, usted tiene talento. De verdad. Olvídese de esta historia. Con todo respeto”. Me dolió. Me pareció injusto. Parricida. Faltaba más, mocoso altanero, venir a darme consejos a mí, con mi trayectoria impecable, diez años de docencia universitaria por concurso. Venir a jugar así conmigo. ¡Andá...!
No volví a hablar con Bernardo. Traspasado de frustraciones, abandoné por mucho  tiempo la escritura. Quemé el cuento. Inconscientemente seguí su consejo.

Tiempo después, Bernardo fue conocido con una novela que sobrevuela por la trama del El libro de Arena, en donde aún puedo reconocer, perdidas en el torbellino de un estilo acelerado y voraz, el eco de mis palabras.




Lucas Daniel Cosci

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