domingo, 16 de abril de 2017

El arte de la conversación


No pasó nada. Voy a contar la historia de un día en que no pasó nada. Al mismo tiempo pasó algo que hasta hoy no puedo saber, pero que misteriosamente ha dejado un recuerdo imborrable. 
Tenía veinte años. Es decir, hace mucho tiempo. Estaba en la casa de mi amigo Víctor Villalba del Barrio Autonomía, en un asado o una reunión de amigos. Finalizaba un feriado y el siguiente era un día hábil, aunque a los veinte años eso es irrelevante. Recuerdo que al último quedamos, Víctor y yo, conversando y tomando un buen vino y después una caña, hasta la madrugada. Una charla dilatada, vueltera. Eso fue todo. Tampoco recuerdo con precisión qué hablamos esa noche. Es indudable que la conversación giraba en torno a la literatura, porque en ese tiempo de lo único que hablábamos era de literatura. Pero no recuerdo nada de la charla. Cerca del amanecer decidí mi vuelta a Santiago. En ese tiempo -y aún hoy, en parte- el Barrio Autonomía era una ciudad aparte, la ciudad satélite. Voy a la parada del doce, pero no tengo suerte. Después de una larga espera decido caminar y busco la ruta. Soledad, oscuridad, silencio, la vieja ruta sesenta y cuatro es un requecho de la noche, entre gallos y ladridos de perros. Nadie, a esas horas, transita ese camino. Ni autos, ni carros, ni peatones. Al punto que voy por el asfalto sin el menor peligro. Camino en la soledad un par de cientos de metros. 
No pasa nada. El primer movimiento que rompe esa quietud, es un hombre en bicicleta que aparece como un bulto entre las sombras. El bulto viene inestable y, me doy cuenta, borracho. Al pasar a mi lado se desploma, con un ruido de choque de caños contra el pavimento, que en ese silencio retumba como un cañonazo. Intento ayudarlo como puedo, pero no es mucho lo que se puede hacer. 
No pasa nada. La siguiente ruptura de ese amanecer es el motor y los faros de un doce que llega desde Santiago y al que espero para tomarlo a la vuelta. El doce reaparece, después de la vuelta por el barrio, no rápido, pero si seguro y, entonces. me subo, al fin. Viene vacío y yo me siento al fondo. 
No pasa nada. En todo el recorrido sube un solo pasajero. Cara conocida, para colmo. Es Baltasar, nos conocemos de alguna tertulia, o no sé de donde. Por su gesto, baja también de las profundidades de la noche. Sobre llovido mojado. Al verme, se sienta a mi lado para compartir el viaje con una charla de madrugada. Después me bajo en el centro y ahí termina toda la memoria de esa noche. Una noche en que, como se desprende de mi relato, no había pasado nada. 
Ha corrido el tiempo, décadas. Con Víctor mantuvimos una amistad cíclica. Nos veíamos por periodos, con grandes lapsos de ausencias y desencuentros. En uno de esos lapsos alguien me dijo que padecía un cuadro de salud comprometido y no pude, o no quise, verlo. Sin embargo, esta vida nos dio un último, extraño, encuentro. Fue en el Mercado Armonía. Nos encontramos de casualidad y quedamos conversando calurosamente. Fue un encuentro hermoso y a la vez triste. Me alegró ver que estaba bien o, por lo menos, mejor; y que seguía siendo el mismo. Triste por el presentimiento de una despedida y, efectivamente, tiempo después falleció. Escribí alguna página en su memoria, que no salda mi deuda de amistad. 
Lo recuerdo como artista de la conversación, alguien con el que hablar se vuelve un placer, hablar por hablar, hablar como quien degustar ideas y palabras al azar y sin urgencias.  Alguien que pude ser cáustico, provocador, pero también ameno, humorístico, gaucho y, en definitiva, un creador socrático. Hacía de cada charla una obra de arte. No por conocimiento, ni pedantería, por el mero arte de la conversación. Con él, creo haber tenido conversaciones que fueron verdaderos banquetes.
Y el recuerdo de aquella noche tiene que ver con eso, con la fruición y el paroxismo de la charla. A lo mejor esa noche he sido feliz, sin saberlo, por un par de horas y por eso me han quedado grabados todos aquellos recuerdos de cosas irrelevantes. 
No pasó nada aquella noche. A lo mejor he sido feliz. Nada más.

lunes, 6 de febrero de 2017

La Profecía de Ricardo Piglia


Hace exactamente un mes, el seis de enero pasado, moría Ricardo Piglia, uno de los mejores escritores de nuestro tiempo. En su novela, Respiración Artificial, escribe un fragmento acerca de una constante de nuestra historia que hoy resulta profético:


"Los conozco bien, le dije, a éstos los conozco bien: vinieron para quedarse. No creas una palabra de lo que dicen. Son cínicos: mienten. Son hijos y nietos y bisnietos de asesinos. Están orgullosos de pertenecer a esa estirpe de criminales y el que les crea una sola palabra, (...), el que les crea una sola palabra está perdido".



Ricardo Piglia Respiración Artificial

sábado, 31 de diciembre de 2016

Detrás del Aqueronte


A mi gran amigo Victor Manuel Villalba

Siempre los bordes, la cornisa, el fragor del precipicio, sabias que alguna vez quedarías con los pies en el vacío.
Me entristece, pero no me sorprende.
Me lastima, pero no me arrebata.

Mi pregunta ahora es a qué lugar te has ido, detrás del Aqueronte.
La cartografía dantesca te queda corta, a lo mejor defectuosa.
No al infierno, lugar de  cretinos y traidores.
Tampoco al paraíso, privilegio de los tibios.
El destino creo ha ensayado para vos una variación escatológica:
Un lugar adonde el horizonte se enreda sobre sí mismo,
a donde juegas a perderte para siempre,
a perseguir la estela fugaz de tu propia sombra.
Tú lugar ha sido siempre el extravío.

Desde aquí puedo escuchar sin fin tu insolente carcajada que no sabe de sí misma. 


viernes, 30 de septiembre de 2016

La casa donde vivo no tiene timbre



La casa donde vivo no tiene timbre. La casa donde vivo tiene tranquera, y para llamar se golpean las manos. Porque vivo en un paraje de precaria urbanidad, algo más que un rancho de adobe, mucho menos que un casco de estancia. Lo cual, aunque parezca mentira, no ha sido impedimento para un timbrazo. Un timbrazo del presidente. Último sábado del mes de septiembre, en la mañana. Estaba tomando mate en la galería, mientras leía los diarios. Vi llegar a un auto gris, de conocida marca alemana que se detuvo enfrente de mi casa, del que bajaron unos hombres de traje. Eran cuatro. Dos de azul, sin corbata y de una línea impecable. Detrás, dos de negro, anteojos oscuros. La casa donde vivo no tiene timbre. La casa donde vivo tiene tranquera. Por eso no les di tiempo a golpear las manos. Salí a atenderlos medio desorientado, la verdad. ¿Quién puede andar así por estos rumboa? Gente importante, se ve. Se presentaron diciéndome que venían a anunciar que el presidente de los argentinos me visitaría en menos de una hora, que me preparaba para recibirlo. No sé si alguien se puede alegrar por esa noticia, pero a mí me dejó paralizado. No lo esperaba, no lo quería, no podía evitarlo. Les dije que yo no había votado a este presidente, que no lo votaría nunca y que no acuerdo en absoluto con sus políticas. Ellos me dijeron que eso no tenía ninguna importancia, que lo único que tenía que hacer es manifestar mi orgullo de recibir al presidente en mi casa. Yo les dije que bueno, que iba a hacerlo pero no por convicción, sino por temor a las represalias, que verdaderamente me preocupaba qué pasaría con un ciudadano que no quisiera recibir la visita del presidente. Me dejaron en capilla, sin la menor deferencia y se fueron. El lapso de espera ha sido un limbo que quisiera olvidar. Tenía que recibir a alguien que yo hubiera querido borrar del planeta. ¿Qué hacer cuando el estado te tira un presidente que vos no has elegido en el patio de tu propia casa? ¿Qué clase de visita se cree, que uno lo tenga que recibir así no más porque a él se le da la gana? Por lo menos debería buscar gente de su palo. ¿Qué tengo que ver con sus pretensiones de simpatía, con un “acting” de imagen, que te da por cualquier lado? Escaparme. Eso pensé. Hacerme humo.  Lejos, sin dejar rastro. El problema es que les dejaba una carga a los que viven conmigo. Alguien iba a tener que recibirlo y se vería seguramente en peores problemas. Yo al menos tenía algún recurso para zafar. Fumar y pensar, dando vueltas en círculos. Es lo único que recuerdo haber hecho esos minutos de angustiosa espera. ¿Qué iba a decirle a un presidente a quien yo no quería ni en mi casa ni en La Rosada? Demoró más de lo anticipado. Peor. Mi angustia se dilató hasta la desesperación. Al fin, llegaron los mismos en el mismo auto y cuando salí a recibirlos bajó el presidente en persona a saludarme, escoltado por los otros dos. Me dio la mano y me preguntó qué pensaba del presente de la argentina. Yo le dije la verdad, pero con miedo; es decir, una verdad temblorosa. Le dije que estaba muy preocupado, por los desocupados, por la línea de pobreza, por el PBI y todas esas cosas. Me dijo, muy suelto de cuerpo, que me quedara tranquilo. Me dijo que en seis meses y veintitrés días, mi destino y el de muchos iba a dar un giro radical y se terminarían los problemas. Me quedé mudo como una piedra. Cuando te dicen eso ya no hay nada para discutir. Entonces me volvió a tender su mano. Se dio la media vuelta y se fue con su comitiva. Cuando los vi alejarse me di cuenta de que llevaban capas negras, hasta más debajo de la mitad de la pierna.


Entonces me desperté. Pero volver a la vigilia no ha sido un alivio. Todo lo contrario. Me persigue una profunda preocupación. Seis meses y veintitrés días… veintidós, ahora. ¿Quién sino un oscuro heraldo puede arrogarse semejante oráculo en lo profundo de un sueño? Seis meses y veintidós días, ¿qué nos espera al final de ese “oscuro túnel” del tiempo, con el que la vicepresidenta nos extorsiona y amedrenta? La casa donde vivo no tiene timbre. La casa donde vivo tiene tranquera. Ese es el problema.

sábado, 17 de septiembre de 2016

DÍA DEL PROFESOR. EL APRENDIZAJE DE ESCUCHAR



A Liliana Herrera, in memoriam


En el libro La herencia de Europa, hay una conferencia de Gadamer en la que se propone recuperar la memoria de aquellos que han representado la función del Otro, al que uno aprende a escuchar. Habla de sus maestros. De aquellos de quienes había aprendido la tarea fundamental del ser humano que es convertirse en oyente, escuchar, abrirse a la palabra que adviene desde una experiencia estratificada y densa. 
Salvando distancias, lenguajes y fronteras, me interesa recordar aquí a una maestra de quien creo haber aprendido la balbuceante escucha de la palabra. Me refiero a Liliana Cristina Herrera, mi profesora en el Instituto Superior del Profesorado provincial Nº 1, cuando estudiaba el Profesorado en filosofía.
No puedo evitar ser autobiográfico y personal. Conocí a Liliana en el año 1987. Entonces era un muy joven yo, con ansias de aprender filosofía de la experiencia de quienes ya tenían hecho un camino. 
Yo estaba en primer año y no era su alumno. Liliana solo tenía cátedras en cuarto. Metafísica y Filosofía contemporánea. Confieso que envidiaba el entusiasmo con que salían de clase sus alumnos, de los cuales algunos eran mis amigos.  De lejos Liliana transmitía la imagen de una persona rigurosa, estricta, extremadamente minuciosa.
Una vez decidí hablar con ella y preguntarle si podía participar de sus clases como oyente. Por supuesto que con mucho entusiasmo me dijo que sí, y durante lo que quedaba de ese año no me perdí una sola clase. El entusiasmo y la pasión que transmitía en sus lecciones era en sí mismo cautivante. Yo iba de oyente, es decir, iba a poner en práctica aquel aprendizaje fundamental, que es el escuchar. Pocas veces recuerdo haber escuchado con tanta fruición, con tanto fervor, como aquellas clases a las que iba sin obligación. Con el tiempo hicimos una gran amistad y cultivamos un gran afecto reciproco. 
Después fui su alumno ya oficialmente. Con ella he aprendido -quizás no tanto como ella hubiese esperado-  el núcleo denso de la filosofía occidental: el profesor Kant –tenía esa forma de nombrarlo-,  Husserl, Heidegger y otros. Era exigente –como todo el que se exige así mismo- y no se la conformaba con facilidad. Pero cuando intuía la señal de una aprendizaje feliz era por demás generosa en elogios. 
Recuerdo una vez que le he pedido prestado un libro de Rodolfo Kusch, El pensamiento indígena y popular en América. Después de mi primer lectura hemos conversado largo. Yo le trasmitía mis impresiones y ella escuchaba y ponía exclamaciones de énfasis en mis juicios. El texto quedaría en mis manos por un largo tiempo. Cuando intenté devolvérselo me ha dicho que ese libro me había cambiado la mirada, que por lo tanto debía quedarse conmigo. Ha tomado su lapicera y me ha escrito una dedicatoria, fechada en octubre de 1990. No era un simple regalo. Me estaba entregando generosamente un libro de su propia biblioteca, que ahora es parte de la mía. Con mucha sabiduría, adivinaba que mis manos iban a ser el mejor destino para alguno de los dos, para el libro o para mí. De hecho, tiempo después hice mi tesis de licenciatura sobre Kusch, lo cual ha sido un efecto inequívoco de sus enseñanzas. 
Lamenté mucho su partida. Como suele ser en estos casos, lamenté especialmente no haberla visto con mayor frecuencia. 
De sus enseñanzas me queda lo más difícil, lo no conceptual, lo que no se puede verbalizar ni llevar al orden del discurso: su pasión, su entusiasmo, su entrega desinteresada, el placer de la lectura, el amor desmesurado por la filosofía, por la poesía, por el conocimiento. 
Como toda pasión desenfrenada ha dado mucho de sí y quizás ha recibido poco. No esperaba creo el tributo de nadie. 
La recuerdo siempre con afecto entrañable y con la certeza de que mi historia de vida no sería la misma sin ella. 
Gracias, Liliana, sigo sentado en tu clase, tu lección todavía no ha terminado.



sábado, 6 de agosto de 2016

Final de novela en San Pedro de Choya




No es el final. Tampoco es el comienzo. No sé, en realidad, adonde estoy. Lo cierto es que me descubro perdido. El enorme laberinto que me cerca es una novela en proceso, uno de cuyos pasadizos se extiende por las solitarias, desleídas callejas de San Pedro de Choya. 
Inesperadamente, me he sorprendido una mañana de viaje hacia allí, en busca de una salida. Había decidido ir porque pensaba que podía encontrar algo para resolver mi desencuentro escritural. 
Llegar no ha sido fácil. El pueblo no figuraba en ningún mapa. Me he dirigido, en principio, a la ciudad de Choya. Ciudad es una metáfora vana. Un caserío de siete cuadras a la vera de la ruta, más una plaza, una iglesia y una vieja estación en ruinas. Tenía muchas dudas sobre si daría al fin con el viejo San Pedro. La ciudad aldea se abría tras dos pretenciosas columnas que anuncian su nombre. Luego, al llegar a un refugio de parada de ómnibus, me he detenido a preguntar. En ese lugar esperaba una mujer, de unos sesenta años y de piel castigada. 
- Disculpe, por donde queda San Pedro de Choya. 
- Vea, señor –me ha respondido la mujer- , yo vengo de Buenos Aires. Pero vine casualmente al cementerio de San Pedro, en donde tengo enterrada a mi madre. No veo la hora de irme –me ha dicho, como advertencia de los efectos perturbadores del lugar-. Tome la calle de detrás de la estación y siga derecho.
- ¿Cuál? ¿aquella? –he preguntado, señalando para confirmar la interpretación correcta del dato.
- Si –ha respondido la mujer-. Por esa calle, derecho, tres o cuatro kilómetros, hasta que vea un cartel con una flecha que dice Ancaján. Ahí tome a la derecha y va a llegar en seguida. 


Le he agradecido su atención y me he ido apurado. El camino se abría irregular y pedregoso y a todas luces poco transitado. He tenido que andar lento, con cuidado. El cartel de Ancaján, por supuesto, no era obra de ninguna intervención vial, sino una manufactura, un dibujo a mano alzada, con una caligrafía trajinada fuera de las aulas, fondo blanco y texto en negro. Era una Ye, ladeada en ángulo recto. Una flecha decía Ancaján, hacia la izquierda; y la otra, San Pedro, a la derecha. He seguido ese camino y a menos de mil metros ya se divisaban las primeras casas. En seguida no más, la plaza, cercada, como es costumbre en estas poblaciones, para no ser caminada por animales. No había un solo árbol, ni arbusto, ni planta, ni un metro cuadrado de gramilla. Era lo que se dice un potrero. Del otro lado, se alzaba la vieja capilla y, a su lado, las ruinas de una gran casona. Por sus características y por su coloración rosa y azul, atribuyo a Don Antonio Tula, al menos según el relato de Di Lullo. Me he acercado con cautela. Parece mentira, pero en esas ruinas vivía gente, probables intrusos, ocupantes ocasionales, por decirlo de algún modo. He tenido la tentación de golpear las manos y preguntar, pero he pensado que no tenía sentido. Quienes vivieran allí dentro. se mostrarían recelosos de mi extraña visita.
Entonces, recordé el texto de Di Lullo: “El patio me parece, ahora, más vasto, más desmesurado, más abierto, como si toda la quietud y la soledad de la campiña se hubiera refugiado en él, entre los altos paredones que lo circundan, bajo los arcos del corredor que descansan sobre gruesas pilastras cuadradas, o, simplemente, bajo el naranjo, o bajo la tupida mata del jazmín o de la glicina”. 


Me he dejado traspasar por esa quietud. He observado con demora las soberbias arcadas y columnas de la casa. Viejos espíritus que laten ahí mismo han atravesado el espesor de la materia que me sostiene. Voces. Antiguas voces amuradas entre los ladrillos han salido a mi encuentro. Entre ellas, he reconocido la voz de mi padre.
Entonces, he vuelto a casa. Una sola cosa me quedaba por hacer. Seguir escribiendo la novela.




sábado, 9 de julio de 2016

¿Qué independencia? De la utopía de la “emancipación” a la ilusión de “la dependencia de sí”


El último cambio de gobierno no solo ha significado un desplazamiento de políticas, sino, además, un giro repentino en el horizonte axiológico del Estado, en el sentido de  las interpretaciones, en las prioridades y valores  con que nos posicionamos frente a la realidad. 
Este giro se puede ver en las políticas del Bicentenario.  La batalla por el sentido ha hecho campo en los discursos de la independencia. Hay interpretaciones en pugna que se disputan el orden del significante. 
La actual gestión ha puesto en juego un sentido extravagante en la idea de independencia.
Más allá de las dispares valoraciones del proceso político, nadie puede negar que el kirchnerismo ha interpretado la independencia como “utopía de emancipación”. Se trata de una utopía, de “un lugar que no existe”, pero que permite una toma de distancia crítica del presente, para volver visible aquellas posibilidades, que la realidad encubre.  Y la utopía es de “emancipación”, es decir, liberación de los poderes que nos inmovilizan. La independencia ha sido entendida en un contexto relacional, en el cual se comprende que hay relaciones que liberan y otras que sujetan y la política ha sido concebida como el arte de tejer con justicia esas relaciones. 
Este horizonte ha estado presente en las políticas de integración de Argentina al bloque continental de la UNASUR, en las políticas de desendeudamiento, en la ley de medios, en el litigio contra la extorsión del capital financiero de  los “buitres”, en las políticas de descolonización de Malvinas, entre otras señales.
La narrativa sintoniza con el discurso de Francisco: “La patria no se vende”. Lo cual se traduce en el mandato a no pactar con los poderes facticos que condicionan el destino de nuestro pueblo.  Porque la Patria es “la madre”, es decir, la que da vida, cobija y nutre, el Estado como garante de derechos y de soberanía. Porque la Patria es el Otro.
En la gestión del actual gobierno, la independencia es interpretada desde un horizonte liberal que promueve la atomización de los individuos en una comprensión abstractiva.  Es la independencia como la “ilusión de la dependencia de sí”.  Cultivo de una ilusión, en el sentido de una “ficción encubridora”, la ficción de la “auto-dependencia”. Su interpretación está explicitada hasta la obviedad en el spot publicitario: “Hace doscientos años que somos independientes. Eso quiere decir que tomamos la decisión de depender de nosotros mismos”.  El mensaje pone en juego de una operación hermenéutica que transmuta emancipación (social) por libertad (individual), para despolitizar el bicentenario.  “Porque si dependemos de nosotros mismos podremos lograrlo”.  Ser independiente significa entonces “lograr”, ser exitosos. Aquí no cuentan las relaciones de poder, porque al poder hay que ocultarlo. No importan las épicas que rompen cadenas, no importan las cadenas mismas. Importa que sean invisibles. Decidir por nosotros mismos es invisibilizar las fuerzas que nos condicionan. 
Pero, además,  el “nosotros” no se revela como la autoascripción de un pueblo como sujeto de la historia, sino como atribución plural del individuo, el “cada uno”, porque el futuro “depende de cada uno de nosotros”.  Podemos depender de nosotros mismos, de cada uno, ese es el mensaje. Es el clisé del  “tú puedes”, del que habla Slavoj Žižek.  Como todas las banderas del frente que gobierna, se trata de una idea de fuerte contenido lirico en clave New Age, pero irrealizable, apolítica, socialmente depotenciada. En la complejidad de la trama relacional humana, ni siquiera el Amo depende de sí mismo.  En suma, es una ilusión, una ilusión encubridora. 
Este horizonte de la independencia como ilusión del individuo está presente en las actuales políticas de re-endeudamiento, en la entrega a los hold-Out, (ahora resulta que no eran buitres), en la concesión de subas de tarifas a los monopolios de las empresas privadas, en la complicidad con el poder mediático y financiero y en la derogación de la ley de medios. Porque la independencia  es ahora  una cuestión de “cada uno”.  
¿Cómo entonces depender de cada uno cuando las políticas de Estado restringen los derechos del ciudadano? “Tú puedes”, pero cada vez “podemos” menos. Porque aunque se diga que “tenemos ideas”, aunque se diga que “tenemos un corazón grande”, aunque se diga, incluso, que hasta somos invencibles, esas capacidades no están reconocidas como “derechos” y, entonces, son abstractas, pura ilusión discursiva. “Tu puedes”, pero cada vez “podemos” menos.  Porque hay menos producción, porque hay menos trabajo, porque hay menos salario.  Porque nos volvemos im-potentes frente al avance de la inflación y las tarifas. Porque, claro, ahora dependemos de nosotros mismos. Lo cual quiere decir: ha llegado el fin de la política.  


lunes, 13 de junio de 2016

Día del Escritor. Excavadores, un fragmento


El escritor es un buscador de oro. Excava en la densidad del mundo, en busca de un “algo” que contar. Lejos de ser un dios que crea un mundo desde el abismo de la nada -aunque en algunos casos lo pretenda- es alguien que necesita una historia que quiera ser narrada. Endeble y rudimentario sujeto de toda clase de faltas, se percibe abrumado en medio de espacios en blanco que piden ser llenados. Nadie viene al mundo equipado con alforjas de intrigas y relatos. El mundo de la vida nos conforma, nos construye, nos entrama y nos entrampa a partir de ellos. Algunos afortunados tienen la vocación de “ponerlos” en palabras. 

viernes, 15 de abril de 2016

Ferdydurkeando por Santiago



      Nuestra amiga polaca Ewa Kobylecka estuvo este último fin de semana por Santiago, invitada por un fantasma trans-atlántico que ya tiene su parodia en esta tierra, bajo la sombra del año 1958. Días antes, Nicolas Hochman había alertado al país acerca de los riesgos de una polonización de Santiago.  Tengo que reconocer que su profecía se ha cumplido implacablemente. El nombre de Gombrowicz anduvo entre las voces de claustros y de bares, no solo en Santiago, sino también en la vecina ciudad de Tucumán, un libro en idioma polaco apareció de modo inesperado en mi biblioteca, y hubo toda clase de alusiones a la lengua y la cultura de aquel lejano pueblo. Pero lo que no estaba previsto en el vaticinio de Hochman es que se santiagueñizara Polonia. Porque nuestra amiga estuvo entre nosotros, escuchó nuestras voces quichuas, probó nuestras comidas, desde las clásicas empanadas en sus versiones rivales, santiagueñas y tucumanas, los tamales, alfajores santiagueños, hasta nuestras bebidas más rituales; conoció y adquirió nuestras mejores artesanías y hasta recibió libros de esta tierra. Así entonces los ecos de esta tonada norteña se propagaron hasta los mismos suburbios de Varsovia. Se supo en estos días que el Ministro de Relaciones Exteriores de la Nación polaca manifestó su profunda preocupación ante el gobierno argentino por el menoscabo en el índice de “polonidad”, a raíz de los sucesos en Santiago. Es el alto costo de polonizar esta tierra de shalacos. Gracias Ewa. Gracias Nicolás.  Una vez más, Gombrowicz conecta al mundo.