domingo, 2 de diciembre de 2018

Tras cien años de su primera edición, ¿por qué leer el Ulises, en Santiago, hoy?



¿Leer el Ulises? ¿Por qué? ¿Para qué? Después de cien años de su publicación en París, hay cada vez más razones para leer aquella novela fundacional de la narrativa del siglo XX, que sigue interpelando a los lectores 
y traductores del mundo. 


El 2 de febrero de 1922, sale a las calles de París la primera y polémica edición del Ulises, del Irlandés James Augustine Aloysius Joyce, quien ese día cumplía exactamente los cuarenta años y llevaba publicados dos libros: Dublineses y Retrato de un artista adolescente. Algunos años antes, desde 1918, se había puesto en marcha una publicación fragmentaria y por entregas de aquella novela, en las páginas de Little Review, hasta que fuera censurada por pornográfica.
Podríamos decir que en el lapso que transcurre entre 2018 y 2022, estamos asistiendo al cumplimiento de los primeros cien años de vida de esta obra.
Nos preguntamos entonces, ¿tiene sentido leer el Ulises hoy, un siglo después, en Santiago del Estero, cuando estamos tan lejos de todo, en la periferia del mundo y del lenguaje, en los bordes de cualquier cartografía literaria?
Después del prólogo de Los Lanzallamas, pareciera que leer el Ulises es una costumbre de lujo reservada a lectores burgueses, que pueden leer en inglés y que gozan de un tiempo de ocio ilimitado. La queja de Arlt tuvo sentido en su momento, en aquel período de veintitrés años en que la obra circulaba muda por el mundo sin encontrar traducciones. Él mismo aclara que cuando el Ulises estuviera traducido, aquellos lectores buscarían otro libro con el cual suspirar.

Pues bien. El Ulises ha tenido ya cinco traducciones al español. No hay nada parecido entre aquellos que hablan de Joyce “poniendo los ojos en blanco” y la situación de un lector santiagueño del siglo XXI, que tiene que lidiar con el precio del boleto, las horas de trabajo al calor de esta caldera que nunca se enfría, el sueldo que no alcanza, el pantalón descosido y tanto más. ¿Leer el Ulises? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Por qué perder el tiempo con ese mamotreto ilegible, que cuenta las sucias intimidades de un personaje lejano, exótico, que habla un inglés para pocos y que sigue tradiciones que nos resultan extravagantes?
A lo mejor no es así. A lo mejor honrar a sus traductores sea un modo diferente de acercarnos a sus palabras.
Podemos aprender con el Ulises a leer de otro modo.
Se me ocurre. Pienso en algunas razones para semejante empresa.

La primera. Nada más que por ser una buena novela, una de las mejores de la literatura universal, la más renovadora del siglo XX, la más moderna para Borges. En efecto, a estas alturas es una obviedad decir que resulta inconcebible la novelística contemporánea sin la renovación y reinvención que le ha dado Joyce. El Ulises significa un momento fundacional de la narrativa del siglo XX, un giro estético que aún se mantiene en vigencia y del que todavía hay mucho por aprender, como lectores, como traductores y como escritores.
Segunda razón. Porque está llena de guiños, juegos, símbolos, citas encubiertas, correlaciones y enigmas lingüísticos, que siguen interpelando a los lectores y traductores, al punto que siempre nos queda mucho por descubrir. Joyce ha hecho de lo “ilegible” una virtud. El Ulises es una novela que nunca se termina y que, al mismo tiempo, siempre encontramos razones para seguir o volver a sus páginas. Sus perplejidades resultan estimulantes, seductoras. El texto sabe jugar con nuestro desconcierto. Joyce dijo alguna vez que los críticos pasarían un siglo para desentrañar los símbolos y sentidos de su obra. Bien. Ha pasado un siglo y seguimos aun –críticos y lectores– desentrañando símbolos y sentidos.
Porque la novela aporta –y esta sería una tercera razón– una implícita, indirecta, y mediada reflexión sobre la condición humana en el tiempo. Retoma problemas que preocupaban a los filósofos de su tiempo y deja tras de sí otros que mantendrían en vilo a los pensadores que le sucedan. Antes, en 1889, Bergson había publicado el Ensayo sobre los datos inmediatos de la consciencia y, en 1906, La evolución creadora. En 1873, Nietzsche había escrito Sobre la verdad y mentira en sentido extramoral. Freud, en 1900, presentaba La interpretación de los sueños y, en 1901, Psicopatología de la vida cotidiana. Al mismo tiempo que James Joyce escribe el Ulises, Edmund Husserl está publicando sus primeras obras. Cuatro años después de la primera edición, Heidegger nos entrega Ser y Tiempo. Sartre llegaría con El ser y la nada veintiún años después. Un año antes del Ulises Ludwig Wittgenstein publicaba el Tractatus, y treinta y un años después, las Investigaciones filosóficas. Todas estas obras mantienen contactos indirectos con la novela de Joyce. Hay efectos y tributos recíprocos. Hay flujos y reflujos de sentidos.
Porque, en cuarto lugar, reaparecen una y otra vez nuevas traducciones y es siempre un renovado desafío leer una novela que parece jugarle sucio a sus traductores. Diabólica y maliciosa, la novela se nos escurre entre equivalencias idiomáticas imposibles. Además, tres de las cinco traducciones son obra de argentinos, sin contar a Borges que tradujo algún fragmento. ¿Qué hay entonces en esta novela con los argentinos? ¿O qué hay en los argentinos con esta novela?
Porque -para seguir con una quinta razón- el juego de espejos que construye con la Odisea, representa la más extraordinaria alegoría de la dinámica histórico efectual de los textos en la tradición. Los textos se buscan entre sí, mediados por el tiempo. La Odisea quiere ser el Ulises. El Ulises quiere ser la odisea. Y ambos a su vez quieren ser todos los libros de una biblioteca infinita, que incluye libros santiagueños.
Porque en Santiago también se escriben libros que, a sabiendas o no, son efectos a su modo de las páginas de aquel libro de arena. El Ulises se prolonga también en nuestra literatura y sugiere claves para pensarla. ¿Qué tiene que ver Shunko con el Ulises? Nada. ¿Nada? ¿Estamos tan seguros que nada? En tiempos de Shunko, ¿no había ecos del Ulises que rebotaban por el mundo? ¿Y El bosque tumbado? ¿Y la Tolvanera? ¿Y Casas enterradas? Habría que ver. Y eso significa volver a Joyce, siempre volver a Joyce.
Porque finalmente es “El” Ulises, y eso en sí mismo es una razón.

Porque nos habla siempre con su murmullo de voces apagadas, desde sus páginas interminables. Y escucharlo, por consiguiente, es un acto de lectura riguroso que nos debemos. 

L. C. 




martes, 11 de septiembre de 2018

Sarmiento en dos palabras: lo popular, lo común



Todos sabemos que el 11 de septiembre en Argentina se celebra el día del maestro por el fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento, el 11 de septiembre de 1888, en Paraguay. Más allá de toda controversia –y aun a pesar de su eurocentrismo recalcitrante y otras legitimas discusiones- , a estas alturas no quedan dudas de que Sarmiento no solamente ha sido un maestro de ley, sino que además su pensamiento ha creado una de las tradiciones educativas más poderosas de nuestra cultura, presente al día de hoy en las aulas de la Escuela Pública Argentina del siglo XXI y en las luchas gremiales que desgarran las calles de este presente tan oscuro. 
Además, su obra literaria ha sido y es un mojón para enseñarnos el camino de pensarnos a nosotros mismos. Como el baqueano o como el rastreador que describe en el Facundo, nos ha hecho visible la topografía de ese árido terreno que somos los argentinos y nos ha provisto de categorías para reconocer la historia que hay en nuestras propias huellas. Facundo es una invitación a leer el texto social que somos, como el rastreador que lee ese texto telúrico del suelo.
¿Qué memoria cabe hoy, en esta Argentina enflaquecida, de políticas arteras, sobre la figura de Sarmiento, cuando la educación pública ha sido arrinconada al nicho del más brutal menoscabo y desfinanciada por un canibalismo social, sin precedentes? 
Propongo que recordemos a nuestro maestro a partir de dos palabras de presencia recurrente en su apasionada prosa, y que hoy echamos de menos en los discursos dominantes, por la devaluación educativa, paralela a la devaluación monetaria a la que ya estamos acostumbrados y no menos vertiginosa. Esas palabras son: Educación Popular y Educación Común. 
Lo popular, una categoría que encabeza el título de una de sus obras más relevantes, demarca con claridad la idea de un nuevo sujeto educativo que debía ocupar el centro de la historia, el “populus”, significa gentes, o como dice Kusch “todos los habitantes del estado o ciudad”. Por primera vez en el sistema político argentino alguien piensa en la universalidad de la educación, no ya como un derecho individual, sino como política de estado que reconoce en ella a un bien público irreductible. 
Por otro lado, lo común, condición de posibilidad de lo político, aquello que nos habilita a ser comunidad, aun en la tensión radical de los antagonismos constitutivos, antes y más allá de toda diferencia. Educación común para articularnos como comunidad histórica concreta. 
La política es lenguaje. En estas horas oscuras para cualquier voluntad educadora, propongo rehabilitar esas dos palabras: educación popular, educación común. No les soltemos la mano. No las dejemos pulverizar por los fogonazos iracundos de las corporaciones discursivas. Solo palabras, palabras que habitan tradiciones, tradiciones que nos constituyen, tradiciones que resisten los embates del olvido y el ajuste. 

jueves, 9 de agosto de 2018

Santucho, Gombrowicz y la Librería Dimensión



Hoy se supo que falleció Gilda Roldán de Santucho. Como un homenaje a su labor cultural en la librería Dimensión, publico este artículo, escrito hace algo más de un mes cuando se supo de su cierre.



Santucho, Gombrowicz y la Librería Dimensión



Poco se sabe de la amistad entre un santiagueño desparecido y un célebre escritor polaco, exiliado veintitrés años en la Argentina. Poco se sabe del invierno de 1958, en el que ese polaco viviría en Santiago, traído por las bondades de su clima invernal. Poco se sabe de una librería de aquel entonces que acogiera los sueños del Polaco, mientras estuvo en Santiago. Estoy hablando de Francisco René Santucho, Witold Gombrowicz y la librería Dimensión. 

Esta vez quiero centrar mi atención en la librería, un fecundo, perdurable proyecto de “el negro” Santucho, que lo ha sobrevivido durante casi medio siglo. Se trata de Dimensión, la librería más antigua de Santiago y quizás una de las pocas que hasta hace días quedaban de tantos años en nuestro país. Hasta hace días. Porque ese proyecto de más de seis décadas ha cerrado sus puertas, como muchas otras hojas de otoño que caen por el vendaval de los tiempos que corren. Es una gran tristeza. La crueldad de las políticas neoliberales no dan permiso a la nostalgia y vuelven inviable todo proyecto que no se inscriba en la eficacia de las lógicas del sistema. 

¿Qué ha sido Dimensión? Entre las muchas cosas que representa, quizás lo más acertado sea decir que ha sido un “proyecto cultural”, nacido de las inquietudes de Francisco Santucho. Una librería, una revista, un movimiento, un grupo de producción. La librería abre sus puertas en octubre del año 1957, en el local 18 del pasaje TabyCast. Pero este no es el primer lanzamiento de Santucho en el universo librero. En el año 1952 había fundado la librería Aymara, que funcionara en un salón de la vieja casa de los Taboada, de calle Buenos Aires Nº 146. 

Por esos tiempos la cultura de Santiago giraría en torno a la revista homónima y a la librería que, del 57 en adelante, llevaría el mismo nombre, verdadero ateneo cultural de la época. Dimensión, Revista Bimensual de Cultura y Crítica, saldría a la luz con su primer número en enero de 1956, en el que Francisco anunciaba “la búsqueda de una exacta dimensión”, como afirmación de una búsqueda identitaria. Durante siete años presentaría ocho publicaciones esa búsqueda, hasta la última fechada en mayo del 62. En ellas escribirían intelectuales de gran prestigio, de origen local como Bernardo Canal-Feijoó, Orestes Di Lullo, Clementina Rosa Quenel; nacional, como Rodolfo Kusch y sudamericano, como es el caso de Miguel Ángel Asturias, entre otros. Además de la labor editorial, desde este espacio se organizaban exposiciones de cuadros de importantes artistas, presentaciones de libros, charlas-debates, y otras actividades de animación cultural, que se mantendrían vigentes durante los mas de sesenta años de existencia de la librería.

Dice Gombrowicz en su Diario Argentino: “La librería del llamado ‘Cacique’, otro de los miembros de la numerosa familia S. (Santucho), era el sitio de encuentro de las inquietudes espirituales del pueblo, tranquilo como una vaca, dulce como una ciruela, con ambiciones de destruir y crear el mundo (se trataba de las quince personas que se dan cita en el café Águila)”.

La referencia de Gombrowicz transmite con claridad la impresión de tratarse de un espacio de gestión cultural, un lugar de “encuentro de las inquietudes espirituales de un pueblo”, en la representación de quince personas que compartían un café. Quince personas, que quizás con nombres diferentes, todavía siguen sentadas en la mesa, bajo la misma lámpara, en  “la búsqueda de una exacta dimensión”.
Mientras Gombrowicz vive en Argentina, publica sus principales obras en la revista Kultura, una iniciativa de intelectuales polacos exiliados en París, donde se difunden páginas del Diario en las que se menciona la revista de Santucho. Tanto Dimensión como Kultura, son ediciones marginales y contrahegemónicas que luchan contra adversarios diferentes. La argentina post-peronista de la Revolución Libertadora y la Polonia de la ocupación soviética. 

Puedo imaginar la fascinación de Gombrowicz frente a las estanterías de la librería Dimensión. ¿Qué le fascinaba tanto? ¿Que en Santiago se escribían libros? ¿Qué en este páramo del Norte hubiera también escritores? ¿Que aquí, en este punto de una lejana galaxia, tuviese lugar un episodio imprevisto de la humanidad? ¿Que aquí, en Santiago del Estero, un punto de una lejana galaxia, hubiese también literatura? ¿Que mucha de esa literatura nunca llegara al otro mundo? Los santiagueños también hacían libros. Gombrowicz lo ha sabido en Dimensión. 

El Polcaco se fue de la Argentina en 1963. Partiría de regreso a su vieja Europa, pero seguiría de exilio, ya que no volvería a pisar Polonia. Primero París, después Berlín, y más adelante Vence, en el sur de Francia, donde residiría hasta su muerte en 1969. En el año 2013, después de más de cuatro décadas, su viuda, Rita Gombrowicz, publicaría un cuaderno póstumo con el nombre de Kronos, en el que aparecen los nombres de muchos santiagueños de entonces. 

Francisco Santucho sería secuestrado y desaparecido el 1 de abril de 1975, pero su librería se propagaría en el tiempo con vida propia, de la mano de su esposa Gilda Roldán, primero y luego de su hijo, Francisco, nacido con posterioridad a su desaparición.
Así entonces la historia sigue hasta el presente.

En el año 2011 la librería Dimensión fue declarada “Espacio de Interés Cultural” por de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia. Luego, en el año 2013, la Biblioteca Nacional y la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, publicaron la edición facsimilar de los 8 números de la Revista. En septiembre del año 2016, se editó el libro “Obras Completas de Francisco René Santucho”. Deudas todas ellas de un saldo intempestivo. 

La librería como espacio de cultura ha recibido visitas ilustres de todos los tiempos y latitudes, además del propio Wiltold Gombrovicz. Destacamos entre otros a los escritores Miguel Ángel Asturias, Juan José Hernández Arregui, Beatriz Guido, Martín Caparrós, Horacio González; pensadores como Rodolfo Kusch, Carlos Astrada, Atilio Borón y Ricardo Forster; historiadores como Felipe Pigna; madres de plaza de mayo como Taty Almeida, y los artistas Atahualpa Yupanqui y Liliana Herrero, en una lista que no se cierra. 

Desde sus orígenes Dimensión ha sufrido muchas embestidas que no han podido callar su voz ni cerrar sus puertas. Desde la propia desaparición de su mentor en el año 75, los allanamientos al local durante la última dictadura, el secuestro de libros (se llevaron 123 libros, según Gilda Roldán), la persecución y estigmatización de la familia Santucho. Así y todo, la librería ha seguido de puertas abiertas –con excepción de lapsos muy breves de tiempo– trashumante, de un local a otro, pero siempre activa. 

Hoy, sin embargo, no está más. Es una gran tristeza. Lo que no ha podido la dictadura, lo ha logrado una economía desafortunada que desborda y hace estallar cualquier política.

¿Una “segunda desaparición” de Francisco Santucho? Ojalá que no. Preferimos pensar que no. Preferimos pensar que Dimensión va a volver y su historia va a seguir escribiéndose, como un sano ejercicio de la memoria.

El cuaderno cero. Claves para leer algunas noticias




Un cuaderno no es un objeto junto a otros en el mundo. Un cuaderno es una “hechura” (póiesis) en el orden simbólico, que puede producir incidencias inesperadas.

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Un cuaderno además es una gramática. Organiza una experiencia dentro de un sistema formal de reglas que lo vuelve texto. Reglas: presentación seriada de fechas, horarios,  actividades e ideas, fragmentación gráfica del tiempo, enunciación lacónica, licencias como la omisión de verbos, entre otras. Quien lo escribe, necesariamente las conoce, las domina, y se sirve de herramientas como un dibujante se sirve de los colores. Hay cuadernos que han alcanzado un grado notable de celebridad, como es el caso de los “Cuadernos de tapas azules” en el Adán Buenos Aires de Marechal, o el Cuaderno rojo de Walter Benjamin, o el “Cuaderno Único” de Samuel “Lito” Scholnik. 

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Si quien que se autoproclama autor de un cuaderno desconoce esa gramática, es entonces un "impostor". Es un escriba con segundas intenciones. 

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Si en la composición de un cuaderno están separados los lugares del autor y del escriba, quiere decir que no es un cuaderno, quiere decir que es un dispositivo para la construcción de un acontecimiento. La jerga de los filólogos lo caracteriza como "apócrifo". 

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Descartado por obvio el elemental uso escolar, un cuaderno puede ser dos cosas:
Uno. Es un "diario", un género de determinada literatura de contenido histórico biográfico, que no se escribe al azar, sino que se rige de un plan de escritura diaria con el conocimiento de sus reglas internas. 
Dos. Es un registro con fines de documentación científica para el trabajo de campo, el cuaderno del etnógrafo, por caso. 
Si no está dentro de esas dos posibilidades, su origen y destino resultan sospechosos. Es altamente probable que se trate de un esfuerzo de construcción de lo que pasa. Producir un efecto. Operar en el mundo. 

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Un cuaderno organizado bajo un sistema de reglas, para no ser apócrifo debería al menos estar destinado a un lector concreto, intencional y fundante, que espera ser testigo de una experiencia temporal evanescente. Se lleva un cuaderno para compartir esa experiencia ante un ojo lector que, en un momento dado y desde algún lugar del planeta, recorrerá sus páginas para reconstruir la experiencia. Cumple la función de una cámara, pero puesta en los ojos y la mente del que escribe. Cuando llega un cuaderno a nuestras manos, nos preguntamos ¿para quien se ha derramado toda esa tinta?

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Quien escribe para sí no sigue el sistema “cuaderno”, simplemente escribe en un acuerdo consigo mismo algo que deviene ilegible como texto para otros; lleno de supuestos, guiños, señalizaciones arbitrarias y lenguaje apocopado. 

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Las fotocopias de un cuaderno no son un cuaderno. Son solo imágenes seriadas, sin anclaje en el mundo. Han perdido aquello que justamente les habilita la condición de cuaderno, el estar “encuadernado” en un fardo material de folios sucesivos, que solo es posible abrir en un orden y una secuencia inalterable, con un número determinado de hojas fijas. Un fardo que no admite un faltante sin delatar su extracción con las marcas del corte y al que es imposible agregar nada. 

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Un cuaderno es un acto de comunicación que perdura más allá de los sonidos del habla. Quemarlo es taparnos la boca justo en el momento en que intentamos alzar nuestra voz. A las cenizas se las lleva el viento, un cuaderno de tapa dura puede sobrevivir a tempestades. 


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Llegado a este punto es inevitable poner El cuaderno de Asterión bajo sospecha y a disposición de la justicia. 




lunes, 14 de agosto de 2017

Empate técnico, “falta envido y truco, chiste nacional”



Escribo al calor de la contienda. Después, no sirve. Esta madrugada ha cerrado el escrutinio de estas PASO 2017 para la Provincia de Buenos Aires –la madre de todas la batallas, para el folclore electoral– dejando desencantos en ambos lados de la grieta. 

Los que jugamos al truco conocemos muy bien una movida que se llama “robar puntos”. Consiste en mentirle al adversario para que se achique y se “vaya al maso”, con el puntaje en disputa a nuestro favor. Es una versión lúdica del “si pasa, pasa”. Vale comparar el tratamiento de los datos en el escrutinio de esta madrugada, con una jugada de este calibre. Como en el truco, el oficialismo ha puesto en escena un simulacro de puntos que no tenía para mostrar, con una doble intención: aminorar al adversario y producir un “efecto” de verdad. En la era de la “posverdad”, la estrategia comunicacional de anoche podríamos calificar de “posveridicción”, un decir que, sin ser verdadero, produce efectos similares a los que produciría si lo fuera.

Lo cierto es que la “inteligente” movida ha dejado malestar entre propios y ajenos, y lo único que ha conseguido es profundizar los efectos de la grieta. Los unos, después de embriagarse con el champagne de los cinco a siete puntos de diferencia que llegaron a mostrar casi con obscenidad, han sufrido el desencanto de conformarse con un “empate técnico” que, para colmo, no puede ocultar el vaho a derrota encubierta que, aunque disimulen, su olfato percibe hasta la náusea. Los otros, por la frustración que siente el jugador al que le han robado los puntos de manera artera y engañosa. 

Entonces, todo sigue igual. Los odios y violencias permanecen intactos de ambos lados. Lo único que se ha conseguido es posponer el diferendo para las elecciones de octubre, en las que, para colmo, habría convidados de piedra que ya no tienen cartas que jugar y no les queda más que pasar la mano. 

Si de grieta hablamos, estamos en problemas. Esta madrugada en la que los gallos no han cantado, se ha transgredido un principio de la democracia que hasta ahora –salvando olvidables excepciones– cuidábamos con celo: es el respeto a la decisión del ciudadano. Hasta los votantes de cambiemos merecían la verdad de los guarismos. En el truco vale simular y mentir, en los comicios no. Porque, tanto en el juego como en el sufragio, cuando el adversario dice “quiero”, hay que mostrar los puntos al final de la mano. 

domingo, 11 de junio de 2017

Una grieta en el muro. Meditaciones metafóricas




Hay una grieta en el muro. Irregular, despareja, caprichosa, recorre una diagonal esquiva que se ramifica como un delta de arena y cal. La grieta forma figuras extrañas, irreconocibles algunas, otras tan obvias que parecen el cincelado de un artista. Pienso en ese muro y en sus evocaciones.  La grieta, la grieta de un muro de millones de almas, la que todos acusan como la esfinge sin Edipo, cuyo acertijo diluye toda pretensión hermenéutica. Cuando observo el muro pienso entonces que una grieta es una metáfora densa, llena de insinuaciones, de sabios oráculos, de subrepticias alusiones. Ricoeur dice que una metáfora no es solo un artificio retórico. Una metáfora es un instrumento de conocimiento de la realidad, le es inherente una función heurística. Al acercar campos semánticos en tensión produce un descubrimiento de algo que estaba encubierto en el lenguaje. A estas alturas la metáfora de la grieta se ha instituido en la cultura política argentina y tiene ganado su lugar en el discurso. ¿Cuáles son los descubrimientos y los encubrimientos de esta  metáfora? Acaso sea necesario explorar sus alusiones, delimitar sus alcances y sus sentidos para ver  en ella lo que esconden los discursos segmentados.

Hay una grieta en el muro. Roger Water en The Wall intuyó la sociedad como un gran muro que se desintegra hasta las ruinas por la violencia social y política. Es otra metáfora.  En la nuestra, el muro se mantiene en pie, pero la grieta impone el señorio de sus quiebres. 

Hay una grieta en el muro. ¿Qué es la grieta? ¿Cuáles son los campos que aproxima? 

El diccionario de mayor referencia académica de nuestra lengua usa un mismo sustantivo para describir dos de sus acepciones, “hendidura”: la grieta es hendidura, en el sentido de una línea de vacío que corta de continuidad de la superficie. La tercera acepción es por ahí la más cercana al uso político del término: “Dificultad o desacuerdo que amenaza la solidez o unidad de algo”.

Entonces y por lo pronto grieta es desacuerdo, discontinuidad, crepitación, estallido, que amenaza la unidad del todo.  

Pero hay más. Hay también una expresión  fenoménica temporal. Se habla de la grieta como de un fenómeno reciente, o traído del pasado por políticas retrospectivas, un fenómeno incluso accidental y transitorio, indeseable, superable a través de una práctica política dialógica.  Hay una ilusoria nostalgia de unidad, en algunos, y hay también deseo de recuperar la homogeneidad que nunca hubo. Ha sido incluso una de las consignas de campaña de la actual gestion “unir a los argentinos”.  Estos son los encubrimientos de esta metáfora. 

Hay una grieta en el muro.  Entonces nos preguntarnos ¿es realmente un fenómeno reciente? ¿es coyuntural y transitoria, como piensan los nostálgicos de la unidad? ¿O es una diagonal constitutiva al hecho en sí de lo político?

Hay indicios suficientes para pensar en esa dirección. O por lo menos es una constante en nuestro modo de narrarnos. Nuestra historia política muestra en sus muros endebles no menos grietas que mampostería firme. Rosas, Yrigoyen, Perón, Néstor y Cristina Kirchner, han sido líderes incrustados en el medio de un campo de tensiones, que el actual frente restaurador Cambiemos no le mezquina escarceos. ¿Y Sarmiento? ¿No es acaso el Facundo y su repertorio de civilización y barbarie una acometida hermenéutica sobre ese muro indescifrable? 

Hay una grieta en el muro. A primera vista parece tener dos lados, separados por la línea de vacío, la hendidura que disloca el monolito. Pero si uno mira con atención, es posible constatar que ha estallado en una multiplicidad de fragmentos, porque la hendidura se ramifica y forma un archipiélago. Cada recorte está enfrentado a otro con el que no puede ni podrá reconstituirse, porque entre ambos impera horror del vacío. Todo albañil sabe que una grieta no se sella ni se cura. Si se cura, se “raja” una vez más. 

Hay una grieta en el muro. Hasta dónde, desde cuándo, preguntan algunos incautos sin saber  que repiten una antigua cuestión del autor de Conflicto y armonía de las razas en América, cuyo título en sí mismo da cuentas de la misma metáfora. Porque tiempo atrás nadie parecía verla. ¿Desde cuándo supimos que había grieta? La empezamos a ver el día que dejó de ser una fina línea de lápiz, para ser un corte final que ponía al descubierto viejas discontinuidades, la empezamos a ver cuando no era ya visible como línea de lápiz. Pero la línea ¿no estaba ya seccionada por los vectores de la grieta? ¿no llevaba detrás de su fino talle una tensión interna que alguna vez, inevitablemente produciría un desgarro en la materia?

¿Por qué –siguen los incautos- la grieta se hace visible justamente hoy y no hace digamos dos décadas o tres?  ¿Qué nos han hecho “estos” –insisten- para que hoy nos sorprendamos “agrietados”? 

Se visibiliza hoy, a lo mejor porque hace dos décadas o tres veníamos de una experiencia de fin de siglo que había emparchado esa mampostería con los relatos legitimadores de la época.  Empezando por el relato del fin de los grandes relatos, el fin de las ideologías, el fin de la historia, el pensamiento único, y el discurso de la anti política materializado en “que se vayan todos”, que uniformiza por el lado de la anulación de los polos en la unidad ficticia del desencanto. Puro decorado, como la línea de lápiz, la grieta latía con sus tensiones invisibles.

De pronto un día nos preguntábamos, ¿de qué lado estas? Y sabíamos de antemano lo que estaba en juego en la respuesta. 

Hay una grieta en el muro. ¿Qué es entonces la grieta? Eso que dice el diccionario: estallido, desacuerdo, fragmentación irreversible. Para ser más preciso; un sistema de oposiciones dinámicas determinadas por diferencias de mundos y de expectativas de mundos que se vuelven inconmensurables. Dice Rancière en El desacuerdo “la política no está hecha de relaciones de poder, sino de relaciones de mundos”.

Mundos inconmensurables, mundos que se desconocen y se niegan entre sí, se impugnan y se desentienden. ¿Podemos pensar lo político sin el horizonte de la contienda? La guerra es la madre de todas las cosas. Heráclito tenía razón: la madre del logos como lo común, la guerra que, como la lira, guarda su secreta armonía. 

Mundos inconmensurables, desacuerdo, la grieta distribuye nervaduras entre una serie variopinta de antinomias, que conforman los múltiples fragmentos del delta del muro. Hay un sistema de tensiones binarias –correlativas con los diferentes mundos y las diferentes expectativas de mundos- que pulveriza el entramado social, que funcionan como “operadores de desidentificacion”. 

Desde el punto de vista político, parece una obviedad que la primera tensión o desidentificacion que separa dos fragmentos de mampostería es la vieja antinomia peronismo / antiperonismo. No sé si la primera, tampoco la única ni la más importante. Pero sí tal vez la más visible. Tal vez la más evidente, por rancia y visceral.

Pero también podemos reconocerla desde el punto de vista teriritorial en la antinomia Buenos Aires / Interior. Entre esos polos hay mundos que se desconocen y se niegan. La misma antinomia puede conjugarse a lo Kusch como Pampa húmeda / Altiplano, Selvas y Meseta. Podemos reconocerla en la composición socioeconómica de la sociedad (sectores medios- altos / sectores populares), en las franjas etarias y generacionales (generaciones mayores / generaciones jóvenes), en las percepciones de la memoria y de la justicia  (memorialistas / negacionistas) y podríamos seguir y reconocer otros pares binarios (libertad / justicia) que delimitan y distribuyen con desidentificaciones el archipiélago del muro. Porque la grieta es una diagonal que atraviesa el tejido social dejando a su paso múltiples fragmentaciones.

Hay una grieta en el muro. Ya sabemos algunos de sus encubrimientos y descubrimientos. ¿Será este el momento de dejar de lado hipocresías y asumirnos desde la parcialidad que nos constituye?  

domingo, 16 de abril de 2017

El arte de la conversación


No pasó nada. Voy a contar la historia de un día en que no pasó nada. Al mismo tiempo pasó algo que hasta hoy no puedo saber, pero que misteriosamente ha dejado un recuerdo imborrable. 
Tenía veinte años. Es decir, hace mucho tiempo. Estaba en la casa de mi amigo Víctor Villalba del Barrio Autonomía, en un asado o una reunión de amigos. Finalizaba un feriado y el siguiente era un día hábil, aunque a los veinte años eso es irrelevante. Recuerdo que al último quedamos, Víctor y yo, conversando y tomando un buen vino y después una caña, hasta la madrugada. Una charla dilatada, vueltera. Eso fue todo. Tampoco recuerdo con precisión qué hablamos esa noche. Es indudable que la conversación giraba en torno a la literatura, porque en ese tiempo de lo único que hablábamos era de literatura. Pero no recuerdo nada de la charla. Cerca del amanecer decidí mi vuelta a Santiago. En ese tiempo -y aún hoy, en parte- el Barrio Autonomía era una ciudad aparte, la ciudad satélite. Voy a la parada del doce, pero no tengo suerte. Después de una larga espera decido caminar y busco la ruta. Soledad, oscuridad, silencio, la vieja ruta sesenta y cuatro es un requecho de la noche, entre gallos y ladridos de perros. Nadie, a esas horas, transita ese camino. Ni autos, ni carros, ni peatones. Al punto que voy por el asfalto sin el menor peligro. Camino en la soledad un par de cientos de metros. 
No pasa nada. El primer movimiento que rompe esa quietud, es un hombre en bicicleta que aparece como un bulto entre las sombras. El bulto viene inestable y, me doy cuenta, borracho. Al pasar a mi lado se desploma, con un ruido de choque de caños contra el pavimento, que en ese silencio retumba como un cañonazo. Intento ayudarlo como puedo, pero no es mucho lo que se puede hacer. 
No pasa nada. La siguiente ruptura de ese amanecer es el motor y los faros de un doce que llega desde Santiago y al que espero para tomarlo a la vuelta. El doce reaparece, después de la vuelta por el barrio, no rápido, pero si seguro y, entonces. me subo, al fin. Viene vacío y yo me siento al fondo. 
No pasa nada. En todo el recorrido sube un solo pasajero. Cara conocida, para colmo. Es Baltasar, nos conocemos de alguna tertulia, o no sé de donde. Por su gesto, baja también de las profundidades de la noche. Sobre llovido mojado. Al verme, se sienta a mi lado para compartir el viaje con una charla de madrugada. Después me bajo en el centro y ahí termina toda la memoria de esa noche. Una noche en que, como se desprende de mi relato, no había pasado nada. 
Ha corrido el tiempo, décadas. Con Víctor mantuvimos una amistad cíclica. Nos veíamos por periodos, con grandes lapsos de ausencias y desencuentros. En uno de esos lapsos alguien me dijo que padecía un cuadro de salud comprometido y no pude, o no quise, verlo. Sin embargo, esta vida nos dio un último, extraño, encuentro. Fue en el Mercado Armonía. Nos encontramos de casualidad y quedamos conversando calurosamente. Fue un encuentro hermoso y a la vez triste. Me alegró ver que estaba bien o, por lo menos, mejor; y que seguía siendo el mismo. Triste por el presentimiento de una despedida y, efectivamente, tiempo después falleció. Escribí alguna página en su memoria, que no salda mi deuda de amistad. 
Lo recuerdo como artista de la conversación, alguien con el que hablar se vuelve un placer, hablar por hablar, hablar como quien degustar ideas y palabras al azar y sin urgencias.  Alguien que pude ser cáustico, provocador, pero también ameno, humorístico, gaucho y, en definitiva, un creador socrático. Hacía de cada charla una obra de arte. No por conocimiento, ni pedantería, por el mero arte de la conversación. Con él, creo haber tenido conversaciones que fueron verdaderos banquetes.
Y el recuerdo de aquella noche tiene que ver con eso, con la fruición y el paroxismo de la charla. A lo mejor esa noche he sido feliz, sin saberlo, por un par de horas y por eso me han quedado grabados todos aquellos recuerdos de cosas irrelevantes. 
No pasó nada aquella noche. A lo mejor he sido feliz. Nada más.

lunes, 6 de febrero de 2017

La Profecía de Ricardo Piglia


Hace exactamente un mes, el seis de enero pasado, moría Ricardo Piglia, uno de los mejores escritores de nuestro tiempo. En su novela, Respiración Artificial, escribe un fragmento acerca de una constante de nuestra historia que hoy resulta profético:


"Los conozco bien, le dije, a éstos los conozco bien: vinieron para quedarse. No creas una palabra de lo que dicen. Son cínicos: mienten. Son hijos y nietos y bisnietos de asesinos. Están orgullosos de pertenecer a esa estirpe de criminales y el que les crea una sola palabra, (...), el que les crea una sola palabra está perdido".



Ricardo Piglia Respiración Artificial

sábado, 31 de diciembre de 2016

Detrás del Aqueronte


A mi gran amigo Victor Manuel Villalba

Siempre los bordes, la cornisa, el fragor del precipicio, sabias que alguna vez quedarías con los pies en el vacío.
Me entristece, pero no me sorprende.
Me lastima, pero no me arrebata.

Mi pregunta ahora es a qué lugar te has ido, detrás del Aqueronte.
La cartografía dantesca te queda corta, a lo mejor defectuosa.
No al infierno, lugar de  cretinos y traidores.
Tampoco al paraíso, privilegio de los tibios.
El destino creo ha ensayado para vos una variación escatológica:
Un lugar adonde el horizonte se enreda sobre sí mismo,
a donde juegas a perderte para siempre,
a perseguir la estela fugaz de tu propia sombra.
Tú lugar ha sido siempre el extravío.

Desde aquí puedo escuchar sin fin tu insolente carcajada que no sabe de sí misma. 


viernes, 30 de septiembre de 2016

La casa donde vivo no tiene timbre



La casa donde vivo no tiene timbre. La casa donde vivo tiene tranquera, y para llamar se golpean las manos. Porque vivo en un paraje de precaria urbanidad, algo más que un rancho de adobe, mucho menos que un casco de estancia. Lo cual, aunque parezca mentira, no ha sido impedimento para un timbrazo. Un timbrazo del presidente. Último sábado del mes de septiembre, en la mañana. Estaba tomando mate en la galería, mientras leía los diarios. Vi llegar a un auto gris, de conocida marca alemana que se detuvo enfrente de mi casa, del que bajaron unos hombres de traje. Eran cuatro. Dos de azul, sin corbata y de una línea impecable. Detrás, dos de negro, anteojos oscuros. La casa donde vivo no tiene timbre. La casa donde vivo tiene tranquera. Por eso no les di tiempo a golpear las manos. Salí a atenderlos medio desorientado, la verdad. ¿Quién puede andar así por estos rumboa? Gente importante, se ve. Se presentaron diciéndome que venían a anunciar que el presidente de los argentinos me visitaría en menos de una hora, que me preparaba para recibirlo. No sé si alguien se puede alegrar por esa noticia, pero a mí me dejó paralizado. No lo esperaba, no lo quería, no podía evitarlo. Les dije que yo no había votado a este presidente, que no lo votaría nunca y que no acuerdo en absoluto con sus políticas. Ellos me dijeron que eso no tenía ninguna importancia, que lo único que tenía que hacer es manifestar mi orgullo de recibir al presidente en mi casa. Yo les dije que bueno, que iba a hacerlo pero no por convicción, sino por temor a las represalias, que verdaderamente me preocupaba qué pasaría con un ciudadano que no quisiera recibir la visita del presidente. Me dejaron en capilla, sin la menor deferencia y se fueron. El lapso de espera ha sido un limbo que quisiera olvidar. Tenía que recibir a alguien que yo hubiera querido borrar del planeta. ¿Qué hacer cuando el estado te tira un presidente que vos no has elegido en el patio de tu propia casa? ¿Qué clase de visita se cree, que uno lo tenga que recibir así no más porque a él se le da la gana? Por lo menos debería buscar gente de su palo. ¿Qué tengo que ver con sus pretensiones de simpatía, con un “acting” de imagen, que te da por cualquier lado? Escaparme. Eso pensé. Hacerme humo.  Lejos, sin dejar rastro. El problema es que les dejaba una carga a los que viven conmigo. Alguien iba a tener que recibirlo y se vería seguramente en peores problemas. Yo al menos tenía algún recurso para zafar. Fumar y pensar, dando vueltas en círculos. Es lo único que recuerdo haber hecho esos minutos de angustiosa espera. ¿Qué iba a decirle a un presidente a quien yo no quería ni en mi casa ni en La Rosada? Demoró más de lo anticipado. Peor. Mi angustia se dilató hasta la desesperación. Al fin, llegaron los mismos en el mismo auto y cuando salí a recibirlos bajó el presidente en persona a saludarme, escoltado por los otros dos. Me dio la mano y me preguntó qué pensaba del presente de la argentina. Yo le dije la verdad, pero con miedo; es decir, una verdad temblorosa. Le dije que estaba muy preocupado, por los desocupados, por la línea de pobreza, por el PBI y todas esas cosas. Me dijo, muy suelto de cuerpo, que me quedara tranquilo. Me dijo que en seis meses y veintitrés días, mi destino y el de muchos iba a dar un giro radical y se terminarían los problemas. Me quedé mudo como una piedra. Cuando te dicen eso ya no hay nada para discutir. Entonces me volvió a tender su mano. Se dio la media vuelta y se fue con su comitiva. Cuando los vi alejarse me di cuenta de que llevaban capas negras, hasta más debajo de la mitad de la pierna.


Entonces me desperté. Pero volver a la vigilia no ha sido un alivio. Todo lo contrario. Me persigue una profunda preocupación. Seis meses y veintitrés días… veintidós, ahora. ¿Quién sino un oscuro heraldo puede arrogarse semejante oráculo en lo profundo de un sueño? Seis meses y veintidós días, ¿qué nos espera al final de ese “oscuro túnel” del tiempo, con el que la vicepresidenta nos extorsiona y amedrenta? La casa donde vivo no tiene timbre. La casa donde vivo tiene tranquera. Ese es el problema.