sábado, 6 de agosto de 2016

Final de novela en San Pedro de Choya




No es el final. Tampoco es el comienzo. No sé, en realidad, adonde estoy. Lo cierto es que me descubro perdido. El enorme laberinto que me cerca es una novela en proceso, uno de cuyos pasadizos se extiende por las solitarias, desleídas callejas de San Pedro de Choya. 
Inesperadamente, me he sorprendido una mañana de viaje hacia allí, en busca de una salida. Había decidido ir porque pensaba que podía encontrar algo para resolver mi desencuentro escritural. 
Llegar no ha sido fácil. El pueblo no figuraba en ningún mapa. Me he dirigido, en principio, a la ciudad de Choya. Ciudad es una metáfora vana. Un caserío de siete cuadras a la vera de la ruta, más una plaza, una iglesia y una vieja estación en ruinas. Tenía muchas dudas sobre si daría al fin con el viejo San Pedro. La ciudad aldea se abría tras dos pretenciosas columnas que anuncian su nombre. Luego, al llegar a un refugio de parada de ómnibus, me he detenido a preguntar. En ese lugar esperaba una mujer, de unos sesenta años y de piel castigada. 
- Disculpe, por donde queda San Pedro de Choya. 
- Vea, señor –me ha respondido la mujer- , yo vengo de Buenos Aires. Pero vine casualmente al cementerio de San Pedro, en donde tengo enterrada a mi madre. No veo la hora de irme –me ha dicho, como advertencia de los efectos perturbadores del lugar-. Tome la calle de detrás de la estación y siga derecho.
- ¿Cuál? ¿aquella? –he preguntado, señalando para confirmar la interpretación correcta del dato.
- Si –ha respondido la mujer-. Por esa calle, derecho, tres o cuatro kilómetros, hasta que vea un cartel con una flecha que dice Ancaján. Ahí tome a la derecha y va a llegar en seguida. 


Le he agradecido su atención y me he ido apurado. El camino se abría irregular y pedregoso y a todas luces poco transitado. He tenido que andar lento, con cuidado. El cartel de Ancaján, por supuesto, no era obra de ninguna intervención vial, sino una manufactura, un dibujo a mano alzada, con una caligrafía trajinada fuera de las aulas, fondo blanco y texto en negro. Era una Ye, ladeada en ángulo recto. Una flecha decía Ancaján, hacia la izquierda; y la otra, San Pedro, a la derecha. He seguido ese camino y a menos de mil metros ya se divisaban las primeras casas. En seguida no más, la plaza, cercada, como es costumbre en estas poblaciones, para no ser caminada por animales. No había un solo árbol, ni arbusto, ni planta, ni un metro cuadrado de gramilla. Era lo que se dice un potrero. Del otro lado, se alzaba la vieja capilla y, a su lado, las ruinas de una gran casona. Por sus características y por su coloración rosa y azul, atribuyo a Don Antonio Tula, al menos según el relato de Di Lullo. Me he acercado con cautela. Parece mentira, pero en esas ruinas vivía gente, probables intrusos, ocupantes ocasionales, por decirlo de algún modo. He tenido la tentación de golpear las manos y preguntar, pero he pensado que no tenía sentido. Quienes vivieran allí dentro. se mostrarían recelosos de mi extraña visita.
Entonces, recordé el texto de Di Lullo: “El patio me parece, ahora, más vasto, más desmesurado, más abierto, como si toda la quietud y la soledad de la campiña se hubiera refugiado en él, entre los altos paredones que lo circundan, bajo los arcos del corredor que descansan sobre gruesas pilastras cuadradas, o, simplemente, bajo el naranjo, o bajo la tupida mata del jazmín o de la glicina”. 


Me he dejado traspasar por esa quietud. He observado con demora las soberbias arcadas y columnas de la casa. Viejos espíritus que laten ahí mismo han atravesado el espesor de la materia que me sostiene. Voces. Antiguas voces amuradas entre los ladrillos han salido a mi encuentro. Entre ellas, he reconocido la voz de mi padre.
Entonces, he vuelto a casa. Una sola cosa me quedaba por hacer. Seguir escribiendo la novela.




sábado, 9 de julio de 2016

¿Qué independencia? De la utopía de la “emancipación” a la ilusión de “la dependencia de sí”


El último cambio de gobierno no solo ha significado un desplazamiento de políticas, sino, además, un giro repentino en el horizonte axiológico del Estado, en el sentido de  las interpretaciones, en las prioridades y valores  con que nos posicionamos frente a la realidad. 
Este giro se puede ver en las políticas del Bicentenario.  La batalla por el sentido ha hecho campo en los discursos de la independencia. Hay interpretaciones en pugna que se disputan el orden del significante. 
La actual gestión ha puesto en juego un sentido extravagante en la idea de independencia.
Más allá de las dispares valoraciones del proceso político, nadie puede negar que el kirchnerismo ha interpretado la independencia como “utopía de emancipación”. Se trata de una utopía, de “un lugar que no existe”, pero que permite una toma de distancia crítica del presente, para volver visible aquellas posibilidades, que la realidad encubre.  Y la utopía es de “emancipación”, es decir, liberación de los poderes que nos inmovilizan. La independencia ha sido entendida en un contexto relacional, en el cual se comprende que hay relaciones que liberan y otras que sujetan y la política ha sido concebida como el arte de tejer con justicia esas relaciones. 
Este horizonte ha estado presente en las políticas de integración de Argentina al bloque continental de la UNASUR, en las políticas de desendeudamiento, en la ley de medios, en el litigio contra la extorsión del capital financiero de  los “buitres”, en las políticas de descolonización de Malvinas, entre otras señales.
La narrativa sintoniza con el discurso de Francisco: “La patria no se vende”. Lo cual se traduce en el mandato a no pactar con los poderes facticos que condicionan el destino de nuestro pueblo.  Porque la Patria es “la madre”, es decir, la que da vida, cobija y nutre, el Estado como garante de derechos y de soberanía. Porque la Patria es el Otro.
En la gestión del actual gobierno, la independencia es interpretada desde un horizonte liberal que promueve la atomización de los individuos en una comprensión abstractiva.  Es la independencia como la “ilusión de la dependencia de sí”.  Cultivo de una ilusión, en el sentido de una “ficción encubridora”, la ficción de la “auto-dependencia”. Su interpretación está explicitada hasta la obviedad en el spot publicitario: “Hace doscientos años que somos independientes. Eso quiere decir que tomamos la decisión de depender de nosotros mismos”.  El mensaje pone en juego de una operación hermenéutica que transmuta emancipación (social) por libertad (individual), para despolitizar el bicentenario.  “Porque si dependemos de nosotros mismos podremos lograrlo”.  Ser independiente significa entonces “lograr”, ser exitosos. Aquí no cuentan las relaciones de poder, porque al poder hay que ocultarlo. No importan las épicas que rompen cadenas, no importan las cadenas mismas. Importa que sean invisibles. Decidir por nosotros mismos es invisibilizar las fuerzas que nos condicionan. 
Pero, además,  el “nosotros” no se revela como la autoascripción de un pueblo como sujeto de la historia, sino como atribución plural del individuo, el “cada uno”, porque el futuro “depende de cada uno de nosotros”.  Podemos depender de nosotros mismos, de cada uno, ese es el mensaje. Es el clisé del  “tú puedes”, del que habla Slavoj Žižek.  Como todas las banderas del frente que gobierna, se trata de una idea de fuerte contenido lirico en clave New Age, pero irrealizable, apolítica, socialmente depotenciada. En la complejidad de la trama relacional humana, ni siquiera el Amo depende de sí mismo.  En suma, es una ilusión, una ilusión encubridora. 
Este horizonte de la independencia como ilusión del individuo está presente en las actuales políticas de re-endeudamiento, en la entrega a los hold-Out, (ahora resulta que no eran buitres), en la concesión de subas de tarifas a los monopolios de las empresas privadas, en la complicidad con el poder mediático y financiero y en la derogación de la ley de medios. Porque la independencia  es ahora  una cuestión de “cada uno”.  
¿Cómo entonces depender de cada uno cuando las políticas de Estado restringen los derechos del ciudadano? “Tú puedes”, pero cada vez “podemos” menos. Porque aunque se diga que “tenemos ideas”, aunque se diga que “tenemos un corazón grande”, aunque se diga, incluso, que hasta somos invencibles, esas capacidades no están reconocidas como “derechos” y, entonces, son abstractas, pura ilusión discursiva. “Tu puedes”, pero cada vez “podemos” menos.  Porque hay menos producción, porque hay menos trabajo, porque hay menos salario.  Porque nos volvemos im-potentes frente al avance de la inflación y las tarifas. Porque, claro, ahora dependemos de nosotros mismos. Lo cual quiere decir: ha llegado el fin de la política.  


lunes, 13 de junio de 2016

Día del Escritor. Excavadores, un fragmento


El escritor es un buscador de oro. Excava en la densidad del mundo, en busca de un “algo” que contar. Lejos de ser un dios que crea un mundo desde el abismo de la nada -aunque en algunos casos lo pretenda- es alguien que necesita una historia que quiera ser narrada. Endeble y rudimentario sujeto de toda clase de faltas, se percibe abrumado en medio de espacios en blanco que piden ser llenados. Nadie viene al mundo equipado con alforjas de intrigas y relatos. El mundo de la vida nos conforma, nos construye, nos entrama y nos entrampa a partir de ellos. Algunos afortunados tienen la vocación de “ponerlos” en palabras. 

viernes, 15 de abril de 2016

Ferdydurkeando por Santiago



      Nuestra amiga polaca Ewa Kobylecka estuvo este último fin de semana por Santiago, invitada por un fantasma trans-atlántico que ya tiene su parodia en esta tierra, bajo la sombra del año 1958. Días antes, Nicolas Hochman había alertado al país acerca de los riesgos de una polonización de Santiago.  Tengo que reconocer que su profecía se ha cumplido implacablemente. El nombre de Gombrowicz anduvo entre las voces de claustros y de bares, no solo en Santiago, sino también en la vecina ciudad de Tucumán, un libro en idioma polaco apareció de modo inesperado en mi biblioteca, y hubo toda clase de alusiones a la lengua y la cultura de aquel lejano pueblo. Pero lo que no estaba previsto en el vaticinio de Hochman es que se santiagueñizara Polonia. Porque nuestra amiga estuvo entre nosotros, escuchó nuestras voces quichuas, probó nuestras comidas, desde las clásicas empanadas en sus versiones rivales, santiagueñas y tucumanas, los tamales, alfajores santiagueños, hasta nuestras bebidas más rituales; conoció y adquirió nuestras mejores artesanías y hasta recibió libros de esta tierra. Así entonces los ecos de esta tonada norteña se propagaron hasta los mismos suburbios de Varsovia. Se supo en estos días que el Ministro de Relaciones Exteriores de la Nación polaca manifestó su profunda preocupación ante el gobierno argentino por el menoscabo en el índice de “polonidad”, a raíz de los sucesos en Santiago. Es el alto costo de polonizar esta tierra de shalacos. Gracias Ewa. Gracias Nicolás.  Una vez más, Gombrowicz conecta al mundo. 

domingo, 28 de febrero de 2016

El oficio de vivir o qué hay en la mesa de luz



Una mesa de luz no es solo una mesa. No es un útil a la mano, ni siquiera una cosa, en sentido material, sustancial. Una mesa de luz es el escenario de una trama de sentidos, un plexo relacional de textualidades y significados. ¿Qué hay en una mesa de luz?  Quienes no tenemos la obsesión por el orden la llenamos de cosas, aquellas cosas que elegimos para cerrar el trámite del día.  Los más piadosos tienen biblias y rosarios, otros tenemos libros, el celular, la tablet, la agenda, fotografías, talismanes varios.

Pertenezco al grupo de los que tenemos libros y no por la costumbre de leer recostados.  Tenemos libros porque nos gusta, algunas noches, solo algunas, leer dos páginas antes de darnos al sueño.  Sentimos la necesidad de una transición, enfriar motores, disponer el pensamiento a un clima más apacible o no, conjurar fantasmas, para no ser Gregorio Samsa o para serlo con fatalidad. 

Miro los libros que tejen los retazos de mis sueños. Hay dos columnas que reúnen una veintena. ¿Veinte libros para leer de noche?  Tal vez no.  Es solo darnos la posibilidad de elegir dos páginas entre miles. Si calculamos un promedio de ciento cincuenta páginas por libro, entonces tenemos a nuestro alcance unas tres mil páginas. Se trata de no repetir y de no dar vueltas en el mismo camino.

Quien viera esas dos columnas todos los días, diría que están ahí los mismos libros desde el origen de los tiempos, o al menos desde que el cuarto está habitado.  Vistas a diario esas columnas no cambian. Hasta pareciera que nadie las toca. Eternas e inmutables como el mundo platónico.

Sin embargo, un inventario minucioso revelaría que hay ingresos y egresos imperceptibles, furtivos, esporádicos, que en el largo plazo cambian completamente su configuración y su paisaje de sentidos.  De tanto en tanto traemos un par de libros nuevos de la biblioteca, que llegan para alterar el orden de esa trama. De tanto en tanto retiramos materiales que pasan a tener otro uso, ya sea porque van a ser leídos en escritorio, llevados de viaje o reubicados en el nicho de la biblioteca.

¿Qué lógica congrega y dispersa a veinte libros en una mesa de luz? ¿Qué se juega en esos reenvíos?  ¿El azar? ¿La necesidad? ¿Las secretas leyes?

¿O quizás podríamos decir que esos libros están concitados por una secreta trama biográfica? Lo que nos pasa, lo que invariable y fatalmente nos pasa cada día, ¿no busca acaso, de un modo u otro, devenir lectura?  La vida vivida quiere ser vida leída y al final de cuentas vida narrada. Vivir es el oficio de ser parte de una historia. Nuestra vida busca con torpeza su sentido en esa constelación de signos. Entre esos libros hay voces que se cruzan, conversaciones solapadas, mensajes que circulan y de algún modo escriben el sentido de una biografía en palabras ajenas. La posición en las columnas también revela una secuencia narrativa. Los que están abajo, soportan al resto porque llevan la marca del tiempo, un tiempo de lectura que ha quedado atrás y que se constituye como memoria. Los que están arriba llevan la pesada carga de intentar en vano resolver el presente. Lo extraño, lo espantosos, es observar rotaciones circulares que testifican la circularidad del tiempo, la memorable serpiente que se muerde la cola.

Algunos títulos en mi mesa: Saer, Cuentos completos, solo leídos en parte. Carver, con tres libros a distinta altura, uno bien abajo y los otros dos  en la superficie. Uno de ellos, Tres rosas amarillas, está en reemplazo de Principiantes, que mi hija se lo ha llevado sin avisar, dejándome un suplente para que no lo extrañe.  Otro es un libro de poemas compilados Vos no sabés lo que es el amor, en donde podemos encontrar un extraño verso en el que Carver habla de Perón. Piglia, también ocupando dos posiciones, cuyas páginas se copian unas a otras. Gonzalo Rojas con un libro de poesías de insólito título, que me cuesta reproducir. Libros de amigos, antiguas voces que ya no voy a escuchar, como Casa enterradas de Carlos Manuel Fernández Loza. En fin, podría  enumerar una quincena más y quizás en otro texto quepa darme a hablar de cada uno de esos libros. De cuándo y cómo han llegado hasta ahí y qué pasaba conmigo mientras tanto.

Voy a hablar de los últimos ingresos en esas filas. Uno es un viejo libro frecuentado en mi juventud: El oficio de vivir, de Cesare Pavese.  Se trata de un diario cargado de reflexiones existenciales, que termina dando cuentas del suicidio del poeta. Creo que llegó porque había cosas en mí que no alcanzaba a ordenar y la visita de aquellas páginas me hacía sentir que al menos no era el único.

El segundo tiene circunstancias más felices y, paradójicamente, había llegado casi junto con el primero. Es un libro de Jorge Amado, a quien no había leído antes. Se llama Sudor y conjuga una serie de relatos articulados que describen las costumbres y desdichas de los habitantes de un conventillo en Salvador de bahía. La exploración del libro ha sido a raíz de un viaje a aquella ciudad, que me ha sido anticipada por este narrador. Entonces, visitar Salvador de Bahía ha sido para mí recorrer una ciudad ya conocida y sufrida.

Saer y un Piglia, también son desembarcos recientes, pero los inscribo en un horizonte de pretensiones de erudición, antes que en la exigencia de una construcción narrativa.


En fin, algunos lo hacen decir a Sócrates que “una vida sin examen no merece ser vivida”. Una forma de encaminar ese examen es preguntarnos ¿Qué hay en nuestra mesa de luz y por qué?  Seguro que la respuesta está menos a la mano de lo que pensamos, razón por la cual no está de más hacernos la pregunta.




jueves, 10 de diciembre de 2015

"1958, Estación Gombrowicz". Cap I, "El espectro", fragmento 1-2


1



Quién sos, polaco arrogante y la puta madre… Fantasma trans-atlántico, sombra que vuelve de la sombra… ¿Quién sos, al fin y al cabo? Alma que perdura en las palabras de otras almas, silencio caníbal que disipa voces y posterga olvidos… ¿Quién sos, para aparecer así, intempestivo y ubicuo, entre las páginas de un libro prorrogado, sospechoso, último, un libro que –para colmo– invoca la impiedad del tiempo? 
¿Por qué vuelves, cuando ya nadie te llama? ¿Persistes en quedarte en este lejano suelo, cuando ya nadie te nombra, cuando esta ciudad ha borrado para siempre los días de aquel invierno de vientos cálidos y de hojas en el aire?
Son más de cincuenta años. Medio siglo. La ciudad ha cambiado. Sus calles se han vuelto al fragor y la luz de rutinas perturbadas. Sus arboledas han muerto de pie. Sus casas se han alzado en modernas atalayas. El flujo del universo ha cambiado aguas hasta llevarse para siempre los rastros de tu sombra. Han muerto los hombres que habitaban aquel sueño y hemos llegado otros que nada sabemos de un lejano invierno. Ni de tus pasos en la plaza. Ni del eco de tu voz en los silencios santiagueños. 
Tu sombra ha vuelto hoy. Como el reflujo de una pasada tormenta. Y traes en tu regreso un murmullo de voces enterradas. 






2



No podía ser de otro modo. Morir, para vos, era un hecho estético. La muerte te habría alcanzado cuando los hombres dejaban sus huellas en la luna. Mes de julio del sesenta y nueve. A once años de tus días en Santiago. La humanidad pisaba el blanco desierto y te arrastraba al páramo de los muertos.
¿Será que te has ido no más, por única vez enamorado de ese valle sin sombras? ¿Blanco, como este blanco Llano del Estero? ¿Será que esta luna santiagueña te ha llamado desde sus párpados nubosos, como nos llama cuando nos damos a la lejanía y al éxodo? Pero vuelves. Vuelves a esta capital de oscuras soledades. Como si te hubieses olvidado algo. Como si te hubiera quedado pendiente una pregunta. O como el que recuerda que debía decir adiós y se vuelve de la esquina. 

Vete, Gombrowicz. Aquí nadie te extraña. 




domingo, 12 de julio de 2015

CONVERSACIONES INTEMPESTIVAS. JORGE ROSENBERG: "SANTIAGUEÑO POR ATARDECER"



R E C U E R D O

En un lugar de un campo de Antajé
existe un olvidado cerco que se parece a mí. 
por las noches, en la liquidación del verano,
veo los hijos del dolor, 
entre las estrellas iluminadas de ausencia, 
y el trueno, el infundado trueno
que nota mi pesar. 

Un bobadal celeste
que regala la siesta
junto a un pájaro mojado
que no puede volar.

Soy santiagueño por atardecer,
enjuto tordo de plumas empapadas,
cerca, muy cerca del brocal del mundo, 
en los suburbios de La Banda,
y lejos,
muy lejos de mi.

Jorge Rosenberg, La pelota de la Luna, 1987.

Desbordante, retorico, acústico, “Recuerdo”  es una emblema de la mejor poesía rosenbergiana. Su magia está en un compuesto de notas que se conjugan de un modo inesperado: la sonoridad, las metáforas, las sugerencias reflexivas, la ostentación de una subjetividad en conflicto. El poema describe un campo y un cerco. Eso es todo. El campo es próximo y a la vez distante: Antajé, “en los suburbios de La Banda”. Esa inscripción pone en juego un espacio de tensiones entre proximidad y lejanía que va a ser el eje del poema. El cerco es antes un símbolo que un elemento descriptivo, porque “se parece a mi”, personaliza los encierros y limitaciones del poeta, y mojonea la amenaza del fin de la poesía. Ese campo y ese cerco dan lugar a una “visión”, atestiguada por el trueno que anuncia la tormenta: los hijos del dolor, los parias que pisan la tierra de Santiago. Luego aparece “un pájaro que no puede volar”, el “enjuto tordo de plumas empapadas”. La imposibilidad de volar es la conflictiva dificultad de poetizar que sufre quien se define como “enjuto tordo”, pájaro que pulula el paisaje santiagueño. Ave de hábitos arteros que acaso evoca la burla incesante de Juancito, el astuto zorro de nuestras tradiciones orales. Y enseguida se nos viene encima la metáfora de autoadscripcion identitaria más fuerte de nuestra poética regional: "santiagueño por atardecer”. La expresión conjuga un modo de pertenencia que no apela a orígenes, ni lugares, ni linajes, sino a un devenir histórico y biográfico. Una pertenencia que se configura como construcción de sentido a través de una urdimbre temporal. Santiagueño porque ha caído la tarde, al fin, y, ya con el sol en retirada, el tiempo ha hecho su trabajo silencioso. El día ya ha sido vivido y ha dejado una huella que busca su palabra en el pálido murmullo de la “oración”. Hay una hechura de tiempo, que no es obra del embrujo de la tierra, ni del sagrado origen, ni de una posesión ancestral. La “santiagueñidad” del poema aquí no es esencia ni filiación vernácula, como suele pensarse desde poéticas sustancialistas. Es un dramático devenir histórico y temporal, y esa es la mayor sugestión. Por último, un Santiagueño que está cerca “del brocal del mundo”, ese lugar por donde el todo se aniquila y resurge. Y, una vez más, la tensión entre cercanía y lejanía, porque el poeta está “lejos, muy lejos de mi”. Distancia de una historia colectiva de desposesiones (el desarraigo y el éxodo) y de una historia personal de desencuentros, que lo inscriben en la lejanía de sus propios sueños. O como dice Di Lullo, “El santiagueño está lejos de los demás porque está lejos de sí, de lo que el querría ser si no estuviera inerme y soterrado”  Lejanía que es también temporal, distancia irrevocable de “aquel niño sentado en el santuario blanco de un umbral” del poema 1955, año que evoca la infancia del poeta. Lejanía - cercanía del “silbido del afilador sobre la siesta dormida” en “por donde yo voy camina mi pasado”. 
Jorge, te estoy esperando en el medio de tu siesta, desborde de luz y sentido que pulsa tu poesía. Te voy a dar un vuelto de palabras que me he quedado en el bolsillo al entrar en tu casa. 




lunes, 25 de mayo de 2015

LOS SIETE LOCOS. JUEGO Y REPRESENTACIÓN EN LA OBRA DE ROBERTO ARLT.

Con imágenes en blanco y negro de una Buenos Aires de los años treinta y con una noticia policial en placas de cine mudo, comenzaba el capítulo primero, “La sorpresa”, de la recientemente estrenada serie “Los siete locos” por la TV pública. En seguida, en un amenazador primer plano, el cañón de un revolver y un rostro agónico que despierta, ponen en escena a un Remo Erdosain, protagonizado esta vez  por Diego Velázquez.  La escena es tenebrosa, desesperante y anticipa el clima de angustia que dominará las siguientes de la serie.

Leer artículo completo en Revista Trazos

domingo, 10 de mayo de 2015

EL TELAR DE LA TRAMA

EL TELAR DE LA TRAMA. Orestes Di Lullo, narrativa e identidad

Presentación, jueves 14 de mayo de 2015, salon, sala Dr. Domingo Bravo, Anexo Paraninfo, UNSE.

El telar de la trama. Descargar indice e introducción



INTRODUCCIÓN

Orestes, un pensador en la frontera




Los ecos de un nombre

Refiere un milenario mito, documentado en tragedias de Esquilo y de Sófocles, que entre Agamenón, rey de Micenas, y Clitemnestra, nace un hijo varón, llamado Orestes, hermano de Electra e Ifigenia. Mientras Agamenón permanece ausente durante la guerra de Troya, su esposa lo traiciona en un romance con Egisto. Al regresar a Argos después de la guerra, Agamenón es muerto por el amante de su esposa. Orestes acomete la venganza por la muerte de su padre: mata a su madre, Clitemnestra. En los valores de la cultura trágica este hecho es entendido como un acto de justicia, “sangre por sangre”. Sin embargo, la justicia no lo libera de la culpa. La repugnancia por el crimen cometido –matricidio– acompañaría a Orestes hasta el fin. Huye perseguido por las Furias –personificación de la venganza y el castigo–, en un largo viaje en busca del olvido. Finalmente, el dios Apolo lo purifica y lo libera.
Hasta aquí el mito trágico.
El cuatro de julio de mil ochocientos noventa y ocho, en Santiago del Estero, nace un hijo varón de padres inmigrantes italianos, cuyo nombre también sería Orestes, y tendría dos hermanos. Hablamos, en este caso, de Orestes Di Lullo. Ni héroe mítico ni matricida, un santiagueño, un vecino de la ciudad, escritor, un profuso escritor de más de medio centenar de libros.
Si la signatura del Orestes griego ha sido la huida culposa por el crimen matricida, nuestro Orestes se caracterizaría por el honor y la veneración a una ciudad que carga con la impronta de la maternidad: la Madre de Ciudades. Tanto es así que uno de sus libros más conocidos lleva por nombre la evocación de los títulos con que Felipe II galardonara a nuestra ciudad: nobleza y lealtad. Santiago del Estero, la Madre de Ciudades es además Noble y Leal. Nobleza y lealtad son los valores proclamados en El libro de los doce sabios, encargado por Fernando III hacia 1237. Se trata de un antiguo texto de la moral monárquica, representaciones de un imaginario que luego el Reino de España impondría a sus dominios.
¿Qué vínculos establece con la noción de maternidad alguien que lleva inscripto en su nombre lejanos ecos de matricidio? ¿Qué efectos de sentido se ponen en juego cuando alguien en la cultura occidental lleva el nombre de Orestes? Signado por remotas reminiscencias matricidas, el trabajo intelectual de Di Lullo parece estar orientado en dirección a restituir el vínculo materno que el mito cercena; esta vez con una madre “Noble y leal”, la gran madre de ciudades. ¿Antigua culpa que se remonta desde el fondo de los tiempos hasta los textos de Di Lullo?
¿Acaso nuestro Orestes no es sino el mismo fugitivo perseguido por las Furias, que vuelve al cabo de los siglos, cuya carrera ahora es una corrida de textos y de historias? ¿Acaso Orestes Di Lullo ha perseguido el sosiego imposible de un crimen simbólico?
El Orestes griego ha matado a su madre por venganza. El Santiagueño ha exaltado a la ciudad madre, por justicia. El Orestes mitológico busca el olvido. El santiagueño busca conjurar el olvido, mediante el ejercicio de la memoria y la escritura de la historia. Los une el mismo nombre y la exigencia de tramitar un acto de justicia, conectado con la noción de maternidad: En el Orestes mítico, la expiación del crimen; en el de estas latitudes, la compensación de una madre, víctima de un silencioso y prolongado crimen: el olvido. En el héroe clásico la intriga está puesta en la lucha por el olvido del crimen. En el Santiagueño la intriga está en la lucha contra el crimen del olvido y contra un destino de despojo. Nobleza y Lealtad son las banderas de esa lucha. Di Lullo quiere honrar a la Madre de Ciudades en su Nobleza y Lealtad, redimirla del olvido que hace estragos en la historia. Ahí están los pueblos agónicos, también los viejos pueblos, sumidos en la oscuridad de los años sin memoria.
Hay un ensayo de Borges que se titula “Historia de los ecos de un nombre”. El texto versa acerca del modo cómo se ha dado en la cultura occidental el nombre que Moisés escuchó en la montaña. Aquí tomamos prestada la enunciación para ilustrar que el hecho de llevar el nombre de Orestes no es gratuito, porque resuena en él un lejano eco que se remonta desde el fondo de los tiempos, con una constelación de significaciones a su alrededor. En el caso de Borges el nombre que ha emitido ecos en la historia es una sentencia, en nuestro caso hablamos del eco de un nombre propio que no se puede separar de una trama, de un relato legendario, que ejerce una gravitación sobre la historia. Llevar inscripto el nombre de Orestes conlleva una evocación trágica inexorable.
No hablamos aquí de causalidades, sino de efectos de sentido. Llamarse Orestes es de alguna manera revivir un mito trágico.
Orestes Di Lullo ha narrado la historia de Santiago con el dramatismo de un mito trágico. Lo trágico se verá en el conflicto entre tierra y destino que atraviesa su relato de la historia provincial. Lo trágico está en el olvido de los pueblos, en la grandeza y decadencia de Santiago, en la orfandad del paria. La historia que cuenta Di Lullo es un relato trágico porque los avatares de los hombres y de los pueblos llevan la impronta de una fatalidad destinal: el éxodo, la decadencia, el olvido.


Un pensador en la frontera

Hablamos aquí de Orestes Di Lullo como un pensador de frontera. Pensador, porque resulta una categoría más abarcadora que la de filósofo. Frontera, porque Di Lullo se posiciona en esos márgenes en que desdibujan las disciplinas. No es un mero sociólogo, no es un mero etnógrafo, ni un mero historiador, ni siquiera un folclorólogo. Lo es todo al mismo tiempo y más. Su escritura se desplaza entre las disciplinas, las visita, las instrumenta, pero sin anclar en ellas.
El concepto de frontera, sin embargo, tiene aquí otro sentido. Significa también la frontera del indio, la línea divisoria en que se levantaban los fortines para separar la civilización de la barbarie. Pues bien, esa frontera física y simbólica es también la frontera de su pensamiento. Di Lullo se cuida de dejar al indígena en el lado de las heterotopías, en los lugares “otros”, donde no convive con lo hispánico. Cuando lo hispánico se ve contaminado con lo indígena, se corrompe. El mestizo tiene lo peor del español y lo peor del indio. Es un paria. Ha dejado lo mejor en el camino.
Por último, hay una tercera frontera desde la que piensa Di Lullo. La frontera del mito griego. Orestes Di Lullo no es Orestes, pero pisa sus huellas. Está ahí, entre la culpa y la expiación, entre el crimen y el olvido, o mejor dicho, entre el olvido del crimen y el crimen del olvido.


El narrador y la trama

Di Lullo es el narrador de la historia de Santiago. No porque sea la verdadera historia, en su pretensión veritativa. Lo es porque promueve una construcción narrativa que articula un sentido. El interés de su obra arraiga en la función desempeñada al interior de una sociedad que quiere comprenderse a sí misma, antes que en el valor científico de su discurso historiográfico. ¿Cuánto Santiago hay en la historia que relata y cuanto Di Lullo hay en la historia de Santiago? ¿De qué modo el relato histórico y etnográfico devine un discurso de identidad? ¿Cuáles son los núcleos que componen esta trama? ¿Cuáles historias no narradas de pueblo encuentran simbolicidad en este gran relato de Santiago?
En las páginas que siguen abordaremos estas y otras cuestiones desde el concepto de identidad narrativa.
En la escritura de Di Lullo, como en todo relato, hay lo que Ricoeur llama una “intriga”, una construcción de sentido. La intriga es una operación. Produce efectos en los lectores. El lector se vuelve artífice de la historia, la incorpora, la hace propia y la lleva consigo. El momento de la lectura –o la escucha– pasa a ser determinante en la refiguración de la experiencia y de la identidad del lector, del receptor vivo de la historia relatada. Entonces Di Lullo narra la historia de su pueblo, que a su vez se constituye en lector y escucha de su relato, cuando se descubre implicado en sus urdimbres, cuando se ve llevado a reconfigurar el orden del mundo, como efecto de  esa experiencia.
Como se verá a lo largo de este libro, los relatos –tanto los históricos como los de ficción– no son meros paseos recreativos de un lector en busca de un goce efímero. Producen transformaciones en los lectores. Se podría decir, simplificando, que no somos los mismos después de haber leído El Quijote, Madame Bovary o El proceso, solo por nombrar algunos textos consagrados. Y no somos los mismos después de internarnos en los claroscuros de El bosque sin leyenda. Algo pasa. Y lo que pasa es un proceso de producción de sentido, que desemboca en el plano de la acción y en el de una comprensión del mundo. Las experiencias como lectores son configuradoras de identidad. Luego veremos que en los relatos encontramos la unidad de sentido para comprendernos a nosotros mismos. Algo pasa cuando leemos, cuando escuchamos, cuando nos dejamos traspasar por una historia. Hay un sentido que nos constituye desde nuestras lecturas, desde nuestras escuchas, desde las historias que nos rodean, desde las intrigas que nos asaltan.
La historia que Di Lullo relata ha prendido en el imaginario de Santiago. Casi sin saberlo los propios santiagueños se han constituido en sus lectores por excelencia.  Porque el esquema de sus “intrigas” se ha instalado como representación de un pasado y de un presente que los constituye. 


Este libro es un intento de formular una síntesis integradora de ese gran relato y de desmontar los dispositivos que han operado en la construcción de su trama. Un intento, en suma, por llegar a ese patio a donde está el telar: el telar que ha tejido esta trama.